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El largo camino del feminismo: dogmas y disensos (y 2)

Escrito por Debate Plural

Paloma Uría Ríos (Rebelion, 25-7-18)

 

Consecuencias

Basándose en esta concepción del género y en esta identidad femenina fuerte, esta versión del feminismo se ha hecho doctrinaria y dogmática en determinados sectores del movimiento. Es un feminismo que decide cuáles son los intereses de la mujer, establece la ética feminista, fija la sexualidad feminista normativa y, finalmente, sentencia quién o qué es feminista o no lo es. Son algunas feministas las que establecen en qué consiste ser feminista y quiénes traicionan los ideales feministas. Promueven una ética que no admite discrepancias y las disidentes son rechazadas por engañadas o vulneradoras de esos principios éticos. Así, las mujeres que defienden los derechos de las prostitutas, y qué decir de las propias prostitutas, están violando los sagrados principios del feminismo.

Esta identidad feminista fija principalmente en el cuerpo sexuado la identidad o la imagen femenina. La protección de la mujer es, sobre todo, la protección de su cuerpo. Por ello se entiende que toda intervención ajena es un atentado a la dignidad e integridad de la mujer. En donde más claramente se manifiesta la pretendida protección de la dignidad de la mujer es en el rechazo a la representación de las mujeres desnudas o con actitudes “provocadoras”, ya sea con fines estéticos, eróticos o publicitarios, y se desconfía de las mujeres que voluntariamente, por las razones que sean (publicitarias, crematísticas…), exponen su cuerpo, olvidando que la dignidad está íntimamente ligada al respeto a su autonomía y a sus decisiones. En los primeros tiempos del feminismo unitario predominaba el entusiasmo por la liberación sexual, el abandono del puritanismo y del pudor a que la educación religiosa y retrógrada del franquismo nos había constreñido; sin embargo, la influencia del feminismo cultural estadounidense pronto se dejó sentir. No se comprende que las mujeres puedan sentirse orgullosas o cómodas con mostrar su cuerpo y su sexualidad, porque consideran que se están exponiendo a los deseos eróticos o sexuales incontrolados de los hombres. Esta idea está explícitamente argumentada en la condena a la pornografía, que lejos de ser considerada como una forma lícita de obtener placer, tanto para hombres como para mujeres, se ve como una incitación a la violación, y sin embargo, la pornografía responde en realidad a las fantasías sexuales, al deseo y no al orden de la realidad y del acto.

El análisis, la censura, la crítica y el castigo

“Se ha creado la impresión de un ambiente de agresividad masculina generalizada y de un peligro constante para las mujeres”, afirma la autora

La discriminación, la desigualdad y, a veces, el sometimiento de las mujeres siguen formando parte de nuestra vida social y personal. Ante esta situación, el feminismo denuncia y se moviliza, como hemos visto en los últimos tiempos. Pero, además, algunos sectores mantienen ciertas actitudes que parecen más dudosas, como es el abuso al recurso de la denuncia judicial y de la censura. Es importante para combatir el machismo que las agresiones (malos tratos, violaciones, abusos sexuales…) se denuncien ante los tribunales y ante la opinión pública, aunque no me parecen defendibles las denuncias anónimas contra personas concretas en las redes sociales. Bien es cierto que los tribunales de justicia pueden ser poco o nada sensibles a las exigencias de las mujeres y también que el Código Penal puede ser claramente mejorable en su tratamiento de las agresiones sexuales, como ha puesto de manifiesto la reciente sentencia de “la manada”, pero ello no impide que sigamos denunciando y exigiendo sentencias justas y reformas legales pertinentes.

Sin embargo, al recurrir a los tribunales, se plantean problemas que es preciso tener en cuenta y que muestran las causas por las que muchas mujeres son reacias a denunciar los malos tratos; tampoco se pueden minimizar los problemas que las denuncias por violación o acoso sexual suponen para algunas mujeres, que prefieren no pasar por el calvario de un juicio o una exposición pública de su agresión, máxime con el comportamiento que últimamente han tenido los medios de comunicación, aireando todo tipo de comentarios, juicios y opiniones sobre las vidas privadas.

Otra cuestión a tener en cuenta es que, por muy indignante que resulte una agresión machista y aunque se denuncie, no es posible abstraerse del derecho a la presunción de inocencia del acusado y su derecho a la defensa efectiva y a no reconocer su culpabilidad ante los tribunales. El movimiento feminista hace la denuncia y exige justicia, pero no juzga ni dicta la sentencia, aunque se reserve el derecho de criticar sentencias y tribunales y de movilizarse como protesta.

En la última campaña de ámbito internacional contra el acoso sexual bajo la etiqueta #MeToo, que ha alcanzado un inusitado protagonismo, y las polémicas suscitadas, se consiguió hacer relevante ante la opinión pública un verdadero problema que genera sufrimiento a muchas mujeres. Pero en la campaña hay algunos aspectos sobre los que conviene reflexionar. Se ha tendido a mezclar conductas gravemente criminales, como las agresiones ejercidas haciendo gala de violencia, intimidación o poder, con otras conductas que, si bien pueden ser rechazables, no presentan la misma gravedad: acosos de menor intensidad, muchas veces ejercido por amigos o compañeros de trabajo, como puede ser un tocamiento o un beso no deseados, una invitación insistente, ciertas miradas “lascivas”, los chistes verdes e inclusos requiebros y piropos que pueden molestar u ofender a algunas mujeres, mientras que a otras les resulta indiferente. Hay conductas que constituyen delitos y que siempre o casi siempre se deben denunciar, pero hay otros comportamientos a los que las mujeres pueden y deben responder con su protesta y su rechazo; esta es la mejor manera de hacer ver a los acosadores el derecho de las mujeres a su libertad sexual y a su autonomía. También es importante la actividad educativa en los centros de trabajo o de estudio que se pueden activar desde los planes de igualdad, por ejemplo.

El problema es que al aparecer todos estos comportamientos, más o menos agresivos, ante la opinión pública y con insistente publicidad, se creó la impresión de un ambiente de agresividad masculina generalizada y de un peligro constante para las mujeres; es decir, se dio lugar a lo que podemos considerar un “pánico moral”. Los pánicos morales tienen como base, habitualmente, algún hecho o varios hechos reales que tienden a generalizarse y a convertirse en “pánicos”³. Aunque no exclusivamente relacionados con la sexualidad, hemos tenido ejemplos que se aproximan a crear una situación de alerta generalizada. Hace unos años fue el bullying o acoso escolar: parecía que los centros escolares se estaban convirtiendo en centros de tortura. El maltrato en la pareja es otro ejemplo; sin querer minimizar su importancia, el foco se pone en los asesinatos, y parece que todas las mujeres corremos serio peligro de acabar nuestros días bajo “el hacha del verdugo”. Frases del movimiento feminista, como “nos están matando” o “España no es un país para mujeres” son indicativas de este estado de ánimo. Al mismo tiempo, se difunden datos de encuestas que arrojan una situación de violencia muy extendida entre la población, especialmente la juvenil, entre otras razones porque las encuestas no establecen claramente una diferencia entre el maltrato con el no tratarse siempre bien; sin embargo, algunas investigadoras sostienen que, si bien en la adolescencia y juventud perviven comportamientos violentos, ningún estudio demuestra que la juventud sea más violenta que el resto de la población o que lo sea más que en el pasado. Ahora puede ocurrir lo mismo con el acoso sexual.

Los delitos de odio

Nos encontramos, a veces, con la expresión de ideas y comportamientos que no implican violencia o coacción física, sino verbal, figurativa, plástica, musical…, que no suponen acoso sexual o que no incitan abiertamente a la violencia, aunque puedan hacerlo de manera indirecta. Con frecuencia, estas expresiones tienen un contenido racista, antisemita, homofóbico o misógino. La gravedad de estos ataques ha llevado al legislador a introducir en el Código Penal la tipificación de los “delitos de odio” (art. 515.4º). Este nuevo artículo ha recibido numerosas críticas desde ámbitos jurídicos y democráticos porque su redacción es sumamente ambigua y general y permite la tipificación como delito de aquellas críticas o descalificaciones dirigidas contra quienes no nos gustan, desaprobamos o incluso hasta odiamos, ¿pero acaso es delito odiar? El Código Penal es un instrumento que solo en última instancia se debe utilizar, y sin embargo, los poderes públicos recurren a los tribunales cada vez con más frecuencia para abordar los problemas sociales y políticos, haciendo dejadez de su responsabilidad como dirigentes democráticamente elegidos. No parece oportuno que el feminismo y el movimiento LGTBI invoquen este artículo del CP sobre delitos de odio; su denuncia debe centrarse, como han hecho siempre, en la crítica y en la movilización social.

Otras veces, sin que se presente denuncia judicial, se alzan voces desde el feminismo y desde los Institutos de la mujer que piden a la Administración que prohíba, retire o censure determinadas manifestaciones, lemas, artículos o carteles que son discriminatorios o que denigran verbal o visualmente a determinados colectivos o que lesionan el principio de igualdad. En estos casos debería predominar la libertad de expresión y no la prohibición o censura; en cambio, se debe ejercer con firmeza el derecho a la crítica ante cualquier ataque a la dignidad e igualdad de las personas. Por otra parte, el sentido denigratorio de algunas de estas expresiones es discutible o, en todo caso, opinable, como las representaciones o referencias al cuerpo femenino o a su sexualidad, cosa que ocurre con frecuencia en el ámbito de la publicidad.

Los estereotipos. El arte, la literatura

En el movimiento feminista se han combatido los estereotipos que han moldeado en parte nuestra cultura; es decir, los papeles, características y rasgos que se atribuyen a la masculinidad y a la feminidad y que, en gran parte, contribuyen a mantener la situación de desigualdad y la heterosexualidad como norma. Es importante desvelar y tratar de superar la influencia de estos estereotipos tal como se dan en la vida real, en la relación entre las personas, en las relaciones sociales, en las costumbres, en la educación, etc.

Blanco de las críticas feministas suelen ser a algunos aspectos de la cultura popular y tradicional: canciones, chistes, monólogos, refranes… Sin embargo estas manifestaciones son actos culturales que pueden analizarse, si es el caso, en su contexto histórico y social, pero respetando y, ¿por qué no?, disfrutando o divirtiéndose con su expresión.

Más grave parece la creciente tendencia a la crítica y a la censura de determinadas obras de arte o de literatura que no se ajustan a lo políticamente correcto, especialmente en el ámbito de lo sexual (aunque no solo). Se han censurado y prohibido en exposiciones y museos obras de reconocidos artistas, como fotografías de Mapplethorpe o cuadros del pintor austriaco del siglo XIX, Egon Schiele, y se han criticado como perniciosas y ofensivas novelas como Lolita, de Vladimir Nobokov o Memoria de mis putas tristes, de García Márquez. Si seguimos en esta dinámica acabaremos tapando los genitales de nuestras esculturas, como en el Museo Vaticano, o retirando de su exposición obras como El rapto de las sabinas (¿incita a la violación?) y, en justa reciprocidad, las obras de Caravaggio, Judith y Holofernes (Judith seduce a Holofernes para poder cortarle la cabeza) o Salomé y la cabeza del Bautista… Es cuanto a la literatura, pocas obras maestras se salvarían, y podría quizá empezarse por prohibir una de las más grandiosas obras teatrales, la Medea de Eurípides, porque ¡ay¡ Medea mata a sus hijos para vengarse de su amante.

Lo mismo que al hablar de la pornografía y de las fantasías sexuales distinguíamos entre lo vivido y lo soñado o imaginado, en el caso del arte y de la literatura hemos de tener en cuenta que se dirigen a nuestras emociones, a nuestra capacidad de percibir la belleza, el dolor y el horror, la bondad y la maldad y también a nuestra razón. Pero no son obras didácticas, no nos muestran cómo debe ser la vida, sino cómo el artista percibe en un momento dado las emociones, la pasión, el sentimiento o la razón, y los lectores lo perciben como les parece en el momento de su contemplación o su lectura. Se espera que las personas adultas hayan desarrollado suficiente criterio para comprender, disfrutar o rechazar lo que se les ofrece.

Acerca del autor

Debate Plural

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