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Donald Trump, el jardinero y la muerte

Escrito por Debate Plural

María Márquez Guerrero (Público, 10-4-20)

La inexorable realidad de la enfermedad y la muerte no se para ante las proclamas narcisistas, y desgraciadamente, los norteamericanos están siendo azotados por el virus, que no entiende de fronteras, aunque claro que sí entiende de clases: las consecuencias no son las mismas para todos. Y he aquí otra paradoja: esta desigualdad en los efectos de la enfermedad es más sangrante para la población de la primera potencia mundial que para los habitantes de países más pobres, porque el 25% de los norteamericanos no se puede permitir el tratamiento médico que necesita.

El gesto de la muerte es una antiquísima narración de la literatura judeo-talmúdica del siglo VI, que ha sobrevivido a lo largo de la historia a través de múltiples versiones y variantes en diferentes lenguas («El jardinero y la muerte», «Cita con la muerte»…). Entre ellas, está esa joya de nuestro romancero popular que es el «Romance del enamorado y la muerte», del siglo XVI.

La dilatada vida de esta historia brevísima se debe a su gran fuerza expresiva, a la concisión y la sutileza en el tratamiento del eterno enfrentamiento entre la vida y la muerte (Miguel Díez R.) El relato, ambientado en Bagdad, cuenta la historia de un jardinero al servicio de un príncipe, que va al mercado muy de mañana, donde se encuentra con la Muerte. Ella  le hace un significativo gesto, y él, angustiado, vuelve a la casa del príncipe a pedirle ayuda para huir lo más lejos posible de la ciudad. Éste, compadecido, le ofrece el caballo más veloz de sus caballerizas, y el jardinero se dirige a toda velocidad hacia Ispahán. Cuando, al caer la tarde, el príncipe vuelve al mercado, se encuentra también con la muerte: «Muerte –le dice acercándose a ella- ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?» Y la muerte le responde: «¿Un gesto de amenaza?, No, no ha sido de amenaza, sino un gesto de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, donde esta noche tengo una cita con él».

Las diferentes versiones desarrollan la paradójica situación del ser humano que, temeroso, intenta escapar de la muerte, y en su huida, inevitablemente, va al encuentro con ella. Me acuerdo de esta breve historia al leer en los diarios que, ante el miedo natural a la muerte provocado por la pandemia del covid-19, los norteamericanos hacen largas colas para comprar armas, la única manera que encuentran para huir de la incertidumbre y la angustia ante la proximidad de la muerte. En otros países, en cambio, el miedo ha provocado el desabastecimiento en los supermercados, cuyas ventas han crecido exponencialmente. En Argentina, por ejemplo, se agotaron las mascarillas y el alcohol en gel. Sin embargo, en los Estados Unidos se ha dado una reacción diferente: la gente hace enormes colas para comprar armas…, tan largas que las armerías han colapsado, especialmente en California, Nueva York y Washington, los tres estados en los que más se propagó el virus. En principio, podríamos pensar que se trataría de proteger el hogar ante un posible desabastecimiento de alimentos. No obstante, la mayoría de los compradores consultados, temían más a la restricción de la venta de armas o a los ataques racistas que al hambre. Este último era el caso de ciudadanos asiático-estadounidenses, espantados ante una posible venganza por el «origen chino del virus» en Wuhan. La consecuencia ha sido que algunas de las tiendas de armas han vendido un 300% más en las últimas dos semanas que en el mismo periodo de 2019.

En su documental Bowling for Columbine, Michael Moore, reflexiona sobre la cultura armamentística norteamericana, en su opinión, consecuencia de la decadencia de la sociedad estadounidense debido al miedo, manipulación y represión ejercidos por parte de los medios de comunicación, incluso de la misma comunidad en general. Ante el miedo y la ignorancia inducidos, la mayoría de la población se afana en poseer armas de todo tipo; su comercialización ha llegado a ser tan natural que cualquier persona puede adquirirlas en un supermercado.

El miedo se inculca desde la infancia, y lo más eficaz para conseguirlo es crear un enemigo común, un agente externo que pone en peligro el «pacífico» y «exitoso» modelo de vida norteamericano: islamistas, inmigrantes, la población negra…, siempre hay algún tipo de amenaza que justifica la tenencia de armas, el multimillonario comercio armamentístico y, cómo no, las brutales invasiones a pueblos extranjeros violando todos los derechos internacionales.

El miedo es un arma muy eficaz para crear conciencias sumisas. Pero, igual que en la antigua historia de El jardinero y la muerte, la huida de la muerte paradójicamente les lleva directamente a ella, porque las frecuentes matanzas que tienen lugar en los EEUU están íntimamente relacionadas con la posesión de armas (Moore comparaba las cifras de muertes por disparos en EEUU y en Canadá).

También la realidad le ha dado una salida paradójica al desprecio de Donald Trump hacia esos «países de mierda» a los que despreció, humilló y maltrató con infinita soberbia, y hacia los que ahora mira pidiéndoles ayuda,  solicitando personal sanitario. En principio, el gabinete de Trump tomó en broma la amenaza del COVID-19; es lo que tiene sentirse tan poderoso, tan por encima y tan a salvo de la desgracia de otros. Era escalofriante escuchar las declaraciones del Vicegobernador de Texas, que animaba a los mayores a sacrificar su vida para salvar la economía de EEUU, para conservar «América tal y como es». «America first and only America first».

La inexorable realidad de la enfermedad y la muerte no se para ante las proclamas narcisistas, y desgraciadamente, los norteamericanos están siendo azotados por el virus, que no entiende de fronteras, aunque claro que sí entiende de clases: las consecuencias no son las mismas para todos. Y he aquí otra paradoja: esta desigualdad en los efectos de la enfermedad es más sangrante para la población de la primera potencia mundial que para los habitantes de países más pobres, porque el 25% de los norteamericanos no se puede permitir el tratamiento médico que necesita. Millones de estadounidenses posponen la visita al médico ante el coste astronómico de la atención sanitaria…; en 2018, 27,8 millones de ciudadanos no tuvieron ningún tipo de seguro de salud. Solo el tratamiento del COVID-19 se estima en unos 35.000 euros.

Muchos han visto en esta crisis la oportunidad de aprender y de hacerse más humildes. Recuerdo una publicación que circula con mucho éxito por las redes: «Con dos carreras, un máster y tres idiomas, te quedas en casa, mientras la chica que limpia tu escalera sigue siendo esencial. ¡Menudo baño de humildad para algunos!».

Pero el sufrimiento no enseña nada, no es en sí mismo útil. Esa idea de «la letra con sangre entra» o «quien bien te quiere te hará llorar» es la base de la moral judeo-cristiana, utilizada para fomentar la resignación y el sometimiento: la vida como un «valle de lágrimas». Sin embargo, el psiquiatra Luis Rojas Marcos nos recuerda que no es el sufrimiento el que nos hace crecer, sino el esfuerzo que hacemos para superar las situaciones dramáticas: la reflexión, la autocrítica y la voluntad de seguir viviendo nos hacen sobrepasar nuestros límites. Entre ellos, el narcisismo, tan característico de nuestras sociedades contemporáneas.

Muy lejos de esto, la respuesta de D. Trump ha sido la de reforzar las sanciones y los bloqueos económicos en medio de la pandemia. Ha puesto precio al gobierno venezolano (ha ofrecido una recompensa por los gobernantes) y ha movilizado tropas en la región. A esto se le llama reforzar la cooperación internacional y contribuir a la distensión. Sin embargo, ninguna frontera, ningún arma nos salva de nosotros mismos, ni siquiera la salida tan habitual de unir a la población frente al imaginario enemigo común, nosotros / «los otros». «El paro en EEUU se dispara: «6,6 millones de peticiones de desempleo en una semana», más del doble de los 3,1 millones que se esperaban. Sumando esta cifra a los 3,3 millones de los siete días anteriores, implica que casi 10 millones de personas se han apuntado al paro en apenas dos semanas. Los últimos cálculos de Goldman Sachs vaticinan un desplome de la riqueza del 34% en el segundo trimestre. Quizás haya llegado el momento de cambiar de paradigma, tal vez no sea tan bueno conservar a «América [ni a este planeta ‘globalizado’] tal y como es».

Al fin y al cabo, nadie es tan poderoso que no necesite de los demás cuando la muerte le mira con gesto de sorpresa.

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