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El antifascismo y el miedo al poder de la izquierda (y 4)

Written by Debate Plural

Maximillian Alvarez (CTX, 1-10-18)

 

Fobia a la política

No obstante, si repites algo las suficientes veces, la gente comienza a aceptarlo como una verdad establecida. Si afirmas una y otra vez que tu enfoque político es el más realista, eso basta para convencer a la mayoría de la gente. Aun así, cualquiera remotamente familiar con la situación sobre el terreno sabe que DeBoer y Nagle son solo dos personas de entre una multitud creciente de pensadores de izquierda que promueven su visión política como contrapeso “práctico” y “realista” frente al mundo abstracto, corto de miras y redundante del movimiento estudiantil, sus avatares antifascistas claramente relacionados y cualquier otra secta de izquierdas que supuestamente no preste atención a la realidad del poder.

Ese realismo fetichista se disfraza de dosis de verdad ganada a pulso o de cubo de agua fría que aparentemente tantos de nosotros en la izquierda necesitamos si alguna vez queremos tomarnos en serio conseguir nuestros objetivos. Sin embargo, en la práctica, no sirve para mucho más que para realizar un ejercicio de autoafirmación, que se puede reutilizar eternamente para justificar lo que yo llamaría una falsa política estacionaria. Este es un enfoque político que se autorrealiza, ya que asume que la izquierda debería mantenerse a la espera hasta que adquiera más poder y, al actuar como si pudiera abrirse paso en la estructura real de poder existente sin provocarla para que muestre sus dientes, garantiza que nunca lo conseguirá.

La seña de identidad de esta falsa política es fácil de identificar: el miedo. Miedo a una mayor represión; miedo a dotar a nuestros enemigos de armas más sofisticadas que puedan utilizar en nuestra contra; miedo a fracasar en la tribuna de la opinión pública; miedo al poder y a los caprichos reaccionarios de los poderosos. Y sobre todo, quizá, es el miedo aterrador a perder la pelea y terminar con menos de lo que tenemos ahora mismo. En pocas palabras, es el miedo a la política. En la práctica, todo ese miedo se traduce en una precaución paralizante en nombre del “pragmatismo” y en aferrarse con nerviosismo al statu quo.

En una discusión aislada sobre las estrategias de los movimientos estudiantiles que terminan dotando de mayores poderes censores a los colosos directivos descendentes, puede que ese miedo esté justificado. Pero esta no es una discusión aislada. Lo que queda claro es que ese característico miedo al poder está intentando convertirse en un principio organizador de la política de izquierdas en general. Por ejemplo, ese miedo característico funciona como una línea de unión que conecta el argumento de izquierdas de DeBoer contra la negación de plataforma y el argumento de izquierdas de DeBoer para, de entre todas las cosas posibles, salvar el SAT (un examen estandarizado para la admisión universitaria).

En el episodio más reciente de su intento por emular el malvado profesional de Leftbook y Left Twitter, DeBoer publicó un artículo en la revista Jacobin titulado “La razón progresista para defender el SAT”, en el que no se muerde la lengua: “Si crees en la igualdad, deberías defender el SAT”.

Solo hay un pequeño, pero evidente problema con eso. Como te puede decir cualquier profesor de secundaria, el SAT es de todo menos una herramienta igualitaria para examinar y medir los logros estudiantiles. El desprecio de la izquierda por el SAT no está infundado y DeBoer lo reconoce: “Los estudiantes negros e hispanos y los estudiantes pobres no sacan tan buenos resultados como sus homólogos blancos y ricos, pero esto es un síntoma de una desigualdad más amplia, no de un examen prejuiciado… Las desigualdades raciales y de clase del SAT son ciertamente preocupantes, pero solo porque demuestran la persistente desigualdad de nuestra sociedad”.

En resumidas cuentas: las disparidades en materia de raza y clase de los resultados del SAT son una cosa real y preocupante, pero estas disparidades no son más que un reflejo de las desigualdades raciales y de clase de la sociedad en general; no suponen ninguna prueba de que el examen en sí sea implícitamente parcial o injusto. Además, las principales alternativas para determinar los logros de los estudiantes, como por ejemplo las “evaluaciones holísticas” que se centran en los cursos avanzados y en las materias extracurriculares, solo servirían para inclinar la balanza todavía más a favor de los ricos y privilegiados. Por eso, en ausencia de mayores cambios en nuestra sociedad sumamente desigual, las personas de izquierdas solo empeorarían las cosas si se deshicieran del SAT y por eso deberían luchar para conservarlo.

Veamos, no hay nada intrínsecamente erróneo con este argumento. En lo que a argumentos se refiere, es tremendamente lógico. Solo que no es un argumento de izquierdas. Si acaso, más que nada, se trata de una mención clintonesca que pretende conservar el statu quo y disfrazarlo de retórica igualitaria meramente formal. Es un argumento para no perder algo, para que las cosas sigan como están, para permanecer estacionarios y hablar de una política de izquierdas factible dentro de la estructura real de poder existente. Es un argumento para dejar algo totalmente en paz por miedo a que algo malo pueda ir a peor.

En este cálculo de avestruz sobre lo que es políticamente posible, la desigualdad se vuelve aceptable si tenemos en cuenta la amenaza de una desigualdad mayor. Sin embargo, ¿no reside la única justificación para decir que un argumento es de izquierdas en una cierta fidelidad con la lucha central por combatir y erradicar esa desigualdad? Y si eso es así, ¿qué uso tiene publicar un artículo en una revista de izquierdas y sostener que es “progresista” acatar la desigualdad? ¿Para qué sirve? De forma implícita, parece ser que, tanto DeBoer como aquellos que piensan como él, creen que una postura de izquierdas conveniente pasa por amonestar a personas de izquierdas por ser de izquierdas, es decir, por perseguir una visión del mundo que sea mejor y más justa que el actual statu quo.

Si aplicamos esta lógica, la izquierda no está jugando a ganar, por emplear un símil deportivo, sino que está jugando a no perder. Es más, si tenemos en cuenta las abrumadoras pruebas de que estamos perdiendo por goleada, la lógica implícita es que hay que jugar lo más a la defensiva posible para que no nos expulsen definitivamente del campo de juego. Absolutamente todo en esta visión es razonable, y está abocado a un desastre seguro.

Si observamos de manera sobria los actuales desequilibrios de poder político, económico y de gobierno en Estados Unidos, como DeBoer nos incita a que hagamos, ¿qué razones tenemos, si es que hay alguna, para pensar que sacaremos algún beneficio del desfase existente si nos quedamos quietos, luchando solo por el statu quo o simplemente avanzando a paso de tortuga para protegernos y retirándonos rápidamente cada vez que el poder amenace con represalias? En todo caso, la estructura real de poder existente es una prueba mayor de que presentar una dura batalla por la progresiva comunidad de valores que queremos, incluso aun a riesgo de fracasar, es mejor que el fracaso garantizado que supone recortar gradualmente nuestras luchas y amoldarlas a los espacios cada vez más pequeños que nos deja el poder. Es la prueba de que quedarse quieto mientras el mundo sigue girando a lo loco es una condena de muerte. Es la prueba de que las fuerzas del expolio capitalista, el supremacismo blanco, la reacción cultural y el militarismo están siempre avanzando, aunque nosotros no lo estemos, en una guerra de posicionamiento sin fin; y, que no quepa ninguna duda, ellos están jugando a ganar.

Esta vez habrá fuego

Tratamos al poder como si fuera fuego. Lo queremos, soñamos con él, pero más que nada nos da miedo quemarnos, aunque nos cocine vivos a fuego lento. Esta postura no está totalmente injustificada: la izquierda estadounidense se ha pasado la mayor parte de su miserable vida quemándose. Aunque eso es casi, por definición, lo que la convierte en izquierda. Nuestras políticas se han construido, o deberían haberlo hecho, a partir de las brasas y cenizas de la historia. Las políticas de izquierdas surgen del drama colectivo y calcinado de aquellos que la maquinaria del capital, la supremacía blanca, el patriarcado, el imperio y las interminables guerras han atrapado y consumido.

Y sin embargo, todavía seguimos fingiendo que es reconfortante y necesariamente realista que la izquierda construya una política cautelosa basada en el miedo sobredimensionado a enemistarnos con las mismas fuerzas que trabajan para destruir lo que somos, y a nosotros también si es necesario. Fingimos que llegará un momento en que la izquierda podrá avanzar sin miedo a que el centro la arroje a los leones y que la derecha reaccionaria no peleará al máximo por acabar con ella.

Fingimos que podemos luchar por el mundo que debería ser sin que el mundo que es nos queme en el intento. Pero, ¿cuándo fue eso así? La lucha por el poder es, por definición, un riesgo de incendio. Allí donde hay política hay ardor. ¿Cuántos de los logros decisivos de la izquierda que aportaron más dignidad, igualdad, justicia y bienestar a la vida de las personas a lo largo de la historia no se consiguieron chamuscándose las manos por completo?

Esta es quizá la mayor y más necesaria contribución que la orientación antifascista puede ofrecer a la izquierda hoy en día: una comprensión urgente de que la historia seguirá avanzando con o sin nosotros. Ayudar a reconocer que permanecer estacionarios es una sentencia de muerte mientras los extremistas violentos siguen adoptando iniciativas más osadas y los triviales poderes institucionales conspiran de forma descarada en nuestra contra en el cambiante terreno de nuestro momento cada vez más extremo; ayudar a resistir oleadas de extremismo de derechas mientras seguimos intentando desarrollar un apoyo popular que nos permita desmantelar de forma progresiva las condiciones materiales y culturales que lo engendraron: ese es el núcleo de cualquier política antifascista que merezca ese nombre. Y así es como debería ser para cualquier política de izquierdas del presente.

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