Cultura Nacionales

Colón el Nuestro en el Jaragua

Escrito por Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 16-12-17)

EMPLAZADO EN PARALELO AL Malecón como un lujoso crucero atracado con su proa orientada hacia el oeste, con el mar Caribe de frente reflectando luz sobre su estructura, el Hotel Jaragua diseñado por el genio creativo de Guillermo González se convirtió en ícono arquitectónico desde su inauguración en agosto de 1942. De líneas funcionales y amplios espacios ventilados e iluminados, su limpieza estética expresaba modernismo tropical. Quedando asociada a otras obras que poblaron la ciudad como verdaderas joyas arquitectónicas bajo el impulso vigorizador de la Era.

El Jaragua fue centro social preferido por Trujillo. Ideado para atraer turismo internacional, la gerencia recayó en norteamericanos con promoción de la PAA. Empresarios, legisladores, gobernadores, militares, académicos y periodistas estadounidenses, estrellas del celuloide como Tyrone Power y César Romero, recibieron allí las máximas atenciones de nuestra hospitalidad. Reforzada por unos bungalós que le dieron aún mayor confort. En enero del 58 llegó Perón –exiliado en Caracas– tras el derrocamiento de Pérez Jiménez, haciendo del hotel hábitat favorito. Allí se alojaría en su incómoda estancia dominicana el dictador cubano Fulgencio Batista.

Tuve el privilegio de disfrutarlo en los 50 gracias a mis tíos Álvarez Sánchez y Pichardo Sardá, quienes me llevaban junto a mis primas a los bailes blancos de San Andrés, a las fiestas infantiles de Navidad, Año Nuevo y Reyes, y a las patrióticas del 27F y el 16A. El otro motivo era la piscina. César Tirado –un formidable atleta de mi barrio– me invitaba los sábados a practicar natación y clavadismo. Allí veía a Perón y a Isabel Martínez –su asistente con quien casaría y que presidiría Argentina– leyendo la prensa plácidamente debajo de un paragüitas, con polo enfundado en el pantalón, tocado con gorra de visera larga. Discretamente custodiado. Otros asiduos a la piscina eran los marines en asueto cuando atracaban sus naves en el puerto.

Entre los 40 y los 50 la orquesta predilecta de Trujillo, dirigida por Luis Alberti, animó los bailes del Jaragua en el Patio Español, dotado de concha acústica. Este polifacético músico dominaba el violín, el banjo, el piano, el órgano, el acordeón piano. Maestro coral, radiodifusor y productor discográfico, urbanizó el merengue con su orquestación. Relegó a segundo plano el acordeón –a favor del piano acordeón como soporte rítmico y relleno armónico–, dando paso a los saxofones, clarinetes y trompetas, con ritmo de tambora y güira. Con Compadre Pedro Juanproyectó el merengue por el mundo. Autor de unas 60 piezas, como Sancocho PrietoLeñaMis amores (Loreta)Caliente, escribió sobre orquestas bailables y merengue, dejando un tratado sobre la tambora.

Puso su sello a medio centenar de boleros: Tú no podrás olvidarEntre pinares, AnhelosMuñecaEnsueñoRita. Y el emblemático Luna sobre el Jaragua, inspiración mercadológica descriptiva de las mágicas noches de ensoñación romántica que el hotel acunó. Su primer bolero, La cita, compuesto en 1933, ilustra la subestimación que afectaba a los autores nacionales entre los propios músicos de entonces. Habiendo compuesto danzones y otros géneros populares, Alberti notó el íntimo rechazo de sus temas entre los músicos de su orquesta. Por ello ideó una celada. Llamó a ensayar un nuevo número, identificado como el último bolero de Agustín Lara. Tras los primeros ensayos preguntó: “¿Les ha gustado?” A lo cual respondieron unánimes: “Maestro, qué bolerazo”. Se trataba de La cita, su bolero primerizo.

Desde 1940 –cuando grabó 20 selecciones para Columbia en los estudios del buque Argentinaen el que viajaba Leopoldo Stokowski con la Orquesta Sinfónica de la Juventud Americana– se conectó con la industria del disco. Refiere Arístides Incháustegui que de unas 8 piezas de esas grabaciones que pudo escuchar, 5 eran merengues y 3 boleros. Los primeros cantados por Pipí Franco y los segundos por Buenaventura Güisán. El sello Alberti fue acuñado por el maestro, al igual que discos prensados con sus iniciales, L.F.A. En 1936 dirigió la radiodifusora HI9B del Hotel Mercedes con audiciones musicales en vivo. En San Cristóbal manejó La Voz de Fundación.

En 1959, al retirarse por motivos de salud, la orquesta contaba 5 clarinetistas y saxofonistas, 3 trompetas, trombón, contrabajo, batería y tambora, güiro, 3 cantantes y 4 arreglistas, entre ellos Bienvenido Bustamante. Su sonido inconfundible arrastraba algunos efectos que evocaban las retretas que se ofrecían en los parques a cargo de las bandas militares, batuteadas por los recios maestros “Loló” Cerón, Luis Rivera o “Fello” Ignacio. Algo de fanfarria de metales. ¡Cuánto me encantaban esas retretas, con sus danzas, danzones, valses, merengues!

Mozalbete perdido en enamoramientos platónicos, se me alojó una voz grave de gorjeo melódico: “Y tú que sabes de amor/ si tú nunca has besado/ Convénceme por favor/ dame un beso apasionado”. Era la Espiga de Ébano, Rafael Colón, un negro retinto cantando como nadie el bolero Apasionado de Águeda Blandino. Desde la concha acústica del Patio Español la orquesta sonaba. La brisa refrescaba la pista con su brizna yodada y a los cuerpos trenzados de las parejas. Los varones de etiqueta tropical. Las damas en traje formal. La orquesta impecablemente vestida. Y el enganche de una buena pareja. La casa ponía el resto. Mientras Pipí Franco hacía los merengues, Marcelino Plácido y Colón acoplaban los boleros de Alberti, Sánchez Acosta, Sturla, Zouain, Yabra, Senior, Cabral Ortega y Colón.

“En una góndola blanca/quisiera llevar el dulce rumor/de una sutil serenata/que te cante a ti mi amor”. Era Amorosa de Sturla, infaltable en el repertorio: “Quererte/ mimarte/ besarte/y adorarte”. Al igual que su Azul, en la voz ronca de Colón, de fraseo inconfundible: “Azul, es el mar de mis sueños/ Azul, la esperanza de amor/ Azul, horizonte sin dueño/ Azul, es mi dulce canción/ Son tan azules tus lindos ojos bella mujer…” Y uno, frente al mar, se dejaba llevar por el ensueño que provocaba tanto azul. Momento de ajustar a su pareja y susurrarle junto al cantante: “Qué raro es tu mirar bajo la luna/su lumbre y tus pupilas van rimando/ El mar va tejiendo encajes de blanca espuma/ y yo a ti te estoy queriendo como a ninguna/ Paisaje hecho de luna, amor y besos…”. Al calor de la rima sincronizada de Zouain, conjugando imágenes para fraguar su Romance bajo la luna.

Venía Marcelino, una voz de ensoñación, afinada y limpia: “Tienen tus besos ardientes/ un néctar divino/ Caricias que calman mis labios/ sedientos de amarte/ Ellos componen las notas de amor verdadero/ En mi corazón/ un concierto de amor”. Versos de Concierto de amor, un bolero de Yabra que lo inmortalizó como el trabucazo a Mella. Yo, fanático del crooner mexicano Fernando Fernández, quien lo grabó, evocaba su voz todavía más sedosa. Y claro que deseaba libar ese néctar divino.

Para que las parejas no perecieran de tanto caramelo, estallaban los picantes merengues que hacían mover los pies a golpe de tambora sincopada de Tapacán Colón. Pipí Franco ordenaba: “Dale Manuel a la tambora/ dale Manuel pa’acompañá/ Dale a compás y toca ahora/el acordeón para bailá”. Y así alternando cantaba Leña, Sancocho prieto, Compadre Pedro Juan y el infaltable Loreta, con la que todos tuvimos amores, no sólo Alberti.

Tras el descanso, orquesta y bailadores retornaban a la pista. Atacaba Colón: “Entre pinares nació mi amor/ en el verde follaje/ como nace la flor/ Entre pinares surgió mi pasión/ y perfumados rosales te dieron mi corazón/ Te amo dijiste al sonar un beso/ y así me quisiste en un dulce embeleso/ Entre pinares te di mi canción/ que embrujó los azahares/ de tu nítido corazón”. Un Alberti enamorado, quizá en Jarabacoa, describe sutil la entrega amorosa como sólo Solano ha sabido hacerlo. Volvía Pipí a atizar los tacones: “Merengue caliente/ merengue liniero/ bailarte yo quiero/ mi ritmo candente”. Entraba nuevamente Colón: “Rita/ tus ojos son luceros/ que hechizan a todos al pasar/ Alumbran mi vida y mi sendero/ cual astro del mundo sideral/ Rita/ divina mujercita…”

Retomaba Pipí con voz nasal de campo adentro: “Me gusta bailar con Lola/ porque Lola baila bueno/ Lola se deja llevar/ como caña p’al ingenio/ Me gusta bailar con Lola/ porque Lola baila fino/ Ella se deja llevar/ como caña p’al molino”. Al final no podía faltar Colón con esa “Luna/ sobre el Jaragua/ que mira celosa/tanto esplendor”. Aquella inmensa torta de casabe iluminada que “vestirnos quisiera /de plata y amor”.

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