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El dilema iraquí y su futuro, entre el ‘establishment’ y la calle

Escrito por Debate Plural

Alberto Rodríguez García (Russia Today, 18-2-20)

 

Irak ni se ha recuperado ni parece que a corto plazo se pueda recuperar de la espiral de violencia y sectarismo. El movimiento ciudadano de manifestantes que llena desde hace meses las calles de Bagdad, Diwaniyah, Karbala, Nasiriyah… sigue siendo minoritario en un país amenazado siempre por la crispación religiosa y que no concibe el nacionalismo en su forma secular –ni siquiera durante la era Saddam Hussein–, sin el componente sectario. Por muy grandes que puedan llegar a ser las movilizaciones en la Plaza Tahrir, ni siquiera se acercan a ‘la marcha de millones’ que hizo marchar a cientos de miles de iraquíes pidiendo el fin de la presencia estadounidense en su país.

Además de a la mentalidad de la población, los iraquíes se deben enfrentar a que son un país de Oriente Medio y, con ello, el terreno donde las potencias disputan su hegemonía. Los iraquíes no son más que simples peones en una disputa entre Estados Unidos por dominar la región la República Islámica de Irán por sobrevivir.

Y por si fuera poco enfrentarse a una mentalidad sectaria en la mayoría de la población y a ser el patio trasero de dos potencias en pugna, el Gobierno iraquí lleva años demostrando su inoperancia con un grado de corrupción alarmante, una economía estancada dependiente del petróleo y un paro del 11 % en un país en el que el 23 % de la población vive bajo el umbral de la pobreza; llegando algunas provincias como Diwaniyah a la alarmante cifra del 48 % de pobreza.

Pero mientras vemos el caos y la desesperanza iraquí, en la otra punta del mundo sucede algo que podría cambiar las cosas: EE.UU. celebra elecciones, en una sociedad y una clase política que ve la intervención desde 2003 como un error. A pesar de las protestas que vive el país desde octubre de 2019, intervenir en semejante hervidero no aporta puntos en el ‘show’, ¿y qué es la política norteamericana sino un patético show donde importa más la marca que el programa?

Aunque tímidos, ya se empiezan a ver algunos cambios en la política exterior de Washington. Apostando por la carta del sectarismo que tanto daño ha hecho al país árabe heredero del Imperio Babilónico, EE.UU. propone retirarse –cumpliendo de forma parcial la petición del Parlamento iraquí– de algunas bases, pero solo las de zonas de mayoría chiíta y descartando cualquier posibilidad de abandonar la base de Ayn al-Assad.

Además de los cambios en despliegue militar, EE.UU. ha dado 45 días más a Bagdad para continuar importando gas y electricidad a Irán a pesar de las sanciones impuestas unilateralmente por el gabinete Trump a la República Islámica. Es importante recordar a estas alturas que Irak depende totalmente del gas y la electricidad iraní; sin estos, el país quedaría desabastecido. Por esta razón Washington quiere hacer buenos gestos con los que acercar Irak a su mercado y asegurarse suculentos beneficios para sus empresas.

Y es que aunque Irak es un país rico en recursos, con unas importantes reservas de gas en Kirkuk (por poner un ejemplo), llevan 17 años –desde que Bush decidiese ‘democratizar’ el país en 2003 en busca de armas de destrucción masiva… o eso decía–, sin capacidad de autoabastecerse, y este es un problema al que todo gobernante se va a tener que enfrentar en los próximos años. De acuerdo el ministro de Electricidad, Luay al-Khatteeb, el país necesitará por lo menos tres años para desarrollar su capacidad de abastecimiento de gas, su red nacional para la seguridad energética y su infraestructura energética.

Irak lleva viviendo cuatro meses de protestas, el nuevo primer ministro, Mohammed Tawfiq Allawi, no parece ser capaz de calmar las calles y ‘los gorras azules’ seguidores del clérigo Moqtada al-Sadr, líder de Sairoon, el bloque mayoritario del gobierno, han pasado de apoyar a los manifestantes a volverse en contra de los mismos y atacarlos. Tras el asesinato de Qassem Soleimani y la escalada de tensiones con Irán que provocó EE.UU. a principios de este 2020, desde Washington acabaron con cualquier posibilidad de cambio que pudiese lograr la movilización popular, reforzando a los sectores pro-iraníes que abogan por la unidad monolítica frente a la interferencia de unas fuerzas de la OTAN que no tienen prisa por abandonar Irak a pesar que lo hayan pedido el primer ministro, el Parlamento y más de un millón de iraquíes.

Hace apenas unos días, los sadristas que un día fueron parte de las protestas se enfrentaron con otros manifestantes en Najaf en una ‘batalla’ que dejó siete muertos y 150 heridos. El cambio se debe al llamamiento de Sadr a defender a las autoridades. Y este cambio es vital para el futuro de Irak, porque solo el bando que tenga a Sairoon de su lado puede imponerse –que no ganar–. Moqtada al-Sadr, que fue un radical defensor de la soberanía iraquí frente al dominio yanki y persa, ganó popularidad haciendo frente a la ocupación de 2003 y ofreciendo educación y sanidad a los pobres, ahora se ha alineado con los pro-iraníes. Y esto puede suponer una ruptura –aun mayor– dentro del desunido chiísmo iraquí, porque la otra gran figura del país, el Gran Ayatollah Ali Sistani condenó la violencia contra manifestantes en Najaf. Irak está dividido entre el establishment, los seguidores de Moqtada al-Sadr, los de Ali Sistani y algunos no-alineados, que cada día son menos. El movimiento unificado se ha dividido tras no haber podido lograr cambios significativos en su momento de mayor convulsión.

El hostigamiento contra las tropas de la OTAN tampoco cesa, y como los ataques con morteros que desencadenaron el asesinato de Qassem Soleimani por parte de EE.UU., el pasado 13 de febrero, volvieron a llover cohetes sobre la base estadounidense K1 de Kirkuk. Aunque el ataque se mantiene rodeado de misterio y ni milicias chiíes como Asa’ib Ahñ Al-Haq o Hezbollah Nujaba lo han reivindicado como sí han hecho con anteriores ataques, ha sucedido en un momento especialmente complicado para Irak tanto en el plano nacional como en el internacional, donde debate su futuro, su soberanía y su papel en el mundo. Mientras, el nuevo primer ministro propuesto por el Parlamento, Muhammad Tawfiq Allawi, debe formar un gobierno en un par de semanas; tarea que se antoja de todo menos fácil.

Tras la invasión de 2003 y el derrocamiento de Saddam Hussein, Irak quedó roto y no se ha recuperado de unas heridas que siguen sangrando. Los iraquíes ahora gozan de más libertad para expresar sus sentimientos y sus ideas, sí, pero siguen encerrados entre cuatro muros: uno de corrupción, otro de inmovilismo, otro de sectarismo y otro de servilismo a la potencia de turno.

El nuevo gobierno de Allawi se formará, como el del anterior primer ministro, Adil Abdul Mahdi, en un contexto de protestas que piden la reforma y modernización del país. Y a estas alturas es difícil predecir si esta vez habrá cambios o si Irak seguirá dentro de la espiral de crisis, protestas, muertes, promesas de cambio, nuevo gobierno… crisis, protestas, muertes, promesas de cambio, nuevo gobierno… y vuelta a empezar. Irak debate su futuro entre el establishment y la calle.

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