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El silencio de Heidegger

Martin Heidegger
Escrito por Debate Plural

Ilse Campling (Saarbucker Zeitung, 22-2-88)

Quien a los cincuenta años de la aparición de su obra principal “Ser y tiempo”, provoca tal tormenta en los medios informativos alemanes y franceses, en aulas y bares universitarios, debe ser a la fuerza, como afirman muchos, el mayor filosofo del siglo. Nos referimos a Martin Heidegger.

Tanto el discurso que pronunció en 1933 al asumir el rectorado de la universidad de Heidelberg, en el cual abogó patéticamente por el nacionalisocialismo, como el que dejase en la estacada a los catedráticos judíos, amigos suyos y perseguidos por los nazis, resulta escandaloso, al igual que el que se comprometiese  tanto con el régimen. También se le eriza a uno el cabello, al constatar su confianza en que los nazis realizarían su sueño de la renovación revolucionaria del humanismo, el humanismo de los hombres “duros y resueltos” de que nos habla en los años veinte, en su análisis del ser, y que se contrapone a la metafísica de la filosofía occidental.

¿Fue un filosofo nazi? La interrogante es clara, pero errónea y por ello sigue siendo  Heidegger, filosóficamente, una provocación. Víctor Farías, chileno investiga en la universidad de Berlín la obra de Heidegger y llega a la conclusión en su obra “Heidegger et le Nationalsocialisme”, publicada hace unos meses en Paris y que, además de provocar un shock, ha desatado una campaña frenética de las izquierdas contra los heideggerianos de derechas y de las derechas contra los  heideggerianos de izquierdas, que es como se califica a los “revolucionarios del 68”. En medio de esa polémica en torno al filósofo alemán, se produce un enfrentamiento entre los pensadores franceses Philippe Lacue-Labarthe, de Estrasburgo (en su obra “La fiction du politique” investiga las premisas del nacionalsocialismo y del fascismo europeo) y Jacques Derrida, de Paris, escéptico e irónico ante lo postmoderno.

Las concomitancias entre Hedidegger y el nacionalsocialismo no constituyen una novedad en Francia. Sartre se ocupó ya del tema en 1946 en un artículo publicado en el primer número del “Temps moderne”. El germanista francés Robert Minder escribe en 1966: “Generaciones de pensadores se han visto influidos por esta filosofía”. Tal es el caso de Hannah Arendt, Gunther Anders, Herbert Marcuse y Karl Lowith, los primeros discípulos de Heidegger, ya que aprendieron a pensar dentro de las coordenadas de éste, y lo mismo cabe decirse de la nueva generación de filósofos franceses. Ninguno de ellos se ha vuelto nazi, sino que todos ellos han orilleado, cada cual a su modo, el abismo subyacente en la obra del maestro.

Los jóvenes pensadores franceses que admiran al filosofo alemán, tienen miedo de la tormenta actual, tienen miedo de las “terribles simplificaciones” (“l’ accent d’assurance”) que implican el estigmatizar de nazi a Heidegger. En la prensa lo hacen también quienes no han leído una sola línea de Heidegger. Lacue-Labarthe afirma: “Cuidémonos de no reproducir exactamente lo que combatimos. Cuidado con el totalitarismo de izquierdas”.   Lacue-Labarthe es un filósofo callado, pero que también critica duramente a Heidegger.

¿Se le corta la respiración al auditorio de la gran aula 13, totalmente abarrotada? ¿Se dan cuenta de que les hablan intelectuales que tienen miedo a la siembra del fascismo? A este lado de la frontera se ha citado también a simplificadores del fascismo. Derrida dice que no es nada fácil comprender la inclinación de Heidegger por la revolución nacionalsocialista, pues se trata de un propósito arduo, aunque inevitable, pues hay que leer a Hedidegger. El asumir los juicios de otros es una forma de eludir provocación.

Estamos dispuestos a disculparle a Heidegger la provocación y la irritación que suscita, lo que si resulta imperdonable es el terrible silencio (“le silence terrifiant”) que guarda desde 1945 hasta su muerte, el que no tuviese la valentía de confesar su error. Derrida esgrime ante su auditorio una tesis muy arriesgada. Dice que en el supuesto de que Heidegger hubiera roto su silencio, ¿Qué es lo que podría haber dicho? Por ejemplo que Auschwitz es el horror absoluto. No habría podido decir otra cosa.

De ahí que los sucesores de Heidegger se vean obligados a descubrir en su obra lo que hay de premisa filosófica del nacionalsocialismo, si es que esto fue algo más que ideología  de criminales y siempre que Heidegger haya sido el seductor de una generación profundamente pesimista para la cual la cultura burguesa se hallaba madura para ser destruida por el “Sein” del filosofo, esto es la técnica.

Lacue-Labarthe aborda este tema, no así Derrida. No es extraño pues que el auditorio se intranquilice, caiga en la confusión, en la rabia. Derrida invita a que cada cual lea lo que tiene que leer, Hannah por el contrario invita a todo el mundo a que piense por sí mismo.

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