Nacionales Politica

Pupo no, ¡Trujillo y nadie más!

Rafael Leonidas Trujillo
Escrito por Debate Plural
Tony Raful (Listin, 24-11-15)

El pasado domingo 15 de noviembre el capitán Víctor Alicinio Peña Rivera revela en su obra, “Historia oculta de un dictador”, que él fue testigo, el día 2 de noviembre de de 1960, en su condición de parte de la seguridad que protegía a Trujillo en su recorrido por campos y ciudades del país, cuando en el poblado de Villa Tapia, cercana a Salcedo, el dictador, en la residencia de José Quesada, donde una multitud se había agolpado para verlo, manifestó con energía que su gobierno estaba más fuerte que nunca y que los únicos dos problemas que tenía eran la Iglesia Católica y las hermanas Mirabal.

El capitán Peña Rivera dice que sólo 23 días después fueron asesinadas las hermanas Mirabal. Peña Rivera era el jefe del Servicio de Inteligencia Militar del Cibao. Ya Peña Rivera no estaba bajo las órdenes del coronel Johnny Abbes García, sino del coronel Cándido Torres, porque Abbes había sido sustituido meses antes, y aunque mantenía influencia importante en los organismos de seguridad, estaba dedicado a dirigir la más potente emisora del Caribe con alcance internacional considerable, Radio Caribe, que aunque originalmente concebida como una emisora cultural, se había convertido en una planta de difusión política trujillista, con ribetes de terrorismo verbal, que difamó y deshonró ciudadanos, familias y mandatario extranjeros. Johnny Abbes se encontraba fuera del país cuando ocurrió el crimen de las Mirabal, en gestiones trujillistas de ampliación de mercado y contactos frustrados con países socialistas de Europa, con la finalidad de romper el cerco económico y diplomático de las sanciones que la Organización de Estados Americanos, impuso a Trujillo, al comprobarse su participación en el fallido atentado contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, meses antes.

El capitán Peña Rivera dice en su libro que el coronel Torres, quien sustituía al coronel Abbes García, le informó que la muerte de las Mirabal, era una orden transmitida por el General Pupo Román, entonces Secretario de las Fuerzas Armadas. En ese sentido, semanas antes, los esposos, Manuel Tavárez Justo y Leandro Guzmán, había sido trasladados, de la Penitenciaría Nacional de la Victoria, en la capital, a Salcedo y luego a Puerto Plata, en una simulada condescendencia familiar para que las Mirabal y sus hijos los visitaran. El doctor Joaquín Balaguer, conspicuo colaborador de la dictadura, aunque no manchado con sangre, y figura muy cercana al dictador, revela en su obra: “La palabra encadenada”, este ejercicio de simulación de Trujillo, el cual no deja dudas sobre la orden de ejecución de las Mirabal: “Sus simulaciones eran muchas veces cínicas. Cuando las hermanas Mirabal fueron asesinadas y se hizo pública la especie de que habían perecido en un accidente en la carretera Luperón, Trujillo llamó a su residencia de Fundación al mayor Cándido Torres, encargado en esos momentos de los Servicios de Seguridad.

¿Qué hay de nuevo? – le preguntó con aire despreocupado. Cuando el interpelado empezaba a informarle sobre las últimas novedades del departamento a su cargo, Trujillo lo interrumpió para decirle: Y no sabe usted que las hermanas Mirabal han sufrido un accidente y que es posible que ese crimen se achaque al Servicio de Inteligencia, como ocurre cada vez que muere alguien señalado por el rumor público como enemigo del Gobierno. Váyase seguido y adopte las medidas que sean de lugar para que ese acontecimiento casual no se tome como pretexto para un escándalo.

El mayor Torres salió de allí confundido.

La muerte de las hermanas Mirabal había sido largamente elaborada.

La orden había llegado hasta el Servicio de Seguridad, pero los mismos sabuesos que se habían formado en esa escuela de crímenes habían retrocedido ante esa monstruosidad. Johnny Abbes García, cerebro diabólico que introdujo en el presidio de “La Cuarenta” los sistemas de tortura más odiosos, escurrió el bulto a semejante iniquidad y precipitó con ese fin el viaje que hizo a fines de 1960 a Checoslovaquia y a otros países situados tras la Cortina de Hierro.

El Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, general José Román Fernández, a través de quien fue transmitida la orden, tuvo que hacer uso de toda su autoridad para que se cumpliera el hecho horrendo. Una vez consumada la iniquidad, sin duda el más repugnante de los crímenes realizados durante la Era de Trujillo, el responsable del hecho se presentaba ante sus propios esbirros como un ser inocente que había sido abrumado por la noticia. Algunos días después, pasando frente al precipicio en que las tres hermanas fueron victimizadas, Trujillo hizo detener su automóvil para decir a su acompañante, el señor Virgilio Álvarez Pina: “Aquí fue donde murieron las hermanas Mirabal. Qué Dios las tenga en gloria” ¿Pudo ejecutarse un crimen tan horrendo, sin la venia o disposición de Trujillo? ¿Pudo el General José René Román Fernández, transferir una orden de esa naturaleza, si previamente no la hubiese ordenado Trujillo? ¿La muerte de las Mirabal, convertidas en obsesión para Trujillo, desagradaba u ofendía la naturaleza homicida del dictador dominicano? ¿No fue este crimen que salpicó de sangre alta y generosa, el Estado dominicano, uno de los motivos que germinó junto a la ambición y la anuencia del poder norteamericano, para que el general Román, arriesgándolo todo, diera su anuencia al tiranicidio? ¿Por qué negarle la posibilidad, la duda elemental, de rechazo y repugnancia al transmitir esa orden de Trujillo? ¿O es que pudo hacer otra cosa, por ejemplo, negarse a comunicar la orden superior?

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