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El despojo imperial

Escrito por Debate Plural

Richard Canán (Aporrea, 9-7-20)

 

Solo la derecha apátrida y fascista (mal nacida en este país) puede celebrar con gozo el burdo robo del oro y demás activos pertenecientes a la República. Hay evidencia de que están complotados hasta los tuétanos en la ilegal expoliación de los recursos de todos los venezolanos. La incautación del oro del BCV, en custodia en las bóvedas del Banco de Inglaterra, es una perversa maquinación política del gobierno inglés, que viola el derecho internacional y vulnera la relación contractual cliente-banco.

Ningún país o institución financiera mundial tendrá confianza de utilizar los servicios del Banco de Inglaterra, frente a los evidentes niveles de altísimo riesgo, producto de la discreción y arbitrariedad del dueño del banco (el gobierno Británico) frente a sus desprotegidos clientes.

Estamos frente a una evidente represalia política, orquestada por Estados Unidos y sus peones criollos (López, Guaidó, Borges y demás alimañas rastreras). La participación de los lacayos fascistas pertenecientes a Voluntad Popular y Primero justicia es pública y notoria. Sin vergüenza alguna, han terminado asalariados del Departamento de Estado, vía USAID. De estos vergonzosos hechos no hay que sorprenderse, a lo largo de la historia, los imperios parasitarios (el español, británico, francés y ahora los norteamericanos) han contado con la imprescindible colaboración de sumisos vasallos, que como buenos agentes mercenarios venden sus servicios al mejor postor.

Ahora suman a su retorcida causa a los representantes del gobierno Británico, que actúan rememorando sus desmanes colonialistas del pasado. El imperio Británico pretende reeditar las vergonzosas desventuras de su Corsario Francis Drake (1540-1596), abominable comerciante de esclavos, cuyas expediciones en nombre del reino le permitieron ejercer la piratería por todo el Caribe, incendiado ciudades, asesinando y saqueando todo a su paso.

Nada ha cambiado a lo largo de los siglos. Solo que ahora los imperios neocolonialistas tratan de guardar las formas. Pero siempre terminan imponiéndose por la fuerza, cegados por la avaricia y la defensa de sus intereses imperiales y geoestratégicos. Quedan en evidencia cuando se hace público el modus operandi utilizado para lograr sus fines, aprovechándose de los pueblos mediante el uso, sin rubor alguno, de la tracalería, el fraude, la intriga y la siembra de mentiras y falsedades.

Basta con estudiar las acciones de confabulación internacional desplegadas cuando pretendieron despojar a Venezuela de su histórica posesión sobre el territorio Esequibo, mediante el espurio y nulo Laudo Arbitral de París de 1899, comprando a todas las partes y amenazando con cañoneras a las autoridades nacionales. Nuestra posición estratégica frente al poderoso e inmoral imperio Británico fue siempre de resistencia, apegados estrictamente a nuestros derechos históricos y a lo señalado posteriormente en el articulado del Acuerdo de Ginebra de 1966. Ese año, por cierto, el parasitario imperio Británico se vio obligado a reconocer la independencia de su excolonia, ahora República Cooperativa de Guyana, la cual heredó de su retorcido colonizador la reclamación del Esequibo (para mayor profundidad hay que leer el extraordinario y pedagógico libro «A un siglo del despojo. La historia de una reclamación», del Coronel Pompeyo Torrealba). Tampoco podemos olvidar que algunos años antes, en 1833, la corbeta del imperio Británico HMS Clío, tomó por asalto y ocupó por la fuerza las islas Malvinas, desalojando bajo la amenaza de sus cañones a la población civil y militar que habitaba en la isla bajo posesión de las autoridades argentinas.

Este es el verdadero metabolismo de los imperios. Así actúan las nefastas potencias, que aún en pleno siglo XXI, han perfeccionado sus métodos de dominación, ahora bajo perfilados esquemas neocolonialistas. En el imperio Británico lo llaman el «Commonwealth of Nations», que agrupa a 54 países o territorios que fueron o aún son colonia del imperio. Allí aparecen «socios» como Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Belice, Barbados o Bahamas. En casi todos estos territorios la Reina Isabel II «funge como jefa de Estado y es representada en el país por un gobernador general». A esta reminiscencia de opresión colonial, en pleno siglo XXI, la llaman «monarquía constitucional.

Resalta el caso de Canadá, que gusta frecuentemente rasgarse las vestiduras criticando nuestra forma de gobierno. Pero allí viven bajo el yugo de una «monarquía parlamentaria», por cuanto son súbditos en perpetua genuflexión frente al retrato de la reina, por la cual nadie votó en sus 67 años de reinado. Los canadienses a duras penas pueden votar para elegir a su representante ante la Cámara de los Comunes y ellos, desde ese cuerpo colegiado, son los que eligen al Primer Ministro. Una evidente forma de neocolonialismo.

Los «impolutos» agentes del imperio Británico son los mismos falsos demócratas, supuestos defensores de la libertad y la justicia que tienen secuestrado a Julián Assange en las mazmorras de la cárcel de alta seguridad de Belmarsh, sometido a condiciones extremas de asilamiento que han deteriorado severamente su salud física y mental. Assange fue detenido ilegalmente por la policía británica dentro de la embajada de Ecuador en Londres en el año 2019, con la miserable autorización del cipayo Lenín Moreno, violando sus Derechos Humanos fundamentales y el Derecho a Asilo que ya había recibido. Todo por el único delito de informar y hacer públicos millones de documentos con pruebas de los terribles crímenes de guerra cometidos por las fuerzas militares de Estados Unidos desplegadas por todo el mundo; así como revelar sus aparatos de espionaje, vigilancia y violación de la privacidad de la ciudadanía (Five Eyes). Con la complicidad del gobierno Británico, Assange está sometido a la amenaza de su inminente «extradición a los Estados Unidos, donde enfrenta hasta 175 años de prisión por espionaje».

Es evidente la inmoralidad e impudicia de quienes han ejercido el poder de la fuerza para subyugar inmisericordemente a los pueblos del mundo. Durante siglos y con absoluta soberbia, se han apropiado de extensos territorios, exterminado o dominado a su población nativa y han saqueado impúdicamente sus riquezas naturales. Todo esto sin pedir perdón o asumir responsabilidades por sus crímenes en contra de la humanidad.

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