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Viajando con el Divino Vate

Ruben Dario
Escrito por Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 28-5-16)

Poeta, periodista, diplomático –por añadidura bohemio consumado y amante enternecido-, el divino vate del modernismo, nuestro Rubén Darío, fue un trotamundos incansable que recorrió tierras extrañas para libar la esencia de su cultura, socializar con su gente, palpar sus piedras venerandas y admirar sus paisajes. Y por supuesto, dejarse llevar por la belleza maja de sus hembras y sucumbir ante los juegos misteriosos de la seducción. Para luego madrigalizarlas en inspiradas composiciones poéticas. Encontré temprano sus obras –Cantos de vida y esperanza, Prosas profanas– en los anaqueles de la biblioteca de mis padres, junto a las de otros poetas modernistas que me marcaron como José Martí, Santos Chocano, Amado Nervo y Gutiérrez Nájera. Fue una revelación que aun reverbera en los meandros sinuosos de la memoria infantojuvenil. Como refiere el propio Darío para ubicar el perfil estético de su voz, se percibía un poeta “y muy siglo diez y ocho y muy antiguo/ y muy moderno; audaz, cosmopolita;/ con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,/ y una sed de ilusiones infinita.”

Estamos en año Dariano. En 2016 se cumple el centenario de su fallecimiento. El de aquél nicaragüense universal que conforme señala Jorge Luis Borges, “todo lo renovó: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores”. Razón por la cual lo llama “el Libertador”, sin dudas de las letras y el pensamiento hispanoamericanos. Designación que asume en su ensayo sobre la obra Dariana, el escritor nica Sergio Ramírez en el proemio de la magnífica antología Rubén Darío. Del símbolo a la realidad. Edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. No sólo examina el alcance de la labor poética de Rubén –un precoz a quien buscaban desde niño para realizar composiciones funerarias por encargo– y su impacto en el mundo literario, sino que ahonda en su temprano y fecundo ejercicio periodístico que lo llevó por América y Europa, convirtiéndolo en corresponsal del diario bonaerense La Nación, director de periódicos centroamericanos y de las revistas parisinas Mundial –de la cual conservo una valiosa colección original empastada– y Elegancias.

Ramírez nos recuerda –a propósito de la musicalidad que encierra la versificación de Darío- que éste fue “un músico de nacimiento que no en balde cargaba de domicilio en domicilio con su piano Pleyel, huésped forzado con no poca frecuencia de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo afrontar los gastos que demandaba mantener su residencia y legación en la calle de Serrano, porque su gobierno le atrasaba los sueldos y no se los pagaba”. Esta faceta figura retratada en la frustrada novela autobiográfica El oro de Mallorca, bajo el manto de un personaje ficcional, un compositor latinoamericano célebre, “un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior…”

Como nos dice con sentido de pertinencia Sergio Ramírez, la poesía de Darío “se encendió de una pirotecnia verbal deslumbrante llena de imágenes vistosas y atrevidas, de osadías melódicas, de novedades rítmicas”, decoradas con “quioscos de malaquita, lagos de azur y mantos de tisú”. Sucediendo lo mismo con “sus numerosos figurantes: faunos, náyades, ninfas, bacantes, centauros, cisnes y pavorreales, mandarines y califas de Oriente, y hadas madrinas, elfos y princesas encantadas”. Sincerándose el poeta con sus lectores en las palabras liminares de Prosas profanas: “veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer…”.

Pero una de las facetas menos difundidas de Rubén Darío fue la de escritor de crónicas periodísticas. Nos señala Ramírez que dos tercios de sus escritos fueron publicados en la prensa, superando en volumen la obra poética y la narrativa. Residiendo en Buenos Aires y trabajando para La Nación, publicó perfiles literarios de Verlaine, Lautréamont, Ibsen, Allan Poe, Martí, entren otros, que reunidos formarían el libro Los raros. Fue a España en 1898 enviado por el general Mitre para cubrir la situación de esa nación tras la derrota sufrida en Cuba frente a las tropas mambisas y las del Tío Sam que intervinieron para dar un giro decisivo a la guerra, que representó el colapso del imperio español en América, con la pérdida de Cuba y Puerto Rico. Y que arrastraría más adelante la cesión de Filipinas y Guam. En 1900 La Nación –el diario más importante de Hispanoamérica con tiraje de 100 mil ejemplares– lo envió a París a dar seguimiento a la Exposición Universal, un acontecimiento que marcaba el cambio de siglo y el deslumbramiento que provocaban las nuevas tecnologías. Su aplicación al transporte, la industria, la agricultura, las comunicaciones, la arquitectura y el arte.

Darío reportaría la impronta que dejaba entre los visitantes “de todos los lugares del globo, este conjunto de cosas grandiosas y bellas en que cristaliza su potencia y su avance la actual civilización humana”. La iluminación eléctrica, los motores de combustión, las maquinarias textiles, las cosechadoras mecánicas y ordeñadoras automáticas. Refiere Ramírez que quedaría seducido por la realidad urbana y global. Se ocuparía de la política internacional, los tratados, guerras coloniales, “ferias agropecuarias con sus sementales, vacas y cerdos premiados, exposiciones caninas, desfiles de modas, salones pictóricos, novedades literarias, la discriminación contra los inmigrantes pobres, negros, árabes y orientales, la trata de niños, la vida de los banqueros y las divas del espectáculo, la gastronomía, el espiritismo y la quiromancia, las carreras de automóvil, los dirigibles y los aeroplanos, el giroscopio y el cinematógrafo”. Un verdadero catálogo de cosmopolitismo para saciar el ansia de mundo que animó su espíritu inquisitivo.

Estas crónicas aparecerían junto a otras en el libro Peregrinaciones de 1901, que contaría con los relatos de viaje de “El diario de Italia” que comprendería Turín, Génova, Pisa y Roma -donde asistiría a una audiencia con el Papa León XIII, junto a un grupo de peregrinos argentinos, para saludar “al emperador de los católicos”. En el volumen Tierras solares (1904) reuniría Darío otras crónicas sabrosísimas y cultas publicadas originalmente en el diario porteño entre 1903-04. Su recorrido por Andalucía, Barcelona, Málaga, donde pasó Navidades con su consorte Francisca Sánchez, Granada, Córdoba, Sevilla, Algeciras y Gibraltar, así como una breve estancia en Tánger, “única vez en su vida que puso pie en sus añoradas tierras miliunanochescas”. La segunda parte de la obra, titulada “De tierras solares a tierras de bruma”, retratan con maestría singular sus visitas a Waterloo, Colonia, Bonn, Fráncfort, Hamburgo, Berlín, Viena y Budapest –donde una banda de pillos casi los “pelan” a él y un amigo turista. Incluye el periplo Venecia y Florencia.

En sus notas malagueñas, en vísperas navideñas, relata que “por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de las cenas caseras. Los paveros, ‘de su banda de pavos en compañía’, como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto, conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero, a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes, pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas me referiré a la charcuterie nacional, con sus salchichones de Vich, sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana.

Las frutas tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden. Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle es a la manera de un zoco árabe, por su bullicio y movimiento, lo pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos populares, y la invisible y perdurable influencia que los antiguos habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente, poética y llena de cálida gracia.”

“He de celebrar siempre el hechizo de la mujer malagueña, primera en hermosura en todo el reino de belleza que es España”. En sus calles y paseos…van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero todas, carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación… La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada, o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con manera tal, que el incessu patuit dea os sale de los labios. Hay ojos malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la ilusión moruna del mahometano paraíso.”

Quién viajara con el divino vate.

Acerca del autor

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