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Con el asesinato de Qassem Soleimani, Trump juega con fuego para salvar su presidencia

Escrito por Debate Plural

Nader Entessar y Kaveh Afrasiabi (Middle East Eye, 4-1-20)

 

El asesinato de Qassem Soleimani, el principal comandante de Irán, perpetrado este viernes por EE. UU., y de varios líderes de la milicia iraquí, representa una importante escalada equivalente a un acto de guerra que tendrá graves consecuencias a largo plazo.

La ira volcánica de Irán explotará inevitablemente en una acción de represalia, como lo indica la declaración del líder supremo del país, y tendrá sin duda como objetivo a las fuerzas estadounidenses en Iraq.

Visto desde Teherán, se trata de un comportamiento canalla descontrolado, un acto de guerra flagrante con la arrogancia total de una superpotencia en declive dispuesta a cruzar cualquier línea roja, a transgredir cualquier Estado de derecho para lograr sus fines hegemónicos.

El momento en que se ha producido la operación es esencial.

Para el gobierno de Trump, 2019 terminó con una nota amarga, con el doble revés de una crisis política doméstica inducida por el impeachment y una escalada peligrosa y explosiva en Iraq que podría, a la luz de este último acontecimiento, convertir fácilmente 2020 en otro año de guerra para EE. UU. en Oriente Medio.

Con las semillas de esa guerra firmemente plantadas por una iranofobia ilimitada, que se refleja en la guerra unilateral de EE. UU. emprendida bajo la rúbrica de una “estrategia de máxima presión”, su manifestación lenta pero constante en el conflictivo escenario iraquí se ha convertido en una realidad ineludible .

Encerrados en una competencia de suma cero en aras a conseguir la máxima influencia en Iraq, Washington y Teherán están ahora en curso de colisión y, a menos que prevalezca una diplomacia prudente, una posibilidad altamente improbable a la luz del asesinato de Soleimani, es probable que la situación actual desencadene una nueva dimensión militar en la estrategia anti-Irán de Trump.

Violación flagrante de la soberanía

Para comprender bien los sucesos de esta semana resulta de utilidad aportar algo de contexto.

Coincidiendo con un ejercicio naval conjunto Irán-Rusia-China en el Golfo de Omán como clara señal de la antipatía de Beijing y Moscú hacia la política anti-Irán de Trump, se caracterizó a los ataques aéreos estadounidenses de la semana pasada contra las milicias pro-Irán en Iraq y Siria como ataques “defensivos de precisión” del ejército de EE. UU. en respuesta a la creciente amenaza de las fuerzas proiraníes en la región.

Sin embargo, es bastante obvio que estos ataques tienen también connotaciones geoestratégicas a la luz del acercamiento del Secretario de Estado Mike Pompeo a los líderes de Israel, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí inmediatamente después de lanzarlos, ataques que fueron denunciados por Iraq y Siria como una violación flagrante de su soberanía.

Con las autoridades de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos alentando la idea de un deshielo en las relaciones con Irán, la intención de Pompeo es claramente neutralizar esa perspectiva que va en contra de los intereses hegemónicos de EE. UU. en la región. La dependencia de los Estados árabes del Golfo de EE. UU. significa que están hipotecados por una rivalidad sostenida con Irán, que está presionando su propia carta de paz en la región y al mismo tiempo elevando la apuesta contra el dominio de los Estados Unidos.

Pero sería un error reducir la suma de las intenciones del presidente estadounidense Donald Trump respecto a los recientes ataques aéreos -y lo más importante, un riesgo mal calculado como el asesinato de Soleimani- a las circunstancias externas en Iraq y la región, y pasar por alto la clara posibilidad de que Trump haya echado mano del viejo libro de jugadas de instigar una crisis extranjera para desviar los peligros internos de su presidencia. Esto recuerda cómo Bill Clinton, en 1998, ordenó un ataque aéreo contra Iraq en vísperas de una importante votación de destitución.

Del mismo modo, buscando desviar la atención del proceso de destitución, que ha cobrado impulso al revelar más pruebas condenatorias que sugieren un “quid pro quo” en relación a Ucrania, Trump y su equipo de política exterior cuentan con los dividendos políticos de su último “desafío” a Irán, incluso con respecto al asalto de los iraquíes a la embajada estadounidense fuertemente fortificada en Bagdad.

Propaganda mediática

Por lo tanto, todos los medios dominantes de comunicación estadounidenses se han alineado detrás de Trump, acreditándole un uso prudente de la fuerza y ​​dándole palmaditas en el hombro por dejar de lado sus reservas anteriores sobre el uso de la fuerza. Pero poco de esa propaganda de los medios estadounidenses a favor de una política estadounidense belicista -que está en violación directa del derecho internacional- caerá en saco roto respecto a la población local en la región, ya que incluso el New York Times ha admitido que los iraquíes de todo el espectro político se unieron en la condena de los ataques estadounidenses, que han matado e herido a docenas de iraquíes.

Como consecuencia, las cosas han cambiado para EE. UU., y no importa cuántos tuits envíe Trump al pueblo iraquí exhortándolo a dirigir su ira contra Irán; la suerte está echada, y es poco probable que el nuevo nivel de antiamericanismo que se ve hoy en Iraq retroceda pronto.

La poderosa facción Sadr ha pedido ya a otras facciones políticas chiíes que se unan para expulsar a los Estados Unidos del suelo iraquí.

A medida que la situación se agrava con el asesinato de Soleimani y el jefe adjunto de las Unidades de Movilización Popular (UMP), es justo apostar a que EE. UU. ha calculado mal las ramificaciones de una acción militar que ha provocado promesas de venganza y represalia por parte de las UPM iraquíes. Es probable que la milicia pro-Irán congele o revierta su proceso de integración con las fuerzas armadas iraquíes, particularmente si sienten que la reacción de Bagdad ante la transgresión de Trump a la soberanía de Iraq es insuficiente.

El nuevo golpe a los lazos entre Washington y Bagdad causado por estos últimos acontecimientos dramáticos va también en contra de los intereses de seguridad nacional de EE. UU., a pesar de que pueda servir a los intereses personales de Trump frente a su destitución.

En esencia, todo esto refleja una bifurcación de intereses, por lo que Trump puede terminar infligiendo graves daños a los intereses estadounidenses en el extranjero al crear una crisis artificial para salvar su propia presidencia, envolviéndose en la bandera y aprovechando el reservorio oculto del patrioterismo estadounidense para neutralizar el desgaste que enfrenta su presidencia.

¿Otra guerra más en Oriente Medio?

Es difícil sobreestimar el grave error estadounidense al perpetrar este acto de terror patrocinado por el Estado que probablemente desencadenará un ciclo mortal de violencia que se llevará muchas vidas.

No obstante, es a Estados Unidos a quien le interesa evitar que se profundice la crisis que ha generado intencionalmente en Iraq; sin embargo, carece de control total para contenerla.

Dentro de Iraq se ha desarrollado, en esencia, una consecuencia de la crisis entre Estados Unidos e Irán que podría escalar mucho más allá de las “guerras en la sombra” y del uso de apoderados, con giros impredecibles que representan un riesgo claro para los miles de militares estadounidenses en la región; por no mencionar la salud de la economía global, que está ligada al flujo libre de petróleo a través del estrecho de Ormuz.

Jugando con fuego para apuntalar su presidencia en declive y socavado por el aguijón de la destitución, Trump muestra ahora todos los síntomas de un presidente de gatillo fácil dispuesto a desencadenar otra guerra calamitosa en Oriente Medio traicionando su promesa de evitar que Estados Unidos se enrede en otro conflicto.

Lamentablemente, como muestran claramente sus equivocadas políticas con respecto a Irán e Iraq, Trump no solo está repitiendo la táctica de su predecesor para evitar la destitución, sino que también está a punto de reciclar los errores de las guerras de la era Bush en el Medio Oriente.

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