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El medio ambiente y los recursos naturales en República Dominicana tras 526 años de la llegada de Cristóbal Colón (y 3)

Cristobal Colon
Escrito por Juan de la Cruz

El sistema de plantaciones aplicado por los españoles a partir de la segunda década del siglo XVI jugó un papel sumamente dinámico en la incorporación de las tecnologías altamente desarrolladas de la época al cultivo, explotación, acarreo y procesamiento industrial de la caña de azúcar a través de los trapiches y los ingenios azucareros. De igual manera sirvió como eje para la utilización de la mano de obra esclava tanto para las labores agrícolas rudimentarias y semi especializadas de la industria azucarera. A partir de ese momento comienza en gran escala el proceso de contaminación de las fuentes acuíferas rurales y urbanas y del entorno ambiental, al tiempo que se crean mecanismos de sojuzgamiento y explotación humana cada vez más crueles e irracionales.

La ciudad de Santo Domingo fue amurallada en lo principal entre 1543 y 1567, pero las obras continuaron hasta avanzado el siglo XVII con un despliegue amplio que dejaba espacio libre sin urbanizar dentro de las murallas. Debemos a la vez considerar que la población indígena había sido diezmada por las epidemias en 1518 y 1519.

La muralla franqueaba el acceso a la ciudad con puertas puestas bajo las nominaciones de la Misericordia (por la ermita próxima), de Lemba, de la Atarazana (hoy reconstruida) y de San Diego o del Mar, que ejecutará el afamado cantero Rodrigo de Liendo.

Las murallas tenían varios baluartes, dedicados a San Gil (Matadero), Santiago (Palo Hincado), San Genaro (El Conde) y La Concepción, por el oeste; hacia el norte estaban los baluartes de La Caridad, San Lázaro, San Miguel, San Francisco, San Antón, Santa Bárbara y El Ángulo; por el este, los baluartes de El Almirante, San Diego (avanzado sobre el río Ozama), El Invencible, la Fortaleza con la Torre del Homenaje y el fuerte de Santiago; y, por el sur, los de Santa Clara, San Fernando, San José y Santa Catalina.

El intercambio ilegal de cuero de ganado y otros productos tropicales por productos manufacturados provenientes de Europa que desarrollaban los habitantes de las bandas norte y oeste de La Española a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII con piratas, corsarios y otros lobos de mar enemigos de España, procedentes de Holanda, Inglaterra, Francia y Portugal, que les abastecían de harina, vinos, textiles, herramientas de trabajo, armas, cerámicas y esclavos negros.

La generalización de ese tipo de comercio clandestino en las costas de las bandas norte y oeste llevó al rey Felipe III, tras la muerte de su padre Felipe II, a tomar la infausta determinación de autorizar el más grande ecocidio contra los recursos naturales y el medio ambiente efectuado en la Isla de Santo Domingo o La Española, conocido popularmente como las Devastaciones de Osorio de 1605 y 1606 o el Gran Incendio, afectando poblaciones como Monte Cristi, Puerto Plata, Bayajá, La Yaguana, San Juan de la Maguana, Santiago y Azua.

Esa acción fue un atentado inmisericorde e irreparable contra la biodiversidad vegetal y animal que se desarrollaba en esos lugares e implicó un desarraigo violento y abusivo de los pobladores de su hábitat natural. Esta medida posibilitó a corto, mediano y largo plazo que los gobernantes y habitantes de la Isla Tortuga se fueran estableciendo progresiva y sistemáticamente en las tierras devastadas de la parte occidental de la Isla de Santo Domingo, mientras estaba prohibido para los habitantes de la parte oriental traspasar los linderos establecidos, hasta convertirse con el tiempo en la colonia más próspera de Francia en todo el mundo.

Entre los siglos XVII, XVII y la primera mitad del siglo XIX, el sistema del hato ganadero fue lo que prevaleció en la parte oriental de la Isla de Santo Domingo, consistente en una unidad basada en la combinación del trabajo de propietarios libres con el de trabajadores esclavos, como elemento fundamental, cuya característica principal estaba relacionada con la posesión de miles de tareas de tierras de bosques y pastos, así como de una cantidad determinada o indeterminada de cabezas de ganado vacuno, caballar y de otro tipo. Esta unidad productiva era de tipo extensiva, lo que nos permite afirmar eran poco aprovechados que los recursos de la naturaleza, la capacidad productiva del ganado y la fuerza de trabajo de las personas libres y esclavas.

Otro sistema económico importante implementado entre los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX y XX en gran escala fue el corte de madera preciosa para la exportación a Europa y los Estados Unidos, pasando a constituirse en una actividad mercantil de carácter intensivo a partir del gobierno francés de Louis Ferrand de 1804 en adelante, constituyéndose en su principal fuente de ingresos.

Ese proceso se llevó a cabo en las principales provincias costeras de la Línea Noroeste, del Sur, del Este y de la zona mediterránea del Cibao, lo cual dejó secuelas irreparables para el ecosistema nacional. Desde entonces, algunos árboles endémicos o nativos como la caoba, la cuaba, el cedro, el guayacán y el ébano verde, entre otras, pasaron a engrosar las filas de especies vegetables en peligro de extinción, quedando tan sólo las zonas desérticas y semidesérticas que bosques secos y de xerófilas del Cibao occidental y el llano de Azua. Este hecho ha incidido negativamente en la permanencia y reproducción de las faunas propias de los lugares donde se producían las talas indiscriminadas de bosques, ya que de más en más se han vistos expuestas a las inclemencias del clima tropical.

Aunque el campesinado de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo comenzó a conformarse a partir del siglo XVII, es con la abolición de la esclavitud primero ejecutada por Toussaint L`Ouverture en 1801 y nuevamente con la abolición de la esclavitud por parte de Jean Pierre Boyer en 1822 es cuando se puede hablar de la clase campesina en el territorio dominicano. Este sistema basado en la pequeña y mediana propiedad de la tierra, la producción artesanal y el comercio a pequeña y mediana escala es lo que se conoce el modo de producción mercantil simple, el cual mantuvo predominancia desde 1822 hasta finales del siglo XIX, cuando las relaciones capitalistas lograron la supremacía económica y social.

El sistema de la pequeña y mediana propiedad de la tierra es a considerar, ya que muchos campesinos utilizan la tala y quema de árboles para hacer sus siembras, provocando así elevados niveles de deforestación que inciden significativamente en la erosión del suelo.

En las últimas décadas del siglo XIX nace la industria azucarera moderna de la República Dominicana de la mano de inversionistas extranjeros cubanos, italianos y norteamericanos, contribuyendo así a hacer predominantes las relaciones capitalistas de producción. Los vertidos de los desechos sólidos y líquidos de los ingenios azucareros, que casi siempre estaban instalados a orilla de ríos navegables o del mar, elevaron los niveles de contaminación que ya venían generando algunas pequeñas y medianas industrias que se habían instalado en el país en décadas anteriores en los acuíferos urbanos y semiurbanos.

El proceso acelerado de urbanización que sufrió el país entre los años 1935 y 1960, el cual se evidencia en el crecimiento de un 6.8% anual de la población de Santo Domingo contra un 3.23% del resto del país y de un 4% de Santiago de los Caballeros. A partir de la década de 1950  el dictador Rafael Leónidas Trujillo ordenó la construcción de los ensanches Luperón, La Fe, Mejoramiento Social, María Auxiliadora, Ozama y Los Mina, muchos de ellos destinados a militares y empleados públicos.

Con el ajusticiamiento de Trujillo se abrieron las compuertas migratorias, lo que unido al proceso de industrialización creciente y a la falta de planificación del crecimiento de las ciudades, hizo posible el asentamiento humano en zonas no urbanizadas, que a partir de entonces reciben el nombre de barrios populares,  procediendo así a arrabalizarse los entornos de los ríos más importantes de las ciudades, como el Ozama, Isabela, Yaque del Norte, Haina, Higuamo y otros, convirtiéndolos progresivamente de ríos con aguas cristalinas y aptas para el consumo humano, en las cloacas que hoy son.

Esperamos que los dominicanos y las dominicanas continuemos empoderándonos de la problemática ambiental y de la defensa de los recursos naturales para hacer posible una República Dominicana verde, sostenible y próspera.

Acerca del autor

Juan de la Cruz

Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

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