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¿Qué será lo próximo en Siria?

Cese al fuego en Siria
Cese al fuego en Siria
Escrito por Debate Plural

Muhammad Hussein (Middle East Monitor, 20-8-19)

 

“No existe un sentimiento nacional. Entre ciudad y ciudad, pueblo y pueblo, familia y familia, credo y credo, se dan celos íntimos… que hacen imposible una unión espontánea. La entidad política indígena mayor en la Siria colonizada es la aldea bajo su jeque, y en la Siria patriarcal es la tribu bajo su jefe”. Estas palabras las escribió un oficial del ejército británico en algunas notas de revisión bajo el título de Syria, The Raw Material, 1915, recopiladas durante la I Guerra Mundial, sobre su experiencia y viajes por el Levante, décadas antes de que la República Árabe Siria, o lo que queda de ella, existiera tal y como la conocemos ahora.

En la época en que T.E. Lawrence escribió esas palabras, “Siria” era considerada en un contexto muy diferente: no era un país independiente, sino simplemente una colección de ciudades importantes: Damasco, Homs, Hama, Alepo, Beirut y Jerusalén, con innumerables pueblos y poblaciones rurales circundantes, todas bajo el dominio otomano. La referencia de Lawrence a su descubrimiento de que “un alepino siempre se llama a sí mismo alepino, un beirutí, beirutí, y así hasta en los pueblos más pequeños” exhibía la falta de definición, la desunión y la naturaleza de mosaico de Siria en su día; en la actualidad, esas palabras sonarían auténticas respecto a sus tribus políticas e ideológicas. El colapso de la sociedad siria y el rápido descenso a la guerra civil en 2011 revelaron las delicadas divisiones en el tejido mismo del país.

Por su naturaleza, las guerras civiles destruyen todos los lazos que podían haber existido previamente entre comunidades y grupos de identidad, obligando a cada uno a recordar lo que el otro les hizo a ellos y a sus parientes en años pasados. Un miembro de una comunidad mata a otra, que luego toma represalias contra el agresor, haciéndole a su vez responder más severamente antes de que otras comunidades sean pisoteadas y formen su propia red de alianzas y enemistades. Lo que sigue es un círculo vicioso de injusticias y venganzas reprimidas, hasta el punto que ya no puede discernirse quién fue el agresor original y quién la víctima. Es, esencialmente, el regreso al tribalismo, en el que cada hombre de cada aldea debe tomar las armas y elegir a qué lado se une. En ese punto, hay pocos o ningún camino fácil hacia el perdón y la reconciliación una vez que las atrocidades han transgredido todos los límites. Ese es el caso de Siria.

Reconciliación

Desde la caída del Daesh y la rápida recuperación del territorio por parte del ejército sirio, los “comités de reconciliación” abundan por todo el país; pueblos y aldeas enteras que antes estaban bajo el control del “califato” y otros grupos de oposición han recurrido a ellos. El régimen de Bashar Al-Asad les promete reconciliación y paz, con la promesa de construir una nueva Siria entre todos.

Incluso a los grupos de oposición que negociaron con el régimen a través del aliado de Asad, Rusia, se les hizo la misma oferta, y se incorporaron a la 5ª División, una unidad del ejército sirio bajo supervisión y entrenamiento ruso, que les otorgó cierto grado de protección. Los grupos dentro de la 5ª División podían patrullar sus propios segmentos de territorio como parte de las negociaciones y se desplegaron en otras áreas para luchar junto al ejército sirio. Sin embargo, cuando Rusia les retiró su protección una vez transcurrido un plazo de seis meses, los territorios pasaron a poder del régimen y de sus paramilitares, y la seguridad e inteligencia militar de Siria comenzaron a arrestar de forma generalizada a militantes y posibles disidentes, incluidos niños, hombres jóvenes en edad militar y comandantes de alto rango.

El mismo proceso se infligió a los refugiados sirios que vivían en países vecinos como el Líbano: se les hizo y se aceptó la oferta de paz; cruzaron la frontera con el sueño de reconstruir sus vidas, pero fueron detenidos, interrogados y, en muchos casos, torturados.

Tales perspectivas, junto con el temor de ser nuevamente sometidos a la mirada vigilante de los servicios de inteligencia sirios, han disuadido a las personas de las provincias que aún no han sido capturadas por el régimen, como Idlib, de rendirse y negociar.

Reconstrucción

Una vez liquidada la revolución por parte de Asad y sus aliados, uno de los principales problemas que el régimen, así como los inversores internacionales, deberían considerar para construir sobre su frágil semilegitimidad es la reconstrucción de Siria. La ONU fijó el coste de la reconstrucción del país en alrededor de 250.000 millones de dólares, que es aproximadamente el tamaño de la economía egipcia y cuatro veces el tamaño del PIB de Siria anterior a la guerra.

Sin embargo, hay un problema: nadie quiere invertir en la reconstrucción de Siria, al menos no directamente. Desde que la Liga Árabe ha considerado permitir que Siria vuelva a su redil, se ha hablado de que sus vecinos árabes debían contribuir al esfuerzo, pero ni ellos ni EE. UU. ni la U.E. quieren desempeñar un papel hasta que haya una transición política en el país destrozado por la guerra.

Como dijo un diplomático occidental no identificado a la revista estadounidense The Atlantic: “Asad es el principal obstáculo para la rehabilitación de Siria y, finalmente, la clase empresarial alauí y aquellos que apoyan desde fuera al régimen comprenderán que Asad es un lastre y una rémora que cada vez será más grande”. El diplomático agregó que Siria no tiene ninguna capacidad para reconstruir su infraestructura devastada: “Me dijeron que antes de la guerra, el presupuesto de capital era de 60.000 millones de dólares, y el año pasado el presupuesto de capital fue de 300 millones de dólares, de los cuales solo se gastó realmente el 20%. No solo no hay dinero, tampoco tienen capacidad política administrativa para reconstruir el país”.

Los únicos contribuyentes previsibles para la reconstrucción de Siria son quienes apoyaron a Asad durante el conflicto, que no integran precisamente una lista muy larga y se compone principalmente de Rusia e Irán. Sin embargo, se ha informado que la inversión rusa será limitada debido a sus propias luchas económicas como resultado de las estrictas sanciones impuestas por EE. UU. y la U.E., y que las empresas rusas desconfían de invertir en la reconstrucción. Dicho esto, se ha hablado también de empresas rusas que buscan involucrarse en las estructuras y necesidades del gobierno de Siria, incluido el sector informático.

Un actor que está totalmente dispuesto a invertir en Siria es su colosal aliado chií al este, Irán. Durante los últimos años, además de proporcionar un papel militar y de un entregado asesoramiento al régimen de Asad, Irán ha tomado medidas para invertir fuertemente en la infraestructura de posguerra de Siria. Su acuerdo de principios de este año para construir 200.000 viviendas en la capital, Damasco, es un ejemplo; hay también informes respecto a que Irán ha comprado bienes inmuebles en la provincia oriental siria de Deir Ez-Zor.

Invertir en la reconstrucción de un país es reconocer de hecho la legitimidad de su gobierno, por lo que aún es demasiado pronto para decir si otros Estados que no sean los aliados de Asad estarían dispuestos a hacerlo. Sin embargo, al ver que cualquier esfuerzo externo de reconstrucción e inversión depende de la estabilidad del país, esta no parece ser una posibilidad a gran escala en el futuro cercano, a pesar de la recuperación del territorio por parte del régimen.

Regresión

Trascendiendo los esfuerzos de reconciliación y reconstrucción, hay una amenaza siempre presente para el régimen de que puedan resurgir las hostilidades y la posterior regresión a otra guerra civil. Es una amenaza muy real. El ejército turco y sus grupos de poder en la oposición siria poseen actualmente una gran franja de territorio en el norte de Siria con ciudades importantes como Afrin, Azaz, Al-Bab y Yarabulus, y tienen como objetivo expandirse al este del río Eufrates utilizando el acuerdo al que Ankara llegó con EE. UU. en agosto a fin de establecer una zona segura. Mientras tanto, las milicias kurdas, como las Unidades de Protección de los Pueblos (YPG) continúan conservando territorio en el noreste de Siria; los grupos rebeldes se mantienen obstinadamente en la provincia de Idlib a pesar de los ataques aéreos y terrestres del régimen y de Rusia; e Irán y Rusia compiten por ejercer influencia sobre el país.

Sencillamente hay demasiados actores involucrados en el conflicto y muy pocas soluciones para devolver Siria a su anterior estado. El resultado más probable que aguarda a la Siria de la posguerra puede ser, por tanto, el desmembramiento del país. Incluso si Siria se recompusiera milagrosamente de nuevo, sería por la política de puño de hierro de la dinastía Asad, con millones de ciudadanos sirios furiosos, vengativos y desplazados en espera de estallar una vez más. Tales conflictos no desaparecen, sino que permanecen latentes cuando se reprimen, como lo ilustra la masacre de 1982 de un levantamiento de la Hermandad Musulmana en Hama por el padre de Bashar Al-Asad, Hafez, que fue, en muchos sentidos el predecesor del conflicto de hoy y del descontento del que surgió.

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