Nacionales Sociedad

La intervención militar norteamericana de 1965 (y 2)

Written by Debate Plural

Jesús de la Rosa (Hoy, 11-6-19)

 

A las tres de la tarde del 28 de abril de 1965, el presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, recibió en su despacho de la Casa Blanca un cable de su embajador acreditado en República Dominicana que decía que la situación allí se había tornado peligrosa para los intereses estadounidenses, que las autoridades encargadas de hacer cumplir las leyes y de mantener el orden público le habían avisado que la situación estaba completamente fuera de su control y que la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas (entiéndase tropas militares de la Base Aérea de San Isidro y del llamado CEFA) no ofrecían ninguna garantía respecto a la seguridad de los ciudadanos norteamericanos residente o de tránsito por la República Dominicana. A las pocas horas de recibir esa nota, el presidente de los Estados Unidos anunciaba desde Washington que había ordenado al Secretario de Estado de Defensa disponer de las tropas necesarias para salvaguardar la vida y los intereses de los norteamericanos residentes en República Dominicana. Otro cable recibido más tarde por el mandatario yanqui subrayaba que el Ejército Constitucionalista, integrados por militares y civiles, habían derrotado a las tropas de San Isidro en la Batalla del Puente Duarte y tomado la Fortaleza Ozama, asiento de los temibles y odiados policías cascos blancos. Y que en las provincias del interior del país, las gentes se lanzaban a las calles en apoyo al Ejército Constitucionalista y en reclamo de reponer a Juan Bosch en la Presidencia de la República sin elecciones.

Los constitucionalistas habían salido triunfante de la guerra civil, en los precisos momentos en que una fuerza de tarea de la Armada de los Estados Unidos compuesta por 42 unidades navales con el porta aviones Boxer como buque madre ponía proa hacia la República Dominicana. Después de ser instruido al respecto, el coronel Pedro Bartolomé Benoit formuló por escrito una solicitud de intervención militar norteamericana fundamentada en la necesidad de proteger las vidas y los bienes de los ciudadanos norteamericanos de paso o residentes en el país. La invasión militar norteamericana a la República Dominicana había comenzado ya.

La mayor parte de los documentos alusivos a la Revolución de Abril de 1965 reposan en archivos a los cuales los investigadores interesados en el tema no siempre tienen acceso. Muchos de los cedularios referentes a las actuaciones de las tropas interventoras estadounidenses permanecen guardados en los archivos de la Armada norteamericana y en los de ciertas instituciones de los Estados Unidos. Suponemos que los legajos de la administración constitucionalista llevados a Europa por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó a su salida del país en enero de 1966 reposan, al igual que otros, en archivos cubanos.

Por lo expuesto en el párrafo anterior, muchos de los aspectos esenciales de la Revolución de Abril de 1965 han tenido que basarse en fuentes partidarias comprometidas con uno de los bandos. Algunos testigos y actores que ocuparon puestos de mucha responsabilidad han preferido guardar silencio en relación con el tema; otros han postergado, no sabemos hasta cuándo, la publicación de sus memorias. Ciertos documentos de gran valor histórico están en manos de personas negadas a ponerlos al cuidado de terceros. Afortunadamente, en los últimos años, a pesar de todos esos inconvenientes, se han venido poniendo a disposición de algunos que otros historiadores una considerable cantidad de documentos sobre la revuelta abrileña, entre los que cabe mencionarse fotocopias de escritos de archivos desclasificados; memoria de importantes actores, entre otros. Los archivos militares de nuestro país, al menos los comprendidos en 1930 y 1965, fueron enviados al Archivo General de la Nación; y en la actualidad se trabaja para ponerlos a disposición de historiadores, de investigadores y de personas interesadas en dicho tema.

Los días 26, 27 y 28 de abril de 1965, después de su triunfo en la Batalla del Puente y en la toma de la Fortaleza Ozama, los militares constitucionalistas reafirmaron su dominio en la ciudad de Santo Domingo y, para su ganancia de causa, las comandancias de casi todos los cuarteles militares localizados en el interior del país le manifestaron su apoyo, contrario a lo que en esos mismos momentos sucedía en la Base Aérea de San Isidro y en el Centro de Entrenamiento de las Fuerzas Armadas (CEFA). En esos dos lugares se respiraba una atmósfera de dolor y de miedo; los soldados estaban cansados y muchos habían desertado; y los pilotos y algunos de los oficiales lloraban desconsolados. Era que la naturaleza de la rebelión había cambiado entre el 25 y 27 de abril como bien lo planteaba el destacado historiador Roberto Cassá: “lo que debió quedar como un pronunciamiento militar y popular incuestionable devino en guerra civil (….) El desenlace del 27 d abril en el Puente Duarte presagiaba un nuevo tipo de Estado, ya que la derrota de la casta militar derechista replanteaba los términos de poder en la sociedad dominicana. Quedaba, por consiguiente, un camino despejado para la puesta en vigencia de los contenidos sociales consignados en la Constitución repuesta, en lo adelante con un matiz revolucionario que probablemente incluiría transformaciones más profundas”.

El 28 de abril de1965, el sueño de Juan Pablo Duarte y el de los demás miembros de la Sociedad la Trinitaria de vivir en una República Dominicana libre e independiente de todo poder extranjero se había hecho realidad. Pero, ¿qué decir de la solicitud de algunos generales y oficiales de nuestras Fuerzas Armadas dirigida al presidente de los Estados Unidos pidiéndole que nuestro país fuera intervenido? Esto merece de nuestra parte una respuesta desapasionada y veraz. La variabilidad de las fuerzas amadas como instituciones del Estado, y la consideración de esa variabilidad en el tiempo, en el espacio y en las circunstancias del medio ambiente en que se desenvuelven, serán siempre condiciones a tener en cuenta para comprender, sin las deformaciones de los convencionalismos ni la rigidez de imágenes falsas, las razones de eficacia y las causas de fracaso de algunas de ellas.

El movimiento Enriquillo, integrado en su mayoría por militares de carrera, casi todos graduados en academias extranjeras, tuvo como objetivos principales el restablecer el derrocado Gobierno Constitucional del ´profesor Juan Bosch y el de combatir la corrupción dentro de las Fuerzas Armadas. La sapiencia y determinación de ese grupo, dirigido en principio por los coroneles Rafael Tomás Fernández Domínguez y Hernando Ramírez, se puso muy de manifiesto en la organización del golpe de Estado que derrocó el gobierno de facto del doctor Donald Reid Cabral, la batalla del Puente Duarte y la toma de la Fortaleza Ozama. Con algunas que otras excepciones, el anhelo de reformas sociales de dicho grupo era modesto, teniendo poco en común con “los cabezas calientes y los politiqueros de la época”

En relación con la actuación del grupo de militares al cual nos referimos en el párrafo anterior, el escritor italiano Piero Gleijeses, en la página 475 de su libro “La Esperanza Desgarrada”, expresa que: “aquellos días de lucha habían dejado una mancha indeleble en muchos oficiales constitucionalistas, especialmente en los que tomaron parte en la batalla del Puente Duarte. Habían peleado no por el pueblo, sino junto a él. Habían experimentado el valor y el espíritu de sacrificio de los infelices y la traición y la cobardía de tantos de sus compañeros oficiales. Su relación con la población y en consecuencia, su actitud hacia los cambios sociales, nunca (pero nunca) podía volver a ser la de antes”. Es que poco importa que en los movimientos bélicos de un futuro cercano dispongan de armamentos mucho más poderosos que los empleados por ambos bandos en la Guerra de Abril de 1965. Los factores de índole espiritual y moral del hombre y de la mujer no han de ceder su principalidad mientras los conflictos bélicos sigan siendo problemas de vida o muerte para el Estado, y más que para éste, para la comunidad que le da vida.

A principio de la década de los años sesenta del pasado siglo 20, el gobierno de Haití encabezado por un dictador de nombre François Duvalier inició una política de relaciones con países socialistas, comenzando con Polonia y Checoslovaquia que no fue del agrado del presidente de los Estados Unidos, John Kennedy, quien desencadenó una serie de acciones para derrocarlo. Pero, como veremos más adelante, lo que hizo el gobernante estadounidense para deponer al dictador haitiano resultó en el derrocamiento del gobierno del profesor Juan Bosch, el 25 de septiembre de 1963.

Como lo expresara el expresidente Juan Bosch diez años después de haber sido derrocado: “el golpe de 1963 no fue planeado, pero hubo que darlo para salvar a John F. Kennedy del escándalo internacional que hubiera sido inevitable, pues como habíamos dicho, lo que hizo el gobierno presidido por él no lo había hecho ningún otro en la historia: organizar campamentos guerrilleros en territorio de un Estado amigo ocultándole esa actuación al jefe de ese Estado; pero, además hacerlo mientras se presentaba ante el mundo como el campeón armado que luchaba contra los que apoyaban guerrillas en otros países….” En resumen, el golpe de Estado que derrocó su gobierno el 25 de septiembre de 1963 fue una consecuencia de la intervención norteamericana en nuestro país.

Afortunadamente, hay otra realidad más expresiva, más plausible, más general, más humana: el afán de los dominicanos (plural masculino) de vivir en paz, en libertad, en bien y en la verdad. Alcanzar dicha meta no es imposible. A ella se puede llegar por la unidad en la acción de las instituciones sociales creadas para hacer fecunda la vida con el vigor, con el entendimiento y la cooperación de todos.

Para que constituyan la más expresiva encarnación de la nacionalidad, las Fuerzas Armadas deben ser en esencia instituciones sociales, soporte del Estado al cual sirven y asisten.

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