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Debates sobre estrategia y organización a la luz de la rebelión

Escrito por Debate Plural

Luis Meiners (Kaosenlared, 9-6-209

 

Estamos viviendo jornadas históricas. En Estados Unidos una rebelión contra el racismo sistémico desatada a partir del asesinato de George Floyd ha adquirido una extensión y fuerza no vista en décadas. El inmenso despliegue represivo no ha logrado contenerla. Por el contrario, la protesta ha generado quiebres y tensiones en las más altas cúpulas del poder del estado

La radicalidad del momento actualiza la necesidad de encarar debates estratégicos para la militancia de izquierda y socialista. El objetivo de este artículo es contribuir a la necesaria tarea de abordarlos.

En los últimos meses, y las últimas semanas en particular, hemos podido experimentar aquello que Lenin señalaba sobre la existencia de semanas en las que transcurren décadas. Son momentos en los que se condensa la historia, y suceden rupturas que parecían inimaginables poco tiempo atrás. Este es uno de esos momentos.

Con el trasfondo de la pandemia y la crisis económica mundial, la rebelión que se ha desatado ha modificado de manera fundamental las coordenadas del debate político. Es una respuesta masiva, en las calles, a un sistema basado en desigualdades estructurales que han sido expuestas de manera extremadamente dolorosa en el transcurso de los últimos meses. La violencia económica del desempleo y la pobreza, la violencia patronal sobre los trabajadores esenciales, la violencia del racismo y la brutalidad policial, y por supuesto, la violencia de un virus en cuerpos desigualmente atravesados por todas estas formas de violencia estructural.



Ante este escenario, los socialistas nos encontramos sin una herramienta política, sin una organización que pueda empalmar con la presente ola de radicalización, conectarla con las experiencias e historias de lucha y sus enseñanzas, y contribuir a impulsarla hacia adelante. La crisis de la izquierda radical se produjo en paralelo al ascenso de corrientes reformistas que crecieron capitalizando un periodo de radicalización abierto luego de la crisis del 2008, en gran medida a través de la campaña de Sanders. En ese marco, se produjeron importantes debates en torno a la estrategia para una transformación radical de la sociedad. Sobre estos debates queremos volver, a la luz del desarrollo de los acontecimientos.

Estado, democracia capitalista y ruptura socialista

Uno de los debates estratégicos clave que se produjeron en el transcurso de este proceso fue en torno las posibilidades (y la necesidad) de una ruptura revolucionaria bajo regímenes democrático burgueses. Ensayando una recuperación de Kautsky en clave “radical”, esta posición partía de sostener que “el camino hacia una ruptura anticapitalista en condiciones de democracia política pasa por la elección de un partido de la clase trabajadora al gobierno”.

En efecto, esta posición adopta esa afirmación como una premisa. “Kautsky rechazaba la relevancia de una estrategia insurreccional en las democracias capitalistas. Su argumento era sencillo: la mayoría de la clase trabajadora en países parlamentarios generalmente buscará utilizar movimientos de masas legales y los canales democráticos existentes para hacer avanzar sus intereses. Los avances tecnológicos, en cualquier caso, han vuelto demasiado poderosos a los ejércitos modernos para que sean derrocados por un levantamiento del estilo de la lucha de barricadas callejeras del siglo XIX.

Por estos motivos, los gobiernos democráticamente electos tienen demasiada legitimidad entre la clase trabajadora, demasiada potencia en sus fuerzas armadas, para que un enfoque insurreccional sea realista. La historia ha confirmado las predicciones de Kautsky. No solo no ha habido nunca un movimiento socialista insurreccional victorioso bajo una democracia capitalista, sino que además solo una pequeña minoría de trabajadores ha apoyado siquiera nominalmente la idea de una insurrección.”



El primer argumento histórico que “confirma” las predicciones de Kautsky es, como mínimo, engañoso. Se podría decir exactamente lo mismo sobre la estrategia de Kautsky. Efectivamente, en ninguna parte del mundo, ni siquiera bajo regímenes democráticos, ha habido un movimiento socialista victorioso por la vía electoral.

Desde el Chile de Allende y la Francia de Mitterrand hasta Syriza en Grecia, nos encontramos con los mismos resultados: capitulación o derrota violenta. La propia derrota de Sanders, o la de Corbyn en Inglaterra, dan testimonio de las dificultades de este camino, no sólo para producir cambios de fondo, sino incluso para ganar elecciones. Por supuesto, quienes sostienen este argumento podrían ingresar al terreno del análisis de los errores específicos de cada uno de esos procesos y explorar los escenarios hipotéticos posibles si se hubiera actuado de otra manera.

Todo eso es perfectamente válido y necesario para aprender de la historia. Pero elimina el aura de certeza absoluta y afirmación irrefutable que dan a sus argumentos. El autor del artículo citado crítica la extrapolación de la Rusia de 1917, pero termina recurriendo como ejemplo a la Finlandia de 1918. Un debate honesto exigiría que ambos ejemplos sean válidos, o no ninguno lo sea.

Quisiera detenerme en el argumento del “apoyo minoritario” en la clase trabajadora, que se vincula a lo afirmado previamente sobre el uso de los canales legales y la legitimidad de las democracias capitalistas. Es precisamente esta parte que puede analizarse mejor a la luz de los acontecimientos de los últimos 10 días. Es evidente que bajo circunstancias “normales”, la inmensa mayoría de la clase trabajadora y de todos los sectores oprimidos intentan resolver sus demandas a través de los mecanismos formales de la democracia burguesa.

La cuestión es que estas demandas no pueden ser resueltas de manera permanente mediante los mecanismos de cualquier estado burgués, por más amplias que sean sus formas democráticas. Y esto es así por los límites estructurales que impone el sistema capitalista y el carácter de clase del estado. Más temprano o más tarde, las demandas de la clase trabajadora chocan contra la pared de los intereses de la clase capitalista.

En situaciones “normales”, la clase capitalista logra maniobrar. A veces es obligada a resignar terreno. Pero en condiciones de crisis, sus márgenes se reducen. Cuando emergen los límites, se producen condiciones para que la actividad de la clase trabajadora y el pueblo exceda los marcos de la institucionalidad. Allí es cuando pueden surgen las insurrecciones. La historia ha demostrado que estas situaciones se producen periódicamente.

En algunas partes del mundo, de manera constante. Otras partes han tenido décadas de relativa estabilidad. Pero esa estabilidad no dura para siempre, precisamente por las contradicciones inherentes del sistema capitalista y el carácter de clase del estado. Negar estas contradicciones inherentes llevó al reformismo del siglo XIX y principios del siglo XX a alimentar una concepción evolucionista del desarrollo histórico, y una evolución gradual del capitalismo al socialismo.

Lejos de esta evolución gradual, si hay algo que efectivamente podemos aprender de la historia es que ésta se desenvuelve mediante saltos, choques, avances y retrocesos, cambios bruscos y periodos de estabilidad. Hay momentos en los que millones experimentan en su propia vida, de manera concreta, estas contradicciones fundamentales del sistema capitalista y el carácter de clase del estado. En esos momentos la actividad de la clase trabajadora y las masas se sale de los “canales democráticos”. En estos momentos, una organización militante puede incidir decisivamente sobre los acontecimientos, y convencer a millones de la necesidad de una ruptura radical con el estado y el sistema partiendo de la experiencia vivida concreta, y organizarlos para lograr estos objetivos.

Este es uno de esos momentos excepcionales. Y es el resultado del estallido de una enorme cantidad de contradicciones acumuladas. La “legitimidad” de la democracia capitalista está atravesando una crisis hace tiempo. Incluso en los países “capitalistas avanzados”, donde hubo décadas de estabilidad, la erosión del estado de bienestar y la ofensiva neoliberal de las últimas décadas ha generado un creciente desgaste de los regímenes políticos. Los grandes partidos burgueses de occidente han vivido importantes crisis. En la última década este proceso se ha acelerado. La crisis del 2008 debilitó las bases de la estabilidad de los regímenes políticos, produciendo una polarización social y política creciente. Aun antes de la pandemia, fuimos testigos de un ciclo de rebeliones desde Hong Kong hasta Chile.

Este cuadro se ha profundizado con la pandemia y la crisis económica. Fenómenos que estábamos más acostumbrados a ver en los países semicoloniales ya habían adquirido una creciente relevancia en los países imperialistas en los últimos años y esto se ha agudizado. Millones de desocupados, pobreza, crisis en los sistemas de salud y los servicios e incluso hambre. Pero también la tendencia hacia crisis y estallidos sociales cada vez más agudos, desde los chalecos amarillos de Francia hasta la rebelión anti-racista en Estados Unidos.

Estamos en los comienzos de un cambio cualitativo. La pandemia ha desatado una crisis económica de proporciones históricas y expuesto desigualdades estructurales. Las respuestas desastrosas de los gobiernos han acelerado crisis políticas. Este es el marco en el que se desarrolla la situación presente, y el que la rebelión que estamos viendo contribuye a profundizar. Es precisamente allí que ponen a prueba distintas orientaciones estratégicas.

Estrategia y organización

Con alrededor de 70 mil miembros, el DSA es la organización más importante de la izquierda. Sin embargo, ha estado muy por detrás de los acontecimientos. Sin dudas miles de miembros del DSA forman parte activa de las protestas. Pero el DSA no ha tenido una presencia organizada en las mismas. Más allá declaraciones correctas, no ha intervenido con una perspectiva propia en los acontecimientos, ni llamado a organizar a sus miembros para desarrollar una orientación común debatida democráticamente.

Esta debilidad fundamental tiene varias causas. En parte, se debe a que algunos de los sectores que componen a esta organización tienen una comprensión reduccionista e inadecuada del papel de la lucha contra el racismo, del movimiento de Liberación Negra, en lucha de clases. En algunos casos se combina con un rechazo y desconfianza en la capacidad transformadora de la irrupción del movimiento de masas en la escena política. Pero además, y atravesando transversalmente lo anterior, la comprensión de que las elecciones son el camino fundamental para una ruptura anticapitalista está en la raíz de estas debilidades.

Si bien el crecimiento explosivo del DSA en los últimos años lleva a la existencia de una diversidad de orientaciones en su interior, e incluso notables diferencias que se expresan en debates públicos y se trasladan a la acción, en términos generales se trata de una organización fuertemente orientada hacia lo electoral. Esto significa que, más allá de las desigualdades regionales y en sus tendencias, su membresía es una red relativamente laxa, y la disputa electoral tiene un peso decisivo en la actividad y las tareas concretas que la organización le propone a sus miembros.

En la práctica, esto hace que en medio de jornadas históricas como las que estamos viviendo, en ciudades como Nueva York no se hayan organizado reuniones donde los miembros puedan participar activamente para coordinar la intervención del DSA en las protestas.

O que se proponga una campaña de “Desfinanciar la policía”, pero no se organice como desarrollarla de manera militante, a través de volantes, intervenciones públicas, difusión masiva, movilizaciones, etc. En un momento de inmensa radicalización, no se abren espacios para debatir y organizar como un partido socialista puede ser parte de los acontecimientos y simultáneamente argumentar al interior del movimiento la necesidad de luchar contra el conjunto del sistema, y de construir una organización para ello, haciendo avanzar las ideas socialistas en un momento de enorme apertura.

Esto no solo debilita a la organización, también tiene consecuencias negativas para el desarrollo del movimiento. Debemos preguntarnos, ¿que pasaría, por ejemplo, si el DSA con sus 70 mil miembros interviniera con una política común para desarrollar la movilización, enfrentar a Trump, convocar asambleas y coordinaciones para decidir cómo profundizar la lucha? La concepción dominante produce un divorcio entre la actividad “política” concebida exclusivamente en términos electorales, y la actividad en los movimientos. Esto impide que se actúe sobre una rebelión como ésta, es decir, que verdaderamente se haga política de masas.

Ante este escenario se impone con urgencia la necesidad de dar la pelea por construir una organización que esté a la altura de las circunstancias. Necesitamos un partido revolucionario, un partido para la acción. Esta organización debe fomentar el debate a su interior, con un funcionamiento interno verdaderamente democrático, en el que la política, orientaciones y tareas sea definidos por el conjunto de sus miembros. Simultáneamente tiene que ser centralizado, para poder potenciar su fuerza, enfocando los esfuerzos de manera conjunta hacia los objetivos políticos comunes.

Las instancias de dirección necesarias para esto deben ser democráticamente electas y debe rendir cuentas periódicamente. Un partido que forme cuadros y activistas para que vuelquen toda su capacidad política y organizativa a la lucha de clases. Que puedan vincular cada una de las luchas parciales con el objetivo de una transformación social radical. Una red de militantes de estas características podría jugar un papel decisivo en momentos como el actual.

Esta tarea fundamental se ha vuelto urgente en el periodo presente. Sin dudas hay errores y experiencias del previas que dificultan esta tarea. Pero hay un enorme espacio para avanzar. Un paso fundamental en este sentido es reagrupar a la militancia socialista revolucionaria, hoy dispersa, en muchos casos activando en sindicatos y movimientos sociales, en otros organizada en una diversidad de corrientes de izquierda. Pero para avanzar en este sentido, quienes compartimos la necesidad de pelear por esta perspectiva debemos comenzar por agruparnos, conformar una organización sobre bases estratégicas compartidas, desde la cual participar activamente en la lucha de clases y en los debates del activismo de izquierda sosteniendo la necesidad de un reagrupamiento revolucionario.

Hay camaradas que provienen de distintas tendencias, distintas tradiciones, pero que compartimos una comprensión común del presente y de las tareas planteadas. Agruparnos es un primer paso central. No pueden primar las rencillas sectarias frente a la magnitud de la tarea.

En un nivel más general, este reagrupamiento tendrá la tarea fundamental de pelear por la construcción de un tercer partido, socialista, independiente de los dos partidos del capital. Esto implica dar peleas tanto dentro como fuera del DSA, para construir esta organización. Miles de camaradas dan esta pelea alrededor de todo el país. ¿Qué pasaría si tuviéramos una herramienta para dar esta pelea de forma organizada? Debemos encontrar el camino para avanzar de manera conjunta. Desde la Liga Internacional Socialista, queremos aportar para dar pasos decisivos en este sentido. El momento es ahora

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