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El concepto de justicia social en la obra literaria de Juan Bosch (5)

Written by Debate Plural

Diogenes Céspedes (17-6-17)

18. En el cuento “Camino real”, el último que da título al libro publicado por Juan Bosch en 1933 y que, en sus Obras completas, t. I, (Santo Domingo: Corripio, 1989: 163-184), figura como Cuentos escritos antes del exilio, a fin de diferenciarlos de todos los que el autor escribió en el destierro a partir de 1938, el narrador presenta y ambienta a los personajes: Floro, su compañero vegano Juan, el narrador, quien curiosamente lleva el nombre del yo biográfico del autor y de su abuelo; don Justo, el amo de la finca donde van a trabajar el narrador y su amigo Floro; Prieto y Selmo, peones; y Liquito, el ayudante y la negra María, la cocinera. Luego el referido narrador la emprende contra la ideología instaurada por el darwinismo social de José Ramón López y sus secuaces, quienes sembraron la ideología de la desvalorización del campesino dominicano en nuestra sociedad en razón de los prejuicios del eurocentrismo asimilado a partir del siglo XIX por las élites dirigentes latinoamericanas.

§ 19. El cuento “Camino real” es la teoría y práctica de cómo escribir cuentos y, al mismo tiempo, un programa de escritura teorizado como transformación de una ideología de época: la visión desvalorizante y racista que del campesino tenían en el país, y tienen todavía, ciertos núcleos sociales, entre ellos el frente oligárquico y sus intelectuales ancilares El cuento de marras cumple con una característica de la escritura: su circularidad (el principio y el final son iguales) y la vida como viaje. La transformación de la ideología darwinista comienza luego de concluida casi la caracterización casi total de los personajes: «¿Eres tú, hombrecillo de ciudad, quien habla despectivamente del campesino y le llamas entre otras cosas haragán? ¡En el campo trabaja el hombre sin tregua! Yo lo sé por mí, –dice el narrador Juan–, que tenía el día corto siempre, aunque Silvano o Selmo me ayudaran cuando tenía que estampar una res, capar un toro o despuntar un becerro guapetón. Luego, ¿sabes tú [hombrecito de ciudad, DC] lo desamparada, lo pesada que es aquella vida? Si llovizna, empiezan los toros a quejarse con mugidos aterradores; de noche nos come la oscuridad; dondequiera asegura la tradición que aparece un fantasma, los mismos cocuyos asustan, porque ‘son almas en pena de muertos’; hay alimañas, como la cacata, capaces de poner la vida de un hombre en peligro; no tiene uno diversión, porque trabaja igualmente un día laborable que un domingo, y si juega gallos o va a una fiesta, debe doblar el trabajo luego; de noche uno grita el campo por boca de los perros condenados; no puede uno chancear con un compañero, que el campesino es susceptible y bravo; no se gana con qué mudar una mujer; a media madrugada hay que vestirse con la ropa sucia y húmeda. Ya soñoliento, cuando los ojos buscan la hamaca, le pesa al hombre doblarse para lavar sus pies. ¿Y si llueve? ¿Has pensado tú, mariquita de ciudad, que gastas paraguas y capa de agua, lo que significa tomar, friolento y cansado, bajo la lluvia fina de la madrugada, sin nada que te abrigue, el camino del potrero? ¿Lo has pensado? ¿Sabes acaso lo que es desatar el nudo de un lazo de majagua que en la noche se hinchó con la lluvia? Hay que prenderse de él con los dientes, porque los dedos entumecidos no tienen fuerza. Si tienes un minuto libre, es para afilar el machete o el cuchillo; después de comida, a tejer la soga que se está desflecando; antes de cena, a componer el aparejo de tu montura que empezó a romperse; al anochecer, echar el caballo flaco y viejo, con que arreas a las vacas al río, al potrero para que coma. ¿Y lo otro? Ordeñar, curar las reses con gusanos, untarles creolina en las heridas, juntarlas al atardecer para que si falta alguna, apartar las paridas de las horras. En esto último nada más se te va un día, mariquita de ciudad. ¡Y eres tú solo, tú solo, tal vez como mucho con un chiquillo que tenga los ojos grandes, sea delgado y vivo y se llame Liquito, tan pequeñín que apenas lo ves sobre el caballo entre la alta yerba de guinea! ¡Tú solo, sin tener con quien charlar, con quien desahogarte! ¡Tú solo en todo aquel campo monstruosamente egoísta! ¡Tú solo, sin un espejo donde verte, siquiera!» (Pp. 167-168).

§ 20. El vocalismo con la á acentuada en este y los demás fragmentos es indicio inconsciente del valor literario. Son rimas internas, paragramas, sonoridades que se repercuten como eco fuerte de un signo a otro y aseguran también la memoria de la escritura a través de las aes inacentuadas, es decir, su ritmo. Las palabras poéticas del cuento son hombrecito de ciudad, mariquita de ciudad y haragán, las que el narrador Juan, de la vuelta de La Vega, quizá de Jima, sin que el texto establezca si se trata de Jima Arriba o Jima Abajo, así como los personajes que cuentan su historia de explotación someterán el darwinismo social de los pueblistas a una transformación despiadada hasta desmantelarlo. Son los vocablos poéticos haragán y ciudad los que se convierten en sonoridad productiva hasta reventar el eco de las demás palabras del texto que contienen las aes acentuadas e inacentuadas, marcadoras del ritmo vocálico.

§ 21. Larga la cita, pero necesaria, al igual que lo será la tercera, pues ambas son la acusación a esa clase social indolente que ayer mantuvo, y hoy mantiene aún, al campesino de monte adentro, al que ha emigrado desde los campos a los barrios marginados de la megalópolis horizontal de la Capital (donde moran plácida e indolentemente los oligarcas y sus intelectuales ancilares) o han sido expulsados a otras ciudades populosas del Cibao, del Norte y del Este turísticos en busca de un empleo y lo que recibe como oferta don trabajos degradantes, prostitución, drogas, alcoholismo, hacinamiento, incesto, violaciones y violencia de todo género. Ayer como hoy, la corrupción y la impunidad en las que navega el frente oligárquico y la clase política que gobierna con su apoyo y control irrestricto mantienen, a través del clientelismo, el patrimonialismo, el rentismo, el lavado de activos, la evasión de impuestos y otros delitos graves, el estado de miseria que “Camino real” muestra como acusación permanente en contra de la extrema miseria en que ha sido mantenido la clase media, el campesinado, los obreros y los sectores populares de bajos ingresos. Esta requisitoria es la del tribunal que condena sin apelación al frente oligárquico y sus intelectuales ancilares encargados de producir la ideología que mantiene sedadas a la pequeña burguesía, las clases trabajadoras, campesinas y populares, las cuales carecen de conciencia política y conciencia nacional para crear y transformar el Estado autoritario, clientelista y patrimonialista que les oprime.

§ 22. En 1925 surgió, fundado por Américo Lugo y un grupo de intelectuales que luego le traicionaron, el primer partido con vocación burguesa e intencionalidad de crear un Estado nacional, pero fracasó. El 1962, Juan Bosch accedió a la presidencia de la República y le ofreció al país una Constitución que era un modelo desarrollista y evolutivo de un Estado nacional burgués y fue derrocado por el frente oligárquico y sus intelectuales ancilares aleccionados por los norteamericanos que creyeron ver un peligro de instauración de una segunda Cuba en la isla. Aquel golpe de Estado demostró al país que ni siguiera las reformas más tímidas para instaurar un régimen burgués de democracia representativa era viable en la República Dominicana. Y la guerra civil, convertida luego en guerra patria, iniciada con la consigna de volver a la constitucionalidad sin elecciones, o sea, restableciendo a Bosch en el poder, demostró la inviabilidad de aquel proyecto ahogado en sangre por parte de los 42 mil marines norteamericanos que estrangularon aquel gesto burgués.

§ 23. La segunda arremetida del narrador de “Camino real” contra la ideología desvalorizante del campesino dominicano encarnada en el personaje de don Justo, antecedente de don Pío en “Los amos” (fíjese en la ironía anti-Cratilo de los nombres como figura mayor de los cuentos de Bosch) ocurre luego de describir a los “muñequitos de ciudad”, la dura labor de los peones en la finca del amo, quien les obliga a trabajar «doce horas diarias» para pagarles “cinco pesos cada día treinta») p. 168). Así describe también las duras labores de Floro, Selmo, el niño Liquito (que simboliza el trabajo infantil penado por la ley) y las rudas labores de la negra María (prolongación de “La mujer”, primer cuento del volumen que ahora analizo: «Y la negra María, la pobre y vieja negra, que hace humear el fogón de madrugada y tiene café colado a las cuatro, como si quisiera brindarle al mismo sol; que cocina en pailas enormes, que lava la sal porque al amo le gusta limpia antes de molerla, y desgalla el arroz descascarado a pilón, y sala la carne para que no le caigan queresas, y limpia de tierra la papa, la batata, el ñame, la yuca, antes de pelarlos; parte la cuaba con que ha de encender el fogón, astilla la leña rebelde, baja al patio en busca de cilantro; recorre los nidales tras los huevos y va hasta el alambre para conseguir un musú que le sirva de estropajo: ¿Y esa pobre negra que cocina para más de veinte hombres, no habla en todo el día, la cerca la noche fregando y tiene todavía que subir a la casa para (P. 169) rezar al amo la letanía, el rosario, la oración y todos los rezos juntos? Y la tercera requisitoria es la de un juez que pregunta a don Justo, el amo que simboliza a todos los amos del país: ¿El campesino haragán?

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