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Hong Kong, Taiwán y la retroalimentación territorial

Escrito por Debate Plural
Xulio Ríos (Observatorio de la Política China, 22-1-20)

 

La gestión de la agenda territorial ha condicionado en buena medida el transcurso político en China en 2019. Si bien las denuncias en torno al respeto de los derechos humanos en Xinjiang, con los “centros de capacitación” en el epicentro de las miradas, se han conducido en el ámbito internacional sugiriendo críticas incómodas que apenas han tenido eco interno, las tensiones en Hong Kong han supuesto un permanente desafío para la estabilidad. Finalmente, estas han repercutido de forma ostensible en el desenlace electoral del 11 de enero de 2020 en Taiwán.El descontento hongkonés

La Región Administrativa Especial de Hong Kong (RAEHK) vivió seis meses de tumultos constantes que solo apaciguaron levemente tras las elecciones distritales del 24 de noviembre en las que los pro-demócratas lograron una singular victoria. La calma, no obstante, tal como demostraron las movilizaciones masivas llevadas a cabo en el tránsito del final de año, promete no ser duradera. La negativa del gobierno de Carrie Lam a asumir las demandas de la oposición mantiene las espadas en alto.

Para reconducir la situación, en vez de destituir a Carrie Lam, lo cual supondría reconocer una derrota sin paliativos y bajar la cerviz ante la presión cívica, Beijing resolvió sustituir a Wang Zhimin al frente de la Oficina de Enlace con el Gobierno Central. Wang, convertido en cabeza de turco del embrollo hongkonés, cedió el mando a Luo Huining, un economista de formación con mucha mayor experiencia política (en Shanxi, Qinghai o Anhui). No es descartable a corto plazo la remoción de otros importantes altos funcionarios como Liu Jieyi, ministro de la Oficina de Asuntos de Taiwán.

En los sucesos de Hong Kong, las autoridades locales y el gobierno central debieron hacer frente no solo a protestas masivas sino también especialmente radicales y violentas. Durante semanas se barajó la posibilidad de una intervención del ejército, acantonado en la vecina provincia de Guangdong. No faltó quien vaticinara una masacre al tiempo de cumplirse los 40 años de la crisis de Tiananmen. No obstante, cabe resaltar el hecho de que, sin merma de la represión ejercida, tan solo una persona falleció. Aunque todas las comparaciones son odiosas, recuérdese que en los disturbios del mismo año registrados en países como Chile fallecieron 22 personas, en Bolivia 32, en Haití, 77, en Irak, más de 300, etc.

La magnitud de la crisis política ha influido sobremanera y propiciado la entrada en recesión de la economía. El turismo, por ejemplo, uno de los sectores económicos más destacados de la ex colonia británica, experimentó una caída superior al 30 por ciento en las visitas.

El diagnóstico actual apunta a un encallamiento de las posturas, con una fractura muy pronunciada entre el gobierno local, asociado a Beijing, y una amplia mayoría social que el 24 de noviembre dejó al descubierto la inexistencia de la “mayoría silenciosa” con que contaba el PCCh para minimizar el volumen de la protesta atribuida a la manipulación e injerencia exterior. Según el Instituto independiente de opinión pública de Hong Kong, la popularidad de Lam en octubre, antes de las elecciones, apenas superaba el 22 por ciento, la más baja desde 1997 para un Jefe Ejecutivo. Esa fractura es especialmente acusada entre la juventud, ampliamente desengañada de las posibilidades de una coexistencia respetuosa entre los dos sistemas. El conflicto, lejos de aislar a las generaciones más jóvenes, tildados de radicales frente a la mesura de segmentos de mayor edad, alentó la solidaridad inter-generacional, otro dato con el que probablemente Beijing no contaba.

Como es sabido, las protestas surgieron para rechazar un proyecto de ley sobre la extradición y la subsiguiente desconfianza absoluta sobre la autonomía del poder judicial en el continente. El detonante inmediato: el caso de un hongkonés, Chan Tong-kai,  que asesinó a su novia embarazada en Taiwán y regresó a Hong Kong donde no podía ser juzgado por tal delito ni extraditado a la isla. El proyecto fue finiquitado, pero el movimiento de protesta continúa, lo cual es indicador de que las movilizaciones obedecen a causas que van más allá de tal hecho puntual. En la RAEHK, el ratio de confianza en el proceder del sistema político continental está bajo mínimos.

Es probable que la agenda de Luo Hunning preste ahora mayor atención a la cuestión social como instrumento para recuperar cierta adhesión a la política del gobierno central. En efecto, el 18 por ciento de la población de la rica Hong Kong, unos 1,3 millones de personas, viven en la pobreza, lo cual representa un grave problema y sonroja a una China que ha convertido 2020 en el año de la “sociedad modestamente acomodada”. Otro tanto podríamos decir del problema de la vivienda, inalcanzable para la inmensa mayoría por sus precios desorbitados. Por último, la definición de mecanismos de gobernanza eficientes que permitan recuperar la credibilidad de las autoridades. Cuestión esta nada fácil de resolver para un gobierno que debe obviar para ello la superación del déficit democrático que tantas divergencias causa entre simpatizantes y contrarios a Beijing.

El Partido Comunista de China debe lidiar en Hong Kong con un descontento cuya motivación con seguridad le cuesta entender. Atribuirlo a la interferencia extranjera, sea esta o no cierta, poco puede ayudar a mitigarlo. Priorizar la defensa de la soberanía es comprensible pero igualmente insuficiente para abordar las causas profundas que las estrategias de ambos gobiernos, local y central, han descuidado en los lustros pasados.

Impacto en Taiwán

La isla de Taiwán es otro de los referentes inexcusables a la hora de abordar la delicada agenda territorial china. Como es sabido, la isla “rebelde” que acoge la República de China expulsada definitivamente del continente en 1949, figura entre los objetivos políticos mayores asociados al “sueño chino” de Xi Jinping. Este dejó entrever en varias ocasiones el propósito de dar un empujón a la reunificación con la mirada puesta en el centenario de la República Popular China (2049). El problema radica en que la sociedad taiwanesa, en una dimensión nada desdeñable, no participa de dicho sueño.

Desde 2016, al frente de Taipéi gobierna el Minjindang o PDP. La presidenta Tsai Ing-wen dejó en claro desde el primer momento su negativa a suscribir el principio de “una sola China”, el “Consenso de 1992” y el principio de “un país, dos sistemas”, conceptos clave para vertebrar la unificación desde la perspectiva continental. Beijing reaccionó a ese rechazo suspendiendo los contactos oficiales y oficiosos. Además, quebró de cuajo la trayectoria previa establecida con el KMT (2008-2016) para facilitar el acercamiento a todos los niveles. De la tregua diplomática pasamos a la captura de aliados (7 en estos últimos 4 años), la presión militar marítima y aérea, la reducción del turismo con la prohibición de los viajes individuales, etc. La presión hacia las autoridades se complementó con el ofrecimiento de beneficios a quienes comulgaban con la estrategia continental, desde autoridades locales afines, partidos o colectividades favorables a la unificación, y una estrategia que tendía puentes hacia otras fuerzas, especialmente el KMT, para contornar el poder elegido en la isla.

Tras las elecciones locales de noviembre de 2018, en las que el PDP experimentó una severa derrota, la recuperación de la normalidad parecía estar cerca. La victoria del KMT presagiaba la alternativa en Taipéi y con ello la restauración de la vía de la cooperación y el entendimiento entre ambos lados del Estrecho. Y en esto apareció la crisis de Hong Kong….

Una de las claves discursivas más destacadas de Tsai en campaña (junto la crítica de la intromisión y las amenazas de Beijing o al estrechamiento de los vínculos políticos y económicos) fue la de “no hacer de Taiwán el próximo Hong Kong”, advirtiendo a los taiwaneses del riesgo de absorción por la China Popular en caso de que el candidato del KMT, Han Kuo-yu, ganara las elecciones. Y para argumentarlo, por ejemplo, recurría a la presencia en su lista de nombres como Chiu Yi –que en alguna ocasión reclamó la decapitación de independentistas- o del general retirado Wu Sz-huai, que en una visita a Beijing en 2016 rendía honores al himno de la República Popular China, causando un enorme revuelo en la isla. La exacerbación de la histeria sirvió de coartada para propiciar la urgente tramitación de una ley anti-infiltración, aprobada in extremis el 31 de diciembre, el último día de la legislatura precedente, con el rechazo de la bancada nacionalista.

La espectacular remontada de Tsai Ing-wen (que inició 2019 con una popularidad del 35 por ciento frente al 50 por ciento de su más directo rival Han Kuo-yu) es un “milagro”, en gran medida atribuible a los efectos en la isla de la crisis de Hong Kong. Esto le permitió pasar página de una gestión polémica en la que destacaron asuntos como la reforma de las pensiones, de la jornada laboral, del matrimonio igualitario o hasta un caso de contrabando de tabaco en la comitiva presidencial… Tampoco debe despreciarse la ayuda aportada por el discurso de Xi Jinping del 2 de enero de 2019 en el que hizo gala de los tópicos al uso respecto a la trascendencia e inevitabilidad de la reunificación, sin descartar para ello el recurso a la fuerza. Al enfatizar la integridad territorial descartando la mínima tolerancia con quienes “quieren dividir el país”, Xi ignoraba por completo el sentir de importantes capas de la sociedad taiwanesa.

El papel de Estados Unidos

La aprobación de una ley en apoyo a los manifestantes de Hong Kong culminó en cierta medida una trayectoria de respaldo expreso a las demandas ciudadanas por parte de EEUU. Tampoco se disimuló el apoyo a Tsai Ing-wen en Taiwán. Los derechos humanos, la defensa de la democracia, etc. son los argumentos esgrimidos por la Casa Blanca para este proceder pero también hay otras razones, entre ellas, indudablemente, las estratégicas.

Más allá de la defensa de los ideales democráticos, en Hong Kong y Taiwán se juega la rivalidad entre China y EEUU. La Casa Blanca no oculta sus preferencias y pone de ejemplo a Taiwán como palpable demostración de que la democracia, la elección de un presidente por sufragio universal directo, no rivaliza con la cultura china, exaltando las bondades de su sistema político en contraposición con el vigente en el continente y su negativa a permitir procesos similares siquiera en Hong Kong. Por otra parte, cabe señalar que la disputa comercial entre EEUU y China benefició en primer lugar a Taiwán y también ayudó a Tsai a aumentar su popularidad.

Taiwán tiene igualmente para EEUU una destacada importancia económica y militar. Lo revelan, por ejemplo, su condición de 11º socio comercial más grande de EEUU o la decisión de venderle aviones de combate F-16V y tanques de batalla M1A2 Abrams. También su inclusión en la estrategia del Indo-Pacífico reafirma el apoyo a Taipéi para desarrollar una efectiva capacidad de disuasión y defensa, además de profundizar las relaciones bilaterales.

EEUU, bajo la Administración Trump pero incluso más allá de ella dado el amplio consenso bipartidista existente en esta cuestión, no dudará en seguir prestando apoyo político para resistir el embate de las políticas centralizadoras continentales en Hong Kong. En relación a Taiwán, es previsible que el acercamiento con Tsai Ing-wen continúe. En la isla, la inexistencia absoluta de un consenso entre las principales formaciones en relación a Beijing contrasta con el asentimiento general en relación a Washington, ello a pesar de que en el KMT, al menos en algunos sectores internos, recelan de la idea, suscrita por el PDP, de que EEUU es el mejor amigo de Taiwán, apelando a la verdadera fe en la democracia y la libertad, considerando una subordinación ciega a Washington como suicida.

Al día siguiente de ganar las elecciones, Tsai recibió en el Palacio Presidencial a Brent Christensen, director del Instituto Americano en Taiwán, para reafirmar ese compromiso de socios cercanos vinculados por valores democráticos en disposición de ampliar los intercambios bilaterales. En otro encuentro con una delegación del American Entreprise Institute, Tsai volvió a la carga con la idea de suscribir un acuerdo comercial entre Taiwán y EEUU. Por su parte, los manifestantes en Hong Kong enarbolaban en sus acciones la Union Jack y entonaban cánticos de agradecimiento a EEUU por el apoyo a sus reivindicaciones. China fruncía el ceño…

Focos de resistencia

Con sus respectivos matices, Hong Kong y Taiwán se han convertido en “focos de resistencia”. Si las movilizaciones en Hong Kong favorecieron las expectativas políticas del soberanismo taiwanés, el resultado electoral en la isla retroalimenta, en su mensaje a China continental, la indisposición hongkonesa.

La credibilidad de la promesa de Beijing de permitir una gran autonomía a estos enclaves, sustancia de la fórmula de “un país, dos sistemas”, está en severo cuestionamiento. Si la implementación de la autonomía en la RAEHK no se relegitima, el futuro de dicho principio pudiera ser poco venturoso.

En Taiwán, Tsai utiliza el ejemplo de Hong Kong para llamar la atención sobre el hecho de que la democracia y el autoritarismo no pueden coexistir en un mismo país por lo que, a la postre, la ejecución del principio de “un país, dos sistemas” es simplemente imposible.

La impresión general es que las políticas de Beijing en relación a Hong Kong se orientan a reducir su autonomía, y en relación a Taiwán, a reducir su soberanía. Resultará difícil un acomodo entre las partes. A día de hoy, en Hong Kong y Taiwán, amplios sectores dan por muerta la política tantas veces elogiada por su originalidad de “un país, dos sistemas”. Agravar la presión o multiplicar las amenazas puede empeorar las cosas. La RAEHK no tiene posibilidades de resistir el estrechamiento de los vínculos económicos con China que se verá acentuado con el proyecto de la Gran Bahía. La situación en Taiwán es diferente y el distanciamiento, favorecido por el progresivo traslado de las líneas de producción desde el continente en virtud del incremento de los costes locales y de los efectos de las tensiones comerciales, podría ir en aumento. Por otra parte, está por ver qué actitud adoptará Tsai respecto a quienes le demandan en su propio partido que aproveche este segundo mandato para instar cambios constitucionales (bandera, territorio, etc.). Pero una cosa es preservar la democracia y otra cambiar el status político. Beijing reaccionaría con seguridad.

En tal contexto, la política territorial continental se asoma al abismo. Algunos piensan que se puede recuperar el terreno perdido simplemente afinando sin cambiar la esencia. Veremos. No todo depende del triángulo Beijing-Hong Kong-Taipéi. Y no será fácil que se produzcan mejoras sustanciales en tanto las relaciones con EEUU evolucionen hacia la confrontación estratégica e ideológica.

En el fondo, tanto en Hong Kong como en Taiwán gana peso la convicción de tener una identidad distinta de China, un matiz que en el continente cuesta mucho aceptar. La política aplicada estos años por parte de Beijing merece ser repensada ya que su resultado ha devenido un desastre y no parece que solo sea un fenómeno temporal.

El sueño que abrigó el KMT en Taiwán de reconquistar el continente está fuera de lugar. El problema es que lo mismo parecen considerar las generaciones más jóvenes que reemplazan aquel mito por una sensación creciente de que Taiwán ya no es parte del continente tras más de un siglo fuera de su alcance. Los ideales democráticos refuerzan ese sentimiento en directa proporción a la negativa de las autoridades del PCCh a suscribirlos. Tanto en Hong Kong como en Taiwán. Y la capitalización de ese sentimiento estableció una profunda ósmosis entre su dimensión electoral y popular. Todo un reto para el PCCh que solo puede afrontar con racionalidad y mesura.

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