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Elecciones del otro lado: el riesgo de ruptura

Escrito por Debate Plural

Laura Carlsen (Kaosenlared, 3-9-20)

 

Una crisis política en EE.UU. tendría un impacto profundo en nuestra región. La pandemia, la crisis económica y los avances autoritarios en muchas naciones han opacado la amenaza inminente en EE.UU.

En estas semanas en Estados Unidos se realizaron dos convenciones no convencionales para designar a los candidatos a la presidencia. Fueron no convencionales no solo porque se llevaron a cabo de manera virtual, prácticamente sin la presencia de delegados ni candidatos ni oradores, sino también por la enorme distancia entre las realidades reflejadas por los demócratas y los republicanos. Sus visiones del país no tenían nada que ver una con otra.

Bajo la fórmula Biden-Harris, los demócratas reconocieron que el país enfrenta múltiples crisis —el racismo (en medio de las protestas más grandes de la historia lideradas por el movimiento “Las Vidas Negras Importan”), el cambio climático, la pandemia y la crisis económica. El expresidente Barack Obama también habló de una crisis de la democracia, sobre todo si Trump se queda en la presidencia otros cuatro años. La convención demócrata presentó testimonios que reflejaban y celebraban la diversidad en el país, aunque la representación latina, y sus demandas, fue notablemente débil.

Los republicanos, en contraste, negaron la existencia aún de la pandemia (más de 200,000 muertos, la cifra más alta del mundo), aplaudiendo al presidente en el jardín de la Casa Blanca sin medidas de distanciamiento ni cubrebocas. No mencionaron los afro-estadunidenses asesinados por la policía, casi uno al día desde el homicidio de George Floyd. La economía, según ellos, va viento en popa, a pesar del récord en desempleo, la profundización de las desigualdades y el incremento de la pobreza, particularmente entre mujeres, con la COVID-19.

Retratar una realidad que no es, requirió de muchas mentiras. Mientras en la convención se mostró una ceremonia de naturalización para suavizar la imagen anti-migrante del presidente, el grupo de jóvenes,United We Dream (Unidos Soñamos), exhibió las mentiras en el tema de la inmigración: “[Trump] ha atacado a inmigrantes desde su primera campaña, ha atacado a DACA, a TPS, a solicitantes de asilo, ha separado a familias en la frontera sin parar, ha alentado la violencia de ICE y la Patrulla Fronteriza. Es un ciclo sin fin, pero no creemos sus mentiras”.

Que Trump ha mentido no es noticia, el registro pasó las 20,000 mentiras públicas documentadas hace más de un mes. Que el partido de Trump haya hecho lo mismo tampoco es novedad. El Partido Republicano como tal ya no existe, se ha convertido en el aparato de poder de Donald Trump. No hay mejor comprobación de su declive político y moral que el hecho de que ni siquiera elaboró una plataforma política este año. La falta de propuestas para enfrentar problemas reales es parte de una narrativa que desvía la verdad para crear ilusiones en beneficio del 1% y de Donald Trump.

La gran preocupación es: ¿Qué va a pasar cuando el castillo de naipes se caiga? O lo que es más probable, dada la capacidad de tragar mentiras que tiene su base, ¿qué va a pasar cuando las mentiras no persuadan a un número suficiente para ganar su relección?

Estados Unidos se acerca rápidamente a ese punto de inflexión. Las encuestas reales registran una diferencia de 11 puntos entre los dos candidatos, una ventaja para Biden que es el doble de lo que tenía Hillary Clinton por estas fechas en 2016. Trump está perdiendo votos entre la gente que lo apoyó en su primera campaña. Desesperado, pone en acción el Plan B.

El Plan B tiene algunos elementos ya conocidos en campañas presidenciales —ataques sin fundamento a su contrincante, pero con reflejos mediáticos que vuelven irrelevante la verdad. Advertencias de un futuro oscuro, amenazante, caótico, con subtextos racistas y xenofóbicos, si gana el otro. La construcción de una narrativa de ‘nosotros, los verdaderos americanos’ contra ellos, los otros, que promueve la violencia racista armada, el odio y la división.

Pero también tiene elementos nunca vistos en Estados Unidos. El 30 de julio el presidente mismo dejó flotando la idea de suspender la elección. Mas tarde, declaró que solo perdería la elección si hay fraude, dejando implícito que no aceptaría cualquier resultado desfavorable para él. Está desmantelando el servicio postal para obstaculizar el ejercicio del voto por correo para personas vulnerables, en plena pandemia. Acusó a los demócratas de tratar de “robar la elección”, preparando el terreno para un conflicto pos-electoral en todas las esferas —judicial, política y en las calles. Mientras tanto, es su partido el que está eliminando puestos de votación, quitando nombres de los padrones y buscando como suprimir el voto en sectores adversos.

El proceso democrático enfrenta un riesgo sin precedentes. Debido a la pandemia, se espera una demora de días o hasta semanas para contar los votos y anunciar un ganador oficial. Trump y su equipo se valdrán de los jueces conservadores —muchos que ellos sistémicamente nombrados por ellos— para meter demandas y bloquear la alternancia. La prensa pro-Trump propagará notas sobre supuestas violaciones de reglas electorales por parte de los demócratas para crear sospechas, dudas y rabia entre su base.

Peor aun es la experiencia de Portland, un ensayo de cómo invadir ciudades donde el pueblo se moviliza en defensa de la democracia y la inclusión. La fase 1 fue el despliegue de fuerzas federales. La fase 2 ha sido la entrada de paramilitares neofascistas armados para enfrentar las protestas de Las Vidas Negras Importan, como provocación abierta. Los seguidores de Trump tienen armas de alto calibre (uno de ellos mató a dos manifestantes anti-racistas en Kenosha, Wisconsin) y están entrenados para la guerra.

Los movimientos, por otro lado, no están preparados para este escenario. Si hay una ruptura en el orden democrático en EEUU, no está claro cuál será la respuesta, y la falta de respuestas es el punto débil que aprovechó Bush para robar la elección de 2000.

El marco legal ofrece poca protección. Si en su afán de no soltar el poder, Trump y los supremacistas blancos deciden patear la mesa, hay poco que se puede hacer para evitarlo en el país autodenominado “la mejor democracia del mundo”. Como escriben los expertos Frances Fox Piven y Deepak Bhargava: “Resulta que nuestra democracia se basa en una serie de normas inestables más que en reglas claras. Las posibilidades para travesuras malignas son inmensas.”

Una crisis política en EEUU tendría un impacto profundo en nuestra región. La pandemia, la crisis económica y los avances autoritarios en muchas naciones han opacado la amenaza inminente en EEUU, y el mito del “excepcionalismo estadunidense” lleva a muchos a pensar que un golpe de estado, por la fuerza o legaloide, no puede pasar en EEUU. Es una ingenuidad peligrosa —un autócrata Trump presidiendo un gobierno pos-democrático podría traer un avance de autoritarismos en nuestros países y una intensificación del neocolonialismo potencialmente más brutal y rapaz que en toda la historia.

Parece que no podemos esperar una respuesta contundente del gobierno de México. Como se predijo, la imagen sonriente de López Obrador con Donald Trump ya se usa en la propaganda electoral de Trump, como parte del esfuerzo de cortejar al voto latino. La extraña complacencia del gobierno mexicano con un gobierno racista que apoya al nacionalismo blanco, y reivindica un modelo militarista, patriarcal y xenofóbico en EEUU, contrasta con la actitud de la gente mexicana aquí y allá que percibe una amenaza mayor a la región y a sus propias familias, en muchísimos casos, binacionales.

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