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Max Henríquez Ureña y Los yanquis en Santo Domingo (2)

El contexto de violencia narrado por Max Henríquez Ureña en Los yanquis… constituye una radiografía política del momento.  La misma fue lo que provocó y aceleró la ocupación del ejército norteamericano a la República Dominicana. La situación era para el país la siguiente:

“En las cercanías de la capital, y aun en los límites extremos de la ciudad, hubo escaramuzas que causaron algunos muertos y heridos de parte y parte. En lugar de librarse combates formales, había una manifiesta actitud expectante entre los dos bandos en pugna. Tal era la situación el 3 de mayo, cuando el comandante de la Marina Americana W. S. Crosley  que mandaba uno de los buques de guerra de EEUU situados en la rada de Santo Domingo, envió la siguiente comunicación al Presidente del Senado y al de la Cámara de Representantes…”

“Señores: tengan la amabilidad de comunicar lo siguiente a todos los ciudadanos :si se hace necesario desembarcar tropas por la presente solamente prevenimos que cualquier acto hostil contra las tropas americanas determinará una seria acción de dichas tropas. Si  las tropas  desembarcan su destinación ,que será pacífica , será la legación americana”. Un disparo de fusil determinará severa acción como consecuencia .Todo acto posterior  de las tropas americanas será determinado por lo que ocurra después de su desembarco. W.S. Crosley”(Ibídem.)

El mensaje del comandante de la Marina americana W. S. Crosley fue taxativo, lo que dio lugar a un clima “ambientalmente” bélico y cerraba más las posibilidades del Presidente Jimenes con respecto a los rebeldes intimados por las fuerzas navales americanas y el mantenimiento de la autoridad del ejecutivo “de acuerdo con el plan Wilson”. El Presidente Jimenes, debilitado y ya sin autoridad  “prefirió renunciar, antes que verse   mantenido en el  poder por las fuerzas americanas, y así lo hizo ante el país, por medio del siguiente documento que se publicó en hoja suelta y que fue reproducido por la prensa diaria:

A la nación

En mi manifiesto  a la ciudadanía de hace dos días declaré solemnemente que tenía la dolorosa convicción de que un choque armado entre mis fuerzas, las constitucionalistas, y las que ocupan la plaza rebelde de la capital de Santo Domingo, determinaría inevitablemente el sonrojo de una intervención norteamericana.

Efectivamente, la Comisión americana que vino enviada por su Gobierno a apoyar el legítimamente constituido que sucumbe hoy bajo la ola negra de la deslealtad más infecunda, me expresó su formal propósito de apoyarme por la fuerza abriendo brecha, a través de los muros de la capital, al Gobierno constitucional.

Sordo el espíritu de los rebeldes a los plañideros reclamos del patriotismo, del verdadero, del auténtico, no del que pregona por las calles y plazas sus hipócritas tonalidades para encubrir tenebrosas combinaciones políticas, sino el que prefiere el sacrificio al deshonor del poder que perturbe la diáfana serenidad de la conciencia, dispuestos los autores del golpe de estado del 14 de abril a hundir la nacionalidad antes que renunciar a su febril ansiedad de poder, se imponía una alternativa al Presidente de la República: regresar a la mansión presidencial entre ruinas a disfrutar del poder reconquistado por balas extranjeras, o la inmolación.

No he vacilado un solo instante, y con todo el país a mi lado, exceptuando parte del ejército en traición en Santo Domingo, Santiago y Puerto Plata, con más de 1.500 hombres estrechando la plaza rebelde, tropa valerosa y llena de entusiasmos guerreros, desciendo las gradas del Capitolio y, serena la conciencia, con el sentimiento del deber cumplido, sintiendo en el crepúsculo de mi vida brillar el sol sobre la plata de mi cabeza, me retiro a la serenidad de remanso de mi hogar.

Comprendo las desgracias que se ciernen sobre la República y el aspecto jurídico especial que ofrece el organismo de las instituciones en momentos como el actual en que renuncio la presidencia constitucional de la República ante el país, ante la nación soberana, no ante las Cámaras, revolucionarias y apoyadas por las fuerzas desleales.

Mi gratitud acompañará las actuaciones posteriores del Consejo de Secretarios de Estado, que ha hecho derroche de decoro y de eficacia; de mis gobernadores leales, del bravo ejército que me rodea y de los dignos ciudadanos que me han acompañado en este difícil momento histórico.

La Historia apreciará a la hora del supremo balance la trascendencia de mi gesto y la gravedad del delito cometido, que arroja sombras a sus autores y traerá días de duelo sobre la nacionalidad, inflexible como habrá de ser el fallo de la posteridad.

Cuartel general de San Jerónimo, 7 de mayo de 1916.

JUAN I. JIMENES

Las consecuencias de esta renuncia legitimó prácticamente un estado de derrota política, pero también social, en tanto el país dividido por intereses, luchas caciquistas, debilidades administrativas y presiones del gobierno norteamericano, no pudo reponer el equilibrio financiero ni público deseable como respuesta del momento.

Las variables económicas, políticas y culturales del momento se explican de manera fragmentaria y solo desde una perspectiva economicista y financiera, tal y como se puede leer en Melvin M. Knight, Los Americanos… (1980).

Luego de la dimisión de Jimenes el 7 de marzo de 1916 y según Max Henríquez Ureña, se presentó la siguiente situación:

Al día siguiente de conocerse la renuncia del Presidente Jimenes, el congreso promulgó el siguiente decreto:

EL CONGRESO NACIONAL, EN NOMBRE DE LA REPÚBLICA

Considerando que el ciudadano Juan Isidro Jimenes ha renunciado ante la nación el ejercicio del poder ejecutivo, con irreverencia del mandato constitucional que le requiere hacerlo ante la Asamblea nacional:

Considerando que el procedimiento usado por el ciudadano Juan Isidro Jimenes establece claramente que ha abandonado la presidencia de la República, hecho que obliga al Congreso nacional a hacer uso de las prerrogativas que le acuerde el inciso 32 del artículo 35 de la Constitución en miras de establecer el funcionamiento regular de los orgnaismos del Estado,

DECRETA:

Artículo 1º. Se declara la acefalia de la función ejecutiva que había ejercido el ciudadano Juan Isidro Jimenes y se acuerda el nombramiento de un Presidente de la República interino conforme a la Constitución.

Publíquese.

Dado en la sala de sesiones a los ocho días del mes de mayo de 1916, año 73 de la Independencia y 53 de la Restauración.

El presidente de la Cámara, Luis Bernard. –el presidente del senado, M. F. Cabral.

Los secretarios de la Cámara, Manuel Pichardo, J. R. Añil.

Los secretarios del Senado, Jaime Sánchez, Ramón Guzmán P.

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Odalís G. Pérez

Profesor Investigador de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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