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La memoria vacía y el escriba sentado

Escrito por Debate Plural

Marcio Veloz Maggiolo (Listin, 27-10-17)

Para decir la verdad o para mentir, para transformar los hechos del pasado trastocándolos, la memoria es fundamental, y somos los que coloreamos su existencia y buscamos su sentido, porque también existen también memorias inventadas e inventores de las mismas que a la vez construyen el mito personal con el que cubren el pasado y viven en una mentira que es parte de lo que llamamos “creatividad”, nacencia del folclore, de la imaginación silvestre y en el campo psicológico, origen de las autobiografías, con lo que nos aceramos a un tema que arranca de la memoria, para confi rmarla, negarla, o modifi carla, y algunos casos convertirla en literatura.

La memoria tiene un espíritu plástico.

Llegamos nuevamente al tema palpitante de la autocensura, y con ella al miedo provocador de la misma. Para autocensurarse hay que modifi car y dar como cierta en ocasiones la modifi cación de la memoria. La autocensura obliga a vaciar la memoria, revisar su contenido, y a “escoger” aquello que podríamos acomodar para una información aceptable para los demás y para nosotros.

Se renuncia de algún modo a lo vivido y se intenta modificar el recuerdo. Hablamos del manejo intencional de los escritores adictos a las autobiografías, en las cuales no se dice todo lo que debe decirse, y se acomodan las historias personales para dar cada vez más importancia a los hechos que consideramos capaces de ser destacados y de intentar hacer “cierta” y justifi cada nuestra vital y glandular manera de ver el mundo; en este caso, nuestras glándulas históricas toman posesión de hechos que presentamos, “íntimamente”, como formas de nuestro quehacer. Son momentos en los que el Ego se corrige sin decirlo, ocultando lo que no encaja con la realidad que deseamos modelar. Modelando el idioma, creamos nuestra “estatua moral”.

En su juventud, el notable autor de la novela La Sangre, Tulio Cestero, solicitaba al dictador Ulises Heureaux un cargo diplomático, sugiriéndole que sería importante promover su gobierno en el exterior, y que, desde el mismo podría ser importante su actividad. El ego literario se hacía presente. Vale decir que el gobierno de Heureaux no se había alejado por completo de las normas del Partido Azul.

Durante largo tiempo, en nuestro siglo XIX, muchos escritores fueron los portavoces de los gobiernos.

Manuel de Jesús Galván, autor de Enriquillo, nuestra gran novela neoclásica, atado a la dictadura de Lilís, acepta cargos, aunque el descrédito intentase borrar su prestigio.

Durante el siglo XIX numerosos escritores y poetas de nuestra América, se escudaron tras el brillo de sus letras, y fueron respetados.

Sería importante hacer el listado de los tantos que fueron reverenciados y aceptados ante decisiones que para muchos signifi caban “entregas”.

Numerosos pasaron el Rubicán político, como algunos poetas del siglo XX durante la era de Trujillo, quien en ocasiones nutrió el servicio exterior con gente ligada a las letras, copiando las ideas que en tal sentido fl orecieron en cercano siglo XIX.

En la historia del poder, los asesores, consejeros eran un recurso político; modelo que nació en las viejas sociedades teocráticas; la Biblia está llena de profetas, la cultura griega de consejeros y sibilas; en las zonas boreales esteparias los chamanes dijeron, casi como gobernantes, lo que debería hacer el mandante, en la sociedad de mongol y en las llamadas grandes culturas, llamadas “altas”, todo príncipe tuvo sus mentores de .diverso tipo, según las necesidades del mandatario y de las enormes urgencias de los imperios. Las biografías fueron recogidas en textos fi losófi cos, religiosos, o en historias contadas, a la manera de autobiografías, por amanuenses contratados, los que en ocasiones alcanzaron el prestigio que proporcionaban al faraón, y que aún hoy siguen viviendo entre nosotros, rabo histórico, de lo que el mandante desea que se diga de él. Y no solo del mandante, sino del ególatra acaudalado que contrata el escriba actual como fi ltro protector con el que aspira al equilibrio de sus exageraciones sobre la bondad de sí mismo.

El famosa “escriba sentado” que nos mira desde un salón del museo del Louvre en espera de lo que dicta el mandante, es un signo de aprecio a una de las primeras alfabetizaciones, sin las cuales nunca hubiéremos conocido los pormenores de ciertos pasados, las biografías de hombres y hasta de dioses que impuestos a los pueblos, los hicieron arrodillarse y aprobar las medidas de los gobiernos.

Desde que los mandantes se alfabetizaron, decayó la importancia del escriba.

Acerca del autor

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