Internacionales Salud

El coronavirus y la crisis actual

Escrito por Debate Plural

Sam Gindin (Viento Sur, 10-4-20)

 

La crisis sanitaria en particular ha puesto de manifiesto la necesidad y el potencial del control del centro de trabajo por parte de quienes realizan el trabajo. Esto es particularmente evidente cuando se trata de maximizar su protección contra los riesgos y sacrificios que hacen en nuestro nombre. Ello se extiende a los trabajadores y trabajadoras, quienes, a través de su conocimiento directo, también actúan como guardianes del interés público, utilizando la protección de sus sindicatos para denunciar los atajos y las economías que afectan a la seguridad y la calidad de los productos y los servicios.

“…eran tantas las cosas desacostumbradas que le habían sucedido a Alicia últimamente que había empezado a pensar que eran pocas las realmente imposibles.”. Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

Las crisis, no las recesiones regulares sino las crisis importantes, se caracterizan por la incertidumbre que las acompaña. Interrumpen el curso normal de las cosas y exigen reacciones anormales, aún por descubrir, para que podamos avanzar. En medio de estas calamidades periódicas, no sabemos cómo, ni siquiera si saldremos de ellas, o qué nos espera si terminan. Las crisis son, por lo tanto, momentos de agitación con posibilidades de nuevos desarrollos políticos, buenos y/o malos.

Como cada una de estas crisis modifica la trayectoria de la historia, esta nueva crisis se da en un contexto modificado y, por tanto, presenta sus propias características. Por ejemplo, la crisis de los años 1970 implicó una clase obrera militante, un desafío al dólar estadounidense y una aceleración cualitativa del papel de las finanzas y de la globalización. Por el contrario, la crisis de 2008-2009 involucró a una clase obrera muy derrotada, confirmó el papel central del dólar a nivel mundial e hizo emerger nuevas formas de gestionar una economía dependiente en gran medida de las finanzas. Al igual que la crisis anterior, la crisis de 2008-2009 dio lugar a una financiarización aún más neoliberal, pero esta vez también abrió las puertas al populismo de derecha, paralelamente a una desorientación aguda de los partidos políticos tradicionales

La crisis esta vez: la salud contra la economía

Esta vez, la crisis es única en su tipo, y esto de una manera particularmente transpuesta. El mundo, como diría Alice, se vuelve “¡Cada vez más extrañísimo!”. Durante las crisis pasadas capitalistas, el Estado intervino para tratar de relanzar la economía. Esta vez, el objetivo inmediato de los Estados no es relanzar de inmediato la economía, sino restringirla aún más. Obviamente, esto se debe al hecho de que la economía no se puso de rodillas por factores económicos o por luchas desde abajo, sino por un virus misterioso. Poner fin a su control sobre nosotros es la primera prioridad. Al introducir los términos “distanciamiento social” y “auto-cuarentena” (confinamiento) para hacer frente a la emergencia, los gobiernos han suspendido las interacciones sociales que constituyen gran parte del mundo del trabajo, del consumo y del “mundo de la economía”.

El acento puesto sobre la salud, mientras se pone a la economía en un segundo plano, ha dado lugar a un giro bastante notable del discurso político. Hace apenas unos meses, el líder de Francia era el ídolo de las empresas de todo el mundo por haber liderado la ofensiva para debilitar decisivamente el Estado del bienestar. Francia se convertiría, anunció, en una nación amiga de los negocios que “piensa y actúa como una empresa emergente”. Hoy, Emmanuel Macron proclama gravemente que “la atención médica… y nuestro Estado de bienestar son recursos preciosos, ventajas indispensables cuando el destino golpea”.

Macron no ha sido el único en hacer esfuerzos para dar marcha atrás. A los políticos de todas las tendencias se les ha ocurrido la idea de limitar la producción de las fábricas a los productos socialmente necesarios, como ventiladores, camas de hospital para reanimación, mascarillas y guantes protectores. Se ha vuelto frecuente decir a las empresas lo que deberían producir. El primer ministro conservador del Reino Unido, Boris Johnson, pidió a las compañías automotrices que “pasen de construir automóviles a la fabricación de ventiladores”. El presidente Trump, yendo sorprendentemente más allá, “ordenó” a GM [General Motors] fabricar ventiladores en el marco de la Defense Production Act [Ley de Producción de la Defensa, fechada en septiembre de 1950, en el contexto de la Guerra de Corea]. En este nuevo mundo, es difícil recordar que durante el año pasado, cualquier sugerencia de hacer lo que los propios líderes políticos exigen ahora era ignorada o rechazada con desdén; y no solo por ellos y por las empresas, sino incluso por ciertos líderes sindicales importantes.

Al mismo tiempo, para quienes previamente habían cerrado los ojos, la crisis ha puesto de manifiesto la extrema fragilidad de los ingresos de las clases trabajadoras. Con tantas personas enfrentando dificultades severas y la amenaza del caos social, todos los niveles de gobierno se han visto obligados a responder a las necesidades básicas de salud y de supervivencia de las personas. En Estados Unidos, los Republicanos ahora se unen a los Demócratas para proponer una legislación que difiera los pagos hipotecarios, refuerce el control de los alquileres y cancele el pago de los intereses sobre la deuda de las y los estudiantes. Generalmente, sus desacuerdos no tratan sobre la cuestión de si hay que dar más dinero a los trabajadores y trabajadoras obligados a quedarse en casa y mejorar radicalmente los beneficios por enfermedad y el seguro de desempleo, sino sobre el alcance de este apoyo. Durante la Gran Depresión de la década de 1930, un cambio político similar legitimó los programas sociales y los derechos laborales. Sin embargo, este desarrollo fue una concesión a la movilización popular. Esta vez, es una respuesta a la amplitud de la pandemia sanitaria y a la necesidad de mantener a las personas alejadas del trabajo.

Esto no significa que se ignore lo económico, sino que en lo inmediato su prioridad tradicional se sitúa después de lo social, es decir, de la amenaza para la salud. Sigue habiendo un esfuerzo profundo y concertado para preservar suficientes infraestructuras económicas (producción, servicios, comercio, finanzas) a fin de facilitar después la vuelta a una aparente normalidad. Esto lleva a rescates masivos y, esta vez, a diferencia de la crisis de 2008-2009, el dinero no solo se destina a los bancos, sino también a sectores como el transporte aéreo, a los hoteles, restaurantes y, en particular, las pequeñas y medianas empresas.

La economía estuvo en el primer plano de la mente de Trump durante su primera reacción espontánea a la crisis sanitaria, lo que llevó a un blogger exasperado a decir que “si los marcianos invadieran la tierra, nuestra primera reacción sería bajar las tasas de interés”. Después de que Donald Trump fuese convencido por sus asesores de que esta respuesta no sería suficiente, apareció un Donald Trump mucho más sombrío en nuestras pantallas, ganando elogios por su apariencia y su tono propiamente presidencial y decisivo, lo que no excluye un giro. El establishment demócrata, que hasta entonces se había centrado en garantizar la derrota de Bernie Sanders, en parte porque temía que Trump explotara el radicalismo de Sanders en la arena electoral, en parte porque temía por las implicaciones de una victoria de Sanders para su control sobre el partido, ahora está en suspenso por otro escenario: ¿qué pasa si las medidas de emergencia de Trump sobrepasan a los Demócratas por su izquierda? “Lo alto está abajo, el norte está al sur”, comentó una fuente del Partido Demócrata.

Fiel a su incoherencia, una vez más Trump decidió ganar dinero, una opción que proviene de sus propios negocios y de sus instintos populistas, y que se ve reforzada por el mercado de valores, la Fox News y los jefes empresariales que le escuchan. El confinamiento, dijo, se completará en “unos días, no semanas o meses”. Esta estúpida declaración no se pudo mantener a medida que aumentaba el número de muertos y los hospitales estaban abrumados [530.830 infectados; 20.646 muertos hasta el 12 de abril, según un informe de la Universidad Johns Hopkins; 706.779 y 37.079 respectivamente hasta el 18 de abril, ndt]. Y nos recuerda -y no por última vez-, que debido al lugar de Estados Unidos en el mundo, Trump no solo es el más poderoso de los líderes mundiales, sino también el más peligroso.

Contradicciones derivadas de la impresión de dinero

Los gobiernos de todo el mundo han encontrado mágicamente una forma de financiar todo tipo de programas y ayudas que antes se consideraban imposibles. El cielo, al parecer, es el límite. Pero dejando a un lado la cuestión crucial de si, después de años de recortar presupuestos y gastos de formación en numerosos sectores, los Estados tienen la capacidad administrativa para implementar plenamente dichos programas, ¿se puede pagar todo eso simplemente imprimiendo dinero?

La crítica común es que en las economías próximas a alcanzar el pleno empleo, tales inyecciones masivas de fondos serán inflacionistas. Incluso aunque haya cuellos de botella y posible inflación en ciertos sectores, en la realidad actual de sobrecapacidad de producción, se puede ignorar la preocupación inflacionista. Y dado que todos los países están obligados a tomar la misma acción ante la pandemia, la disciplina habitual sobre las fugas de capital es ineficaz: no hay adonde ir. Sin embargo, existen contradicciones, incluso si en las circunstancias actuales toman una forma diferente.

En primer lugar, no hay comida gratis. Una vez finalice la crisis, se deberán pagar los gastos de emergencia. Esto se hará en un contexto en el que, habiendo experimentado la posibilidad de programas anteriormente calificados como poco prácticos, las expectativas de las personas se habrán elevado. Como dijo Vijay Prashad, “No volveremos a lo normal, porque el problema era la normalidad” (Tricontinental, 26 de marzo).

Cuando la economía regrese a su capacidad máxima ya no será posible cumplir con las nuevas expectativas de la clase trabajadora haciendo girar las prensas para imprimir billetes. No hay suficiente mano de obra y recursos naturales y habrá que tomar decisiones sobre quién recibe qué. Dada la historia de antes y durante la crisis, los problemas de desigualdad y de redistribución estarán en el centro de tensiones importantes.

Después, cuando la crisis comience a atenuarse, lo hará de manera desigual. Por tanto, el flujo de capital puede reiniciarse, y si sale de países que aún sufren, se plantearán grandes preguntas sobre la moralidad de los flujos de capital [de ahí el problema de su control]. E incluso cuando todos los países hayan escapado de la pandemia sanitaria, tendrán prisa por seguir adelante. A medida que vuelva la disciplina financiera, puede que a la gente no le agrade que la recuperación y el desarrollo sean socavados por flujos de capital egoístas que huyen. Y aún más después de un segundo rescate en una docena de años (2008), que finalmente fue financiado por la mayoría de la población. Ya no se tiene en pie la suposición de que los mercados financieros son intocables. La gente podría llegar a pensar, como Alice, que “era pocas [las cosas] realmente imposibles”. A la rebelión contra la amplitud de las desigualdades se podría agregar una reacción en cadena exigiendo el control de capitales.

Es cierto que el estatuto mundial del dólar permite cierto grado de excepcionalismo estadounidense. En tiempos de incertidumbre, e incluso cuando, como en el caso de la crisis hipotecaria estadounidense de 2007-2009, los acontecimientos en Estados Unidos fueron la fuente de esa incertidumbre, la demanda de dólares es generalmente mayor. Pero, ahí también, hay un límite.

En primer lugar, el aumento del tipo de cambio del dólar puede hacer que los productos estadounidenses sean menos competitivos y ahoguen aún más a la industria manufacturera. Pero sobre todo, la confianza internacional en el dólar se basa no solo en la fortaleza de los mercados financieros estadounidenses, sino también en el hecho de que Estados Unidos es un refugio seguro por tener una clase obrera dócil económica y políticamente. Si esta clase obrera se rebelara, el dólar como refugio seguro sería menos evidente. La magnitud y la dirección de los flujos de capital podrían volverse más problemáticos, incluso para Estados Unidos (aunque no diera lugar al reemplazo del dólar por otra moneda, podría contribuir a un gran caos financiero nacional e internacional).

¿Aperturas a la izquierda?

No sabemos cuánto tiempo durará esta crisis; está claro que mucho depende de esta eventualidad. Tampoco podemos decir con certeza cómo este momento imprevisible y fluido afectará a la sociedad e influirá en nuestras nociones de lo que una vez fue normal. En estos tiempos de incertidumbre y ansiedad, lo que la mayoría de las personas anhelan es un rápido retorno a la normalidad, incluso si lo que antes era normal no carecía de grandes frustraciones. Tales inclinaciones pueden ir acompañadas de deferencia a la autoridad por habernos permitido superar la calamidad, lo que preocupa a algunos con respecto a una nueva ola de autoritarismo estatal.

Por supuesto, nunca debemos subestimar los peligros que vienen de la derecha. Y quién sabe qué puede aportar la dinámica de una crisis que se extienda más allá del verano. Pero los contornos de esta crisis sugieren, más bien, otra posibilidad: una predisposición a mayores aperturas y oportunidades para la izquierda política. Los ejemplos citados anteriormente muestran que, al menos por ahora, los mercados han quedado marginados. La urgencia del reparto del trabajo, de los recursos y de los equipamientos, ha dejado de lado las consideraciones sobre la competitividad y la maximización de los beneficios privados para reorientar las prioridades hacia lo que es socialmente esencial.

Además, a medida que el sistema financiero se dirige nuevamente a un territorio inexplorado y planea un nuevo rescate ilimitado por parte de los bancos centrales y el Estado, la gente que mira con exasperación la historia que se repite, podría, como hemos evocado anteriormente, no ser tan pasiva como hace una docena de años. Sin duda, la gente aceptará una vez más, aunque de mala gana, su dependencia inmediata del rescate de los bancos, pero los políticos no pueden evitar temer una reacción popular si en esta ocasión no se impone una contraparte efectiva a los banqueros.

Además, en el horizonte puede haber un cambio cultural, aún demasiado difícil de evaluar. La naturaleza de la crisis y las restricciones sociales esenciales para superarla han puesto en el orden del día la mutualización y la solidaridad frente al individualismo y la avaricia neoliberal. En esta ocasión, la crisis muestra una imagen indeleble de italianos, españoles y portugueses confinados pero ingeniosos saliendo a sus balcones para cantar, aclamar y aplaudir colectivamente y rendir homenaje al coraje de los trabajadores y trabajadoras de la salud, a menudo mal pagados, que realizan un trabajo fundamental en la primera línea de frente en la llamada guerra mundial contra el coronavirus.

Todo esto abre la perspectiva -pero solo la perspectiva- de una reorientación de las perspectivas sociales a medida que se desarrolla la crisis y las respuestas del Estado a la misma. Lo que antes se consideraba natural ahora puede estar sujeto a cuestiones más amplias sobre la forma en que deberíamos vivir y comportarnos.

Para las élites económicas y políticas, esto presenta claramente peligros. El truco para ellos es asegurarse de que las acciones que actualmente son inevitables y cuya salida final es impredecible tengan un alcance y un tiempo limitados. Una vez que la crisis haya pasado confortablemente, las ideas incómodas y las medidas arriesgadas deben volver a los cajones y ser encerrados bajo llave. Por el contrario, para las fuerzas populares el desafío es impedirlo aprovechando las perspectivas ideológicas prometedoras que han surgido, basándose en algunas de las medidas políticas positivas -incluso radicales- introducidas, así como explorando las diversas acciones creativas que se han puesto en pie localmente en tantos lugares.

De cada cual según su capacidad de pago, a cual según sus necesidades

El cambio ideológico más obvio provocado por la crisis ha sido la actitud hacia la atención médica. En Estados Unidos, la oposición a la atención médica de un solo pagador ahora parece muy distante de la realidad vivida. En otras partes, quienes aceptan la atención médica para todas y todos tienen el problema de que, simultáneamente, están decididos a imponer recortes presupuestarios que han dejado al sistema de salud en una situación de incapacidad de hacer frente a las necesidades. Lo mismo ocurre con quienes ven la atención sanitaria como otro producto a administrar imitando las prácticas comerciales basadas en la rentabilidad privada. Su concepción ha sido desmentida por los hechos, porque ha conducido a la peligrosa falta de previsión a la que estábamos expuestos cuando era necesario enfrentar situaciones de emergencia.

A medida que buscamos consolidar este nuevo estado de ánimo, no debemos conformarnos con jugar a la defensiva. Ahora es el momento de pensar de manera más ambiciosa e insistir en una noción mucho más completa de lo que abarca el término cuidados sanitarios. Éstos van desde reivindicaciones muy antiguas de programas dentales, de acceso a los medicamentos y el cuidado de la vista, hasta el estatuto y el carácter de los centros de atención de larga duración, especialmente de aquellos que son privados, pero también de aquellos que están en manos del sector público. Por tanto, la pregunta es: ¿por qué los trabajadores y trabajadoras de cuidados personales que atienden a enfermos y enfermas, a personas discapacitadas y mayores, no forman parte del sistema de la sanidad pública y no están sindicalizadas y tratadas en consecuencia? Y, teniendo en cuenta especialmente de las penurias de equipamientos fundamentales a las que estamos confrontados, también se plantea la cuestión de saber si toda la cadena de prestación de cuidados sanitarios, incluida la fabricación de equipamientos sanitarios, no debería estar incluida en el sector público, en el que las necesidades presentes y futuras podrían estar correctamente planificadas.

Esta idea se extiende a: los vínculos entre la alimentación y la salud; la política de vivienda y la contradicción entre la insistencia en el distanciamiento social y la persistencia de refugios superpoblados para las personas sin hogar; el cuidado de niñas y niños; y la durabilidad de los días de enfermedad, que actualmente se ofrecen de forma temporal. También tiene en cuenta una universalidad que es lo suficientemente importante como para tener que extenderla a las personas inmigrantes [sin papeles] que trabajan en nuestros campos y a las refugiadas que se han visto obligadas a abandonar sus comunidades (a menudo debido a las políticas internacionales adoptadas por nuestros gobiernos). En términos más generales, si ganamos y consolidamos el principio de cuidados sanitarios “de cada cual de acuerdo con su capacidad de pago, a cada cual según sus necesidades” (estando determinada la capacidad de pago por una estructura fiscal progresiva), esta victoria sería una fuente de inspiración y un impulso estratégico para extender el principio fundamental de la medicina socializada al conjunto de la economía.

La necesidad existencial de antídotos para evitar pandemias coloca una responsabilidad particular en las compañías farmacéuticas mundiales. Nos han dejado caer. Bill Gates, el cofundador de Microsoft, que conoce bien las decisiones financieras, explicó este fracaso por el hecho de que las condiciones financieras específicas para la producción de medicamentos y productos capaces de enfrentar pandemias se refieren a “inversiones de riesgo extraordinariamente elevado” (una manera educada de decir que las empresas no tratarán adecuadamente las inversiones en cuestión sin una financiación pública masiva). El historiador Adam Tooze lo dijo más directamente: cuando se trate de compañías farmacéuticas que priorizan lo social sobre lo rentable, “los oscuros coronavirus no recibirán la misma atención que las disfunciones eréctiles” (es decir, la atención dedicada a los múltiples medicamentos tipo viagra que han dado lugar a gastos y sobre todo a beneficios desde hace más de 25 años).

El hecho es que el suministro de medicamentos y vacunas es demasiado importante para dejarlo en manos de empresas privadas con sus prioridades de beneficios privatizados. Si las grandes compañías farmacéuticas (Big Pharma) no se encargan de la investigación sobre las futuras vacunas arriesgadas salvo si los gobiernos asumen este riesgo, financiando la investigación y las capacidades de fabricación correspondientes, así como coordinando la distribución de estos medicamentos y vacunas para quienes los necesitan, surge una pregunta obvia: ¿Por qué no eliminar a este intermediario (Big Pharma) interesado en obtener beneficios? ¿Por qué no poner todo esto directamente en manos del público en el marco de un sistema sanitario integrado?

La próxima pandemia

La falta de preparación para el coronavirus envía la advertencia más clara y aterradora no solo de la próxima pandemia posible, sino también de la que ya nos está afectando. La inminente crisis medioambiental no se resolverá mediante el distanciamiento social o una nueva vacuna. Al igual que con el coronavirus, cuanto más esperemos para tratarla con decisión, más catastrófica será. Pero a diferencia del coronavirus, la crisis ambiental no solo apunta a poner fin a una crisis de salud temporal sino también a reparar los daños ya causados. Como tal, requiere cambiar la forma en que vivimos, trabajamos, viajamos, jugamos y nos comportamos entre nosotros y nosotras. Esto requiere mantener y desarrollar las capacidades de producción necesarias para realizar los cambios necesarios en nuestra infraestructura, nuestros hogares, nuestras fábricas y nuestras oficinas.

Por convencional que sea, como lo es hoy, la idea del reciclaje, de hecho es una idea radical. El lema bien intencionado de transición justa parece tranquilizador, pero está lejos de ser suficiente. A quienes se intenta convencer se preguntan con toda razón ¿quién se encargará de esa garantía?. El hecho es que la reestructuración de la economía y la prioridad dada al medio ambiente no pueden lograrse sin una planificación de conjunto. Y la planificación implica cuestionar los derechos de propiedad privada del que disfrutan las empresas en la actualidad.

Como mínimo, se debe crear una agencia nacional de reconversión, con el mandato de prohibir el cierre de las instalaciones que puedan reconvertirse para satisfacer las necesidades ambientales (y sanitarias) y supervisar esta reconversión. Los trabajadores y trabajadoras podrían usar esta agencia como denunciantes si creen que su empresa va a plantear despidos. La existencia de una institución así alentaría a los trabajadores y trabajadoras a ocupar centros de trabajo cerrados, lo que sería más que un acto de protesta; en lugar de recurrir a una empresa que ya no está interesada en utilizar la capacidad productiva existente, su actividad podría centrarse en la agencia de reciclaje y presionarla para que cumpla su mandato.

Dicha agencia nacional debería combinarse con una comisión nacional de trabajo encargada de coordinar la formación y la reasignación de la mano de obra. También se complementaría con centros regionales de reconversión tecnológica que emplearían a cientos, incluso miles de jóvenes ingenieros e ingenieras, que están entusiasmados con la idea de usar sus habilidades para hacer frente al desafío existencial de la crisis medioambiental. Los consejos ambientales elegidos localmente vigilarían las condiciones de vida de la colectividad, mientras que los consejos de desarrollo del empleo elegidos localmente vincularían las necesidades de la colectividad y las ambientales y de la comunidad, así como de los empleos, de la reconversión de las empresas y el desarrollo de las capacidades de las asalariados/as y de las fábricas, todos ellos financiados a nivel federal y todos igualmente enraizados en los comités de barrio y de los comités de asalariados/as activos.

Bancos: una vez escaldados temen el agua fría

Todo lo que esperamos hacer hacia un cambio significativo tendrá que enfrentar la dominación de las instituciones financieras privadas sobre nuestras vidas. El sistema financiero tiene todas las características de un servicio público: lubrica las ruedas de la economía, tanto en términos de producción como de consumo; sirve de mediador para las políticas gubernamentales y se considera esencial cuando él mismo está en dificultades. Sin embargo, no tenemos ni el poder político ni la capacidad técnica para asumir las finanzas hoy y utilizarlas para fines diferentes.

Por lo tanto, la cuestión es doble: primero, la cuestión debe incluirse en la agenda pública; si no se discute ahora, nunca llegará el momento de plantearla; en segundo lugar, debemos reservar espacios específicos dentro del sistema financiero, tanto para lograr prioridades específicas como para desarrollar el conocimiento y las habilidades que finalmente nos permitirán administrar el sistema financiero en nuestro propio interés.

Un punto de partida lógico es el de crear dos bancos públicos específicos: uno para financiar las necesidades de infraestructura que se han descuidado tan seriamente, el otro para financiar el Green New Deal y la reconversión. Pocas cosas cambiarán si estos bancos van a competir por los fondos y los rendimientos necesarios para pagar esos préstamos. La decisión política de establecer estos bancos debe incluir, como argumenta Scott Aquanno en un documento de próxima publicación, infusiones de liquidez determinadas políticamente para hacer lo que los bancos privados han hecho de manera inapropiada: invertir en proyectos que tienen un rendimiento social elevado, aunque arriesgado, y bajos beneficios según las medidas convencionales. Esta financiación inicial podría provenir de un gravamen sobre todas las instituciones financieras; de hecho, un reembolso por los rescates masivos que recibieron del Estado. (Con una base financiera sólida, estos bancos podrían igualmente pedir préstamos en los mercados financieros sin serles deudores.)

Planificación democrática: ¿un oxímoron?

Cuando la izquierda habla de planificación democrática, se refiere a un nuevo tipo de Estado: un Estado que expresa la voluntad de la población, fomenta la participación popular más amplia posible y desarrolla activamente la capacidad popular de participar en oposición a la reducción de la gente a asalariados/as reducidos a la condición de fuerza de trabajo mercancía, a cifras, a una ciudadanía pasiva. Los escépticos se burlarán, pero la notable experiencia que acabamos de vivir -que muestra cómo lo que ayer fue “evidentemente” imposible, puede ser “evidentemente” muy evidente hoy-, sugiere razones para no dejar pasar ello como pérdidas y beneficios de forma tan caballeresca.

No es tanto la planificación en sí lo que asusta a la gente. Después de todo, los hogares planifican, las empresas planifican e incluso los Estados neoliberales planifican. Lo que da lugar a las dudas, miedos y antagonismos habituales es el tipo de planificación extensiva de la que estamos hablando aquí. El malestar que causa este tipo de planificación no se puede descartar simplemente culpando a los prejuicios de las empresas y de los medios de comunicación y al legado de la propaganda de la Guerra Fría. Las sospechas respecto a los Estados poderosos tienen una base material no solo en experiencias fallidas en otros lugares, sino también en las interacciones populares con los Estados que de hecho son instituciones burocráticas, arbitrarias, a menudo derrochadoras y distantes.

La adición del adjetivo democrático no resuelve este dilema. Y aunque los ejemplos internacionales pueden incluir políticas y estructuras evocadoras, la verdad es que no hay modelos totalmente convincentes. Esto nos lleva a repetir incansablemente nuestras críticas al capitalismo; sin embargo, por fundamental que ello sea, no es suficiente. Los escépticos aún pueden responder de una manera fatalista que todos los sistemas son inevitablemente injustos, insensibles al ser humano común y dirigidos por y para las élites. Entonces, ¿por qué arriesgarse en caminos inciertos que, en el mejor de los casos, podrían dejarnos aproximadamente en el mismo lugar?

Lo que podemos hacer es comenzar por comprometernos sin ambigüedad en asegurar que no abogamos por un Estado todopoderoso y que apreciamos las libertades liberales ganadas históricamente: la extensión del derecho al voto a los trabajadores y trabajadoras, la libertad de expresión, el derecho de reunión (incluida la sindicalización), la protección contra las detenciones arbitrarias y la transparencia del Estado. Y debemos insistir en que tomar estos principios en serio requiere una amplia redistribución de los ingresos y la riqueza para que todos, en sustancia y no solo formalmente, tengan las mismas oportunidades de participar.

También deberíamos recordar a las personas lo lejos que estamos de caracterizar al capitalismo como un mundo de pequeños productores. Amazon, por poner solo un ejemplo, ya era -fiel a las condiciones de éxito bajo el capitalismo- experta en la sumisión de decenas de miles de pequeñas empresas antes de la crisis, buscando maximizar sus beneficios y controlar y mercantilizar el vida cotidiana. A raíz de la crisis y el colapso de los pequeños minoristas, esta monopolización está a punto de convertirse en un tsunami. Este resultado se verá reforzado por la reciente decisión del gobierno canadiense de confiar a Amazon el papel de distribuidor principal de equipos de protección personal frente al Covid-19 en todo el país, ignorando fríamente la falta de atención de Amazon para suministrar a su propia mano de obra una protección adecuada contra el virus.

La alternativa a esta gigantesca empresa que solo responde a sí misma es, como ha sugerido Mike Davis, asumir su control y convertirla en un servicio público, una parte de la infraestructura social de cómo los productos van de aquí para allá, una extensión, por ejemplo, de la oficina de correos. El hecho de que nos perteneciera, más que al hombre más rico del universo (Jeff Bezos), ofrecería la posibilidad de que sus actividades se planificasen democráticamente en beneficio de la colectividad.

Para realizar el aspecto democrático de la planificación es crucial considerar los mecanismos e instituciones específicos que puedan facilitar nuevos modos y niveles de participación popular. En el caso del medio ambiente, en el que es particularmente evidente que la planificación de toda la sociedad debe ser fundamental para hacer frente al peligro evidente y presente, un nuevo tipo de Estado debe incluir no solo nuevas capacidades centrales, sino también una serie de capacidades de planificación descentralizadas, como las que hemos mencionado anteriormente: centros regionales de investigación, consejos sectoriales en las industrias y los servicios, consejos elegidos localmente para el medio ambiente y el desarrollo del empleo, y comités sobre el lugar de trabajo y de vecindad.

La crisis sanitaria en particular ha puesto de manifiesto la necesidad y el potencial del control del centro de trabajo por parte de quienes realizan el trabajo. Esto es particularmente evidente cuando se trata de maximizar su protección contra los riesgos y sacrificios que hacen en nuestro nombre. Ello se extiende a los trabajadores y trabajadoras, quienes, a través de su conocimiento directo, también actúan como guardianes del interés público, utilizando la protección de sus sindicatos para denunciar los atajos y las economías que afectan a la seguridad y la calidad de los productos y los servicios. Los sindicatos han llegado a apreciar más ampliamente la prioridad de obtener apoyo público para ganar sus batallas en las negociaciones colectivas.

Pero hay que ir más lejos, estableciendo un vínculo más formal con la población como parte de demandas políticas más amplias (como hacen los y las enseñantes y los trabajadores y trabajadoras de la salud en cierta medida de manera informal). Esto podría, por ejemplo, significar una lucha en el seno del Estado para establecer consejos mixtos de trabajadores y trabajadoras y la comunidad para controlar y modificar los programas de manera continua. En el sector privado podría significar comités de reconversión en el lugar de trabajo y consejos sectoriales sobre los lugares de trabajo, que actúen para presentar sus propios planes o que se opongan a los planes nacionales que se ocupan de la reestructuración económica prevista y de la reconversión frente a la nueva realidad ambiental.

Tres puntos son esenciales a este respecto. Primero, la participación generalizada de los trabajadores y trabajadoras requiere la expansión de la sindicalización para proporcionar a los trabajadores un instrumento institucional para contrarrestar el poder de los empleadores. En segundo lugar, dicha participación local y sectorial no puede desarrollarse y mantenerse sin involucrar y transformar a los Estados para vincular la planificación nacional con la planificación local. Tercero, no solo los Estados deben ser transformados, sino también las organizaciones de la clase obrera.

El fracaso de los sindicatos en las últimas décadas, tanto en términos de organización como de satisfacción de las necesidades de sus miembros, es inseparable de su firme compromiso con un sindicalismo fragmentado y defensivo en la sociedad tal como actualmente existe, en oposición al sindicalismo de lucha de clases basado en solidaridades más amplias y visiones radicales más ambiciosas. Esto requiere no solo “mejores” sindicatos, sino también sindicatos diferentes y más politizados.

Conclusión: la organización de la clase

Un avance particularmente importante durante la última década ha sido el paso de la protesta a la política: el reconocimiento por parte de los movimientos populares de los límites de la protesta y la consiguiente necesidad de dirigirse al poder electoral y al Estado. Sin embargo, todavía nos preguntamos qué tipo de política puede transformar, de hecho, la sociedad. A pesar del impresionante espacio creado por el corbynismo y Bernie Sanders a través de los partidos establecidos, ambos se han enfrentado a los límites de estos partidos: Corbyn ha desaparecido y la insurgencia de Sanders parece estar perdiendo fuerza. El gran peligro político es que después de llegar a este punto y estar decepcionado, además sin domicilio político claro, la combinación del agotamiento individual, de la desmoralización colectiva y de las divisiones sobre la vía a seguir puede conducir al despilfarro de lo que se desarrollaba de forma tan positiva.

Las declaraciones jactanciosas sobre el inminente colapso del capitalismo no nos llevarán muy lejos. Pueden ser populares en algunos círculos, pero al exagerar la inevitabilidad del inminente colapso del capitalismo, también ocultan lo que se debe hacer para participar en una batalla larga, dura e indefinida para cambiar el mundo. Una cosa es sacar esperanza de la profunda crisis que atraviesa el capitalismo y de su locura permanente, pero otra cosa reside en el seno de la crisis reveladora, en la que debemos centrarnos: es decir la crisis interna, a la que está confrontada la misma izquierda. En este preciso momento, los siguientes cuatro elementos parecen fundamentales para apoyar y construir una política de izquierda pertinente.

1 ° Defender a las y los trabajadores a través de la crisis actual

Responder directamente a las necesidades inmediatas de los trabajadores y trabajadoras (en sentido amplio) es un punto de partida fundamental, especialmente en la actual situación de emergencia. En Estados Unidos, la “Respuesta de urgencia a la pandemia de coronavirus” de Bernie Sanders es un recurso valioso a este respecto, a pesar de que no va en una dirección socialista.

2 ° Fortalecer/mantener capacidades institucionales

En ausencia de un partido político de izquierda en Estados Unidos, y con el debilitamiento de las posibilidades electorales de Bernie Sanders, la pregunta para la izquierda que operaba dentro del Partido Demócrata es cómo mantener una cierta independencia institucional en relación con el establishment del Partido Demócrata.

La única forma previsible para que la izquierda pueda conseguirlo es que elija estratégicamente dos o tres campañas nacionales. El medio ambiente podría ser una y la lucha por la universalidad de los cuidados de salud parece ser una segunda opción lógica. La tercera podría ser la reforma de la legislación laboral, que no solo es importante en sí misma tras la ola de despidos, sino que también es crucial para cambiar el equilibrio de los poderes de clase en los Estados Unidos.

3 ° Formar socialistas

La campaña de Bernie Sanders ha demostrado un sorprendente potencial para recaudar fondos y reclutar a decenas de miles de militantes comprometidos. Después de la derrota de Sanders en 2016, Jane McAlevey argumentó que era hora de poner este entusiasmo al servicio de la creación de escuelas de organizaciones regionales a través de Estados Unidos.

Sobre esta base, debemos establecer escuelas que creen un marco socialista capaz de vincular el pensamiento analítico y estratégico con aprender a hablar con trabajadores y trabajadoras poco convencidos, organizarlos y jugar un papel, como hicieron los socialistas en la década de 1930, no solo en la defensa de los sindicatos sino también en su transformación. Las campañas, las escuelas, los grupos de estudio, los foros públicos y las revistas y diarios de noticias (como Jacobin y Catalyst) serían los elementos de base de un posible futuro partido de izquierda.

4 ° Organizar la clase

Andrew Murray, jefe de gabinete del sindicato británico e irlandés Unite, destacó la diferencia entre una izquierda centrada en la clase trabajadora y una izquierda arraigada en esta clase (ver Socialist Register, 2014). La mayor debilidad de la izquierda socialista es su débil enraizamiento en los sindicatos y las comunidades obreras. Solo si la izquierda logra superar esta brecha, que es cultural y política, es posible presenciar el desarrollo de una clase obrera coherente, confiada e independiente, capaz de desafiar al capitalismo de forma fundamental.

Cuando se produjo la crisis financiera de 2008-09, muchos de nosotros y nosotras vimos esto como un descrédito definitivo del sector financiero, incluso del propio capitalismo. Estábamos equivocados. El Estado intervino para salvar al sistema financiero y las instituciones financieras surgieron más fuertes que nunca. El capitalismo en su forma neoliberal ha seguido desarrollándose. Esta vez, la crisis fue provocada por una pandemia sanitaria. El desafío a la autoridad del capitalismo proviene de la forma en que los Estados han reaccionado. Mientras que los principios arbitrarios de los capitalistas han sido barridos uno tras otro -la limitación de los déficits fiscales, la falta de fondos para mejorar el seguro de desempleo, la imposibilidad de reconvertir las fábricas que están cerrando, la glorificación por encima de todo de la búsqueda de beneficios por parte de las empresas, la desvalorización de los y las asalariados que limpian nuestros hospitales y se ocupan de la personas de más edad- podremos estar seguramente más preparados para un cambio radical.

Puede ser. Pero nunca ha sido útil para la izquierda imaginar que un cambio sustancial depende solo de las condiciones objetivas, sin establecer las fuerzas que necesitamos para aprovechar esas condiciones. El cambio se basa en el desarrollo de la comprensión colectiva, las capacidades, las prácticas, el conocimiento estratégico y, sobre todo, de las instituciones organizativas democráticas para lograrlo. Debemos convencer a todos las y los que deberían estar con nosotros pero que no lo están, elevar las expectativas y las ambiciones populares, y enfrentarnos con confianza a los que se nos opondrán.

 

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