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Me robaron el velorio: Nostalgia de un panegírico universal (y 2)

Estaba ya en el Bronx. Ya me creía ciudadano de tan rara utopía (80- 86 etapa turística y del 1986 hasta el presente, era un experimento para un programa de desarraigo emocional.  Entonces sucedió el último adiós del narrador, jurista e intelectual, Pedro Peix. Me preguntaba si algún dia escribiría como él o con la gracia erudita del autor de Musiquito. Nunca fuimos íntimos pero preguntaba por él. Algunos hermanos de raza lo abandonaron solo en su última agonía como una peste literaria incomprensible (Ya no era pragmático. Quizás nunca lo fue. Su rebeldía competía con la de un Hamlet criollo insobornable.) y la partida inesperada y dolorosa, un poco antes de la del poeta anterior, de Enriquillo Sánchez. A Este último El premio Nacional de literatura lo convirtió, con justicia plena, en un afortunado de la dicha. Qué bueno es cuando los cosas llegan a tiempo.

No tengo  ninguna idea del deceso de Carmen Natalia. Este ultimo otoño el altísimo le pidió cuentas a la novelista Ligia Minaya. Los medios dieron cuenta de que trajo un luto verbal o sensorial inexplicable. La muerte de Sonia Silvestre y la de Mercedes Sosa ocasionaron temblores universales aunque no hubiera un premio Nóbel entre los poetas afortunados que ellas salvaron del olvido. Sin embargo, no llevamos flores al cementerio del GRAN ECO LITERARIO donde descansan inconformes en una fosa común con los poetas que popularizó Joan Manuel Serrat. Hay un cementerio universal donde descansan algunos de los jefes del Panteón poético universal, Pablo Neruda y César Vallejo. Ambos murieron de algún tipo de exilio involuntario, opuesto y ambiguo. Hay que rezarle aparte desde un púlpito herético y adorarlo sin dudar que fueron buenos cristianos.

Faltan lápidas de oro para los más valientes. Hay que llevarle flores a los que no le temieron a la muerte a campo abierto. Fundaron una coherencia extraña entre arte y vida. Estas lágrimas, aparte, debemos derramarlas por la ausencia de José Martí. Enfrentó las balas de la hispanofilia con una sonrisa desechable. Vladimir Pushkin fue virtuoso en el deber de morir durante un duelo apasionado, al igual que Byron, quien luchó en Grecia contra la guerra que algunas veces preludia una paz falsa. Los poetas mas anónimos, los expulsados por el dogmatismo, son también herederos de Galileo, Giordano Bruno y voces como la de Jamal Khashoggi, asesinado en Estambul, recientemente

Todavía el honor era una herencia medieval que organizaba los pleitos callejeros de cualquier barrio. Al final de tres puñetazos, nos dábamos la mano y nos abrazábamos. Luego orinábamos desde una ventana y escribíamos un poema eterno sobre el polvo del olvido. Ya no somos tan medievales en la defensa de la vida. Desafortunadamente, la virtualidad es el último recurso de las lágrimas sin importancia.

La memoria es dulce con unos y sabia con los anónimos. Si existe la gloria, Gabriel García Márquez debe estar esperando en la sala de espera, seguro de que conocerá a Dios  en persona. Su novela, Cien años de soledad, fue el lujo de una época invisible. Cuando murió la poeta dominicana, Salomé Ureña de Henríquez, todavía mis padres no se conocían pero el mundo diseñaba sus máscaras. Nunca se besaron en las ruinas de San Nicolás, el primer hospital de la América colonial en cuyos predios la modernidad se cura con un Paisaje con un merengue al fondo (poema de Franklin Mieses Burgos. La poesía sorprendida, edición de 1943). Mis progenitores fueron los siervos de La calle las damas. Hoy es el negocio de una calle dolorosa. Ahora le vendemos la colonia a los descendientes de los enemigos y nuestros genes participan de esa bachata. Eugenio María de Hostos ya había soltado la miel de un positivismo seductor que sorprendió el poema cuando todavía las abejas tenían futuro.

Los velorios literarios actuales siguen dejando nostalgias y ausencia de un teatro cultural auténtico. Inauguran otro deseo de morir soñando, dilapidando el despertar y no de morir peleando por algo más que habichuelas quijotescas y Sombras Tenebrosas, como el título de la novela del gran vampiro que nos sedujo. No asistimos al vacío por el café gringo o el amoroso apretón de manos de los virtuales amigos y los reales desvirtualizados por el azar. Añoré el recuerdo de su insigne despedida. La muerte de sus hijos es nota de memorias ajenas. ¡Ay Salomé, un orgasmo redentor y fueron tres cañonazos del saber y llenaste el mundo de una gloria utópica! Hay que interrogar la bondad de Migue Collado o del Dr. Franklin Gutiérrez como expertos en bibliografía contemporánea, sobre la despedida de Pedro Henríquez Ureña y su madre. No podía conjugar el verbo de las circunstancias.

Partió con aquel divino modernismo, Fabio Fiallo y no tuve la suerte de haber nacido a principio del siglo pasado para participar a tiempo de sus honras fúnebres. Solo tengo el recuerdo de su busto en la Plaza de la cultura de Santo Domingo. Allí solo las palomas de la lluvia o la soledad de los mendigos lo salvan del aburrimiento. Me hubiera interesado a tiempo porRubén Darío, nicaragüense, arqueología del lujo de hoy, , autor  de Cantos de Vida y esperanzas. Hoy esa crisis es doblemente contradictoria. Hubiera cambiado la conjunción igualadora por una preposición negativa. Los depredadores actuales han creado una contradicción entre esos dos sustantivos. De última hora pasada y no por Radio Guarachita: Partió el jurista, Rafael Valera Benítez y al haberme ausentado del país me impidió estar presente durante su despedida triunfal. No estoy seguro de la semántica del verbo abandonar del cual fui víctima a mediados de los 80. Ni por asomo pude imaginarme entre los dolientes de otro de la generación del 48, mi maestro, Máximo Avilés Blonda. Fui una sombra en su cátedra sobre Autores Dominicanos. Fui un feto literario digno en la cátedra de mi maestro, también jurista, burócrata y poeta, Abelardo Vicioso. Afortunadamente, a principio de los 80, me salvó la orilla de una calzada en la Facultad de Humanidades y la erudición poética de León Davi. Gracias, poeta y maestro, por ser excelencia en la humildad.

Una vez traté de tener conocimiento de los últimos días de mi amigo y abogado y maestro, Víctor Villegas pero fue inútil. Lloren conmigo a solas. Aún hay tiempo. Que ni en facebook lo sepan. Es el secreto de finales del 2018: ME ROBARON EL VELORIO, y a mansalva, sin pistola en manos. Buen título para desmemoriar estás letras de fin de año y desnudarnos para una fiesta de palo y perico ripiao. El poeta de San Pedro de Macorís todavía no goza en el exterior del aprecio que le tuvieron en vida y aún le tienen, los poetas, Odalís Pérez y Julio Cuevas. La notoriedad deSammy Sosa y Vladimir Guerrero puede humillar hasta Juan Pablo Duarte. La victoria real pertenece a una base por bola o una bola rápida y poética.

Romeo Santos y Prince Royce son parte de la última historia de la cultura dominicana en el exterior que ataca la memoria real. Estos Súper héroes del folcore popular representan para nuestro país una Victoria Pírrica que la literatura no puede imitar. Los empresarios no invierten en el arte. Aquel insigne Víctor Villegas, todavía no aparece en una biblioteca internacional virtual para honrar a los poetas desheredados. No perdamos la esperanza. Por casualidad, para esa época, recuerdo que uno de mis heterónimos hacía el amor con la página en blanco y escribía un verso en el clítoris de un semáforo en rojo, con un lápiz partido por la mitad, exportado como arqueología por algún adicto a desesperar otra ortografía erótica profunda.

Tampoco tuve ocasión de estar presente durante el último adiós de mi maestro, poeta de América, Pedro Mir, quien escribió un libro sobre la doctrina de América para los americanos de James Monroe. Maestro, usted desafió lo sagrado, acudiendo con El profesor Juan Bosch por esos predios, América sigue siendo el botín de guerra de los piratas de la tierra donde hoy  nacen nuestros hijos. Llegué con sumo retraso a la lista de espera del viaje de Roque Dalton. Todavía recuerdo su tumba en El Playón (El Salvador) donde me dijeron que lo dejaron escribiendo otros versos más imperecederos. Aquel adiós volcánico no lo decidió el poema liberador.

Los inmigrantes pierden gritos e histerias y a veces no hay indulto para transitar por el dolor ajeno. Nos acusaban en los 80 de haber abandonado el barco ebrio de arrogancias fallidas. Hoy nos ayudan a quemar las últimas naves de la odisea del regreso. Hay que volver a leer El libro de los regresos, del poeta, David Cortés Cabán. Sobre Pedro Mir, ni siquiera durante su enfermedad, tuve ocasión de ser testigo de sus últimos días ni del funeral de su fama. No lloré a tiempo la soledad inaudita de su poemario Hay un país en el mundo, monumento transnacional que no tiene competencia ni siquiera con Compadre Mon, de Tomás Hernández Franco, aunque sepamos nada de John Lenon o de Daniel Santos.

Ya hacía muchos años que me había marchado, cuando cayeron por distintas razones de salud, el premiado con el Adonais, Antonio Fernández Espéncer y Manuel del Cabral. El primero fue un español nacido en Santo Domingo con ansias de dominicanisar su universalidad. Un hombre erudito que apenas recordamos. Tengo pruebas de que su exilio isleño no fue en vano. El segundo desafió otras fronteras. Nadie le ganó a este último el haber proclamado con justicia ser el mejor poeta del país y tal vez del mundo que llevamos en el corazón. Le ganó al primero en ser la metáfora de El Poeta Nacional. Ya no tenemos otro Poeta Nacional vivo. ¿Quién tiene autoridad para decidir convertir a un poeta en un monumento nacional, especialmente ahora que crecen otros desafíos identitarios? ¿Quién ostenta esa legitimidad? En este privilegio también sentí que habíamos perdido la batalla. No había discriminación para ocupar las funerarias. Nadie nos segregó de la horizontalidad más inaudita.

Cuando cayó el profesor Juan Bosch ya nos habíamos esterilizados contra la vida. No éramos rusos para romper fuente sobre la lengua de Víctor Hugo ni lo suficientemente haitianos para promover el creole como una esperanza de los marginados desnacionalizados por la historia. La muerte era una hostia cotidiana. Daba risa beber cervezas bajo una balacera sin sentido sin leer un poema de El Indio Duarte o escenificar una obra de teatro como en los años 70. Si hubiera sido posible, nadie nos impediría el paso por las funerarias (a fortuna de los 80) para seguir inventando la búsqueda de Franklin Mieses Burgos, el poeta auto didacta que me llevó a conocer mi maestra de la escuela intermedia, Yolanda Fernández. La sombra del poeta Manuel Rueda la descubría entre los arbustos del parque Enriquillo.  Uno de los recuerdos más dolorosos y recientes, corresponde a la gran cabeza con barba de Federico Jóvines Bermúdez. Lo recuerdo como un rabino universal con nostalgia de liberar, por lo menos a la Jerusalén de Cristo Rey o un Walt Whitman adorable que seducía a muchos visitantes de la Feria del libro de Santo Domingo.

También dolió la partida singular del joven poeta, Adrián Javier, y sobre todo aquel riñón poético que su hermano le donó y que no lo salvó del premio Nóbel de la risa y la tristeza. Los poetas, Rafael Abreu Mejía, Carlos Rodríguez, «José de León», en NY El Poe y el desaparecido, Petronio Rafael Cevallos, ellos quizás ameritan otros comentarios en un texto aparte. Sigamos adelante con el motivo de este escrito: Lean por si acaso, la segunda parte. Tal vez se salve una metáfora alquilada en el cementerio del olvido.

About the author

Tomás Modesto Galán

Escritor dominicano que reside en Nueva York desde 1986. Fue profesor en la UASD antes del 86. Enseña en York College (recinto de Cuny, desde mediados de los 90). Gano el premio de poesía Letras de Ultramar 2014 con su obra poética: Amor en bicicleta y otros poemas.También obtuvo el premio Poeta del año 2015, otorgado por el América 's Poetry Festival de Nueva York. Es el autor de la novela Los Cuentos de Mount Hope, publicada en el 1995. Presidente de la Asociación de Escritores Dominicanos en Los Estados Unidos, (ASEDEU)

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