Karim Kattan (972 mag, 24-9-20)

 

El martes el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, organizó con mucha fanfarria una ceremonia para la firma de los llamados acuerdos de paz entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. Con sonrisas orgullosas en sus rostros, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, el jeque Abdullah bin Zayed Al Nahyan, y el ministro de Relaciones Exteriores de Bahréin, Abdullatif Al Zayani, saludaron juntos el comienzo de un nuevo período en la región. Según los poéticamente titulados Acuerdos de Abraham, los jefes de Estado antes mencionados y sus representantes trabajarán juntos para lograr un Medio Oriente “estable, pacífico y próspero”.

La paz y la prosperidad, pronunciadas al mismo tiempo como si fueran un solo término, fueron de hecho las palabras clave de la ceremonia y del proceso de años encabezado por el asesor principal y yerno de Trump, Jared Kushner. Este no es un intermediario neutral, forma parte de la junta de la fundación de sus padres, que ha financiado programas en la colonia israelí de Beit El.

Mucho se ha hablado de este supuesto tratado de paz. Es principalmente un realineamiento estratégico de estos países contra Irán y un plan para aumentar el autoritarismo en la región, que sigue a décadas de relaciones clandestinas e intercambio de inteligencia entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos.

Sin embargo, los acuerdos siguen siendo una ficción, el sueño febril de los dictadores. En el documento de siete páginas se mencionan en repetidas ocasiones cuestiones de gran alcance como la utilización pacífica del espacio exterior, pero sería difícil encontrar alguna mención de Palestina. Solo aparece a medias como un adjetivo infame cuando el texto se refiere al llamado conflicto palestino israelí.

El resto del acuerdo se lee como una propuesta comercial para la cooperación entre teocracias aceleracionistas que creen en la colonización de Marte y la historicidad de Abraham, pero ciertamente no en el derecho de los palestinos a la autodeterminación, la libertad o la dignidad. Ese borrador es un intento de acelerar la desaparición de los palestinos como entidad política, territorio y nación.

En el texto un personaje roba el centro de atención, el mismo patriarca Abraham, a quien se hace referencia aquí como si realmente hubiera existido y cuya generosa semilla engendró a todos los presentes en la ceremonia. «Las partes se comprometen a fomentar el entendimiento mutuo, el respeto, la coexistencia y una cultura de paz entre sus sociedades en el espíritu de su antepasado común, Abraham», dice el documento, como si la paz solo pudiera ocurrir entre quienes comparten un antepasado común. Esto traiciona la visión exclusiva y salvajemente etnocéntrica de los firmantes de cómo debería ser un mundo justo.

U.S. Presidential Adviser Jared Kushner seen ahead of his departure with U.S.-Israeli delegation from Tel Aviv to Abu Dhabi, at the Ben-Gurion Airport near Tel Aviv, August 31, 2020. (Tomer Neuberg/Flash90

El asesor presidencial estadounidense Jared Kushner antes de su partida con la delegación estadounidense-israelí de Tel Aviv a Abu Dhabi, en el aeropuerto Ben-Gurion cerca de Tel Aviv, el 31 de agosto de 2020 (TomerNeuberg / Flash90).

Esta no sería la primera vez que se usa a Abraham como símbolo ecuménico. Es una estrategia insípida pero eficiente que requiere borrar el texto bíblico de sus elementos más oscuros y aplanar los límites dentados y feos de nuestras realidades geopolíticas.

Según diversas fuentes religiosas, Abraham dejó su tierra natal para convertirse en un peregrino en una tierra que le prometió un dios. En sus interpretaciones más brillantes, la historia de Abraham es la del exilio que se fusiona en una promesa de pertenencia que florece en devenir, de identidades osificadas que se entregan a futuros desafiantes y vibrantes. Sin embargo, Abraham -en su forma más oscura- es una encarnación del dogma religioso y la oscuridad, del patriarcado y la esclavitud, de la violencia sobre niños inocentes debido a la fe ciega, del primer colonizador que deja la tierra de sus padres para colonizar la tierra de otro. En resumen, todo en lo que creen y prosperan los regímenes opresores que firmaron los acuerdos.

El martes tuvimos el espectáculo de los extremistas religiosos firmando un manifiesto futurista para los fanáticos. Los extremistas religiosos, por definición, intentan forzar al mundo a adoptar la forma de sus creencias, a menudo torciendo el lenguaje y recurriendo a la violencia. Los Acuerdos de Abraham avalan así una cosmovisión etnoreligiosa según la cual, aunque sin evidencia verificable, el pueblo judío es descendiente de Isaac y los árabes son descendientes de Ismael, medio hermanos ahora reunidos después de siglos de distanciamiento, gracias a los esfuerzos del empresario inmobiliario Jared Kushner y el magnate empresarial Donald Trump.

Un mundo perfectamente dividido en etnias y religiones claramente definidas (que aquí son lo mismo) seguramente complacerá a la base evangélica proisraelí de Trump y a los votantes de derecha de Netanyahu. Es una versión actualizada del extremismo, mejorada con el discurso de tecnología pionera y tecno-optimismo para adaptarse a las ciudades-Estados dictatoriales del Golfo y al colonialismo desquiciado de la sociedad israelí, sin sacudir sus respectivos cimientos excluyentes de identidad religiosa y política.

Aquí, como sucede a menudo con los extremistas religiosos, la fe organizada es un componente esencial y coercitivo de la identidad, más que una serie de actos y creencias que pueden reinventarse, enriquecerse y liberarse. Aquí, al igual que en Israel propiamente dicho y en la mayoría de los estados del Golfo, no hay lugar para aquellos que existen en espacios liminares y aquellos cuyas etiquetas son un poco más complicadas. En el infierno de extrema derecha dibujado por este nuevo eje no hay lugar para los judíos árabes, en su diversidad, los cristianos árabes, los musulmanes que no son árabes, agnósticos o cualquier otra combinación posible de fe, falta de ella y comunidades que prosperan en nuestra región.

Palestinians protest against the deal between Israel and the UAE in the village of Haris, near the West Bank city of Nablus, August 14, 2020. (Nasser Ishtayeh/Flash90)

Unos palestinos protestan contra el acuerdo entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos en el pueblo de Haris, cerca de la ciudad cisjordana de Nablus, 14 de agosto de 2020 (Nasser Ishtayeh / Flash90).

Uno no debería engañarse pensando que el mayor escándalo del 15 de septiembre fue la normalización de las relaciones entre los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin e Israel. Esto sería caer en la trampa del panarabismo, cuyos fracasos y crímenes ya no necesitan demostración. Aquellos que esperaban que los regímenes opresivos del Golfo apoyaran los derechos palestinos fueron deliberadamente ingenuos. Emiratos Árabes Unidos y Bahréin no traicionaron a Palestina, ni nos apuñalaron por la espalda. Para empezar, nunca fueron aliados. Al igual que Israel, se construyeron sobre los cadáveres y mediante el trabajo de palestinos y otros grupos oprimidos.

Los Acuerdos de Abraham son una alianza de opresión. Lo que se firmó es una cosmovisión compartida, violenta, oscura y tribal, donde la paz no puede ser una realidad trascendental que altere el futuro. La paz para los signatarios de estos acuerdos significa aplastar las voces del pueblo. Es simplemente un sinónimo del «desbloqueo» (una palabra favorita del tratado y del «Acuerdo del siglo» de Trump) del potencial de intercambios libres y sin restricciones de tecnología, finanzas y armas.

Palestina, un lamentable daño colateral de estos acuerdos, representa un futuro rebelde y peligroso. Esta, más allá de cualquier otra pretensión ideológica, es la razón por la que la han ubicado al margen de este texto y de sus tierras.