Economia Internacionales

Alternativas al desempleo, un «mal capitalista»

Escrito por Debate Plural

Richard Wolff (A’ l encontre, 14-5-20)

 

En los Estados Unidos, más de 33 millones de trabajadores y trabajadoras se han quedado sin trabajo desde el brote de la pandemia de Covid-19.

Según el Washington Post del 7 de mayo de 2020, el 77% de estos nuevos desocupados cree que va a poder volver a su trabajo o que podrá encontrar uno cuando la pandemia haya terminado. Por otro lado, según varios estudios de economistas, el 40% de los empleos perdidos no van a poder ser recuperados. Por lo tanto, el choque será brutal. Además, la encuesta del Washington Post indica que el 20% de los adultos hispanos y el 16% de los negros dicen que han sido despedidos o suspendidos temporalmente desde el comienzo de la epidemia en los Estados Unidos. El porcentaje de blancos en esta situación es, en cambio, del 11%. (1)

La explosión del desempleo tendrá un efecto duradero en la configuración social y política de los Estados Unidos. De ahí la necesidad de que el movimiento sindical lleve a cabo una acción educativa sobre la relación entre el capitalismo y el desempleo y que elabore los elementos para una alternativa. Es lo que intenta hacer este artículo, con los límites que conlleva este tipo de ejercicios.

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Los titulares de la prensa nos hablan del trauma, del dolor y del desastre debido a una explosión histórica de desempleo capitalista. Pero la denuncia del desempleo estuvo siempre en el centro de las acusaciones contra el capitalismo. Es un sistema que recompensa a los patrones con los beneficios obtenidos mediante el trabajo remunerado de los empleados y empleadas. Sin embargo, este sistema no necesariamente logra siempre proponer un trabajo a cada uno de ellos y ellas lo que se traduce en una reducción de sus ganancias. Peor aún, es un fenómeno que ocurre con bastante regularidad y que se conoce como «ciclo económico».

Esos ciclos demuestran, intrínsecamente, que el capitalismo es socialmente irracional. Los desempleados y desempleadas dejan de producir pero siguen consumiendo, aunque en cantidades reducidas. Obviamente, sería mejor que los trabajadores siguieran produciendo lo que siguen consumiendo. Pero, a pesar de los esfuerzos, el capitalismo nunca ha logrado ese objetivo: desde los años 30 ha tratado de controlar sus propios ciclos recurrentes a través de políticas keynesianas. Son ciclos económicos que causan regularmente estragos y sufrimiento a los trabajadores y trabajadoras.

Otra irracionalidad del capitalismo radica en el obstinado rechazo de los capitalistas a considerar, y mucho menos a aplicar, la alternativa obvia al desempleo: Cuando los trabajadores y trabajadoras empiezan a ser despedidos (debido a la caída de la demanda, la recesión, la automatización, etc.), los empleadores tendrían la posibilidad de mantener los empleos reduciendo la jornada de trabajo. En lugar de tener un 10% de desempleo, si la semana laboral se redujera de 40 a 36 horas, todos los trabajadores terminarían de trabajar, cada viernes, a la una y no a las cinco de la tarde.

Es difícil comparar y medir los costos respectivos del desempleo y de la reducción de la jornada laboral. Eso explica probablemente la preferencia de la mayoría de los capitalistas por el desempleo, por el poder que éste les permite ejercer sobre los asalariados y asalariadas. La perspectiva del desempleo es un motivo de ansiedad para los trabajadores y trabajadoras, enfrentados entre sí por miedo a ser despedidos. De esta manera, vemos que esta minoría social -la de los empleadores – impone algo que es socialmente «irracional» a trabajadores y trabajadoras, al menos a la gran mayoría de ellos/as. Y pese a que durante esta pandemia el distanciamiento social permitiría asegurar los puestos de trabajo, son pocos los empresarios que optan por reducir la jornada laboral en lugar de recurrir al seguro de paro. Lo más lógico sería la reducción de la jornada laboral.

La perspectiva del desempleo tiene efectos devastadores para los asalariados/as y sus familias. La experiencia del desempleo conduce a niveles crecientes de depresión, de alcoholismo, de abuso de drogas, a problemas matrimoniales, al maltrato infantil y otros males sociales. El desempleo también provoca una disminución de la autoestima de los trabajadores y las trabajadoras, la pérdida de habilidades relativas a la vida laboral, una mayor fragilidad de la salud física y mental y la pérdida de los ahorros eventuales.

El desempleo no es algo que los trabajadores y trabajadoras deseen y en algunos aspectos, los empleadores tampoco, pero los golpea una y otra vez. Los defensores del capitalismo tienen una preocupación permanente: los desempleados/as, en tanto que víctimas del capitalismo, son potencialmente  receptivo/as a los discursos críticos. En el pasado, la alianza entre víctimas y críticos del capitalismo logró desafiar al sistema y lo amenaza de nuevo.

El desempleo es parte de un círculo vicioso propio del capitalismo. Los ingresos de los hombres y mujeres desempleados bajan y por lo tanto, reducen su consumo, privando así de los beneficios habituales a los capitalistas que producen los productos que ya no consumen y cuyas ventas se ven reducidas. En respuesta, estos capitalistas despiden parte de su fuerza de trabajo. Esto agrava el desempleo: un círculo vicioso.

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Son muchos los fenómenos que pueden desencadenar el desempleo en una sociedad capitalista. La aparición del círculo vicioso que acabamos de describir y que puede conducir a una agudización del desempleo, dependerá de las circunstancias de la sociedad en la que haya aparecido. Supongamos, por ejemplo, que los consumidores no se interesan más en el producto A; los capitalistas despedirán a los trabajadores que lo producen. Esto podría llevar a una espiral descendente viciosa para todo el sistema. Pero no será así si los consumidores muestran un interés creciente por el producto B. Los capitalistas contratarían a los productores despedidos de A para cubrir los puestos de trabajo necesarios a B.

Pero, contrariamente a nuestro ejemplo, es la incapacidad de esta sociedad capitalista para prepararse y para hacer frente a la pandemia de COVID-19 la que ha provocado un desempleo tan alarmante y con un crecimiento vertiginoso. La espiral regresiva del desempleo masivo se ha puesto en marcha. Si bien el virus fue el detonante, el capitalismo ya debilitado reaccionó con un crash económico.

En los Estados Unidos, en particular, se ha hecho muy poco y demasiado tarde para contrarrestar el desempleo causado por la pandemia con la creación de otros puestos de trabajo en la sociedad. Por ejemplo, el aumento de la contratación en los servicios de entrega a domicilio (vinculados al comercio electrónico) está lejos de haber absorbido los millones de personas despedidas por restaurantes, bares, grandes comercios, hoteles, aerolíneas, etc. Hubo una explosión de la espiral regresiva.

Sin embargo, nada de eso era inevitable. Como el gobierno de EE.UU. había hecho con el New Deal en la década de 1930, podría haber implementado un programa federal de empleo masivo para dar trabajo a los millones de personas despedidas por los empleadores con el «cierre» el sector privado. Entre las tareas socialmente útiles para los titulares de empleos federales podrían haber figurado las campañas masivas de pruebas de coronavirus en todo el territorio de los Estados Unidos; la limpieza y desinfección periódicas de los espacios públicos; la reorganización de las instalaciones públicas para asegurar el distanciamiento social; cursos a través de medios de comunicación o de las redes sociales para los alumnos y estudiantes de las escuelas públicas (así como para el público en general con ganas o necesidad de seguir aprendiendo); una evolución de toda la producción y la economía para satisfacer las exigencias ecológicas; la creación de una red de cooperativas de trabajadores; etc.

Los defensores del capitalismo lo describen como un sistema económico «racional». Sin embargo, es irracional privar de empleo a los trabajadores y trabajadoras cuando existen las herramientas, el equipo y las materias primas necesarias para producir bienes y servicios socialmente útiles. También es socialmente irracional dejar inactivos los lugares de trabajo en los que se acumulan «el óxido y el polvo», en lugar de reconfigurarlos o reestructurarlos para que sean lugares de trabajo seguros y socialmente útiles. Es irracional ignorar la salud mental y física que procura todo trabajo no alienante, sumiendo a millones de trabajadores y trabajadoras en el desempleo. Por último, y por sobre todo, es irracional privar a la sociedad en su conjunto de los bienes y servicios que pueden ser producidos por los trabajadores cuando tienen trabajo. Si el sector capitalista privado no puede o no quiere volver a emplear a estos desempleados buscando la manera más útil para la sociedad, entonces esta tarea le corresponde al gobierno, que puede y debe hacerlo.

Si el interés por las ganancias privadas lleva a los capitalistas a tomar decisiones socialmente irracionales -como el despido de millones de empleados/as-, entonces la sociedad ya no debería considerar la ganancia como el criterio decisivo. Deberíamos sustituir este sistema basado en el beneficio privado por otros criterios en la toma de decisiones de las empresas. Este nuevo sistema podría asociar a las empresas privadas y a las empresas públicas en cooperativas de trabajadores y trabajadoras. En empresas de este tipo, los trabajadores y las trabajadoras tomarían democráticamente las decisiones relativas a la empresa: todos/as tendrían los mismos derechos a la hora de votar.

Y mejor aún, otros dos grupos de interesados/as podrían participar igualmente de manera democrática en la toma de decisiones: 1° los consumidores de la producción de cada empresa; y 2° los habitantes de las localidades en las que opera cada empresa.

Un sistema como éste determinaría como objetivos esenciales la calidad y la seguridad de los puestos de trabajo, el consumo y la residencia, y son esos criterios los que permitirían evaluar la rentabilidad de las empresas.

Las cooperativas de trabajadores y trabajadoras, en tanto que marco de trabajo para los millones de personas que han quedado desempleadas a causa de los desastres causados por el capitalismo, tienen un propósito específico. Los trabajadores y trabajadoras de las cooperativas de trabajo podrían ver con más claridad y reaccionar mucho antes a la irracionalidad fundamental del desempleo causado por el capitalismo. (…)

El establecimiento de un sector de ese tipo en los Estados Unidos permitiría que los estadounidenses tomaran verdaderas decisiones sobre su propio sistema económico. Los ciudadanos podrían observar, comprar y trabajar en empresas organizadas como cooperativas de trabajo asociadas y compararlas con sus homólogas organizadas según criterios capitalistas. En segundo lugar, las opciones democráticas adoptadas con conocimiento de causa permitirían que el pueblo de los Estados Unidos decidiera cómo combinar los dos sistemas económicos alternativos.

El hecho de avanzar hacia esas perspectivas ayudaría enormemente a encontrar y explotar nuevas formas para salir de esta crisis por arriba, no por abajo; a imaginar un futuro positivo ante las ruinas catastróficas de una pandemia y de un crash capitalista mayúsculo.

Acerca del autor

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