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Estados Unidos hizo una excepción de los tratados de paz en Palestina

Escrito por Debate Plural

Amjad Iraqi (972mag, 15-2-20)

 

Los palestinos sabían mucho antes de que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunciara el «Acuerdo del siglo» que el «plan de paz» que iba a proponer sería una farsa. Sin embargo, incluso los observadores más cínicos no podrían haber predicho cuán escalofriante sería el evento. El racismo de las declaraciones de Trump, la sonrisa en el rostro del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el aplauso de los dignatarios en la sala, pueden ser considerados como uno de los momentos políticos más horrorosos en la memoria palestina.

Lo que muchos palestinos experimentaron en ese momento fue -probablemente- el mismo temor que sintieron sus antepasados cuando oyeron que el canciller británico Lord Arthur Balfour había prometido en 1917 su tierra a otra gente. O cuando la ONU decidió, a pesar de la oposición palestina, que su país sería dividido en 1947. O cuando las fuerzas israelíes entraron victoriosamente a las ciudades y tierras de cultivo palestinas en junio de 1967 y nunca se fueron. O los innumerables otros momentos en que el destino de los palestinos fue decidido por fuerzas ajenas a ellos.

Por lo tanto fue una experiencia discordante leer el libro Blind Spot de Khaled Elgindy mientras se revelaba el «Acuerdo del siglo». Publicado en 2019, el libro de Elgindy narra que Estados Unidos no solo permitió este camino histórico, sino que diseñó activamente su trayectoria. Comenzando con la Declaración Balfour y terminando con la ascensión de Trump, el libro traza la alineación de un siglo de Estados Unidos con el movimiento sionista y el Estado de Israel, que vino a expensas directas del pueblo palestino.

La tesis de Elgindy de que Estados Unidos sufre un «punto ciego» en sus esfuerzos diplomáticos en Israel-Palestina, se basa en dos pilares simples pero elegantes. Primero, Estados Unidos siempre ha priorizado y reforzado la posición de Israel en el conflicto. Y segundo, a Estados Unidos le importa poco la política interna palestina. Estos pilares, argumenta Elgindy, han distorsionado profundamente la política estadounidense en la medida en que Washington «revirtió efectivamente el modelo estándar de mediación: alivió la presión sobre el lado más fuerte y aumentó la presión sobre el más débil».

Dicho sin rodeos, los Estados Unidos hicieron en Palestina una excepción en las reglas más básicas del establecimiento de la paz.

Elgindy está bien situado para explicar este fenómeno, especialmente con los expertos de Washington que han conservado el punto ciego durante años. Egipcio-estadounidense, se desempeñó como asesor del equipo de negociación palestino a mediados y fines de la década de 2000, incluso en las negociaciones de Annapolis de 2008 organizadas por el presidente George W. Bush. Después de una década en la Brookings Institution, ahora es miembro del Instituto de Oriente Medio, donde dirige su programa de asuntos israelo-palestinos. Elgindy es uno de los pocos analistas en el grupo de expertos de Washington que centra y amplifica las narrativas palestinas, en marcado contraste con el discurso centrado en Israel.

Paralizar a los palestinos

Aunque los argumentos y el relato histórico del libro no son necesariamente novedosos, la metáfora en el título de Elgindy captura creativamente la naturaleza aparentemente ajena a los debates estadounidenses sobre Israel-Palestina. Sin embargo, el punto ciego no es simplemente un producto de la ignorancia: está conscientemente diseñado, mantenido y protegido por los políticos estadounidenses e israelíes por igual. En otras palabras, Washington sabe que tiene un punto ciego, pero se niega a sanarlo.

El primer pilar, que Estados Unidos ha «puesto constantemente su pulgar en la balanza a favor de Israel», es bien conocido. En todo caso es promocionado como un requisito por los principales analistas y funcionarios de Washington. El segundo pilar, ignorar la dinámica intrapalestina, es mucho menos reconocido, lo que podría decirse que es una de las contribuciones más valiosas del libro.

«A diferencia de su relación con la política israelí», observa Elgindy, «el proceso de paz de Oslo [y otros esfuerzos por la paz] no fue escéptico hacia la política interna palestina». Por el contrario, argumenta, estos procesos «a menudo se convirtieron en una plataforma para la reforma y ocasionalmente incluso de ‘reingeniería’ de la política palestina y las instituciones de gobierno para alinearse con los intereses estadounidenses o israelíes».

El concepto de «reingeniería» resume cómo Estados Unidos, en línea con la política israelí, ha estado el siglo pasado despojando a los palestinos de cualquier voz u organismo para la búsqueda de sus derechos. No fueron los únicos: los estados árabes, como Jordania, Egipto y Siria, habían participado durante mucho tiempo en una «guerra de ofertas» por el control de la causa palestina y su liderazgo, chocando y traicionando rutinariamente los intereses palestinos tanto militares como diplomáticos (la audiencia de Trump de la semana pasada incluyó a los embajadores de Bahrein, Omán y los Emiratos Árabes Unidos).

Aun así, como una superpotencia global y benefactora regional, Estados Unidos jugó un papel central en frustrar la apropiación por parte de los palestinos de su propia lucha a través de una combinación de exclusión, deslegitimación, cooptación y violencia.

Este asalto sistemático tomó múltiples formas desde principios del siglo XX. En 1922, durante una audiencia en el Congreso sobre una resolución para respaldar la Declaración Balfour, los representantes de EE.UU. descartaron los testimonios de dos estadounidenses nacidos en Palestina que los instaron a respetar el derecho de los árabes nativos a su hogar nacional. Al sugerir que la oposición a los testigos se debía a la intolerancia racista, un congresista replicó: «Las tierras que esos judíos han tomado… han sido tierras estériles cuando las obtuvieron y las han convertido en tierras fértiles», haciéndose eco del mito sionista de Palestina como un territorio árido y vacío. La Declaración fue aprobada.

Pasarían cinco décadas antes de que las opiniones palestinas, las de los intelectuales públicos Edward Said e Ibrahim Abu-Lughod, entre otras, se escucharan nuevamente en el Capitolio. Para entonces el nacionalismo palestino había sido catapultado a la escena mundial con la OLP a la cabeza. Pero en Washington la opinión de los palestinos como una comunidad política fue visto como una idea «subversiva, incluso radical». Henry Kissinger en particular, a quien Elgindy describe como «el padrino del proceso de paz en el Medio Oriente», hizo de la exclusión y el debilitamiento de los palestinos una pieza central de la diplomacia estadounidense, al ver a la OLP como peones de la Unión Soviética y saboteadores del equilibrio de poder en la región.

La lucha armada palestina de finales de los años sesenta y setenta, incluidos los secuestros de aviones y los ataques con cohetes de la guerrilla, obligó a Estados Unidos a considerar el problema político que había ignorado en gran medida después de 1948. Fue en este momento cuando Washington comenzó a suscribirse al etiquetado israelí de los palestinos como «terroristas», al tiempo que el Congreso definiría formalmente a la OLP como tal en 1987. Irónicamente, estas fueron las etiquetas que los funcionarios estadounidenses habían usado para describir a las milicias sionistas preestatales solo unas décadas antes. (El primer ministro Menachem Begin, el exlíder de Irgun responsable del infame bombardeo del hotel King David en Jerusalén y de las campañas para expulsar a los palestinos durante la Nakba, llamó a la OLP «la organización más bárbara desde los nazis»).

Como señala Elgindy, la adopción de esta narrativa por parte de los Estados Unidos «no fue en gran medida una respuesta a la violencia de la OLP, sino a su creciente importancia política». Buscó desfigurar la imagen de la OLP y la de la causa palestina, como un movimiento anticolonial legítimo, a cambio de atribuir sus acciones a una racista sed de sangre.

Desde entonces este léxico ha dominado las opiniones de Estados Unidos. Durante una sesión informativa sobre política intrapalestina, el presidente Ronald Reagan preguntó: «Pero todos son terroristas, ¿no?». Bajo la «Guerra contra el terror» de Bush, los palestinos fueron agrupados con el «Eje del mal», en la misma categoría que los yihadistas como Al- Qaeda. La semana pasada, en su discurso, Trump asoció a los palestinos con «terror» nueve veces. Hoy, keffiyehs, lanzamiento de piedras, resoluciones de la ONU y boicots se han convertido en variantes del «terror» palestino.

Negación del derecho a un Estado

El golpe decisivo se produjo con la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993. Lejos de presentar una agenda novedosa, de hecho Oslo consolidó una propuesta de larga data, promovida por el propio Israel, para otorgar a los palestinos una forma de autonomía que se aplicaría «únicamente a las personas y no a la tierra». Esto a menudo fue formulado como parte de la “Solución jordana”: la esperanza de que el reino hachemita vuelva a absorber Cisjordania y se convierta en el único interlocutor de los palestinos. La solución jordana fue «una piedra angular de la política de Medio Oriente de Estados Unidos» hasta que, en 1988, el rey Hussein cortó los lazos del Estado con Cisjordania. Aunque Washington abandonó la idea de mala gana, sigue siendo -hoy- una discusión política frecuente en Israel.

El plan de la autonomía deriva de un objetivo político y una premisa racista: que Israel debe tener primacía estratégica en la región y que los palestinos son incapaces o no merecen poseer su propio estado. En noviembre de 1948, a pesar de meses de regañar a Israel por violar los parámetros del Plan de Partición de la ONU, el Secretario de Estado de Truman, George Marshall, finalmente cambió su tono: “La Palestina árabe sola no podría constituir un estado independiente viable. Es deseable, por lo tanto, que Palestina árabe sea transferida a uno o más de los estados árabes vecinos… teniendo en cuenta los deseos de los habitantes de Palestina árabe”. Eso último, por supuesto, no fue consultado, agrega Elgindy.

Incluso Jimmy Carter, quizás el presidente más compasivo con los palestinos, fue cómplice en socavar su derecho a la estadidad. Al igual que el presidente egipcio Anwar Sadat, Carter esperaba hacer de la cuestión palestina una parte clave de las negociaciones entre Egipto e Israel. Sin embargo, frente a la oposición de Menachem Begin, Carter finalmente abandonó la demanda para alcanzar un acuerdo estratégico más amplio entre los dos estados.

En cambio los Acuerdos de Camp David de 1978 incluyeron una vaga sugerencia de autonomía palestina que reflejaba la vaga propuesta de Begin mientras -efectivamente- permitía a Israel continuar construyendo colonias en los territorios ocupados. El asesor William Quandt luego confesó que la negligencia de Estados Unidos en congelar el crecimiento de las colonias israelíes fue «el mayor error de Camp David».

Enfurecido por los resultados de Camp David, Arafat dijo una vez: «Estaba en la cima de la montaña, pero Sadat me arrojó al valle». Pero, de hecho, fue el propio Arafat quien entrampó a los palestinos en los límites de la autonomía. Ya en 1873 el líder de la OLP había llegado a los Estados Unidos con el objetivo de «limpiar la imagen del pueblo palestino y transformarlo en un actor político legítimo». En un mensaje enviado por medio del presidente de Costa de Marfil, Arafat dijo a funcionarios estadounidenses: “La Organización para la Liberación de Palestina de ninguna manera busca la destrucción de Israel, sino que acepta su existencia como un Estado soberano; el objetivo principal de la OLP… será la creación de un Estado palestino fuera de la ‘parte palestina de Jordania’ más Gaza”.

Este mensaje -nos recuerda Elgindy- se adelantó a su tiempo. Señaló la disposición de la OLP de comprometer las ambiciones nacionales palestinas en una parte de su patria histórica 15 años antes de que se convirtiera en la política oficial de la OLP en 1988 y dos décadas antes de que Israel y EE.UU. acordaran recortarla bajo Oslo. Incluso la CIA señaló en ese momento que los intransigentes dentro del liderazgo de la OLP mostraban «elementos de pragmatismo bastante sorprendentes» al apoyar esta posición.

El preludio de Arafat tuvo un costo: sus decisiones dividieron el movimiento palestino y avivaron a los grupos radicales a lanzar ataques brutales contra israelíes y extranjeros a fines de la década de 1980. La Casa Blanca culpó a Arafat de la violencia, a pesar del hecho de que se libraba en su contra.

Si la OLP pensaba que sus primeras concesiones eran una estrategia proactiva hecha desde una posición de fortaleza, en la década de 1990 tenía que defender el plan de autonomía como un medio de supervivencia. Con divisiones internas y pérdida de patrocinadores árabes, Oslo garantizó a la OLP una nueva fuente de financiación y legitimidad a través del apoyo de Estados Unidos. Además, al establecer una base para el liderazgo exiliado en los territorios ocupados, Oslo permitió a la OLP socavar los movimientos locales de base y reprimir a los grupos rivales como Hamás, reafirmando así su control de la lucha palestina.

El hecho de que la OLP adoptara una forma de autonomía paralizada por desesperación «no pasó desapercibido para los líderes israelíes». Entendieron correctamente que la integración de la OLP en la ocupación facilitaría la tarea de administrar la población palestina sin tener que ceder territorio

No es casualidad, entonces, que la visión esbozada por Trump la semana pasada sea esencialmente una consolidación del modelo de Oslo. Incluso el mapa que proyecta el futuro «Estado» palestino es un reflejo de las realidades actuales de Oslo: una colección de bantustanes encogidos y andrajosos de los cuales la OLP es responsable de mantener a flote la economía y preservar la coordinación de seguridad con Israel, todo bajo el pretexto del autogobierno.

«Mi visión da a los palestinos el tiempo necesario para elevarse y enfrentar los desafíos de la estadidad», dijo Trump, repitiendo la demanda de los palestinos de demostrar que son dignos de un derecho humano tan básico. Al escribir sobre los debates de Washington sobre el tema en la década de 1970, Kissinger dijo que «la idea de un Estado palestino dirigido por la OLP no era un tema para un discurso serio». Cincuenta años después todavía no lo es.

Conflictos internos de Washington

El siglo de decisiones estadounidenses que allanó el camino hacia el acuerdo de Trump no fue en absoluto unánime. Hubo constantes competencias dentro de Washington con respecto a su política de Palestina, enfrentando a la presidencia, el Departamento de Estado, el Pentágono, asesores especiales, grupos de presión y grupos de interés entre sí.

Los funcionarios del Departamento de Estado, en particular el personal diplomático con sede en la región, tendían a estar en las posiciones palestinas más matizadas y consideradas desde el Mandato británico. Sin embargo, su consejo fue rutinariamente aplastado por las preocupaciones políticas internas de los presidentes, las agendas de los asesores y la realpolitik general. Aunque las disputas institucionales persistieron después de 1948, esas diferencias fueron a menudo más una cuestión de tono que de fondo.

Un conflicto recurrente fueron las luchas personales de los presidentes estadounidenses para elegir entre los valores universales que promovieron y las inclinaciones o presiones para dar un trato preferencial a los israelíes. Este último siempre ganaba. La creencia religiosa de Woodrow Wilson en el «renacimiento del pueblo judío» lo llevó a dejar de lado sus catorce puntos (como la autodeterminación) para favorecer el reclamo sionista de un hogar nacional sobre el de los palestinos.

Harry Truman, quizás el presidente más indeciso sobre Palestina, se sentía incómodo con las prácticas israelíes, pero habitualmente se resistía a la presión interna. Carter relegó su doctrina de derechos humanos a favor de la paz al estilo Kissinger entre Egipto e Israel. Socavado por estas inconsistencias cada vez, el Departamento de Estado advirtió a los presidentes de que estaban dañando sus propios valores políticos al negar los derechos y las necesidades de los palestinos.

Sin embargo hubo momentos ocasionales en los que los presidentes estadounidenses desafiaron esas presiones. Dwight Eisenhower suspendió temporalmente la ayuda económica a Israel después de que sus fuerzas, lideradas por Ariel Sharon, ejecutaran una masacre en la aldea cisjordana de Qibya luego de escaramuzas transfronterizas con combatientes palestinos. Para impulsar las conversaciones entre Egipto e Israel, Gerald Ford «se apoyó fuertemente en los israelíes, insinuando una posible reducción en el paquete de ayuda masiva a Israel si no se replegaba más del Sinaí». Durante las primeras incursiones de Israel en el Líbano, Carter advirtió a Israel de que estaba violando la Ley de Control de Exportación de Armas al usar sus armas con fines ofensivos. Más tarde la devastación de la invasión a gran escala de Israel al Líbano en 1982 llevó a Reagan a retener los envíos de armas estadounidenses.

Las consecuencias políticas más audaces y más impactantes fueron impuestas por la administración de George HW Bush, en gran parte debido al trabajo de su Secretario de Estado James Baker. A pesar de la oposición de Israel y sus propias reservas, Baker maniobró en torno a limitaciones diplomáticas para garantizar la participación de la OLP en la conferencia de paz de Madrid de 1991. La administración presionó al Congreso para suspender 10.000 millones de dólares en préstamos a Israel hasta que el Primer Ministro Yitzhak Shamir se comprometiera a congelar la construcción de colonias. Elgindy señala que este movimiento fue «en gran parte simbólico», pero marcó la «primera vez que una Administración estadounidense vincula el tema de las colonias israelíes directamente con la ayuda israelí».

Los israelíes entendieron estas consecuencias cada vez, pero solo lo hicieron brevemente, sabiendo que la Casa Blanca nunca sostendría la presión. Durante años Israel y el lobby proisraelí canalizaron amplios recursos para construir sus apalancamientos en Washington, explotar sus diferencias institucionales y establecer incentivos políticos (y costos) masivos para sincronizar la política estadounidense con la de Israel.

Apoyado en estas palancas, el enfoque israelí hacia los funcionarios estadounidenses a veces se redujo a un simple truco: jutzpá (desfachatez en yiddish N. de T.) Un ejemplo famoso de esto ocurrió en 1996: después de reunirse con el entonces primer ministro Netanyahu en la Casa Blanca, el presidente Bill Clinton exclamó: «¿Quién es la maldita superpotencia aquí?»

Netanyahu no fue el primero en ejercer esa bravuconería. En 1949 frustrado por la negativa de Israel de abordar el problema de los refugiados palestinos, el presidente Truman amenazó con socavar el pedido de Israel de ser miembro de la ONU y retener 49 millones de dólares en préstamos a menos que Israel aceptara repatriar a 200.000 refugiados.

Los israelíes «lo llamaron el fanfarrón de Truman». El coordinador estadounidense para los refugiados palestinos, George McGhee, relató que el embajador de Israel en Washington «me miró directamente a los ojos y dijo, en esencia, que no vaya adelante con este movimiento, que él lo detendría… al cabo de una hora de mi regreso a mi oficina recibí un mensaje de la Casa Blanca de que el presidente deseaba desvincularse [del plan]”.

Años más tarde, antes de la invasión del Líbano en 1982, Ariel Sharon se reunió con funcionarios estadounidenses aparentemente para lograr su apoyo a la guerra. En realidad, como describió el embajador estadounidense en el Líbano, «a Sharon no le importaba si los estadounidenses aprobaban o desaprobaban lo que él quería hacer… Se había sentado, miró al [Secretario de Estado Alexander Haig]… e inmediatamente entendió que los estadounidenses no iban a participar de ninguna acción… Vio que no habría costos políticos para Israel».

Sharon siguió esta señal con un efecto feroz, ejecutando la destrucción sin sentido en el Líbano y negándose a intervenir en las conocidas masacres de Sabra y Shatila. La Casa Blanca estaba furiosa, pero no hizo nada para pedir cuentas a Israel.

La propia pacificación de la OLP

Al leer la historia del conflicto a través de la lente de la formulación de políticas de los Estados Unidos, es impresionante que la OLP haya logrado eludir los intentos de la superpotencia de aplastarla durante tanto tiempo. Kissinger, un seguidor fanático de la teoría internacional realista, despreciaba la idea de tratar con actores no estatales, pero los palestinos eran una espina constante en sus planes. En 1974 Kissinger advirtió de que si Israel no cedía Cisjordania a Jordania y cortaba el movimiento nacional palestino de inmediato, «Arafat sería reconocido internacionalmente y el mundo estaría en caos». La OLP se habría sentido halagada.

Frente a este contexto hostil, los palestinos mostraron ingenio al utilizar el sistema internacional en su beneficio. La OLP obtuvo el reconocimiento de la Liga Árabe como «el único representante legítimo del pueblo palestino» en octubre de 1974 y al mes siguiente obtuvo el estatus de observador en la ONU.

Estados Unidos denunció la decisión de la ONU, pero como señala Elgindy, la ironía «fue precisamente el hecho de que el Gobierno no reconoció a los palestinos como parte de las negociaciones lo que había llevado -en primer lugar- a la OLP a la ONU». Años después el fracaso de esas negociaciones bajo los auspicios de Estados Unidos obligaría de manera similar a la OLP a buscar la condición de Estado de la ONU y a aproximarse a la Corte Penal Internacional (a lo que también se opuso Estados Unidos).

Sin embargo, a pesar de su sabiduría, la OLP también sembró las semillas de su propio achatamiento. Sus intentos obsesivos de demostrar su moderación a los Estados Unidos significaron que ya no podía librar la lucha palestina en sus propios términos. Como Elgindy escribe sobre la decisión de reconocer a Israel en 1988, “Mientras que Arafat y la OLP habían perseguido a los Estados Unidos con la esperanza de que eventualmente ‘entregaría’ a Israel, la administración Reagan ahora se jactaba de haber ‘entregado’ concretamente a la OLP a Israel».

La avenencia seguiría siendo la tendencia dominante de la OLP, incluso bajo Mahmoud Abbas, de una inconsistencia continua. Los israelíes y los estadounidenses dibujarían una línea, encontrarían que la OLP la había alcanzado y luego moverían rápidamente la línea nuevamente.

Los vacilantes cimientos sobre los que Arafat había asentado el destino de los palestinos finalmente se convirtieron en su ruina en la cumbre de Camp David de 2000. Arafat quedó atrapado entre el enfoque de «todo o nada» de Clinton y Ehud Barak en una propuesta que no satisfizo las necesidades centrales de los palestinos (el mito de la «oferta generosa» fue perdiendo credibilidad desde entonces), que ya no podía tolerar sus inútiles concesiones.

Cuando Arafat detuvo en la cumbre su complacencia, Barak y Clinton encontraron la forma de darle la vuelta a él. Como Elgindy resume, «aunque los tres líderes fueron culpables de errores y cálculos erróneos durante y después de Camp David, fue más fácil y menos costoso políticamente… transferir los costos del fracaso a los palestinos». Hoy las instituciones de Oslo, apoyadas por Estados Unidos e Israel son lo único que mantiene a la OLP en pie, convirtiendo un movimiento una vez revolucionario en un agente del mismo régimen al que dice resistir.

Es difícil decir qué podría haber hecho la OLP de manera diferente. Desde el Plan de Partición de la ONU hasta el acuerdo de Trump, los líderes palestinos casi siempre enfrentaron malas opciones: «Conceder en un proceso político que la mayoría de los palestinos considera fundamentalmente injusto los dejaría vulnerables a nivel nacional», escribe Elgindy, «mientras boicotear el proceso por completo solo consolidaría su marginación política».

La lucha armada se enfrentó a una paradoja similar: la violencia a menudo dañó la reputación de la causa palestina, particularmente después de los desenfrenados atentados suicidas de la Segunda Intifada. Sin embargo, como Elgindy admite, al menos hasta Oslo, «la realidad trágica fue que el terrorismo funcionó». Sin violencia, los Estados Unidos nunca habrían considerado a los palestinos una parte clave de la política regional y los israelíes nunca se habrían visto obligados a enfrentar a los palestinos como una comunidad política.

El próximo siglo

En teoría se supone que los procesos de paz prueban que la diplomacia es más fructífera que la violencia. Pero en el caso de Palestina Estados Unidos demostró que ambos son caminos inútiles. No importa lo que hagan los palestinos para promover su causa, las preocupaciones de Israel, y sus deseos, siempre fueron prioritarios. Cuando Hamás acordó integrarse en la AP y ganó elecciones legislativas libres en 2006 todo el Gobierno palestino fue sancionado por los EE.UU. Cuando la OLP buscó la estadidad en la ONU en 2012, cumpliendo efectivamente el objetivo político declarado de los EE.UU., La Casa Blanca lo proscribió.

La era de Obama fue la prueba final de la tesis de Oslo, enfrentando la estrategia armada de Hamás en Gaza contra la diplomacia de Fatah en Cisjordania. Incluso el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) en el extranjero ofreció un camino alternativo para la lucha no violenta. Estados Unidos los rechazó a todos.

Hoy la política de la Casa Blanca sobre Israel-Palestina está siendo orquestada por personas como el asesor especial Jared Kushner, el embajador en Israel David Friedman, el exenviado especial Jason Greenblatt y el propio Trump. Son caricaturas cómicas de las peores características de la política y la diplomacia estadounidenses. Y sin embargo, posiblemente hayan sido los actores más efectivos en la historia de la alianza entre Estados Unidos e Israel.

Ellos no están afectados por los valores conflictivos de Wilson, la indecisión de Truman, las limitaciones de Carter o la pasividad de Obama. Tienen una agenda ideológica clara para cumplir los objetivos maximalistas de Israel y han demostrado la resolución política de alcanzarlos, incluso si eso significa derribar las leyes y normas del orden internacional.

A pesar de los destellos de coraje a lo largo de los años, esa voluntad política siempre ha faltado en las administraciones anteriores a la hora de proteger los derechos palestinos. En lugar de utilizar su influencia para equilibrar las relaciones de poder asimétricas del conflicto, Estados Unidos utilizó el pretexto de las conversaciones de paz para ayudar a Israel a «transferir la mayor cantidad posible de riesgos y costos políticos al lado palestino, especialmente cuando las cosas salían mal».

Entre el universalismo para los palestinos y las preferencias para los israelíes, Washington siempre eligió esto último y al hacerlo abandonó las reglas más básicas de mediación de conflictos. Elgindy está siendo generoso al sugerir que esto es «menos un propósito de malicia o ignorancia que de simple aritmética política», pero la malicia y la ignorancia alimentan directamente esa aritmética. Al final los israelíes solo ofrecieron dos cosas a los palestinos: sumisión o devastación. Y los estadounidenses siempre los respaldaron.

Algunos han tratado de moderar los temores en torno al Acuerdo del Siglo al afirmar (con optimismo) que tanto Trump como Netanyahu podrían estar finalizando sus mandatos este año. Pero este argumento pierde lo esencial. Más allá de cualquier líder individual, este acuerdo es una victoria para el sionismo, no como la creencia en la autodeterminación judía, sino como el movimiento supremacista y colonizador empeñado en borrar a una población nativa. No solo ha usurpado la existencia de Palestina con impunidad, sino que ha asegurado el respaldo de la superpotencia del apartheid en el siglo XXI. Incluso si Netanyahu es expulsado de su cargo o encarcelado se ha ganado su lugar en los libros de historia como el líder judío que finalmente aseguró el Gran Israel. Toda victoria puede tener su fin, pero el sionismo ha demostrado que la victoria puede durar más de un siglo.

Las lecciones de esta historia, según lo relatado por Elgindy, deberían ser lecturas primarias para los políticos estadounidenses, incluidos los candidatos demócratas de hoy que debaten si se deben condicionar fondos militares a Israel. Como escribe Elgindy sobre los esfuerzos de James Baker en Madrid, lograr cierto éxito en el establecimiento de la paz radica en «elevar a los palestinos a condiciones reales de igualdad con los israelíes» y comprender «a quién empujar o apuntalar y cuándo». Y como reflexionó un diplomático, Baker y HW Bush «miraron a los partidarios de Israel en el Congreso, se enfrentaron a AIPAC y básicamente los vencieron».

Repetir este escenario es difícil, pero no imposible. Décadas antes, en noviembre de 1945, Truman dijo a los diplomáticos estadounidenses: “Tengo que responder a cientos de miles que están ansiosos por el éxito del sionismo. No tengo cientos de miles de árabes entre mis electores”. ¿Qué pasaría si millones de estadounidenses (palestinos, judíos, negros, marrones, blancos y más) se volvieran ansiosos por el éxito de la libertad palestina?

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