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Coronavirus: ¿Quién quiere volver a la vieja normalidad?

Escrito por Debate Plural

Pablo Esteban (Kaosenlared, 3-7-20)

La normalidad previa a la pandemia no era tan buena como ahora solemos pensar. Basta con hacer un poco de memoria. Todos y cada uno de nosotros formábamos parte de un capitalismo acelerado y agresivo, de un consumismo sin fronteras. Si recordamos, en aquel escenario pasado que ahora rememoramos con cierta nostalgia, cultivábamos buena parte de nuestras relaciones a partir del egoísmo, la calle se había convertido en un caldo de cultivo para la violencia a cualquier hora del día.

Estábamos mediados por un individualismo que aún aturde. A nivel global, también hicimos lo propio. Arrasamos el planeta: ese al que le costó miles de millones de años ponerse bonito, nosotros –una especie desafortunada– lo hicimos bolsa en poco tiempo. Hoy la temperatura promedio de la Tierra se halla 1.1°C respecto al período industrial (1880-1900) y, en esta transformación, el uso de combustibles fósiles tiene mucho que explicar. El consabido efecto invernadero y el calentamiento global. El petróleo trajo consigo el progreso, pero ¿el progreso para quién?

Muchísimas especies están en peligro de extinción, la diversidad se apaga. Se ve que no toleramos la naturaleza, o bien, que nos importa poco cuidar nuestro entorno. Creemos que “proteger a las generaciones futuras” solo constituye un relato. En nombre del avance justificamos los peores ecocidios. Los incendios en el Amazonas y en Australia; el desplazamiento de la frontera agrícola en Argentina.

El glifosato y sus derivados no solo enferman nuestros cuerpos sino nuestros espacios. Un nuevo estudio –uno más– lo vincula con el cáncer, las malformaciones y otros problemas de salud. Una compilación, compartida por Darío Aranda, da cuenta de los impactos que el herbicida provoca en la salud y el ambiente. El aire está tan contaminado por las luces de nuestras pantallas que ni siquiera somos capaces de ver las estrellas, que están ahí para nosotros desde el principio de los días. Ese teatro inconmensurable que es el cielo y que nunca cierra su telón. El universouna función a la que siempre estamos invitados pero de la que rara vez participamos.

Quizás este tiempo de excepción sirva para barajar y dar de nuevo; tal vez, resulte clave para parar la pelota y respirar un poco. Porque si no respiramos corremos el riesgo de asfixiarnos con tanta mala noticia. Esta semana nos enteramos de que hay otro virus con potencial pandémico. Fue hallado en China donde se encuentran más de la mitad de los cerdos a nivel mundial. El grado de desequilibrio y precariedad en el que vivimos no es casual, sino causal.

Solo que hay que saber cómo conectar las causas. Debemos replantearnos de una vez por todas, ¿por qué tanto antropocentrismo? ¿Por qué necesitamos ser el centro? ¿Por qué no corrernos un poco y vivir nuestras vidas creyendo que las sociedades futuras se encontrarán con un mundo más digno de ser habitado? Un espacio menos desigual. Fue necesario que un virus coloque a toda la humanidad en un sitio de vulnerabilidad pocas veces observado. No importan las ideologías: el virus se propaga igual. No interesa el dinero que tengas en tu bolsillo: el virus se propaga igual. No importa tu color de piel: el virus se propaga igual.

La propia respuesta ante el patógeno apela a un sentido bien –pero bien– profundo que se vincula con, ni más ni menos, que pensar en el otro. La situación nos invita, necesariamente, a cuidar a los que queremos. Porque cuidarlos también es cuidarnos. Sin embargo, también nos invita a algo mucho mejor: a proteger a aquellos que ni siquiera conocemos, a aquellos con los cuales nunca hemos cruzado una palabra, ni intercambiado un gesto. Protegerlos es protegernos. El aislamiento, antídoto medieval contra las pestes, continúa siendo el remedio más efectivo.

Necesitamos aislarnos para volver a estar juntos lo más rápido posible. Mientras tanto, tratemos de utilizar el tiempo de confinamiento para pensar. Para reflexionar sobre si la vieja normalidad es lo que efectivamente anhelamos; o bien, si nos gustaría que se modifiquen ciertas prácticas sociales. Porque resulta que pensar es un excelente motivo para comenzar a hacer. Pensar, hurgar información, confrontar datos como buenos ejercicios para combatir tanta infodemia, ese virus informacional que –algunas veces– pareciera que se disemina con mayor velocidad que el Sars CoV-2 y para el que tampoco –al menos por ahora– tenemos vacuna.  

A continuación hice una lista de las notas de Ciencia y Educación que más me gustaron durante los últimos días. Allí advertirán noticias que intentan reflejar los acontecimientos del presente relacionados con el coronavirus, así como también otros fenómenos que no tienen demasiado que ver con patógeno y sus efectos devastadores. Hay vida más allá del coronavirus. Hay vida antes y después. Pero, ¿qué vida?

Acerca del autor

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