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La doctrina militar de Trump II

Escrito por Debate Plural

Sergio Rodríguez Gelfenstein (Pagina 12, 25-6-20)

 

El 18 de junio esbocé algunos puntos de vista iniciales respecto de lo que podría considerarse la doctrina militar de Trump. Un lector me escribió para decirme que no se puede hablar de «doctrina militar de Trump» toda vez que este actúa por impulsos y emociones más que por decisiones con sustento científico y político.

El reciente pasquín propagandístico publicado por John Bolton pareciera darle la razón a este lector.

Cuando hablo de doctrina militar lo sustento en el Diccionario latinoamericano de seguridad y geopolítica, dirigido por el brillante politólogo y educador argentino Miguel Ángel Barrios y publicado por la editorial Biblos de Buenos Aires, que establece que este enunciado dice relación con «el conjunto ordenado de leyes, reglas, procedimientos esenciales que rigen el empleo del poder militar para alcanzar los objetivos políticos de una nación por medios militares».

En el caso de Estados Unidos, el analista español Andrés Ortega en un artículo publicado en abril de 2015 en El Espectador global: «En la comunidad estratégica estadounidense hay una obsesión con las doctrinas (Nixon, Kissinger, Carter, Reagan, Bush, etc.)».

Esto podría ser tema para otro debate a fin de discutir si en realidad lo que existe es una doctrina militar propia de Estados Unidos que no debe llevar el nombre de uno u otro presidente, o si puede serlo en tanto se hacen propuestas trascendentales que amplían, modifican o suponen un cambio radical de lo que se ha venido sustentando.

De ahí que para los sucesivos gobiernos imperiales, la doctrina Monroe elaborada en 1823 siga teniendo vigencia para América Latina y el Caribe. Algunas otras entre las que vale la pena mencionar, por ejemplo, la del presidente Woodrow Wilson en 1914, rompió con el aislacionismo y le dio el soporte necesario a su país para que, una vez iniciada su fase imperialista, tuviera los argumentos para involucrarse en la primera guerra mundial.

La doctrina Truman, llamada de «contención» fue la justificación para la Guerra Fría en la que la Unión Soviética era el enemigo principal. Todas las que se crearon a continuación no fueron más que adaptaciones a las condiciones propias de cada momento del mundo bipolar.

Finalizado Este, la doctrina Bush lanzada en 2001, llamada en un primer momento de «agresión positiva» y luego de «guerra preventiva» utilizó una falsa dicotomía de lucha contra el terrorismo para que Estados Unidos, aprovechando que no tenía contraparte en el planeta, se propusiera establecer un modelo unipolar para el sistema internacional.

Los propios analistas estadounidenses no se ponen de acuerdo en torno a cómo enfocar la idea de si el presidente Obama fue portador o no de una doctrina militar propia. Pero lo que sí es cierto —y tal vez sea su mayor proyección hacia el futuro— es que el primer presidente negro fue el promotor de la consideración de Asia como pivote de la política de Estados Unidos y del enunciado de que el siglo XXI sería el «siglo asiático» de su país.

Con esto vislumbró que en el porvenir de este siglo la confrontación estratégica de Estados Unidos sería con China y que en la región Asia-Pacífico se desarrollarían los conflictos fundamentales para definir tal controversia. En este sentido, los planteamientos del presidente Trump hechos el pasado 13 de junio en la academia militar de West Point en los que anunció que para Estados Unidos se había terminado la época de «guerras interminables» y que su país no seguiría siendo «el policía del mundo», sí podrían considerarse cambios de carácter doctrinario que apuntan a involucrarse en toda su extensión en la disputa estratégica que se propone encarar: el conflicto con China en pos de mantener su hegemonía global.

Valdría la pena saber si en términos estrictamente militares, Estados Unidos está preparado para una contienda de estas dimensiones. Según fuentes del Departamento de Defensa citadas en mayo por el diario británico The Times, la potencia norteamericana perdería una guerra contra China en el Pacífico y sería incapaz de defender a Taiwán. Incluso la fuente aseguró que la base militar de Guam ya está en peligro.

El análisis afirma que el resultado de unos ejercicios navales simulados en el año 2030 muestra que la Armada de Estados Unidos «se vería abrumada en un conflicto naval contra China». El simulacro hizo patente que los misiles balísticos chinos de alcance medio que ya están incorporados al arsenal logístico del Ejército Popular de Liberación pueden alcanzar todas las bases de Estados Unidos en la región y los grupos de batalla de los portaviones estadounidenses en cualquier lugar de los océanos Pacífico e Índico en que se encuentren, lo cual es expresión de una extrema vulnerabilidad de sus principales instrumentos de combate contra China. Vale decir que China además posee misiles balísticos antibuque de largo alcance y misiles hipersónicos.

En esta perspectiva, un reciente informe publicado el pasado 21 de mayo por el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos —CRS por sus siglas en inglés— advertía que si el país no aumentaba su capacidad naval, «el potencial de su Armada podría eventualmente ser alcanzado y hasta superado por el de China».

El mismo informe expone que las fuerzas armadas de China en los últimos 25 años han mantenido una constante modernización que le permite realizar operaciones navales «no solo en las zonas costeras de China», sino también en lugares más distantes «incluidas las aguas más amplias del Pacífico occidental, el océano Índico y las aguas de toda Europa», lo cual a pesar de ser inexistente en la doctrina defensiva de China, expone la preocupación del Congreso de Estados Unidos.

El análisis del potencial de la Armada es muy importante por ser este el componente militar esencial de una doctrina militar ofensiva. Uno podría preguntarse ¿dónde están los barcos de la Armada de China en Europa? Es sabido que China tiene solo una base militar fuera de su territorio ubicada en Yibuti —país en el que también hay establecimientos militares de Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Arabia Saudí— con la misión de apoyo logístico para el mantenimiento de las vías de comunicación estratégicas y de ayuda a los supertanqueros chinos que transportan petróleo desde el golfo Pérsico. Además, la potencia asiática posee una pequeña base de observación y seguimiento de sus navíos civiles en Sri Lanka.

El mencionado informe del CRS plantea que el control del Pacífico occidental en tiempos de guerra es un gran desafío porque se pone en peligro «el estatus de larga data de Estados Unidos como la principal potencia militar en esa región en el Pacífico occidental». Cuando se menciona el Pacífico occidental se está hablando de una zona muy alejada del territorio continental de Estados Unidos pero que para China significan sus mares adyacentes en los que debe establecer un férreo control para mantener su seguridad.

En este contexto, el proceso de modernización de China tiene un carácter totalmente defensivo, su único portavión circunda los mares contiguos en la perspectiva de ejercer vigilancia aérea de su mar territorial, alejando la posibilidad de que los aviones estadounidenses basificados en los portaviones o en su bases militares de Japón, Corea, Filipinas y Guam puedan tener alcance operativo para llegar al territorio continental chino. El desarrollo de su Armada tiene esa clara perspectiva. En este objetivo se proponen desarrollar misiles balísticos y de crucero antibuque, submarinos, buques de superficie, aviones y vehículos no tripulados.

En esta región alejada casi 10.000 kilómetros de la costa oeste de Estados Unidos, China ha ido avanzando en la búsqueda de un equilibrio de poder naval cuya diferencia ha ido disminuyendo desde los años 90 del siglo pasado. La preocupación del CRS es que si las líneas de tendencia actuales de las capacidades navales estadounidenses y chinas no cambian, Pekín eventualmente podría igualar o incluso superar a Estados unidos en la capacidad naval general.

Para superar esta situación, el CRS propuso pasar a una «arquitectura de flota más distribuida», conjeturando acerca de si el tamaño planificado de su Armada «será apropiado para contrarrestar el esfuerzo de modernización naval de China en los próximos años». En una visión global, la institución pone sobre el tapete de la mesa de operaciones que en el momento de cumplir sus misiones, se debe considerar además el papel que puedan jugar las fuerzas militares rusas, lo cual complejiza mucho más el problema.

Con el objetivo de esbozar los requerimientos para enfrentar a China en sus zonas cercanas, en particular en el mar de la China Meridional, una de las más trascendentales transformaciones que se propone el Pentágono es la reforma estructural de la Infantería de Marina, el componente militar ofensivo de intervención por antonomasia de las fuerzas armadas de Estados Unidos.

En este sentido, según el think tank estadounidense Center for Strategic and International Studies, el cuerpo de marines, de la mano de su nuevo jefe el general David Berger, se circunscribirá al combate en el litoral, resignando en el ejército la realización de las operaciones terrestres.

Según Denis Lukyanov, periodista ruso especializado en temas militares, en un artículo publicado en Sputnik el pasado 10 de abril, el general Berger se plantea recurrir a las tropas de desembarco para confrontar a China en las islas de sus mares adyacentes a fin de «evitar que los marineros chinos actúen con éxito en las aguas que están en litigio. Para conseguirlo, el cuerpo usará armas desde las islas que se encuentran bajo su control o bajo el de sus aliados regionales» en un plan que se estará estructurando hasta 2030 lo cual permitirá realizar los cambios que los ejercicios operacionales vayan mostrando necesarios de realizar.

En lo inmediato, estos y otros cambios doctrinarios y el escalamiento de la tensión con China, sobre todo a partir de la guerra comercial, la injerencia creciente de Estados Unidos en los asuntos de Hong Kong, Taiwán y Xinjiang y la supuesta responsabilidad china en el surgimiento y desplazamiento de la pandemia de COVID-19 han llevado a que el representante republicano por Texas William Mac Thornberry que lidera el Comité de Servicios Armados de la Cámara presentara un proyecto de ley en el Congreso con miras a crear un fondo de 6.000 millones de dólares para reforzar el potencial disuasorio contra China.

As mismo, el Departamento de Defensa ha dicho que desearía cambiar su enfoque para poner el énfasis en el desarrollo y envío de mayor cantidad de armas hipersónicas y misiles de crucero de largo alcance lanzados desde tierra a la región de Asia-Pacífico, y armar a las unidades marinas a lo largo de los mares de China con misiles antibuque. El propio presidente Donald Trump anunció el pasado 15 de mayo que su país está trabajando en el desarrollo de lo que llamó un «superdupermisil» cuyo objetivo sería superar las armas hipersónicas en poder de China y Rusia.

Así, resultan patentes los cambios doctrinarios en la política militar de Estados Unidos y su materialización en cuanto a equipamiento, transformaciones operativas, prioridades presupuestarias y preparación combativa de las tropas conducentes a confrontar a China en lo que ya comúnmente se ha dado en llamar la segunda guerra fría.

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