Internacionales Salud

Obesidad neoliberal y coronavirus en México

Escrito por Debate Plural

Belén Fernández (Al Jazeera, 23-9-20)

 

El capital estadounidense hizo que México tuviera altos índices de enfermedades crónicas, que han provocado una gran cantidad de muertes por covid-19.

El pasado mes de agosto el estado mexicano meridional de Oaxaca prohibió la venta de comida basura y de bebidas azucaradas a niños menores de 18 años.

El Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de México, Hugo Lopez-Gatell, que ha denunciado que los refrescos son “veneno embotellado”, expresó su apoyo a la nueva ley, que también ha empezado a imponerse en otros estados. Lopez-Gatell es además el coordinador del gobierno en lo referente al coronavirus y desde un principio puso de relieve el papel que la “epidemia” de diabetes y obesidad del país ha desempeñado en exacerbar la pandemia de coronavirus. Según se informa, México ha registrado hasta la fecha más de 70.000 muertes relacionadas con el coronavirus, aunque probablemente la tasa real sea mucho más alta.

En los últimos años México ha competido con Estados Unidos por el título de nación más obesa del mundo: tres cuartas partes de las personas adultas tienen sobrepeso y al menos una de cada diez padece diabetes.

Oaxaca, uno de los estados mexicanos más pobres, tiene uno de los niveles de obesidad más altos y la tasa de obesidad infantil más alta del país.

Estoy en Oaxaca desde marzo y puedo confirmar que, como en la mayoría del país, a veces parece imposible dar un paso sin tropezarse con anuncios de Coca-Cola o propaganda similar. En efecto, los mexicanos beben más refrescos per capita que cualquier otro país del mundo y en su momento el expresidente de México Vicente Fox fue el director general de Coca-Cola en México. En 2017 la diabetes fue la primera causa de muerte en el país.

Así pues, ¿cómo acabó México en esta situación tan mortal?

Un buen punto de partida para responder a esta pregunta es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, North American Free Trade Agreement, NAFTA en inglés) firmado entre Estados Unidos, Canadá y México, que entró en vigor en 1994 y que recientemente se presentó como “mucho mejor que el TLCAN” bajo los auspicios del megalómano vecino continental Donald Trump (1).

Tras la siempre conveniente fachada del “libre comercio” (que en contextos en los que está involucrado Estados Unidos suele significar que Estados Unidos es libre de hacer lo que le venga en gana mientras que el resto de países participantes son libres de hacer de tripas corazón), el TLCAN permitió a Estados Unidos inundar el mercado mexicano con bebidas azucaradas, alimentos procesados y otros artículos nocivos promocionados por las corporaciones.

Rápidamente proliferaron las cadenas estadounidenses de comida rápida y de tiendas pequeñas abiertas gran parte del día y, como señalaba el New York Times en un reportaje titulado A Nasty, NAFTA-Related Surprise: Mexico’s Soaring Obesity [Una sorpresa desagradable relacionada con el TLCAN: la desorbitada obesidad de México], en 2017 Walmart fue el principal minorista de alimentos del país. Y ello en un país que cuya cocina tradicional consta en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

Por supuesto, el término “comida” es otro término que debería usarse en términos generales en referencia a productos que carecen de valor nutritivo y que, de hecho, son adictivos y perjudiciales para la salud.

Sin duda uno de los mayores logros del TLCAN fue exponer a sectores de la economía mexicana a ser conquistados por el capital estadounidense, así como el desmantelamiento de las restricciones a que los propietarios de los negocios mexicanos fueran mayoritariamente extranjeros.

Un estudio de 2016 publicado en Washington University Journal of Law & Policy afirma que la inversión directa extranjera de Estados Unidos en México facilitada por el TLCAN ha sido “el factor que más directamente ha contribuido a propagar enfermedades no transmisibles”, como la obesidad en México.

La inversión directa de Estados Unidos en empresas mexicanas de alimentos y bebidas se disparó a miles de millones de dólares debido al tratado de 1994, y ejerció una influencia tóxica adicional en las elecciones de los consumidores mexicanos, que en realidad no se pueden calificar de “elecciones” cuando, por ejemplo, la Coca-Cola es tan barata como el agua y a menudo más fácil de conseguir.

El estudio, que también aborda las tendencias mundiales de la “McDonalización” y “Coca-Colización”, menciona que se calcula que las exportaciones estadounidenses a México tras el TLCAN de jarabe de maíz alto en fructosa (un endulzante con un alto contenido calórico que se utiliza en refrescos y otros productos, y que se relaciona con la obesidad) se multiplicaron “por 863”.

Además, el TLCAN proporcionó a las entidades imperialistas un aparato legal para arbitrar en nombre de la hipocresía, como cuando la empresa estadounidense de agroindustria Cargill Inc ganó la demanda contra el gobierno mexicano cuando México trató de gravar la producción y venta de refrescos enriquecidos con jarabe de maíz alto en fructosa.

Por su parte, se permitió a Estados Unidos subvencionar alegremente el exceso de producción de su propia industria del maíz (por no mencionar su industria cárnica, de soja, etc.) lo que, como era de esperar, provocó una devastación basada en la exportación de la producción interna mexicana.

Vale ya de “libre comercio”.

De todos modos, en última instancia la función de la globalización neoliberal encabezada por Estados Unidos es destruir no solo las cocinas y las culturas, sino también las vidas y los medios de vida. Cuando Estados Unidos soltó contra México su sistema agrícola industrializado, provocó la ruina y el desplazamiento de millones de agricultores mexicanos que no pudieron competir en ese entorno hostil. Muchos tuvieron que emigrar a las ciudades donde subsistieron cada vez más a base de comida procesada en vez de seguir consumiendo su dieta local tradicional, tanto debido a limitaciones económicas como al hecho de que (¡sorpresa!) gran parte de los artículos buenos se exportaba a Estados Unidos, que tras el TLCAN se convirtió en el receptor de una afluencia durante todo el año de frutas y verduras frescas cultivadas en los climas más cálidos de su vecino del sur.

Gran cantidad de mexicanos también se han visto obligados a viajar al propio Estados Unidos en busca de salvación financiera, a menudo como trabajadores “ilegales” ya que cuando se trata de cruzar la frontera entre Estados Unidos y México resulta que los aguacates tienen más derechos que ciertas categorías de seres humanos.

Naturalmente, México no es el único lugar al que se ha puesto a una venenosa dieta neoliberal. El New York Times señala: “La investigación demuestra que el libre comercio es uno de los factores clave que han acelerado la difusión de alimentos muy procesados y bajos en nutrientes desde Occidente ‘lo que ha provocado una epidemia de obesidad en China, India y otros países en vías de desarrollo en todo el mundo’, según la TH Chan School of Public Health (Escuela de Salud Pública TH Chan) de Harvard”.

Y hay muchas otras maquinaciones capitalistas similares que afectan negativamente a la nutrición del mundo. Por ejemplo, el documental Couscous: Seeds of Dignity (Cuscús: semillas de dignidad) del geógrafo y académico tunecino Habib Ayeb, muestra cómo en Túnez se cultivan lucrativas cosechas para la exportación en detrimento de las masas y para enriquecer a unas pocas personas. En el documental varios agricultores tunecinos explican que las variedades de semillas locales fueron sustituidas por variedades importadas de inferior calidad, lo que contribuyó a un paisaje de neocolonialismo agrícola y a atacar la soberanía alimentaria. Uno de los protagonistas del documental (que, irónicamente, se llama Eisenhower) clama en contra de los productos químicos que “importamos y que han matado la tierra”, y contra los intentos de Occidente de “matar nuestra agricultura”.

En 2018 el entonces Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Jose Graziano da Silva, habló del papel fundamental que desempeña el sistema de alimentación globalizado en la “pandemia global de obesidad”, que en su opinión se debería combatir por medio de diferentes iniciativas entre las que se incluye restringir los anuncios de comida basura dirigidos a los niños.

Esto nos lleva de vuelta a la otra pandemia llamada coronavirus y a la reciente prohibición de la comida basura en Oaxaca.

Y algo que es sabido: una de las razones por las que la industria de comida basura estadounidense ha atacado a México de forma tan agresiva es que, aunque es indudable que las empresas estadounidenses no pasan hambre en el ámbito interno, las restricciones que se imponen en Estados Unidos a los anuncios de comida dirigidos a niños significan que “las empresas buscan por el mundo para ver dónde los marcos legales todavía les permiten dirigirse a los niños y entonces redoblan sus esfuerzos”. Estas palabras son una cita del libro de Alyshia Galvez, Eating NAFTA: Trade, Food Policies, and the Destruction of Mexico [Comer TLCAN: comercio, políticas alimentarias y la destrucción de México] que también destaca que históricamente en México “simplemente no se ve la diabetes” en aquellas personas que consumen la dieta tradicional a base de milpa. La diabetes, en cambio, es “producto de una dieta industrializada”.

Sin lugar a dudas la incidencia de la diabetes en México se disparó después de que se aprobara el TLCAN y, como ocurre con el coronavirus, es una enfermedad que afecta de manera desproporcionada a las personas pobres.

Pero aunque las intenciones de Oaxaca son indudablemente nobles, resulta difícil imaginar cómo el hecho de prohibir suministrar comida basura a los menores de 18 años por parte de cualquiera, excepto los padres, va a mejorar una situación en la que ya se sabe que muchos padres proporcionan regularmente a sus hijos refrescos y otros artículos no sanos porque esos artículos son los asequibles y las campañas de marketing imperialistas los meten por la fuerza en la garganta de México.

Enrique Cifuentes, médico del pueblo oaxaqueño de Zipolite, me insistió en la importancia de reconocer que las personas son producto de su entorno alimentario y que el problema de obesidad en México no se puede reducir a un problema de falta de disciplina alimentaria. Cifuentes (que ha perdido él mismo casi 20 kilos, un exceso de peso que atribuyó a frecuentar regularmente los establecimientos de comida rápida estadounidenses) destacó además que las tiendas pequeñas de Oaxaca sufrirán mucho más que las grandes cadenas (que a menudo están respaldadas por Estados Unidos) a consecuencia de la prohibición, otra noticia poco halagüeña en el contexto de una grave crisis económica provocada por el coronavirus.

Para encontrar más noticias siniestras no hay más que mirar un reciente artículo de Washington Post en el que se citaban las palabras de Barry Popkin, un investigador de la obesidad de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, sobre los efectos del coronavirus en la epidemia global de obesidad: “El covid la está acelerando. Estamos viendo que se introducen nuevas líneas de comida basura, vemos a empresas que dan gratis comida basura y lo llaman ayuda de emergencia […]. Es [una situación] muy estresante, de modo que se acude a la comida que se ingiere para obtener sensación de bienestar y a cosas sabrosas. Y es de esperar que se instale la recesión y nos encaminemos a un mundo de inseguridad alimentaria en el que la gente compra esta comida porque es barata”.

Se puede denominar círculo vicioso neoliberal, uno en el que la vida misma es pavorosamente barata.

Los puntos de vista expresados en este artículo son los de la autora y no reflejan necesariamente la línea editorial de Al Jazeera.

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