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Julia de Burgos: diez acotaciones apologéticas en torno a su poesía (2 de 5)

Escrito por Debate Plural

León David (D. Libre, 30-7-14)

 

Si el benevolente lector ha hecho aprecio de lo hasta aquí planteado sobre la pujanza del numen de la empinada autora de «Poema en veinte surcos», no creo juzgue fuera de lugar la conjetura de que tanto la índole apasionada de su expresión como la tonante elocuencia tribunicia, arengadora que la caracteriza en sus más significativas trovas, guarda relación con el empleo pertinaz del expediente retórico de la esticomitia, denominación poco afortunada que a lo que apunta es a una «Correspondencia exacta entre las frases y versos de una estrofa, de forma que cada verso sea una frase»; o, como lo recoge el Diccionario de la Real Academia Española en su segunda acepción: «Verso en el que la unidad sintáctica coincide con la unidad métrica.»

Sea lo que fuere, a ojo grueso cabe comprobar que la poetisa antillana se arrima con empedernida insistencia al efugio estilístico mencionado, estrategia retórica que, si estoy al cabo de lo que pasa, contribuye notablemente a robustecer su lirismo febril, raudo y vibrante; pues al aunar en el espacio breve del enunciado métrico del verso una idea cabal y nítida junto a un melodioso fluir de sensaciones e imágenes, la energía de la expresión se acrecienta de manera avasalladora.

Va de suyo que el mecanismo de intensificación verbal a que vengo de referirme no es en Julia resultado de cálculo o de fría premeditación sino que, por el contrario, el ardoroso temperamento y formidable vitalidad de su persona son los que, por modo espontáneo, hallan en dicho procedimiento lingüístico la más expedita forma de comunicar lo que la mente y el corazón atesoran.

En todo caso, como no es mi intención ganar albricias con embustes, en punto a corroborar la exactitud de lo que he dado en afirmar acerca de la prodigalidad con que el plectro de la aeda puertorriqueña se aviene a la fórmula de la esticomitia, se me concederá que acuda al ejercicio de incuestionable validez de la ejemplificación… Abro al azar una de las antologías que reúne la casi totalidad de la producción poética de Julia de Burgos y doy con los versos que de inmediato transcribo: (ÍNTIMA): «Se recogió la vida para verme pasar./Me fui perdiendo átomo por átomo de mi carne/y fui resbalándome poco a poco al alma.»

Según es de ver, la apremiante gravedad de la estrofa que antecede en nada deleznable medida deriva su poder conminatorio y lapidario perfil del hecho de haber logrado hacer coincidir la poetisa, en condensada y feliz enunciación, idea, metro y sentir; abordaje que, como sostuviéramos párrafos atrás, lejos de asomar ocasionalmente en las páginas de sus tres ineludibles poemarios, se nos vuelve allegadizo de puro ser traído a las estrofas una y otra vez con paradigmática porfía. Y como no soy del número de los que acostumbran a vender la piel del lobo a guisa de vellón de cordero pascual, avecindado al propósito de demostrar que en lo relacionado con la cuestión que estamos sometiendo a escrutinio no falto a la verdad ni incurro en pecadora hipérbole, me tomaré la libertad de abrir nuevamente a la buena de Dios la antología que recopila los poemas de Julia, cosa de que trasponiendo a esta cuartilla dos ilustrativos ejemplos más de versos de la espléndida cantora caribeña, demos remate por modo que aspiro sea convincente al tema estilístico en cuyo tratamiento, acaso para impaciencia o aburrimiento del lector, he derrochado excelente tinta y mejor papel que el que menester hubiera sido… A continuación los ejemplos anunciados: (CORTANDO DISTANCIAS): «Chispeado de luces del rumbo futuro/que adviértese en todas las nuevas llamadas,/de espalda al prejuicio y a solas contigo,/llegaste a mi vida cortando distancias.//Distancia de innobles pisadas sociales./Distancia de huellas de loca avanzada./Distancia de credos, de normas, de anhelos./Distancia de todo lo que hace la nada.»

Sólo una mente refractaria a lo notorio y cierto se atrevería a escatimar a las dos subyugadoras estrofas ut supra reproducidas la irresistible fuerza expresiva que aflora y -digámoslo en lenguaje paladino- nos atropella y seduce merced en no chica parte al mecanismo estilístico que, quizás con asiduidad extemporánea, ha ocupado hasta ahora nuestra atención.

Empero, como lo prometido es deuda, un postrer ejemplo que en el mismo sentido que los precedentes enfila a esclarecer el asunto que hemos puesto sobre el tablero no me luce improcedente ni creo tampoco vaya en merma de nuestro provecho y placer. Helo aquí: (NADA): «Como la vida es nada en tu filosofía,/brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.//Brindemos por la nada de tus sensuales labios/que son ceros sensuales en tus azules besos;/como todo lo azul, quimérica mentira/de los blancos océanos y de los blancos cielos.//Brindemos por la nada del material reclamo/que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;/como todo lo carne, relámpago, chispazo,/en la verdad mentira sin fin del universo.»

Pocas plumas conozco que al igual que la de Julia sean capaces de enseñorearse de las palabras en punto a obsequiarnos trova recia y bizarra como la que antecede, cuya incomparable belleza de irónica catadura metafísica, esculpida a golpes de íntimas certidumbres, se abre paso a través de la rebelde naturaleza convencional de la lengua para exhumar, en virtud del sentir que en los hontanares del misterio del Ser ahonda, la fragancia sutil que el frasco del verso contiene y que, para júbilo nuestro y de cuantos a la vera poesía rinden parias, con caudaloso desprendimiento se derrama.

Tal vez las apreciaciones hasta el presente amonedadas sobre este martirizado cuadernillo den pábulo a que la voraz jauría de los críticos académicos -¡Dios me libre de caer en sus fauces!- pongan en entredicho -no sin desdén y sorna- la ponderación del estro lírico de de Burgos que me he comprometido a adelantar… Sea. Que en canje de empingorotada autoridad doctrinal de la que carezco, persistiré yo sin que se entibie mi celo en tentar fortuna enfrascado en la tarea deleitosa de curiosear por entre las prendas que exornan la voz poética opima, entrañable, de la autora de la «Canción de la verdad sencilla».

IV

Las consideraciones que a seguidas tengo en mientes perpetrar para desasosiego de quienes hasta las estribaciones de este escolio empeñoso han tenido la perseverancia de acompañarme, versarán, siempre que la fortuna no me deje de su mano, sobre una que otra vertiente que reputo significativas en la obra poética de la señera escritora puertorriqueña a cuya poderosa inspiración consagro estas encogidas apuntaciones, escritora que –así lo dijimos antes- naciera cien años atrás en un humilde barrio del sector de Carolina, no lejos del Río Grande de Loíza al que en página digna de perenne recordación, apenas iniciado su breve peregrinaje por los pagos de la literatura, compondría un canto que lo haría célebre.

De las inequívocas marcas estilísticas que ostenta el verso soberbio de la boricua, quizás una de las que mayor simpatía se granjee sea la claridad de su decir. En efecto, no caminará lejos de la verdad quien sostenga, como es el caso del autor de estas líneas, que la expresión lírica de Julia de Burgos, independientemente de que el tema sobre el que vibren las cuerdas de su laúd sea sombrío, alegre, violento u ominoso, no ofrece obstáculo ni pequeño ni grande a la comprensión; su discurrir poético, cualquiera que sea la emoción que la palabra trasunte, siempre lo hallaremos –bajel amable-apaciblemente anclado en la caleta de la transparencia, la lisura y la pulcritud.

La hospitalaria inteligibilidad de su lenguaje, al que sin oneroso trabajo de descodificación accede hasta el lector de educación precaria y cultura estética incipiente, es entonces, si no me pago de apariencias, virtud a tener en cuenta a la hora de justipreciar los méritos artísticos de su cálamo. Si los estudiosos de la obra de Julia han hecho hincapié en la sencillez y luminosidad de su poetizar es asunto que no me consta. Empero, la aludida llaneza expresiva, que salta a la vista en la mayoría de los poemas de su autoría, la juzgo cualidad particularmente feliz, con la que me siento no sólo a gusto sino -¿por qué no confesarlo?- a cabalidad reivindicado; porque en las últimas décadas, cuando prolifera entre los pretendidos bardos de la modernidad estéril jerga hermética apegada a la helada geometría del concepto o, en el polo opuesto, una viciosa inclinación hacia hinchada cuanto vacua ornamentación metafórica de estampa culterana, el lirismo horro de afectación, franco y puro de Julia de Burgos se me hace remanso de musicales rumores en cuyas frescas linfas quien ama la belleza logra calmar la sed que le devora.

Para que no se me acuse de estar dando al lector cobre por oro, confío en que los versos de los dos poemas que sin demora trasvasaré a este escrito me pondrán a cubierto de cualquier escéptico reparo. Comprobémoslo: (MI ALMA) “¿Mi alma?/Una armonía rota que va saltando su demencia/sobre el cojín del tiempo.//¡Cómo la quieren recostar,/aclimatar,/recomponer,/los mortales ha tiempo muertos!//Empeño despeñado del logro./¡Alborotero!//La locura de mi alma/no puede reclinarse,/vive en lo inquieto,/en lo desordenado,/en el desequilibrio/de las cosas dinámicas,/en el silencio/del libre pensador, que vive solo,/en callado destierro.//Fuerte armonía rota/la de mi alma;/rota de nacimiento;/siembra hoy más que nunca,/su innata rebeldía/en puntales de saltos estratégicos.”

Y vengan ahora, puesto que aún hay sol en las bardas, tres rutilantes estrofas de la composición intitulada OCHENTA MIL, en la que, en metro de romance, clama la poetisa en airada protesta ante la carnicería provocada por las tropas franquistas durante la conflagración civil española: “¡Ochenta mil hombres muertos/en el campo de batalla!/¡Aviones, tanques, obuses,/rifles, bombas, gas, metralla!/Se abren las horas suicidas/y caen al suelo de España.//Doce horas a sangre y fuego/de la noche a la mañana…/Lo que la noche escondiera/lo ven los ojos del alba…//¡Ochenta mil hombres muertos/en el campo de batalla!/¡Ochenta mil sueños caídos/de ochenta mil rotas almas.”

Por la muestra podrá el lector hacerse fiel idea de la color del paño. Rotunda llaneza en el decir campea por sus fueros. Nadie a quien asista un adarme de sensatez osaría desmentir hecho tan manifiesto e incontrovertible; henos aquí ante un decir decantado de desorden e impureza que lejos de aparecérsenos a guisa de huero discurso rimado de la razón, aprovecha hábilmente, con el fin de perfilar el canto, el diapasón acaso demasiado alto de la lengua española. No hay nada de difícil, impenetrable u oscuro en la frase de contorno preciso y acabado que la intuitiva puertorriqueña nos regala. Siente ella desvío por los inútiles abalorios de intrincado artificio. Su evangelio estético rechaza no la pasión ni la hondura ni la sutileza, pero sí la gratuita complejidad. Y es tal su esfuerzo porque se la entienda que, en contraposición frontal a cierta moda de sesgo vanguardista que los tardíos epígonos de parejo experimentalismo poético en los días que corren casi han canonizado, moda caracterizada, entre otros desaguisados, por hacer con impiadosa saña tabla rasa de los signos de puntuación, en clarividente contraste con desmán de semejante estofa, insisto, la de Burgos opta de manera decidida por el mantenimiento de la puntuación tradicional, lo que redunda, como no podía dejar de ser, en un ajuste o fusión todavía más íntimo entre el pensamiento y las locuciones en que aquel se inscribe.

Con lo argüido, pese a que sobre el tema de marras he dejado la harina amasada a medias, daré por finalizada la segunda acotación apologética en torno a la voz lírica de la sobresaliente escritora que estoy haciendo objeto de atropellada exégesis.

El siguiente apunte, el tercero, guarda relación con el barrunto de que la poesía de Julia mana de la más recóndita y misteriosa fuente del sentir; y mana con tan fecundadora y prístina esplendidez que no logro eludir compararla con la crátera de Helena, la que hacía olvidar el dolor y las preocupaciones; o con el cuerno de Amaltea, que se llenaba con frutas con solo desearlo…

Empero, renunciemos no sin nostalgia a la rememoración de las figuras de la mitología helénica, obligados como estamos de abocarnos al análisis de otro rasgo privativo del estilo de Julia cuyo relieve no debemos permitir se nos escape, rasgo que incontinenti vamos a traer al palenque de esta cuartilla, albergando la ilusión de no perder el hilo de las presentes conceptuaciones valorativas, cosa de continuar llevándolas, como hasta ahora creo que lo hemos hecho, por vía.

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