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¿Es posible un nuevo “ciclo progresista” en Nuestra América? (1)

Written by Debate Plural

Miguel Mazzeo (Rebelion, 23-7-18)

 

Estamos ante un nuevo episodio de la crisis del capitalismo dependiente en Nuestra América. Una crisis que está relacionada de manera directa con la crisis mundial del capital y con las modalidades que asume la acumulación en la fase de descomposición sistémica. La voracidad cada vez más descontrolada del capitalismo, acentuada en el mundo periférico, es una señal demasiado evidente como para pasarla por alto. Las estructuras del capitalismo se nutren de cadáveres, y son insaciables. No hay indicios de una inminente expansión del capital capaz de articular crecimiento con bienestar. Todo lo contrario: el proceso de mercantilización se acelera y amplía su espectro de espacios a degradar: territorios, culturas, cuerpos. Asistimos al retorno de las viejas formas de explotación y a la irrupción de otras nuevas. El capitalismo actual exhibe su faceta de sistema no sustentable. Destruye todo lo que toca. Lucra destruyendo.

Al mismo tiempo, se pone de manifiesto un nuevo ciclo de resistencia de los pueblos. Se agudizan las contradicciones inmanentes a las formaciones sociales del capitalismo dependiente. Se intensifica la lucha de clases “desde abajo”, especialmente en Nuestra América. ¿Se desarrollará una nueva conciencia combativa? ¿Podrán las clases dominantes neutralizar la dirección y el sentido de este proceso?

En este contexto histórico regional y mundial, consideramos que los proyectos políticos que asumen el horizonte de la conciliación de clases tienen alas de plomo. ¿Existen condiciones materiales y geopolíticas para conformar alianzas pluriclasistas capaces de garantizar nuevas gestiones progresistas para un nuevo ciclo? ¿Existen condiciones para retomar los esquemas neo-desarrollistas? Sostenemos que no. Si comparamos con la situación que se presentó a comienzos del siglo XXI, se pueden percibir, sin mayores esfuerzos, modificaciones en aspectos sustanciales.

Paradójicamente, mientras en Nuestra América y en el mundo toma forma una ofensiva reaccionaria que muestra impúdicamente los signos de una agresividad inédita, mientras se tornan cada vez más evidentes las aristas belicistas y depredadoras del proyecto del Imperio, mientras la guerra del capital contra el trabajo asume visos intolerables y se anuncia un tiempo en el cual la crisis tiende a arrasar con toda estrategia conciliadora, cobran cada vez más fuerza los proyectos “capital friendry” que aspiran a producir una nueva “oleada progresista” y un nuevo ciclo de reformas desde arriba sostenido en alianzas pluriclasistas, en “pactos sociales”, en aspiraciones neo-desarrollistas y en discursividades que apelan a los lugares comunes pequeño-burgueses y paternalistas. Estos proyectos que incrementan día a día su aura de alteridad, contemplan tanto el retorno (Argentina, Brasil, Paraguay, algunos incluyen a Chile) como el experimento deseado (Colombia, Perú, algunos incluyen a Chile), o el experimento novato (México).

El neo-desarrollismo recupera su “cotización” ante el proyecto de la derecha que busca ampliar el poder del capital imponiendo una matriz basada en la valorización financiera, en la profundización de la matriz extractivista y desindustrializadora. Las vías que se han mostrado inadecuadas para transformar la renta en acumulación recuperan algún prestigio frente a las vías que no hacen más que derrocharla, beneficiando al capital financiero y a los sectores más parasitarios de las clases dominantes. Las vías que tienden a preservar fragmentos de lo estatal y lo público (pero que no se plantean la posibilidad de crear espacios públicos contra la propiedad privada) se revalorizan frente a las vías que apuestan por el dominio absoluto del mercado y la privatización concentradora de lo público y lo comunal. Y es posible ir todavía más abajo en esta pendiente de compulsión a la repetición: las vías que promueven la “estabilización”, concebida como una ralentización del proceso de ajuste estructural y de restauración del poder del capital, tienden a presentarse como “progresistas” y hasta “nacionales y populares” frente a aquellas que apuestan a las acciones demoledoras y a las terapias de shock. Por cierto, en amplios sectores políticos ya se perfilan los y las que asumen abiertamente la condición de “ajustadores heterodoxos” porque creen que es susceptible de ser capitalizada políticamente frente a los “ajustadores ortodoxos”. En Argentina, no faltan los y las que sienten nostalgia por aquellos “buenos tiempos” de la “sintonía fina” kirchnerista posterior a 2011.

Asimismo recupera su “cotización” el viejo rol del Estado en el proceso de reproducción capitalista. Se idealiza al Estado burgués convencional, “capitalista colectivo” y reproductor de la preeminencia de la clases dominantes a través de diversas mediaciones frente a un Estado colonizado por los y las CEOs, un Estado convertido en fortaleza exclusiva del capital. Se llama “de izquierda”, a las políticas que promueven el desarrollo de unos lazos menos rígidos entre las clases dominantes y el aparato del Estado.

Se ha instalado con mucha fuerza una visión que parte de la separación entre crisis del capital y crítica del capital. Se trata de una visión política impregnada de cortoplacismo y superficialidad, de resignación y fatalismo, de ingenuidad u oportunismo. No sólo no se sacan conclusiones teóricas y prácticas de las experiencias “progresistas” recientes, no sólo no se asumen sus limitaciones congénitas, sino que recobran fuerza como horizonte político al ser presentadas como un paraíso perdido al cual es posible y necesario retornar cuanto antes. De forma deliberada, no se toman en cuenta un conjunto de aspectos que están en el núcleo de la crisis de los denominados progresismos y que fundan su inviabilidad como proyectos de transformación estructural y sustantiva en los planos económico, social, político y cultural.

En primer término la conciliación de clases y la no confrontación abierta con las clases dominantes. El progresismo fue, es, y todo indica que será, el resultado de un pacto conservador, por lo tanto constituyó bloques poco consistentes desde el punto de vista ideológico y orgánico. Invariablemente honró su alianza con los grupos dominantes. O sea, no se consolidaron auténticos bloques históricos sostenidos en el poder popular. ¿Podrá reeditarse ese pacto conservador en las actuales condiciones, sin auge de las commodities, sin superavit comercial, sin nuevas fuentes de renta extraordinaria, sin que medie un ciclo expansivo de la economía capitalista y un período relativamente largo de valorización exportadora? ¿Existen condiciones para una política capaz de dar cuenta, al mismo tiempo, de los intereses de las fracciones del capital local y trasnacional más poderosas y de algunos intereses básicos de las clases subalternas y oprimidas? ¿Es posible un nuevo ciclo que combine la valorización del capital (el aumento de la riqueza y de los ricos) con la redistribución del ingreso (la disminución de la pobreza y la “inclusión” de los pobres al mercado)? Los nuevos escenarios resultan incompatibles con las vías que promueven la “internacionalización, centralización y concentración del capital con redistribución” o los “beneficios extraordinarios para el capital monopólico con inclusión social”.

Las limitaciones de las experiencias neo-desarrollistas han quedado en evidencia, en particular sus incapacidades para superar condicionamientos estructurales y para frenar el circulo vicioso reproductor de la dependencia. Aunque se minimice el predominio en la industria de sectores concentrados a manos del capital extranjero, aunque se pase por alto su marginalidad en las cadenas globales de valor, aunque invada la amnesia respecto de los compromisos extractivistas de los modelos neo-desarrollistas, las políticas económicas impulsadas por los gobiernos progresistas estuvieron lejos, muy lejos del antiimperialismo y el nacionalismo que –en algunos casos– declamaron. El peso adquirido en las últimas dos décadas por el gran capital transnacional muestra que estos gobiernos también se apartaron del “nacionalismo empresarial”, o que, en todo caso, este resultó impotente frente a las tendencias macroeconómicas globales.

¿La única alternativa es extractivismo y agrobusiness sin distribución o extractivismo y agrobussines con distribución?

Luego están las limitaciones de las políticas redistributivas que no asumen la necesidad de realizar cambios estructurales en el modelo de acumulación o, sin llegar a tanto, que priorizan el acceso masivo a los bienes de consumo individual antes que el acceso masivo a los bienes sociales como tierra, vivienda, alimentación, educación, salud, etc.. ¿Será posible garantizar un mínimo de bienestar para la clase trabajadora sin realizar cambios estructurales en el modelo de acumulación, sin efectuar cuestionamientos medulares al neoliberalismo? ¿Será posible mantener los cuestionamientos retóricos al neoliberalismo con la profundización de la dependencia? ¿Se podrá disminuir la pobreza sin discutir seriamente la riqueza?

Por último, la aceptación de las reglas de la democracia representativa y delegativa (liberal) y la renuncia, cuando no el boicot sistemático, a toda práctica tendiente a la construcción de poder popular. La fórmula del progresismo fue: “distribución económica sin politización de las bases y con disciplinamiento social”. El poder político se redistribuyó en favor del capital. Por ejemplo, en Argentina y Brasil no se promovieron espacios de participación popular directa, de auto-gobierno popular, por el contrario, mientras se fortalecieron los pilares del viejo Estado y los costados ficcionales y emotivos de la democracia, se limitaron las posiciones de los espacios populares alternativos donde se ejercía la autodeterminación de los fines y autogestión de los medios. Los ejes prioritarios del progresismo fueron el realismo y el acompañamiento al sentido común de las clases subalternas y oprimidas en el marco del capitalismo democrático. Se desarticularon las instancias de alfabetización política productoras de sujetos críticos. Se apostó a una recomposición desde arriba del vínculo entre el Estado y las clases populares. Muchas de las políticas económicas y sociales del progresismo no hicieron más contribuir con el proceso de colonización mercantil de las conciencias, inocularon en los trabajadores y las trabajadoras la inutilidad del desear “a lo grande” y ratificaron los fetiches de los sectores medios. Esto favoreció un proceso de despolitización popular, basamento del conformismo de masas y una de las causas que explican los recientes avances de derecha. Porque uno de los rasgos característicos de la denominada “nueva derecha” es su capacidad para promover la despolitización de masas, desde el Estado y, sobre todo, desde sus baluartes en la sociedad civil.

En este aspecto cabe el contraste con la Revolución Bolivariana. En la Venezuela chavista, la racionalidad del sistema de dominación que constituye el magma de las articulaciones sociales sufrió importantes alteraciones. El desarrollo de una democracia participativa y protagónica, su estímulo (desparejo) desde algunos sectores del Estado, explican en buena medida la supervivencia del proceso bolivariano en un contexto sumamente complejo (por la agresión externa sobre todo, pero también por las limitaciones propias del chavismo institucional). En Venezuela, el chavismo hizo posible la conformación de un movimiento comunero que ejerce el autogobierno desde abajo y que, hoy por hoy, es uno de los pilares de la resistencia popular y el punto de apoyo de otras iniciativas vinculadas a la democratización de la economía, el control de los medios de producción, la construcción de un sistema económico comunal, etc.

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