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Protestas contra Netanyahu en Israel

Escrito por Debate Plural

Jonathan Cook (Counterpunch, 10-8-20)

 

Israel está agitado por una ola de manifestaciones que los observadores locales consideran podría desembocar en un conflicto civil abierto, algo que el primer ministro Benjamin Netanyahu parece estar alentando.

Jerusalén y Tel Aviv han sido durante semanas el escenario de grandes y bulliciosas manifestaciones frente a la residencia oficial de Netanyahu y la de su ministro de seguridad pública Amir Ohana.

El sábado 1 de agosto por la noche alrededor de 13.000 personas desfilaron por Jerusalén al grito de “Cualquiera menos Bibi”, el apodo por el que se conoce a Netanyahu. Sus gritos fueron repetidos por decenas de miles de manifestantes en otras localidades de todo el país.

La participación en estos actos de protesta ha ido creciendo sin cesar, a pesar de las cargas contra los manifestantes por parte de la policía y de seguidores de Netanyahu. También se han producido las primeras protestas de israelíes en el extranjero.

Estas protestas, que desafían las reglas de distanciamiento físico [por el coronavirus], no tienen precedente en la sociedad israelí. Han creado puentes en la brecha política que divide al pequeño grupo de activistas contrarios a la ocupación –a quienes se llama despectivamente “izquierdistas”– y la mayoría de israelíes, que se identifica políticamente como de centro o de derechas.

Por primera vez una facción de los simpatizantes natos de Netanyahu ha salido a las calles en su contra.

A diferencia de otras protestas anteriores –como el gran movimiento por la justicia social que ocupó las calles en 2011 en oposición al aumento del coste de la vida– estas manifestaciones no han dejado completamente fuera los asuntos políticos.

En esta etapa el blanco de la ira y la frustración es claramente personal y se centra en la figura de Netanyahu, el político que ha ocupado su cargo de primer ministro durante un periodo más largo. Los manifestantes le han adjudicado el apelativo de “ministro del crimen” de Israel.

Pero detrás de las protestas también está el aumento del desencanto a medida que crecen las dudas sobre la competencia del Estado para abordar las múltiples crisis que atraviesa el país. El virus ha causado una miseria social y económica incalculable, pues una quinta parte de la población activa está desempleada. Los simpatizantes de Netanyahu de las clases medias bajas son los más afectados.

En estos momentos, en medio de la segunda oleada de protestas, Israel cuenta con un índice de infectados por coronavirus per cápita superior incluso al de Estados Unidos. La sombra de un nuevo confinamiento causado por la mala gestión gubernamental de la pandemia ha minado la pretensión de Netanyahu de ser “Mr. Security”.

También preocupa la brutalidad mostrada por la policía, puesta especialmente de manifiesto por el asesinato en mayo de un palestino autista, Eyad Hallaq, en Jerusalén.

Las duras medidas policiales contra las protestas, llevadas a cabo por unidades antidisturbios, agentes infiltrados, policía montada y cañones de agua no solo han subrayado el creciente autoritarismo de Netanyahu. Da la sensación de que la policía podría estar lista para utilizar la violencia contra los disidentes israelíes que tradicionalmente se reservaba contra los palestinos.

Tras manipular a su rival de derechas, el antiguo general Benny Gantz, hasta conseguir que le secundara en un gobierno de unidad en abril, Netanyahu ha conseguido aplastar cualquier oposición política significativa.

El acuerdo hizo añicos el partido Azul y Blanco de Gantz, hasta el punto de que muchos de sus parlamentarios se negaron a entrar en el gobierno, y ha desacreditado ampliamente al exgeneral.

Supuestamente, Netanyahu está preparándose para una nueva elección en invierno (la cuarta en dos años), para capitalizar la confusión de sus oponentes y evitar cumplir con el acuerdo de rotación por el que Gantz debería sustituirle a finales del próximo año.

Según medios israelíes, Netanyahu podría encontrar un pretexto para convocar nuevas elecciones retrasando aún más la aprobación de los presupuestos nacionales, a pesar de que Israel atraviesa la peor crisis económica en décadas.

Y, claro está, haciendo sombra a todo lo anterior está la cuestión de las acusaciones de corrupción que pesan en su contra. Netanyahu no solo es el primer caso en que un primer ministro en el cargo se sienta en el banquillo, sino que ha utilizado su papel y la pandemia para ganar ventaja, entre otros medios retrasando las audiencias en el tribunal.

En tiempos de profunda crisis e incertidumbre, muchos israelíes se preguntan qué políticas se están aplicando por el bien común y cuáles por el beneficio personal de Netanyahu.

Da la impresión de que el gobierno ha pasado meses centrado en la anexión de franjas de territorio palestino en Cisjordania para agradar a su electorado de las colonias, lo que ha desviado peligrosamente la atención del control de la pandemia.

Del mismo modo, la ayuda económica enviada esta semana a cada israelí –pasando por alto el firme rechazo de los funcionarios de finanzas– se parece sospechosamente a un soborno electoral. Como resultado, el apoyo a Netanyahu está cayendo en picado. Una encuesta reciente muestra que la confianza de la población en el primer ministro se ha reducido a la mitad, cayendo del 59 por ciento en marzo y abril, cuando empezó la pandemia, al 29 por ciento actual.

Un número creciente de israelíes no ven a Netanyahu como una figura paterna sino como un parásito que drena los recursos de la clase política. Una nueva obra de arte instalada de manera encubierta en el centro de Tel Aviv da una idea del ambiente entre la gente. Se titula “La última cena” y en ella aparece Netanyahu solo, atiborrándose con los manjares de un banquete, con la mano hincada en una enorme tarta decorada con la bandera israelí.

A través de otra acción pensada para poner en evidencia la política corrupta de Netanyahu, algunos israelíes acomodados han iniciado una campaña pública para donar el dinero enviado esta semana para paliar los efectos de la pandemia a aquellos que más lo necesitan.

Parece que al  incitar repetidamente a la población contra los que protestan en las calles –tildándolos de “izquierdistas” y “anarquistas”, y sugiriendo que propagan el virus– le ha salido el tiro por la culata. Solo ha servido para sacar más gente a las calles.

Pero la incitación y las afirmaciones de Netanyahu en el sentido de que él es la auténtica víctima –y que en el clima actual podría ser asesinado– han sido interpretadas como una llamada a las armas por parte de la derecha. La semana pasada  cinco manifestantes fueron heridos cuando seguidores del primer ministro les atacaron con garrotes y botellas rotas, mientras la policía hacía la vista gorda. El fin de semana se produjeron nuevos ataques. Los organizadores de las protestas dijeron que habían empezado a crear unidades de defensa para proteger a los manifestantes.

El ministro de seguridad pública Ohana ha pedido que se prohíban las protestas y que la policía emplee mano dura. Ha retrasado el nombramiento de un nuevo jefe de policía, lo que se interpreta como un intento de incentivar a los comandantes locales para que machaquen las protestas y ganen puntos a su favor. Se han producido detenciones masivas de manifestantes con uso de la fuerza y, según ciertas informaciones, la policía les preguntaba sus opiniones políticas.

Algunos observadores se preguntan si las protestas pueden ir más allá del tribalismo de los partidos políticos y convertirse en un movimiento de base que exija un cambio real. Si así fuera, otros grupos más desfavorecido podrían verse tentados de unirse, en particular la quinta parte de los ciudadanos israelíes pertenecientes a la minoría palestina.

Para ello sería necesario que un mayor número de manifestantes relacionara directamente los abusos personales de Netanyahu en el ejercicio de su cargo con la corrupción generalizada y sistémica de la política israelí, centrada en la propia ocupación.

Pero puede que eso sea todavía demasiado pedir, dado que Israel no está sometido a ninguna presión externa para cambiar, ni por parte de Estados Unidos ni por parte de Europa.

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