Internacionales Sociedad

75 años de la victoria contra el fascismo

Escrito por Debate Plural

Wladimir Abreu (Kaosenlared, 9-5-20)

 

Las tropas del Ejército Rojo –del 1er y 2do Frente Bielorruso dirigidos por Gueorgui Zhúkov y Konstantín Rokossovski, respectivamente, y del 1er Frente Ucraniano por Iván Kónev–, hace 75 años entraban en Berlín, poniendo fin al Reich «milenario» de Adolfo Hitler.

El fascismo, nacido de la pequeña burguesía, temerosa del influjo de la revolución bolchevique, se fue gestando en el vientre de la alianza de los Freikorps de la República de Weimar (quienes en 1918 ya usaban la esvástica) y los socialdemócratas alemanes, y bautizado en 1919 con la sangre de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Ese movimiento pronto se desarrollaría hasta convertirse en el gendarme del gran capital alemán, italiano y de buena parte de Europa.

Los partidos reformistas y liberales de Europa occidental jugaron a quedarse expectantes frente a la amenaza y el crecimiento del fascismo, por eso permitieron la invasión a Libia, Etiopía y otros territorios africanos por la Italia de Mussolini, en las décadas de los años veinte y treinta, con la inacción de la Sociedad de las Naciones (antecesora de la ONU); la anexión de Austria y Checoslovaquia por la Alemania hitleriana, en 1938; o, mediante el Comité de No Intervención, el sangriento derrocamiento de la Republica Española y el establecimiento del fascismo franquista en 1939.

Durante esos años, todas las peticiones y solicitudes soviéticas para constituir un frente común antifascista, obtuvieron respuestas evasivas y acciones claudicantes por parte del Reino Unido y Francia, quienes esperaban el inminente asalto nazi-fascista a la URSS para que les hiciera «el trabajo sucio» de acabar con el primer país socialista del planeta y luego aprovecharse del botín.

El «Pacto de Múnich» entre los gobiernos británico y francés con Hitler y Mussolini, a finales de septiembre de 1938, confirmó a los líderes soviéticos Stalin, Litvínov y Mólotov, encargados de la política exterior, que en ese momento era imposible un frente antifascista con los países europeos.

A mediados de 1939 la URSS hizo un último esfuerzo, con la invitación a Moscú de una comisión anglo-francesa para concertar un acuerdo de ayuda mutua, pero los delegados enviados eran de segundo o tercer nivel y sin autoridad para decidir o negociar.

Para entonces, la Unión Soviética ya libraba una guerra no declarada en su frontera siberiano-mongola con el Japón, quien junto con Alemania e Italia formaban el pacto anti-Komintern. Sobre la URSS se cernía la posibilidad cierta de una guerra contra las potencias fascistas en dos frentes. Esta posibilidad debía ser eliminada de manera urgente.

En este contexto, el poder soviético decidió aceptar la proposición alemana de establecer un tratado de no agresión, que se conoce como «Pacto Mólotov-Ribbentrop», suscrito el 23 de agosto de 1939.

Hitler fue muy hábil. De 1933 a 1939, con su conocida aversión al bolchevismo, hizo creer a las potencias imperialistas occidentales que su objetivo estratégico era atacar a la URSS para luego disputarle el control de Europa a Francia e Inglaterra. Pero actuó exactamente de manera contraria. Luego de su rápida campaña polaca en 1939, puso fuera de combate a Francia, Holanda, Noruega y Bélgica, en 1940, y acorraló a Inglaterra; posteriormente, luego de ocupar Yugoslavia y Grecia en 1941, asegurándose la alianza de los gobiernos fascistas del centro y este Europa, se lanzó de manera arrolladora contra la Unión Soviética, el 22 de junio de 1941, con la Operación Barbarroja, haciendo que el mundo contuviera el aliento.

La política soviética era la correcta, y eso se demostró con hechos. Si las potencias occidentales, a mediados de la década de los años treinta, hubiesen asumido las proposiciones de la URSS para un frente común ante el fascismo, se habrían evitado o al menos minimizado los sufrimientos de los pueblos de Europa y el mundo; pero los gobiernos de ese sector de la gran burguesía se negaron deliberadamente, y fue sólo cuando vieron peligrar su propia existencia que, en 1941, a regañadientes se aliaron con el Kremlin.

Las más de 50 millones de vidas que costó la Segunda Guerra Mundial –la mitad de ellas de ciudadanos soviéticos–, son un recordatorio a la humanidad de lo que es capaz la voracidad del gran capital y de su expresión más reaccionaria, el fascismo. Las burguesías de la Alemania hitleriana y de la Italia de Mussolini no sólo querían acabar con el comunismo, que es su verdadero enemigo, sino también apoderarse de los mercados de capitales y áreas de influencia.

Esa guerra es un claro ejemplo de las relaciones dialécticas que se pueden desarrollar en los conflictos nacionales e internacionales, porque en esencia se produjo por las contradicciones interimperialistas y la necesidad de un nuevo reparto del mundo, pero también se gestaron históricas acciones de liberación popular y de defensa de la gran patria soviética, que en corto plazo dieron como saldo el triunfo del socialismo y de la descolonización en gran parte del planeta.

La génesis del fascismo fue el capitalismo, y la mejor forma de acabar con el fascismo es acabando con el capitalismo.

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