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Julia de Burgos: diez acotaciones apologéticas en torno a su poesía (4)

Julia de Burgos
Escrito por Debate Plural

León David (D. Libre, 27-8-14)

En el prólogo (todos los que escribiera son memorables) que sirve de suculenta entrada a su poemario “El otro, el mismo”, el nunca suficientemente ponderado Jorge Luis Borges confesaba: “al rever estas páginas, me he sentido más cerca del modernismo que de las sectas ulteriores que su corrupción engendró y que ahora lo niegan.” Y en el mismo escrito, en párrafo algo anterior al que acabo de citar, asienta un nada velado reproche a los autores cuya fundamental preocupación estriba en alumbrar obras que pasen por inusitadas cuando de esta guisa reflexiona: “Los idiomas del hombre son tradiciones que entrañan algo de fatal. Los experimentos individuales son, de hecho, mínimos, salvo cuando el innovador se resigna a labrar un espécimen de museo, un juego destinado a la discusión de los historiadores de la literatura o el mero escándalo, como el Finnengans Wake o Las Soledades.”

Aprovecho lo afirmado por el perspicuo escritor bonaerense para, antes de proceder a una postrera referencia distraída de otro de sus afortunados poemarios, hacer constar que la poesía de Julia de Burgos se sitúa en las antípodas del quehacer literario de cuantos se afanan en distinguirse a todo trance, aun cuando para ello deban pagar el precio exorbitante de la extravagancia; y esto porque sabe Julia muy bien que para sobresalir no es preciso acudir a lo estrambótico sino sentirse a gusto con una forma de decir –en lo que a ella concierne el Modernismo- que le proporcione idóneo cauce a la plena y profunda expresión de su alma exquisita de mujer y de artista. Lejos de su ánimo está el infantil propósito de escandalizar, y lo que escribió, como lo hizo no con tinta de pomo sino con la sangre y fibra de su ser, no fue dado a la luz para entretención del cenáculo de eruditos historiadores al que hace Borges irónica mención, sino para regocijo de cualquier individuo cuya sensibilidad no se muestre refractaria a los siempre bienvenidos favores de las musas… Si páginas de poesía hay que nada se asemejan a especímenes de museo, las de Julia de Burgos ameritan ser en ese número incluidas.

La cita del ineludible literato porteño con la que algo más arriba amenacé al lector es esta: “… si me obligaran a declarar de dónde proceden mis versos, diría que del modernismo, esa gran libertad, que renovó las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano y que llegó, por cierto, hasta España.”

Más claro no canta el gallo ni entre las piedras murmura el agua de manantial. Las palabras de Borges que vengo de reproducir, extraídas del prólogo a los versos de su libro “El oro de los tigres”, no tienen desperdicio por lo que hace a la vindicación del movimiento modernista, al que los adictos a ultranza de la novedad tildan despreciativamente de vetusto, trasnochado y obsoleto. Empero, es esa supuestamente anacrónica corriente literaria la que el genial fabulador de historias de espejos y laberintos asume de manera para nada ambigua a título de ascendiente autorizada; y, por un parejo, es a la tradición modernista a la que a no dudarlo se vincula la trayectoria lírica de Julia de Burgos.

Si damos por cierto, como propala la impertinencia crítica de los rezagados epígonos del vanguardismo, que el Modernismo nada tiene en su haber que consiga espolear la imaginación de los escritores de hoy día, entonces para desmentirlos me basta remitir a quienes así piensen a la espléndida creación poética de Borges o de Julia de Burgos. Y de nuestra antillana cantora pondré punto final a esta nuestra quinta acotación apologética, trayendo a las hojas del cuaderno que con mortificante obstinación garabateo (cosa de seguir subrayando su modernista filiación) unas pocas estrofas hermosísimas de su poema AMANECIDA: “Soy una amanecida del amor…//Raro que no me sigan centenares de pájaros/picoteando canciones sobre mi sombra blanca./(Será que van cercando en vigilia de nubes la claridad inmensa donde avanza mi alma)//Raro que no me carguen pálidas margaritas/por la ruta amorosa que han tomado mis alas./Será que están llorando a su hermana más triste,/que en silencio se ha ido a la hora del alba.)//Raro que no me vista de novia la más leve/de aquellas brisas suaves que durmieron mi infancia./(Será que entre los árboles va enseñando a mi amado/los surcos inocentes por donde anduve, casta…)//Raro que no me tire su emoción el rocío,/en gotas donde asome risueña la mañana./(Será que por el surco de angustia del pasado,/con agua generosa mis decepciones baña.”

No advierto nada de estridente o extraño en las cuatro estrofas que, puesto a ejemplificar la índole del estilo poético de Julia, distraje de una de las composiciones recogidas en la antología a la que párrafos atrás aludiera… Ni en el léxico, exento por completo de expresiones sorprendentes o de palabras rebuscadas, ni en el dulce y despacioso fluir del verso alejandrino del que se enseñorea la aeda puertorriqueña con natural destreza, ni en el temperado gorjear de la rima asonante que esperan golosos los oídos y que llega puntual a nuestro encuentro, ni en la nostálgica visión de idílicos perfiles que su decir esboza hallaremos nada que por su exotismo o anomalía incite a la perplejidad.

Y sin embargo, cuánto lirismo de irresistible pujanza, cuánto refinamiento y transparencia, cuánta nobleza elocutiva que dan testimonio fehaciente de un plectro de tan portentosa personalidad que sin proponerse ni por un instante exhibir sus virtudes ubérrimas ocurriendo a espurias estrategias retóricas, se muestra capaz de hacer que los comunes “vocablos de la tribu”, expuestos siempre al desgaste del uso y de los años, adquieran en su voz timbre de eternidad.

VIII

Me asiste la certidumbre que una de las razones –y no la de menor monta- a la que debemos abonar el creciente predicamento que en su país como también en el área del Caribe ha ido adquiriendo en años recientes la figura de Julia de Burgos, tiene mucho que ver con la particularidad de que en no escasos de sus más connotados poemas los temas del patriotismo nacionalista, del amor y compasión por el desvalido, el pacifismo, la dignidad de la mujer y la liberación de los prejuicios que amputan el pensamiento y encadenan la voluntad afloran con explosivo ímpetu.

No obstante, (será esta mi sexta glosa apologética) conviene no echar en saco roto la evidencia de que no es por albergar en el verso parejos asuntos -de indudable urgencia y gravedad- que su lirismo nos embruja y se nos impone como uno de los más empinados y sólidos con los que en el rotundo idioma castellano quepa topar… Hasta donde he podido constatar, la cosa es al revés: es su singular cuanto levantada manera de exponer poéticamente dichas cuestiones la que les confiere perentoriedad, acucia y validez. En todo caso, no es por embarcarse en una crítica social, ideológica y política que su voz alcanza cimas de incomparable esplendor; sino que la excelencia de su numen es la que nos conmina a encarecer el contenido de porfiada insumisión de su palabra y a no preterirlo, estemos o no de acuerdo con las ideas, reclamos y exhortaciones a que su elocuente estrofa con vehemencia se entrega. En sus composiciones de corte social, el contenido de rebelión y protesta tiene importancia, considerable importancia, en tanto que elemento motivador, en tanto que vigorosa propensión existencial y desiderátum que da materia, a semejanza de la leña que alimenta la hoguera, al despliegue eruptivo de la corriente expresiva. La vertiente ética y vindicadora de Julia de Burgos pesa y nos conmueve porque ha sido transfigurada en honda, pura y luminosa poesía. Mucha gente antes que ella, junto a ella y después de ella coincidió en la aspiración de ruptura y libertad que irrumpe en los versos de la aeda boricua; sin embargo, ¿quién recuerda los nombres del grueso de los que izaron las mismas banderas por las que Julia en su poesía combatió…? Pocos, porque los afanes de tales individuos en pos del progreso social no tuvieron la fortuna de encarnar en creación de soberbio linaje; el canto de la sencilla hija del barrio de Santa Cruz de Carolina, por el contrario, al ennoblecer la prédica contestataria, arropándola en la armonía del verso, la sembró para siempre en el corazón del que esté dispuesto a abrir las puertas del espíritu al ósculo abrasador de la belleza.

He aquí, empero, que la trova resplandeciente de la poetisa a la que estas flacas apuntaciones consagro, lejos de conformarse con incursionar en el controversial terreno de la arenga social, nos lleva de la mano hacia los parajes que la gran poesía de todas las épocas, con asiduidad que arraiga en la verdad de lo que no se mustia, ha frecuentado hasta el día de hoy y sería inverosímil pensar que no seguirá frecuentándolos en el futuro… Y entre los temas que más felices arpegios arrancan a su lira el del amor (a menudo ensombrecido por el miedo, la angustia y roncas aprensiones ominosas) no podía faltar. Poetisa de la carne, de la vivencia erótica, en sus más ardientes composiciones la libido se torna indomeñable llamarada que, pese a lo explícito de las imágenes en las que vuelca el bramar delicioso de la voluptuosidad, jamás condesciende a lenguaje ingrato de brusco realismo, como ese con el que solemos tropezar actualmente en innumerables escritos que presumen de literarias prendas.

Cerciorémonos de la veracidad de lo que vengo de argüir dando lectura a los trozos poemáticos que a esta hoja de papel de inmediato traspongo. Bajo el encabezamiento de ARMONÍA DE LA PALABRA Y EL INSTINTO, por este modo pulsa sus cuerdas la poetisa: “Todo fue maravillas de armonías/en el gesto musical que se nos daba/entre impulsos celestes y telúricos/desde el fondo de amor de nuestras almas.//Hasta el aire espigose en levedades/cuando caí rendida a tu mirada;/y una palabra, aún virgen en mi vida,/me golpeó el corazón, y se hizo llama/en el río de emoción que recibía,/y en la flor de ilusión que te entregaba.”

Y en el poema intitulado CANCIÓN DESNUDA, cuyas son las estrofas que copio a continuación, expresa Julia su satisfecho y jubiloso erotismo acudiendo a estas palabras: “Despierta de caricias,/aún siento por mi cuerpo corriéndome tu abrazo./Estremecida y tenue sigo andando en tu imagen./¡Fue tan hondo de instintos mi sencillo reclamo!”

Pero acaso la pasión sensual cruda, avasalladora, aun cuando siempre límpida, exhiba su más elocuente indumentaria verbal en el memorable canto EL RIVAL DE MI RÍO, del que distraigo los siguientes versos de exultante lirismo: “¡Río Grande de Loíza… Alárgate en su vida./¡Río Grande de Loíza!… Alárgate en su espíritu,/a ver si te descubres en la flor de su alma,/o en el sol de sus ojos te contemplas tú mismo.//Él tiene en sus caricias el gesto de tu abrazo,/y en sus palabras cuelgan rumores parecidos/al lenguaje que llevas en tu boca de agua/desde el más quieto charco al más agreste risco// (…) ¡Quién sabe si al vestirme con mi traje de carne,/y al sentirte enroscado en mi anhelo más íntimo,/surgiste a mi presencia en el río de sus ojos,/para entregarte, humano, y sentirte más mío!”

Se consumó la fusión del amado y el río… dificulto que en el idioma exaltado del apasionado sentir erótico podamos encontrar un discurrir poético que, de la guisa en que ha quedado cabalmente demostrado en las estrofas ejemplares que acabo de reproducir, aúnan al anhelante jadeo del instinto -de cuyos hontanares brota la palabra de Julia-, el esmero y refinamiento para engastar la emoción y las ideas en un decir de fulminante eficacia, envidiable transparencia y suprema dignidad.

Y pues el precedente comentario tiene viso de ser la séptima acotación de las diez a que me he obligado, si el lector lo tiene a bien, abrámosle la puerta a la octava…

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