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Julia de Burgos: diez acotaciones apologéticas en torno a su poesía (5 de 5)

Julia de Burgos
Escrito por Debate Plural

León David (D. Libre, 10-9-14)

 

Es probable que los conceptos que ahora me propongo adelantar hagan fruncir el ceño en gesto de suspicacia o aun de contrariedad a más de un conocedor de la obra de de Burgos; porque la observación que tengo en mientes estampar a renglón seguido harto me temo se verá enfrentada a la abrupta inconformidad de multitud de detractores. Que tengo por razonable y legítimo el descontento que a buen seguro provocará la afirmación que ya casi escapa a los puntos de mi pluma, es circunstancia que –digámoslo en contundente romance paladino- un mínimo de pudor intelectual, cuando no de literaria urbanidad, me conminan a admitir de manera pública e inequívoca. Pues es el caso que el rasgo de la expresión lírica de Julia sobre el que, sin ambición ninguna de minuciosidad, deseo hic et nunc llamar la atención del ilustrado lector, es el que no puedo dejar de bautizar de “femenino desplante”.

En efecto, he creído advertir en la tonalidad de su poético discurrir, una coloración, un sesgo, una visión que ostentan los atributos merced a los cuales, en mi quizás desatinada opinión, lo femenino se identifica, apuntala y distingue, imprimiendo en el verso de la trovista inconfundible marchamo.

Ahora bien, no tengo el menor reparo en convenir que maguer es cierto que la feminidad se nos propone como cualidad que hasta el más lerdo observador acierta a distinguir sin esfuerzo cuando se manifiesta en el cuerpo ondulante, en la voz atemperada y en los delicados ademanes de cualquier mujer real, no se me hace menos verdadero que dicha condición lejos está de resultar igualmente obvia cuando la transferimos a una manera de exteriorizar por escrito cierta singular disposición anímica, cuya mujeril naturaleza se nos antoja incontrovertible, a pesar de que no parezca posible verificar por vía de razonado análisis la presencia, por demás ostensible, de pareja impronta femenina.

Mas no embargante la enojosa imposibilidad de objetiva comprobación que conlleva la creencia en la peculiaridad de signo femenino de la poesía de Julia, no por ello, en lo que toca al punto debatido es menester rendir las armas y reconocer que estábamos equivocados; pues recordando el célebre aforismo del filósofo francés Blaise Pascal que reza “El corazón tiene razones que la razón ignora”, me es grato derivar de la enseñanza que tan sentenciosa fórmula encierra el barrunto de que en el caso que nos compete esclarecer, la cualidad femenina del verso de la poetisa boricua sólo consiente ser apercibido y confirmado en la vivencia estética, en la fruición contemplativa que toda idónea lectura presupone.

Que sean, pues, quienes a estas desordenadas anotaciones ha llevado su curiosidad a avecindarse los que, juzgando la cuestión planteada con su propia cabeza, determinen en qué medida me asiste la razón o, de adverso modo, me desmiente por lo que atañe a la conjetura de la presencia de un acento de femenina catadura en la voz poética de Julia de Burgos… En la cristalina composición EL ENCUENTRO DEL HOMBRE Y EL RÍO eleva así su canto la poetisa: “Recuerdo que los árboles recogieron sus sombras,/pálidos como sueños paralelos a mi alma.//Nubes recién bañadas se asomaron a verme/y un silencio de pájaros adornó mi llegada.”

Y en la CANCIÓN DE MI SOMBRA MINÚSCULA de esta guisa nos habla: “¡A veces la vida me quiere estallar en canciones/de angustia inesperada!//Yo quisiera quedarme en el secreto de mis penas/punzantes como estrellas,/pero mi alma no puede alcanzar el silencio/del poema sin palabras,/y salta por mis labios hecho polvo de vibraciones íntimas.”

Advierto en las resplandecientes estrofas que he traído a colación (escogidas al azar entre copia de ellas de similares características) no sé qué de dulce, vagaroso y delicado que, entiendo, siempre que mi sensibilidad estética no esté obliterada, sólo condice con el temperamento apasionado y exquisito a la vez de una mujer que ama. Mucho me cuesta suponer que la vis emotiva que trasuntan los versos más arriba citados pueda adjudicarse a péndola empuñada por mano viril.

No obstante, dado que sería ingenuidad de a folio imaginar que sea factible alcanzar consenso respecto al asunto –acaso refractario a ecuánime indagación- que en los párrafos que anteceden hemos hecho objeto de imprudente pesquisa, sin remordimiento de ninguna especie lo abandonaré en el inconcluso punto en que se halla, para abordar en los subsiguientes renglones la que, si he sacado bien las cuentas, se perfila como novena apuntación; la cual versa sobre una faceta del poetizar de de Burgos que sólo a ignorantes de tomo y lomo cogerá de nuevas; me refiero al hecho no sujeto a controversia de que el grueso de las imágenes, comparaciones y metáforas que nuestra portalira emplea se contraen a la esfera de la naturaleza (río, árboles, nubes, lluvia, alba, mar, risco, sombra, etc.), elementos todos que remiten a la tierra y a la vida y a lo que estas tienen de más perdurable y milagroso, adquiriendo así su expresión gracias a parejo trámite retórico de elemental eficacia lo que no me tiembla el pulso en llamar “calidad profética”, capacidad de revelar el misterio de la existencia cabe un impresionante poder de eternizar en fórmulas de singular belleza semejante revelación en la memoria…

Un par de ejemplos distraídos de uno que otro de sus poemas cenitales bastarán para corroborar la validez del dictamen que acabo de acuñar. En CANCIÓN HACIA ADENTRO la poetisa exclama:”¡No me recuerdes! ¡Siénteme!/Un ruiseñor nos tiene en su garganta.//Los ríos que me traje de mis riscos,/desembocan tan solo por tus playas.//Hay confusión de vuelos en el aire…/¡El viento que nos lleva en sus sandalias!”

Y en los versos del poema intitulado AZUL A TIERRA EN TI nos enteramos de que “Parece mar el cielo/donde me he recostado a soñarte…//Si vieras mi mirada,/como un ave, cazando horizontes y estrellas…//El universo es mío desde que tú te hiciste/techo de mariposas para mi corazón.//Es tan azul el aire cuando mueves tus alas,/que el vuelo nace eterno, en repetida ola sin cansancio.”

Versos los que vengo de recabar de los que no diré nada porque se deslucirían con cualquier comentario.

X

Nuestro encomiástico abordaje a la producción lírica de Julia de Burgos está por concluir. Y a estas alturas de la eufórica singladura que nos condujera mar adentro hacia las distintas latitudes de su admirable creación literaria, no juzgo improcedente hacer énfasis en un detalle en modo alguno accidental concerniente a la ponderación que hemos llevado a cabo, detalle que es resorte del vilipendiado sentido común no perder de vista; me refiero a dos fatales insuficiencias que lastran los conceptos traídos a la tribuna de estas páginas: la primera de ellas se vincula a la circunstancia asaz penosa de que las observaciones con las que haciendo alarde de excesiva desenvoltura e impremeditación fui salpicando el inocente papel de esta libreta, no condicen con los métodos y rigurosos protocolos propios de respetable investigación académica, ni cuentan tampoco con el respaldo de plumas autorizadas cuyos dictámenes sobre la obra de de Burgos coincidan con las apreciaciones que cálamo currente fuera mi deslumbramiento perpetrando; de manera que con la mira puesta en sustraer los encarecimientos a que me he consagrado al seguro vituperio de la crítica especializada de un lado, y a la incomprensión del aturdido lego, del otro, sólo se me ocurre aducir que lo que me espoleara a escribir este ensayo apologético es aquella firme roca en la que arraiga y halla soporte cualquier genuina y fervorosa aclamación: el arrobamiento ante las paradigmáticas prendas de la obra escoliada, con cuyos fecundos vislumbres sentimos una afinidad secreta y central; y la segunda insuficiencia a que líneas atrás hiciera mención estriba en el hecho de que si prima facie diez específicas apuntaciones acerca de muy concretos aspectos del lenguaje poético de Julia de Burgos no los reputaría nadie por escasos, me veo compelido a aceptar la verdad de que los comentarios a que ha dado pábulo el rutilante verso de la escritora borinqueña, lejos de agotar las crecidas bondades con que nos favorece, acaso deje en la sombra caudalosas facetas de su expresión cuya valía y alcance mi obtuso intelecto se reveló incapaz de percibir.

Sea lo que fuere, impuesto estoy de que mis anotaciones sobre el estilo literario de tan singular aeda con las que, abusando de la civilidad de los lectores, he borrajeado cuartilla tras cuartilla arregostado a la expectativa de que las conjeturas explayadas aquí no sean tenidas por planteos descabellados ni truismos, convencido estoy, repito, de que cuando menos con irrecusable claridad de una cosa darán testimonio: de la fascinación que en mí provoca el armónico fluir de su palabra, en virtud de lo cual sobre colocarla en el solio privilegiado de mis poetas preferidos, la conceptúo y reconozco como una de las voces mayores de la lírica en lengua castellana.

Empero, no embargante las insuficiencias a que vengo de aludir en el excurso que antecede (cuyo origen no ha de buscarse en otra parte que en la impericia de mi cálamo), va de suyo que para dar remate a las reflexiones que este papel hospeda sin incumplir lo que el título de las mismas proclama, es de rigor que añada a las nueve acotaciones hasta ahora pergeñadas, una postrera, la décima, objetivo al que incontinenti se enderezará este conato de valoración que el populoso gremio de mis detractores tildará –no es laborioso anticiparlo- de insustancial y caprichoso.

Entre las felicidades del discurrir poético de la magna cantora de Puerto Rico, que tal vez con muy errada puntería me empeñara en poner de resalto a lo largo de este escrito, la que a continuación mencionaré es de justicia no considerarla secundaria o episódica. Pues la cualidad de su producción literaria en la que aspiro concentremos diligentemente nuestra atención ahora es nada más y nada menos que la que denominaré “sostenida inspiración de su verso”. En efecto, cualquiera de los escasos aficionados a la lectura de poemas con los que de higos a brevas todavía topamos –se trata de una especie en vías de extinción- en salones, librerías y tertulias habrá sin duda constatado que en un poemario decoroso, merecedor de que visitemos sus páginas, de ordinario junto a composiciones de muy lograda elaboración que de inmediato ganan nuestro favor y simpatía, cobíjanse otras, casi siempre más numerosas, que por desmayadas nos desalientan e incomodan. Por lo demás, la presencia en un mismo libro de poemas afortunados alternando con otros medianos, flojos o, peor aún, asiduamente desaliñados, no es tan solo condición de las trovas de líricos menores o de plumas bisoñas. Poetas de mucho viso -cuyos nombres, en reconocimiento de su innegable grandeza, mi gratitud insiste en omitir-, han incurrido en la escandalosa práctica de obsequiarnos versos de impoluta dignidad yuxtapuestos a otros de insufrible fisonomía.

Pues bien, soy del número de los que entienden que la perturbadora desigualdad que en punto a excelencia estética acusan no pocas obras de celebradas péndolas es penuria con la que no vamos a tropezar en ninguno de los tres libros que reúnen la poesía de Julia de Burgos. Porque si algo se me hace a ojo grueso patente es que el conjunto de la creación lírica de Julia mantiene un nivel superior y parejo de expresivas virtudes. Y tan venturosa ocurrencia, para cuya comprobación no es menester otra iniciativa que leer la totalidad de lo que escribió, sería inexcusable descuido que la dejásemos en la estacada.

Hasta donde estoy enterado, por lo que hace a su vida, demasiado breve (a la que, habida cuenta de la naturaleza y objetivos de este escrito, no he tenido que referirme), los infortunios superaron con creces los breves períodos de entusiasmo, júbilo y sosiego. Pero tanto de los momentos de radiante felicidad como de los de más sombría angustia y decepción supo el plectro de la puertorriqueña extraer el oro resplandeciente de su maravillosa, de su inmarcesible poesía. Y eso es lo que cuenta… El ser humano es imperfecto. Hasta en las vidas de los creadores de más descollante genialidad no tardan en aparecer, siempre que se los busque, máculas y defectos. Hasta el sol tiene manchas… Pero ningún desacierto, limitación o falta que logre el biógrafo detectar por lo que atañe a la conducta de tan proceros individuos en la esfera privada de la cotidianidad podría empañar su gloria. Bien asentada está la de Julia. Y en razón de su excepcional legado, cuando indaguemos en su historia personal no olvidemos ni por un minuto que la memoria de la poesía extraordinaria que nos dio exige algún miramiento de nuestra gratitud en el modo de explicar sus flaquezas.

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