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¿Conseguirá Omar al-Bashir que Sudán supere una crisis interminable?

Written by Debate Plural

Salah Shuaib (Rebelion, 18-9-18)

 

La dimisión presentada por Omar al-Bashir es la clásica jugada de un presidente con muchos años en el poder para lidiar con la crisis económica y preparar su reelección. 

El presidente sudanés Omar al-Bashir y varios altos cargos de su gobierno al abandonar la Cumbre de la Unión Africana celebrada en Nouakchott, Mauritania, el pasado 2 de julio (Foto: Ludovic Marin/Reuters)

El movimiento sorpresivo del presidente sudanés Omar Bashir disolviendo su gobierno parece ser una respuesta a los graves desafíos económicos a que se enfrenta su régimen. No obstante, hay también otras razones para esa medida que tienen mucho que ver con su reelección en 2020.

En tal sentido, Bashir está tratando también de ganar tiempo barajando sus posibilidades frente a un pueblo desconcertado por sus múltiples fracasos. Hasta ahora no hay indicios de luz al final del túnel para el sufriente pueblo sudanés.

El nuevo gobierno de Bashir no va a cambiar nada en un momento en que el régimen soporta el aislamiento regional e internacional. Aunque el pueblo sudanés está agotado de tantas promesas políticas vacías sobre reformas por parte del gobierno, la reacción ante la decisión entre los principales partidos de la oposición ha sido de burla.

Además, las órdenes de detención pendientes contra Bashir por parte de la Corte Penal Internacional (CPI) han imposibilitado que su régimen pudiera conseguir una ayuda económica valiosa de la comunidad internacional.

En consecuencia, el nuevo gabinete no es más que la amarga consecuencia del obstáculo impuesto por la medida de la CPI, que ha dañado gravemente las relaciones políticas y económicas de Sudán con los donantes internacionales, especialmente de Occidente.

Fallos en serie

Desde que tomó el poder mediante un golpe militar en 1989, Bashir no ha conseguido completar ninguno de sus emblemáticos proyectos de gobierno.

Irónicamente, sólo ahora ha descubierto que un gabinete pequeño es la mejor vía para conseguir el progreso nacional, desde detener la actual guerra civil, hasta ayudar a que la economía se recupere tras la secesión de Sudán del Sur, detener la migración de millones de sudaneses al extranjero y aumentar la producción industrial y agrícola.

En realidad, el elemento común a todos estos problemas es la falta de soluciones ante las históricas crisis de gobernanza nacional que han hecho que el país sea políticamente inestable desde su independencia en 1956.

El número de ministerios se reducirá de 31 a 21, una medida que intenta rebajar el gasto, según declaró el vicepresidente del Partido del Congreso Nacional, Faisal Hassan, en una conferencia de prensa ofrecida la pasada semana. El lunes, Bashir anunció que el gasto gubernamental descendería un 34%, un recorte masivo provocado por la crisis económica del Sudán.

Este drástico ajuste de cinturón marca un giro importante. Anteriormente, en respuesta a las demandas de los signatarios de acuerdos de paz con sus gobiernos, Bashir amplió inexorablemente el empleo político a nivel federal y estatal.

Aunque este esquema clientelista de creación de puestos de trabajo le ha permitido al régimen mantener su base política y social a corto plazo, con el paso del tiempo ha ido agotando los recursos del país. La mala asignación de recursos ha contribuido también al encarecimiento del pan, a la dificultad para obtener divisas y a la crisis del fuel.

Nuevos rostros

Tres de los nuevos rostros del reducido gabinete de Bashir son parientes cercanos y partidarios de su candidatura para las próximas elecciones presidenciales. Sin embargo, no representan a la vieja guardia del Movimiento Islámico Sudanés (SIM, por sus siglas en inglés), la organización-paraguas de los Hermanos Musulmanes en Sudán que planificaron la toma del poder por Bashir en 1989, ni forman parte de las facciones rivales dentro del gobernante Partido del Congreso Nacional (NCP, por sus siglas en inglés).

No obstante, a pesar de este ajuste, es improbable que el nuevo gabinete consiga avances en las cuestiones de política interior y exterior, en la economía o en la obtención del consenso nacional.

El verdadero dilema para Sudán es el propio Bashir, más que la incapacidad de los ministros del último gobierno para alcanzar sus objetivos políticos.

Al anunciar los cambios, Bashir adoptó un tono inusualmente reflexivo. “Es necesario dar este paso para afrontar la situación de angustia y frustración que ha envuelto el país en este último período”, dijo. Es probablemente la primera vez que reconoce los fallos de su gobierno. Durante muchos años, Bashir ha estado intentando responsabilizar de los mismos a factores externos, sosteniendo que la orientación islámica de su régimen era la razón de la sistemática persecución de Sudán por parte de las potencias extranjeras.

La verdad es que Bashir, cada vez que siente que a su alrededor proliferan los desafíos, intenta involucrar a su pueblo en esas políticas paradójicas. Sus últimos movimientos se enmarcan dentro de esa estrategia engañosa, que está en la tradición de la experimentación política que ha utilizado para mantener su firme control del poder.

“Cada gobierno ha ido precedido de promesas de reforma, atención a las pensiones de la gente, racionalización del gasto, lucha contra la corrupción, etc., y después el resultado ha sido el fracaso”, dijo Omar Eldeger, líder del Partido del Congreso Sudanés (SCP, por sus siglas en inglés).

Para que Sudán supere sus obstáculos económicos, son necesarios cambios fundamentales para los que Bashir no tiene estómago. Existe una crisis de gobernanza previa a la económica.

Despotismo y corrupción

El régimen del SIM, que se ha mantenido en el poder mediante el despotismo militar, ha fracasado a lo largo de tres décadas a la hora de presentar un modelo armónico entre la religión y el Estado. Por un lado, los islamistas sudaneses pusieron en marcha las peores formas de gobernanza, lo que llevó a la secesión del Sur, la crisis de Darfur y la escalada del conflicto en Kordofan del Sur y el Nilo Azul.

Por otro lado, la corrupción en todas las instituciones del Estado provocó el colapso de todos los proyectos agrícolas e industriales y la disminución de la oferta de servicios públicos esenciales para la población sudanesa.

“El nuevo gobierno no está cualificado para lidiar con las crisis que enfrenta el país y va a ser un fracaso, al igual que el que disolvió el presidente Omar al-Bashir hace dos días”, dijo al-Sadiq al-Mahdi, presidente de la Convocatoria de Sudán, una alianza que incluye oposición política y armada.

No hay indicios de que Bashir vaya a escuchar las críticas de al-Mahdi a su régimen o sus repetidos llamamientos para “resolver las crisis del país volviendo al mapa de ruta africano firmado por el régimen y la oposición, y formando un gobierno de transición que logre una paz integral y una transición democrática”, dijo al-Mahdi en una declaración después de la medida de Bashir para disolver el gobierno.

La buena noticia es que el nuevo primer ministro, Mutaz Musa Abdalla, dijo en su primera declaración que la puesta en marcha de sus programas “requerirá de una asociación entre el gobierno y la sociedad… En tal contexto, escucharemos a científicos, expertos, líderes de opinión, sector privado, mujeres y jóvenes, a fin de lograr una colaboración provechosa entre la sociedad y el Estado”.

Por supuesto, esta no ha sido la primera promesa hecha por un funcionario de alto rango. Pero habrá que esperar para ver si tal asociación se materializa, especialmente porque Sudán necesita de un consenso político nacional y confianza en actuaciones concretas que faciliten las reformas, no de una ideología radical.

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