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¿El principio del fin de la era Bolsonaro?

Escrito por Debate Plural

Gerardo Szalkowicz (Kaosenlared, 23-5-20)

 

Jair Messias Bolsonaro, el único presidente que, a esta altura, sigue saboteando las medidas de confinamiento y peleándose a diario con la comunidad médica, la OMS, gobernadores, alcaldes y periodistas.

La imagen de Brasil es la de un micro yendo a toda marcha derecho al barranco y su chofer en vez de cambiar el rumbo acelera más. Un grupito de pasajeros le festeja y el resto le implora que frene, pero el tipo se aferra a su delirio místico y pisa el acelerador a fondo. Y encima se da vuelta y lanza una carcajada burlona.

A la crisis sanitaria y a la crisis socioeconómica –de pronósticos catastróficos– que se desataron en todo el mundo con la llegada del coronavirus, en Brasil se suma una crisis política con tintes surrealistas, inducida por la insólita actuación de Jair Messias Bolsonaro, el único presidente que, a esta altura, sigue saboteando las medidas de confinamiento y peleándose a diario con la comunidad médica, la OMS, gobernadores, alcaldes y periodistas. Incluso confrontando con sus aliados o con sus propios (ahora ex) ministros, como el superpoderoso Sergio Moro o los dos titulares de la cartera de Salud renunciados en menos de un mes.

Mientras Brasil trepó al segundo país con más casos de Covid-19 en el mundo -sólo detrás de Estados Unidos-, asumió como ministro de Salud interino el militar Eduardo Pazuello, de nula experiencia en el tema. Con cifras cada día más alarmantes, Brasil es el epicentro de la pandemia en América Latina. Por la tragedia humanitaria que se traduce de ese frío conteo cotidiano de contagios y muertes pero también por su peso geopolítico: es la mayor economía de la región y, salvo con Ecuador y Chile, limita con todos los países sudamericanos (con lo que implican hoy las fronteras). La preocupación que genera en sus países vecinos es tan grande como su geografía.

Bolsonaro no llegó al Palacio de Planalto por mérito propio. El ex capitán e ignoto diputado durante 27 años fue la única carta que le quedó a la élite brasileña tras la implosión de los partidos tradicionales para evitar el quinto triunfo electoral seguido del Partido de los Trabajadores. La proscripción de Lula, la campaña de fake news y el poder evangélico hicieron el resto para que un personaje cuyo principal gesto es imitar un disparo lograra más de 57 millones de votos.

Pero buena parte de ese apoyo se esfumó con su irresponsabilidad frente al coronavirus. La mayoría de la clase política y los principales medios -O Globo, Folha y Estadão- ya le soltaron la mano. Uno de sus principales aliados era Joao Doria, gobernador de San Pablo, quien recientemente dijo que Bolsonaro “no está en plenas facultades mentales”, mientras que el ex presidente Fernando Henrique Cardoso sostuvo que “Bolsonaro está cavando su propia fosa” y el alcalde de Manaos, Virgílio Neto, lo llamó “asesino indirecto”. Los tres son del PSDB, el histórico partido de la derecha brasileña. Suena entonces cada vez con más fuerza la idea de un juicio político. Pruebas no faltan: la más contundente es un video de una reunión de gabinete en el que Bolsonaro exige el cambio del jefe de la Policía Federal para evitar que avancen los procesos judiciales contra sus hijos, maniobra denunciada por Moro cuando pegó el portazo.

Políticamente aislado, sin partido, con una economía que se va a pique, 12 millones de desempleados y un sistema de salud desfinanciado y desbordado -en parte por la expulsión de las y los 8 mil médicos cubanos-, y con el desastre que dejará la pandemia, el horizonte de Bolsonaro parece estar asociado a la palabra impeachment.

Así y todo, no hay que subestimar el caudal de apoyos que tiene y la base social que construyó. Su principal sostén son las Fuerzas Armadas, las policías locales y las milicias paramilitares que controlan las barriadas. Los militares dirigen nueve de los 22 ministerios; además del vicepresidente Hamilton Mourão y el jefe de Gabinete Walter Braga Netto, más de 2.500 uniformados están esparcidos por el gobierno, muchísimos más que en la dictadura.

Otros pilares que lo sostienen son el empresariado que se beneficia con sus políticas ultraliberales, sobre todo el sector latifundista y el llamado grupo Brasil 200, y la Iglesia Evangélica en un país donde el 29% de la población y la quinta parte de sus congresistas practica esa religión. En el Parlamento, Bolsonaro se apoya en “el Centrão”, un grupo de partidos pequeños siempre dispuestos a cambiar votos por cargos o favores.

Pero quizá el dato saliente de la época es que la ultraderecha se agrupó en torno a Bolsonaro y ocupó las calles. Se moviliza por el cierre del Congreso y la Corte Suprema y el propio presidente los avala. Se habla de un 25 a 30 por ciento de la población que lo apoya: una minoría pero que está articulada, frente a una mayoría desarticulada y desmovilizada. Y en un escenario donde la principal oposición que se perfila es la derecha clásica y no el PT. Además, su retórica anti cuarentena tiene buena recepción en sectores populares o pequeños comerciantes. Lo explica Emir Sader: “El discurso de Bolsonaro está dirigido a los más ricos, que controlan la economía. Pero también se dirige a los más pobres, que son la mayoría, y necesitan salir de casa para sobrevivir”.

Para el filósofo brasileño Vladimir Safatle, “Bolsonaro ocupó el espacio anti-establishment y está reconstruyendo la identificación ideológica de esa minoría. Se ve al frente de una revolución en marcha y no va a parar. Comenzó con un 30 por ciento de gente que lo apoyaba y va a terminar con un 30 por ciento de “camisas negras” (como se conoció a las milicias fascistas de Benito Mussolini). Lejos de menospreciar su proyecto, Safatle advierte que Bolsonaro “busca hacer una transformación radical en la estructura social del país, una revolución cultural como fue el nazismo”.

El gran dilema es hasta dónde podrá llegar.

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