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Turquía no se alineará con la OTAN ‎ni con la OTSC

Escrito por Debate Plural

Thierry Meyssan (Red Voltaire, 6-8-19)

 

Turquía cambia y las proyecciones de George Friedman, el fundador de Stratfor, resultan falsas. Si ‎el antiguo Imperio Otomano debe desarrollarse, no será como vasallo de Estados Unidos. ‎

Más que juzgar a Turquía según las normas occidentales y burlarnos de su «nuevo sultán», ‎debemos tratar de entender cómo el «enfermo de Europa» lucha por salir de su retraso cultural ‎en materia de modernidad y de rebasar la derrota sufrida durante la Primera Guerra Mundial, ‎sin renunciar por ello a su especificidad histórica y geográfica. El hecho es que, al cabo de un ‎siglo, la vía iniciada por Mustafá Kemal Atarturk no ha alcanzado sus objetivos y los problemas ‎siguen existiendo. ‎

Creímos que, con el AKP ‎(el partido de gobierno del presidente Erdogan)‎, Turquía se convertía en una democracia islámica inclusiva y ‎comparamos su doctrina con la de la democracia cristiana europea. Poco a poco, Turquía volvía ‎a su grandeza de la época otomana, convirtiéndose en portavoz del mundo musulmán. Con el ‎respaldo de Estados Unidos, estaba llamada a convertirse en una potencia económica de primer ‎plano. Prosiguiendo su modernización y su occidentalización, Turquía volvía entonces la espalda a ‎su primer cliente –Libia– y después a su socio económico –Siria– y se comprometía cada vez más ‎con Occidente. ‎

Pero el intento de asesinato del 15 de julio de 2016 contra el presidente Recep Tayyip Erdogan, ‎quien acababa de ser reelecto –intento de asesinato que acabó convirtiéndose en un intento de ‎golpe de Estado–, invirtió la situación. Durante 3 años, el AKP trató de digerir aquella loca ‎carrera, inició un proceso de introspección sobre su política, organizó el tercer aniversario de la ‎intentona golpista para clarificar sus posiciones. ‎

En primer lugar, y contrariamente a lo que habíamos creído entender, la Turquía moderna no está ‎con el oeste ni con el este. Se define como un país a caballo entre ambos mundos, medio ‎asiático y medio europeo, sin que su estatus de miembro de la alianza atlántica o su participación ‎en las guerras occidentales de la llamada «primavera árabe» modifiquen ese hecho. ‎

Eso es lo que nos muestra la compra del sistema antiaéreo ruso S-400. Ankara mantiene su ‎condición de miembro de la OTAN pero proclama que puede comprar armamento al adversario ‎de la alianza atlántica. Incluso precisa, con toda razón, que no hay en las reglas de la alianza ‎atlántica nada que le prohíba hacerlo ni que autorice a nadie a sancionarla por ello. ‎

Más que nunca antes, los turcos son hoy «los hijos del lobo de las estepas» que conquistaron Asia ‎y parte de Europa. Esa es la interpretación correcta de su participación en las negociaciones de ‎Astaná para la paz en Siria, negociaciones que Turquía apadrina junto a Irán y Rusia‎, y las apasionadas declaraciones antimperialistas de la delegación turca en la reciente reunión de ‎los ministros de Exteriores del Movimiento de Países No Alineados realizada en Caracas. ‎

En segundo lugar, Turquía basa su independencia económica en el proyecto energético del ‎gasoducto Turkish Stream y en la explotación de la zona marítima exclusiva chipriota, lo cual es ‎su punto débil. Algunos tramos del gasoducto ruso-europeo a través de Turquía ya están ‎operativos pero la Comisión Europea, bajo la presión de Estados Unidos, puede imponer su ‎oposición en cualquier momento, y la envergadura de las inversiones no pesará en la balanza más ‎que en el caso del Nord Stream 2. Por otro lado, según el Derecho Internacional, Turquía ‎no tiene ningún derecho sobre la zona marítima exclusiva chipriota y su respaldo al Estado títere ‎identificado como República Turca del Norte de Chipre es nulo y carente de valor jurídico. ‎

Es en medio de todo este contexto que el ministro de Exteriores de Turquía, Mevlut Cavusoglu, ‎acaba de anunciar la suspensión del acuerdo migratorio entre su país y la Unión Europea –justo ‎después del pago de 2 000 millones de euros anuales de la UE a Turquía. ‎

Tercer elemento, Turquía rompe con el modelo financiero anglosajón. Su nivel de vida ha venido ‎derrumbándose desde la guerra de Occidente contra Libia, y más aún a partir de la guerra –‎también occidental– contra Siria. Así que Ankara ha decidido repentinamente retomar el control de ‎su banco central y reducir sus tasas de interés de 24 a 19,75%. Nadie sabe qué consecuencia ‎económica tendrá esa decisión. ‎

Cuarto, contrariamente al periodo 2002-2016, los miembros de las minorías siempre tienen la ‎posibilidad de ser turcos… exceptuando a los individuos que han concluido alianzas en el ‎extranjero. Desde el momento del ya mencionado intento de golpe de Estado, una gigantesca ‎purga expulsó del ejército y de la administración a todas las personas sospechosas de mantener ‎vínculos de subordinación con Estados Unidos, principalmente a los discípulos del predicador ‎Fethullah Gulen –refugiado en Pennsylvania, Estados Unidos. Cientos de miles de personas fueron ‎encarceladas y lo que ha sido presentado como una reactivación de la guerra contra la minoría ‎kurda es en realidad una guerra de Turquía contra los kurdos aliados de Washington. ‎

Al contrario de la percepción que se tiene en Occidente, Recep Tayyip Erdogan no está ‎imponiendo una dictadura por mitomanía personal. Lo que está haciendo es recurrir a la violencia ‎para cambiar el rumbo de su país. ‎

Quinto, Turquía se define como un Estado musulmán respetuoso de las minorías. El presidente ‎Erdogan incluso acaba de poner la primera piedra de una iglesia siriaca [1] cuya construcción ‎se inició en Estambul. De hecho, se trata de una opción incompatible con el ciego apoyo de ‎Erdogan a la Hermandad Musulmana y al proyecto de esta última tendiente a restaurar ‎el Califato. La «solidaridad musulmana» es una ilusión carente de sentido y –como Irán– ‎Turquía tiene que decidir a qué «islam» se refiere. En todo caso, ya rompió con su postura ‎anterior y ha dejado de respaldar tan fuertemente a los musulmanes de la región china de Xinjiang ‎‎(también llamada Sinkiang). ‎

En este momento, el ejército turco ocupa el norte de Chipre y libra guerras en Irak, Siria y Libia, ‎además de desplegarse alrededor de Arabia Saudita –en Qatar, Kuwait, Sudán y en el Mar Rojo. ‎Ese extenso activismo no puede mantenerse indefinidamente ni en oposición simultánea con ‎Israel y la OTAN.‎

Todo eso abre nuevas perspectivas que no son del agrado de Estados Unidos. Ya en este ‎momento, el ex ministro turco de Economía, Alí Babacan, y el ex primer ministro, Ahmet ‎Davutoglu, se han aliado al ex presidente de Turquía, Abdullah Gul. Después de haber renunciado ‎a enfrentarse a su ex socio Erdogan en las elecciones legislativas, Abdullah Gul considera ahora ‎que la derrota del AKP en las elecciones municipales –sobre todo en Estambul– abre la puerta a la ‎posibilidad de impedir que se instaure una dictadura. Gul, Babacan y Davutoglu están tratando de ‎organizar –con la CIA– un movimiento disidente dentro del AKP de Erdogan. Esto representa para ‎la CIA la posibilidad de lograr, por la vía electoral, el objetivo que perseguía el fallido intento de ‎asesinar a Erdogan orquestado en 2016. ‎

‎«Si no nos decepcionan ellos, ¿quién lo haría?», ha declarado Erdogan. ‎

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