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La ideologización de la cultura y la identidad

Written by Debate Plural

Manuel Matos Moquete (D. Libre, 16-5-15)  

 

Es muy común confundir la cultura y la identidad con la ideología. Vistas así como ideología, esas realidades se manejan como recursos de exclusión de unos contra otros, no como para encontrar » el otro del nosotros», expresión del fenecido Maximiliano Arturo Jimenes Sabater, que sirve de título a una investigación sobre el tema haitiano realizada hace varios años en Santiago de los Caballeros.

No importa el ámbito a que aluda. Lo individual, lo social o lo político. No importa que se trate de diferencias de índoles diversas (sexo, género, edad, estatus social, etc.), la ideologización de la cultura y de la identidad será siempre un arma de combate de unos contra otros.

Como lo afirma Teun A. van Dijk, especialista en análisis de discurso, la ideología se reconoce en un esquema de pensamiento declarado y estructurado en este antagonismo: nosotros contra ellos.

La ideología se expresa cada vez que en un acto de palabra decimos nosotros y nos valoramos positivamente, en contraposición con ellos, a quienes siempre valoramos en forma negativa. No concedemos al otro una virtud o una razón, y cuando le hacemos alguna concesión es para mejor declarar nuestra superioridad frente a la inferioridad de ellos.

Quien se rige por ese esquema, quien vive atrincherado en una ideología del ámbito que fuere, nacional, político, social, religioso, etc., jamás atiende a realidades ni a razones. No hay hechos ni argumentos que valgan. Todo lo que se diga acerca de nosotros es bueno y verdadero, todo lo que se diga acerca de ellos es malo y falso.

Eso fue lo que aconteció décadas atrás entre el bloque comunista liderado por la Unión Soviética y el bloque capitalista, liderado por Estados Unidos. Era un conflicto entre dos sistemas antagónicos de gobierno. Es decir, entre dos sistemas de ideas y valores contrapuestos. Un antagonismo ante todo ideológico, que se tradujo en una implacable polarización en todos los planos: político, militar, comercial y hasta personal.

Pero la expresión discursiva de ese conflicto era la oposición entre un ellos (los comunistas o los capitalistas, según el bando en que se estuviera) y un nosotros (los comunistas o los capitalistas, según el bando en que se estuviera). Un ellos y un nosotros que se aborrecían mutuamente.

Cotidianamente la ideología opera en las relaciones entre las naciones y entre las personas bajo diversos esquemas mentales que se expresan como distanciamiento o ruptura a través de los pronombres personales: nosotros versus ellos.

En la relación interpersonal, la ideología se expresa en forma de juicios apreciativos hacia la propia persona y despreciativos hacia la persona ajena: soy lo mejor, tú o él, lo peor. El defecto no está nunca en nuestra propia casa sino en la ajena. La paja nunca se ve en mi ojo sino en el ajeno.

El conflicto cultural suele adquirir estas fórmulas: así somos, así pensamos, así vivimos. Ellos no, los extraños, los extranjeros. Ellos son otra cosa, siempre peor que nosotros. La relación entre los nativos y los migrantes a menudo se expresa ideológicamente de esa forma.

En el país, el caso haitiano es típico de la idolología racista o xenófoba. Regularmente se habla de ellos como lo peor. Los haitianos son todo lo malo que se pueda ser. En cambio nosotros, nuestro país, lo mejor posible frente a ellos.

Por eso, por el comportamiento ideológico que tenemos ante el haitiano, estamos atascados en el problema migratorio. No sabemos cuántos haitianos hay aquí ni nos interesa. Sólo queremos ver nuestras imágenes sobre ellos. Nos invaden pacíficamente y nos traen todas las pestes habidas y por haber.

Así, se publicaron cifras oficiales acerca de los inmigrantes haitianos cuyo número no alcanza el medio millón. Sin embargo, quienes durante años abultaron ese número afirmando que en país había un millón o dos millones de haitianos se han dedicado a restarle validez a la encuesta que determinó el número real de inmigrantes haitianos.

Esa actitud indica que quienes propagan de manera alarmista la enorme invasión pacífica de los haitianos sin atender a los hechos, solo actúan cegados por una ideología supuestamente nacionalista y patriótica, en realidad xenófoba.

Es apropiado partir de la idea sostenida por Gilberto Giménez, de la UNAM, quien afirma que cultura e identidad son dos conceptos inseparables, íntimamente interrelacionados.

Sin embargo, la identidad es un estado problemático, critico de la conciencia, que se busca a sí misma y difícilmente se encuentra. Conciencia personal, social o cultural. Es como un mal que quien no lo sufre no lo posee, y no se le plantea como sentido de su ser. Su existencia es visible solamente en estado patológico. Y esa patología trae consigo la ideologización de todo cuanto atañe a la cultura y a la identidad. Es una alienación que se proyecta como una afirmcion.

Por diversas circunstancias, de origen o de desarrollo, la identidad se refleja como una carencia, una preocupación sentida, a veces una obsesión, que a compaña a determinadas personas a lo largo de la vida ; a algunos pueblos y comunidades a lo largo de su historia.

La identidad es la respuesta a la pregunta ¿Qué o quién soy? Es una pregunta compleja y así mismo compleja es la respuesta.

Nadie adquiere la identidad una vez por todas; nadie está seguro de ella. Es una constante búsqueda, un interminable viaje cuyo final se desconoce.

Muchos se preguntan, y yo mismo en otros escritos, si la identidad en verdad existe, si no es una gran ilusión, una utopía, una fantasía, una pura metafísica. Una creencia, que es, por tanto una ideología. Pero, lo que así llamamos, no es otra cosa que la existencia, que la historicidad cambiante en cada momento. Que destruye toda ideología, toda fantasía, toda ilusión.

Sin embargo, lo cierto es que en la historia de la humanidad la profunda preocupación por saber quién uno es, está presente por todas partes; es un tópico que interesa a todos los seres humanos.

La identidad ha sido materia constante de reflexión en el plano cultural, filosófico y testimonial, como huella indeleble de una búsqueda que siempre ha preocupado y atormentado a los pueblos y a las personas.

La identidad del ser incumbe a la filosofía, particularmente a la metafísica. La psicología se ocupa de la identidad de las personas, en términos de personalidad, carácter y otros aspectos. La identidad de un país o de un conglomerado de países es materia de otras ciencias sociales como la antropología, la etnología y la lingüística que se encargan del estudio de la cultura.

De los diversos enfoques del estudio de la cultura y la identidad surge un conjunto de problemas y premisas que me propongo comentar en otra entrega.

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