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El asesinato de Soleimani y su relación con la campaña presidencial de EE.UU.

Escrito por Debate Plural

Esteban Arango Montoya (Alainet, 10-1-20)

 

El viernes tres de enero un dron estadounidense asesinó a sangre fría al general iraní Qassem Soleimani en el aeropuerto de Baghdad, Irak, en el desarrollo de una visita oficial. Con él murieron otros, entre ellos Abu Mahdi al-Muhandis, el segundo al cargo de las Fuerzas de Mobilización Popular (FMP) iraquíes. Inmediatamente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró su responsabilidad en el ataque, reconociendo así que había sido sometido a sanción presidencial. Con ello, incumplía una de sus promesas electorales, sacar a Estados Unidos de las guerras en el Medio Oriente, traer las tropas a casa, e indirectamente fortalecía a sus adversarios políticos en la carrera por la presidencia de Estados Unidos que debe celebrarse en este 2020.

La versión oficial del asesinato

Como bien lo señalara Alex Christoforou, corresponsal del medio alternativo The Duran, los motivos de Trump para tomar la decisión de ordenar el asesinato de Soleimani cuentan con una versión oficial. Según esta, la decisión de ordenar el asesinato de Soleimani por parte de Trump, se tomó luego del conocimiento de informes de inteligencia que pusieron a su disposición. Esta información habría sido consultada con varios representantes republicanos, entre ellos, el senador Lindsey Graham, el secretario de Estado Mike Pompeo, el Secretario de Defensa Mark Esper y el Asesor de Seguridad Nacional, Robert O´ Brien, algunos de los cuales son reconocidos Halcones de Guerra. De acuerdo a los informes de inteligencia, Soleimani estaba planeando ataques contra intereses norteamericanos en el Medio Oriente: “Robert O’Brien dijo que Trump tomó su decisión tras recibir información de inteligencia de que Soleimani estaba viajando por el Medio Oriente tramando inminentes ataques contra tropas y diplomáticos estadounidenses1«(párr. 3), informaba The Washington Examiner. Esto, en un contexto marcado por la muerte de un contratista estadounidense en una base americana en Irak, debido a un ataque supuestamente realizado por milicias chiitas financiadas por Irán, y la asonada de la embajada estadounidense por manifestantes chiitas en el mismo país, un hecho que también se atribuyó a maniobras del régimen iraní. De ahí entonces que, según O´ Brien, lo necesario era ejecutar un ataque preventivo para evitar más derramamiento de sangre americana: “[E]sto fue diseñado para evitar más derramamiento de sangre. Fue una acción defensiva”2 (párr.7). Esta última, una opinión en la que O´ Brien concuerda con el resto de representantes consultados, quienes han salido en defensa de Trump.

Un grotesco ejemplo de lo anterior lo dio el representante republicano Lindsay Graham en el conocido show de televisión Hannity, presentado por el periodista conservador Sean Hannity, criticado ácidamente en un artículo de Newsweek. En dicho show, el republicano Graham justificó la decisión tomada por Trump, argumentando que: “actuó de manera defensiva, preventiva”3 (párr.11) A su vez, Hannity, el presentador, celebró la justificación de Lindsey Graham, instándolo a que siguiera por ese camino: “Sigue twitteando así, vas a estar a la altura del presidente”4 (párr.14) le dijo, en referencia a un tweet de Graham en el que usara el mismo argumento para defender la decisión de Trump. En últimas, tras leer las declaraciones tanto de O´ Brien y de Graham lo que se advierte en ambos casos es una revalidación de la doctrina de la guerra preventiva que el gobierno del republicano George W. Bush propusiera como parte fundamental de su estrategia global, según un artículo de 2002, publicado por El País de España.

El ataque, llevado a cabo con un dron, se realizó a primeras horas del viernes tres de enero, en el aeropuerto internacional de Bagdad, por lo que en su desarrollo se violó la soberanía de Iraq, donde Soleimani se encontraba de visita oficial. Fue un ataque sofisticado, una operación selectiva, con objetivos claramente delimitados, en la que la tecnología jugó el papel preponderante. Una estrategia que se parece mucho a la que Estados Unidos usó en el sur del Líbano, en la llamada Guerra de los treinta y tres días, según revelara el mismo Soleimani en una entrevista ofrecida al medio noticioso iraní Hispan TV. Según dijo en esa ocasión, la estrategia usada por Estados Unidos y el régimen sionista era totalmente diferente, pues se basaba en el uso de tecnología unida a una gran precisión: “la guerra era totalmente diferente esta vez. Era una guerra totalmente tecnológica y precisa.”

El blanco principal del ataque esta vez era indudablemente Soleimani, uno de los hombres más poderosos en Irán de acuerdo a diferentes medios, tanto de derecha como de izquierda. De hecho, en un artículo publicado en la World Socialist Website al día siguiente del asesinato, se lo describía como “la segunda figura más poderosa en Teherán”. (párr.2) Además, se informaba que la víctima era el líder de la Guardia revolucionaria de Irán, la denominada fuerza Quds, y el estratega detrás de las derrotas del Estado Islámico y Al Qaeda en la guerra de Siria, en la que jugó un papel importante Hezbollah, el conocido ejército chiita que cuenta entre sus victorias el haber expulsado al ejército sionista del Sur de Líbano durante la mencionada Guerra de los treinta y tres días.

En el ataque murió también un líder iraquí, Abu Mahdi al-Muhandis, “el segundo al mando de las Fuerzas de Mobilización Popular de Iraq, la coalición de 100.000 milicianos chiitas que es considerada parte de las fuerzas armadas del país”, según se informaba en el mismo artículo. Así pues, el golpe había sido fatal y claramente estaba dirigido contra las fuerzas de resistencia iraní.

En conclusión, la versión oficial, conforme la cual el ataque contra Soleimani se debió a las constantes provocaciones iraníes y los supuestos planes del general contra intereses occidentales en el Medio Oriente, cumple dos objetivos: en el plano ideológico pretende revalidar la doctrina de la guerra preventiva usada antes por el presidente republicano George W. Bush para justificar la invasión ilegal en Iraq de 2003. Y en la realidad práctica, instaurar la guerra en el imaginario de las personas, pero una forma de guerra que ha cruzado todas las líneas rojas, de acuerdo al citado artículo: “Todas las líneas rojas han sido cruzadas. En el futuro el objetivo podría ser un general o incluso el presidente de Rusia, China, o de hecho, de cualquiera de las capitales de los antiguos aliados de Washington” (párr.17).5

La campaña presidencial

Como era de esperarse, Irán reaccionó al asesinato contra Soleimani, pero su respuesta estuvo minuciosamente calculada. Según Alexander Mercouris, jefe editor de The Duran los misiles iraníes dirigidos contra bases militares estadounidenses en territorio iraquí, en respuesta al asesinato, tenían como objetivo la infraestructura, no las vidas de soldados americanos: “fueron muy cuidadosos al calibrar esos ataques, para asegurarse de que esos ataques no golpearan los compuestos dentro de esas bases donde las tropas estadounidenses estaban realmente ubicadas”6, dijo. Incluso se sabe que Irán le informó al gobierno de Estados Unidos sobre el ataque con antelación. Por su parte, la respuesta del presidente Trump a la agresión iraní también obedeció al cálculo político, de ahí que se negara a un contraataque que bien podría haber desatado una gran guerra. En el fondo, Trump sabe que una decisión de ese calibre podría costarle la reelección que tendría lugar en este 2020.

Efectivamente, hay una contradicción evidente en el discurso de Trump que pone en peligro su reelección. Más específicamente, esa contradicción se materializa en el asesinato de Soleimani, considerado una declaración de guerra, que se ha justificado con base en el uso de la doctrina del ataque preventivo desarrollada por la administración Bush. Una doctrina que tiene como objetivo “identificar y destruir la amenaza antes de que se acerque, incluso si hay dudas sobre el lugar y el momento del ataque del enemigo” (González, párr.7). Y que, en la práctica, contradice una de las promesas de la campaña de 2016 de Trump, cuando se comprometió a sacar las tropas estadounidenses de las guerras en el exterior. En ese entonces el otrora candidato Trump dijo que “los presidentes de ambos partidos habían atrapado a Estados Unidos en demasiadas guerras extranjeras costosas y duras”7( ) de acuerdo a un reportaje de Vox. Y prometió acabarlas: “[N]unca enviaré a nuestros mejores a la batalla a menos que sea necesario, y quiero decir absolutamente necesario”8 (´párr.3).

Ello explica, en parte, uno de los probables motivos tras la decisión de varios miembros republicanos del gabinete del presidente George W. Bush de negarle su apoyo a Trump durante la campaña por la presidencia en 2016 y otorgárselo a Hillary Clinton, una reconocida halcón de guerra que no solo apoyó la ilegal invasión de Irak, sino también la devastación de Libia como Secretaria de Estado del “demócrata” Obama. Tal es el caso de Henry M. Paulson Jr., un político republicano que sirvió de Secretario de Tesoro durante la administración de George W. Bush. Paulson hizo público su apoyo a Hillary Clinton y dijo que “[C]on Donald Trump como el presunto candidato presidencial, estamos presenciando un secuestro populista de uno de los grandes partidos políticos de los Estados Unidos.”9 (párr.3), según informó el Daily News en un artículo de 2016, año de la carrera presidencial. También The Hill informó en un artículo del mismo año sobre doce republicanos que habían servido en el Departamento de Transporte (DOT) y la Environmental Protection Agency (EPA) durante la administración de George W. Bush y que firmaron una carta abierta en contra de Trump, aunque sin apoyar a Hillary, así como de cincuenta expertos en política internacional que también sirvieron en dicha administración y que sí apoyaron a Hillary Clinton: “A la carta del miércoles la siguió una declaración abierta en agosto de 50 expertos en política exterior que sirvieron en las administraciones republicanas. En su carta, esos expertos se opusieron a Trump mientras respaldaron a Clinton”10 (párr.7). En cuanto al mismo George W. Bush, este se negó a apoyar la candidatura de Trump, informó en su momento el Washington Post: “Ni Bush ni su padre, el ex presidente George H.W. Bush, avalaron al candidato presidencial republicano Donald Trump”11 (párr.3).

En pocas palabras, la promesa de Trump de sacar a Estados Unidos de las guerras externas lo pone en contradicción con las familias Clinton y Bush, dos grandes dinastías que han manejado el país en las últimas décadas, y que han hecho de la guerra un negocio. Este aspecto es fundamental y es el motivo por el que a veces se refieren a Trump como un outsider del establecimiento. Más importante aún, esa es la razón por la que muchos votaron por su candidatura en Estados Unidos como se infiere de un artículo publicado por el Chicago Tribune durante la campaña presidencial de 2016: “Tenemos una oportunidad única para finalmente cambiar de rumbo. Es hora de un outsider en la Casa Blanca. Es hora de dejar que Trump sea Trump y ayudarlo a ganar estas elecciones” 12 (párr.18), escribió su autor, David Perdue.

De ahí que, cuando la administración de Trump decide asesinar a Soleimani y lo justifica con base en la doctrina de la guerra preventiva, está incurriendo en un grave error, puesto que gran parte del apoyo que recibió del electorado americano se debe a su posición contra las guerras que venían realizando los neoconservadores y globalistas de los partidos republicano y demócrata, que tanto daño hicieron en las administraciones de Bush y Clinton. De igual manera debe interpretarse el asesoramiento que recibe de reconocidos elementos neoconservadores, como su Secretario de Estado Mike Pompeo y el senador republicano Lindsey Graham, en asuntos de política externa. Son contradicciones que, en últimas, fortalecen a los enemigos políticos de Trump, quienes con toda probabilidad quisieran ver al presidente atollado en otra guerra externa. Más específicamente, ellos saben que si Trump declara la guerra a Irán, estaría incumpliendo su promesa de campaña de sacar a Estados Unidos de las guerras en el exterior y, por lo mismo, una parte de su base electoral le daría la espalda.

Afortunadamente también Donald Trump parece advertirlo, como lo dejó entrever con su respuesta a los misiles iraníes. Aunque suene paradójico, es una fortuna que Trump se haya negado a un escalamiento de la guerra, por más que lo fortalezca en otros aspectos. En últimas, está evitando lo que bien podría convertirse en una gran conflagración que solo desestabilizaría más la situación ya inestable en que está el Medio Oriente. Y en el caso particular de Estados Unidos, una guerra serviría de telón de fondo para distraer a los americanos de la terrible desigualdad que agobia a la sociedad estadounidense. Basta con comparar el lujo de ciertos centros urbanos con sus periferias para constatarlo. Las condiciones marginales de algunas áreas pobladas mayormente por grupos de inmigrantes latinos y asiáticos de una parte, y la opulencia y el esplendor de los templos de la oligarquía financiera mundial, de otra. Además, están las frías estadísticas que siempre cuantifican el daño de la manera más abstracta, como la expuesta por el Stanford Center in Poverty and Inequality según la cual, “[E]n los últimos 30 años, la desigualdad salarial en los Estados Unidos ha aumentado sustancialmente, y el nivel general de desigualdad ahora se acerca al nivel extremo que prevalecía antes de la Gran Depresión.”13 (párr.1). Sin embargo, aunque la guerra se ha evitado, ha sido a causa de la división de las fuerzas políticas estadounidenses, generada por la administración Trump. Más específicamente, debido a su decisión de detener la guerra antes de que esta hiciera trizas la posibilidad de su reelección presidencial. En tal sentido, la situación sigue siendo inestable pues depende de los intereses particulares de Trump, no de la presión de la ciudadanía. Por lo mismo, las fuerzas de resistencia y las multitudes que se han levantado contra el orden neoliberal en diferentes partes del orbe debemos tomar partido y seguir la lucha política, por un cambio verdadero.

A los gritos en contra de la explotación, la depredación ambiental y la exclusión debemos sumar el grito de NO a la guerra.

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