Cultura Nacionales

Pedro Henríquez Ureña y los estudios de lenguas indígenas

Escrito por Debate Plural

Por: Odalís G. Pérez (Investigador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo). 

Pedro Henríquez Ureña fue un filólogo y americanista preocupado por las lenguas indígenas que en muchas ocasiones y desde su enseñanza y trabajo en la Universidad de la Plata y en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, investigó el alcance del indigenismo lingüístico en América. Como investigador y orientador en el Instituto de Filología, y como colaborador de Amado Alonso, creó un alumnado seguidor de su trabajo lingüístico, filológico y cultural.

Uno de esos alumnos, el doctor Marcos A. Morínigo se formó bajo su tutela, al igual que Emilio Carrilla, otro alumno que le siguió en el estudio de la filología hispánica y cuyos resultados podemos leer en su conocido y famoso libro Pedro Henríquez Ureña, signo de América (UNPHU-OEA, Santo Domingo, 1988).

Marcos A. Morínigo fue un investigador formado en la Universidad de Buenos Aires como filólogo y lexicógrafo, especializado en lenguas indígenas y en filología hispánica.  Su libro titulado Programa de Filología Hispánica (Ed. Nova, Buenos Aires, 1959), incluye un capítulo donde el profesor e investigador nacido en Asunción, Paraguay en 1904, y naturalizado argentino, revela su relación intelectual con PHU.

Su ensayo titulado “Pedro Henríquez Ureña y la lingüística indigenista” (en Op. cit. pp. 107-114), da cuenda del latinoamericanismo del maestro y su vasta erudición lingüística, filológica e histórico-cultural.  Según Morínigo:

“Para Pedro Henríquez Ureña (Don Pedro, en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires por el respeto y admiración ilimitada de cuantos allí le teníamos por maestro y ejemplo) no había capítulos ignorados en el vasto campo de la historia de la cultura de Occidente.  En el de la cultura hispánica nada escapaba a su pesquisa, a su dominio total, pormenorizado y seguro.  En el de la civilización latinoamericana, su confesado campo de especialización, su saber de cuanto directa o indirectamente con ella se relaciona era sencillamente insuperable en cualquier dimensión, desde cualquier punto de vista que se lo considere”. (Op. cit. p.107)

En su testimonio Morínigo destaca que:

“Quienes gozamos del privilegio de su trato asiduo estábamos de tal modo acostumbrados a su sabiduría enciclopédica y maciza. Que ya nos parecía cosa natural oírle hablar hoy de la arqueología de los chibchas, mañana de las investigaciones botánicas sobre las plantas cultivadas por los indios americanos, con mención exhaustiva en este caso de los nombres comunes de tales plantas, antiguas y actuales, indios y españoles, así como de sus correspondientes nombres científicos”. (ibíd. pp. 107-108)

Más adelante señala Morínigo que:

“Hablara de lo que hablare, su información era siempre de primera mano, su bibliografía óptima y al día, su juicio reposado e imparcial, su crítica medular tanto como benevolente”. (ibíd. Op. cit.)

La lingüística indigenista y los indigenismos como campo de estudio y especialidad cobraron interés y valor para el maestro, en Argentina, con la publicación de su monografía titulada Para la historia de los indigenismos, editada  comoAnejo III de la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Instituto de Filología, Buenos Aires, 1938, pp. 103-122; pero anteriormente, en 1933, publicó su Prólogo a Palabras indígenas de la isla de Santo Domingo, donde hace un retrato y una etopeya del historiador dominicano Emiliano Tejera (1841-1923).  Allí PHU escribe lo siguiente:

“Grande honor es para mí prologar la obra filológica que dejó iniciada el sabio investigador dominicano E. Emiliano Tejera Pensony ha terminado su hijo D. Emilio Tejera Bonetti.  Fue Emiliano Tejera (1841-1923) uno de esos hombres de ciencia que se daban en la América española del siglo XIX y que de verdad pertenecían al siglo XVIII… Para las gentes superficiales eran hombres anticuados. No eran anticuados: eran antiguos.  No adoptaban teorías nuevas ni técnicas de moda: le bastaba, para no equivocarse, la sana desconfianza ante las hipótesis todavía en discusión y ante los datos inseguros. Su criterio era sencillo: atenerse a los hechos indudables.  Su método era claro: reunir todos los datos posibles”. (Op. cit. p.V)

PHU gustaba de recopilar palabras y textos indígenas pero no tuvo tiempo para aprender lenguas indígenas.  Refiere Marcos A. Morínigo en su ensayo citado que:

“Uno de esos huecos era el de no haber aprendido ninguna lengua indígena, y más de una vez le he oído deplorar el no haber aprendido el náhuatl durante su permanencia en México.  Sostenía que en las tierras americanas donde las lenguas indígenas están aún vigentes era deber de los intelectuales responsables aprenderlas bien para estudiarlas con autoridad.  Y estimaba incongruente con nuestras pretensiones de madurez cultural el que europeos y norteamericanos nos aventajasen en la calidad y en el número de los estudios sobre nuestras lenguas aborígenes”. (Op. cit. p 9)

El tema de las lenguas indígenas y de los indigenismos era recurrente en ciertos momentos de su investigación, pero nuestro filólogo no se pudo especializar de manera estricta en el campo de la lingüística y la filología indigenistas.  Es por eso que Morínigo recuerda que:

“Este tema de las lenguas indígenas reincidía en nuestras conversaciones.  Estaba familiarizado con su historia y bibliografía, colonial y poscolonial, sus préstamos al español.  Recuerdo que una tarde nos citamos en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires para examinar un ejemplar de los Sermones y ejemplos en lengua guaraní, de Nicolás Yapuguay, impreso en las misiones jesuitas del Paraguay. Profesaba gran admiración por los fundadores de la lingüística indigenista en nuestras tierras como Francisco Pimentel y Manuel Orozco y Berra, de México; L. Fernández, de Costa Rica; E. Uricochea, de Colombia, y Bartolomé Mitre y Samuel A. Lafone Quevedo, de la Argentina…” (ibídem. Loc. cit.)

Como filólogo, historiógrafo y culturólogo, PHU ha mostrado facetas que aún están por conocer y desarrollar con la profundidad intelectual que merecen. Su modo de entender, socializar y extender sus conocimientos especiales constituyen hoy un ejemplo para los investigadores lingüísticos y culturales del presente.

 

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