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Cómo la dictadura de la belleza y la juventud irrumpió también en la política

Written by Debate Plural

Luis Gonzalo Segura (Russia Today, 29-9-22)

 

¿Eres una persona con una excelsa formación académica, una experiencia profesional sobresaliente, una trayectoria política extensa, una gran capacidad para comunicar, una dilatada experiencia en la gestión y quieres dedicarte a la política o aspiras a ascender? ¿Eres un trabajador que lleva décadas luchando por los derechos de los demás, creando colectivos, trabajando por el bien común y piensas que tienes mucho que aportar en la política? ¿O tal vez eres un experto, analista o técnico cuyo conocimiento sobre una materia concreta puede resultar de vital importancia para la ciudadanía y crees que la política es tu sitio? Pues antes de embarcarte en un proyecto político o seguir navegando en los peligrosos mares y océanos políticos… ¡Mírate al espejo!

¿Eres guapo/a, joven y estiloso/a? ¡Enhorabuena! Ya puedes ser político, aunque no hacían falta tantas alforjas ni tantos esfuerzos, con lo que ves en el espejo era más que suficiente. Has hecho el ‘pringao’ si llevas años mejorando tu formación, esforzándote por aumentar tus conocimientos y adquiriendo gran experiencia. No lo necesitabas, te bastaba con un rostro simétrico, una figura esbelta o musculada y un atractivo irresistible. Sí, lo sé, la política se parece cada día más a un bar o una discoteca.

Y ahora voy contigo, que eres como yo y también tienes derecho, aunque no lo parezca. No terminas de ser guapo o estás muy lejos de serlo, tienes algunos kilos de más (estoy de acuerdo, el aperitivo y los dulces están de muerte), el gym no es lo tuyo (pero ¡qué peñazo eso de pesa arriba y pesa abajo!), no tienes un asesor de imagen (¿para qué?) y tu vestuario es un armario como el de cualquier hijo de vecino en lugar de una habitación-vestidor (¡y a saber dónde compras la ropa, alma de cántaro!): Lo siento, pero si no puedes arreglarlo (bisturí, gym, estilista, ropa a mansalva para cualquier instante y bótox hasta en tus partes nobles), despídete. Pero literal: abandona la política o el sueño de ejercerla, amigo/a. No tienes casi ninguna oportunidad.

La dictadura del éxito ha llegado a la política… y es irrefrenable

El éxito es como un gigantesco tsunami que nadie puede detener. Lo arrasa todo. Fórmulas que son copiadas casi incluso antes de ser creadas. No digamos unos instantes después.

Si un programa deportivo apuesta por un desequilibrado que se dedica a vomitar odio, arrastrarse por los suelos y golpearse la cabeza contra las paredes cada vez que su equipo de fútbol pierde o exhibe un incontrolable éxtasis si su equipo gana, será copiado al instante en caso de funcionar. Arrasará con todo y con todos. Si un programa rosa apuesta por una persona con adicciones cuyo único mérito en su vida ha sido tener un hijo con un matador de toros al que le arrojaban bragas en las plazas, será copiado al instante en caso de funcionar. Si un programa político apuesta por personajes que insultan, interrumpen y difunden bulos sin pudor, será copiado al instante en caso de funcionar. Es el mercado.

Efectivamente, el capitalismo lo copia todo y, gracias a la globalización, basta con que la fórmula, por dañina o disparatada que sea, funcione en algún lugar del planeta para que esta se expanda y termine por ser aplicada en casi todos los rincones. Es cierto que siempre hay excepciones y no todas las fórmulas funcionan en todos los sitios. Pero casi.

Piensen en las radiofórmulas. Las canciones duran casi lo mismo y comparten tal cantidad de acordes que separar el plagio de la inspiración es casi imposible hasta para los jueces. Y los ensayos, las novelas, las series, las películas… siguen el mismo patrón, de tal manera que, si una fórmula funciona, de inmediato debemos prepararnos para una avalancha de ‘copias originales’ que nos sepultará.

Bienvenidos a la política de Barbie y Ken

No sé quién fue la primera o el primero, pero ¡Oh, Dios mío!, tuvo éxito. Y al instante fue copiado, al igual que, hoy en día, la belleza se ha uniformado hasta tal punto que hay certámenes de belleza en el que parece que las competidoras son clones. Sí, la política se está llenando de clones. Clones de Barbie y Ken. Clones de guapos, jóvenes y estilosos candidatos que colman las listas electorales. Y, claro está, cada vez son más poderosos. Lo que tiene unas consecuencias desastrosas para los ‘no guapos’ que aspiraban a hacer carrera política: secundarios, gestores o asesores. No dan la talla para más.

El último caso es el de Giorgia Meloni: guapa, estilosa y joven (45 años). Pero ¿cuál es su nivel? Ella misma lo estableció cuando pidió el voto de los italianos el pasado 25 de septiembre con un vídeo en el que sujetaba dos melones —sí, lo sé, es un caso muy semejante al de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid—. Así pues, nos encontramos con dos ultraderechistas de maneras y formas escandalosas, con escasa formación y experiencia en la gestión, pero muy atractivas. Recuerden que Díaz Ayuso no ha dejado de acaparar titulares por sus extravagantes declaraciones antes y después de imponerse en las elecciones a la Comunidad de Madrid a políticos con formación y capacidades muy superiores (Ángel Gabilondo, Pablo Iglesias, Edmundo Val, Rocío Monasterio o Mónica García). Pero no son los únicos ejemplos del triunfo de la belleza en la política.

Pedro Sánchez, al que no pocos detractores le apodan como ‘Ken’, quizás no sea tan extravagante como las dos anteriores políticas —aunque su recipiente no parece más colmado—, pero si observamos su proceso de elección, en el que compitió con José Antonio Pérez Tapias y Eduardo Madina, queda en evidencia que era el candidato que habría quedado en peor posición en el caso de un concurso de méritos. Ganó. Un caso similar se produjo en el Partido Popular, en el que Pablo Casado se impuso a dos candidatas con una formación y un currículum muy superior (María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría). Era el yerno que cualquiera querría tener y, tampoco se puede negar, se aprovechó de la guerra abierta entre sus dos competidoras. Pero ganó. Además, Pedro Sánchez y Pablo Casado fueron después salpicados con escándalos en su formación académica.

¿Una tendencia mundial positiva?

Fuera de España, la tendencia es también evidente: Justin Trudeau, Emmanuel Macron, Sanna Marin, Jacinta Arden, Mette Frederiksen, Alexander de Croo… Guapo/as, jóvenes y estilosos, aunque no siempre vacíos, pero que, sin su aspecto físico, quizás no estarían donde están. La gente ya no quiere leer programas políticos, quiere ver caras guapas y atractivas. Por supuesto, no es un fenómeno nuevo, pues ya en el pasado hubo regidores que destacaron por su presencia, pero hubo un tiempo en el que presentar aspecto de ratón de biblioteca o poseer una dilatada experiencia política nacional e internacional junto a un aspecto serio ofrecía una credibilidad que ha quedado sepultada por el maquillaje, las pesas, el bótox y la abrumadora presencia física. Mario Draghi lo podrá comprobar en persona cuando realice la transición con quien parece más una estrella pop que una regidora nacional: Giorgia Meloni.

Como todo fenómeno nuevo, en pleno auge, todavía no se ha hecho con todo el mercado, aún quedan reductos —ahí están los presidentes de Estados Unidos, Reino Unido, Portugal…—, pero la amenaza es seria. Y visible. Sobre todo, en las formaciones políticas más nuevas donde las trabas burocráticas son menores. Por ejemplo, en España, cuando se crearon los nuevos partidos, hace casi una década, apostaron de forma mayoritaria, más allá de alguna excepción, por juventud o belleza: Albert Rivera, Inés Arrimadas, Begoña Villacís, Toni Cantó, Miguel Vila, Irene Montero, Ione Belarra, Yolanda Díaz, Alberto Garzón, Macarena Olona, Patricia Reyes…

Pero ¿es una tendencia positiva? Por desgracia, creo que es preocupante y reveladora: el contenido cada día tiene menos importancia. Pero, por otro lado, ¡qué puñetas!, el capitalismo es el capitalismo y el sistema es el sistema, sea quien sea el guapo o la guapa que lo gestione. Así que, si vamos a destrozar el planeta, expoliar y esclavizar pueblos, masacrar niños y refugiados en los países enemigos o en las fronteras, aumentar la pobreza y la desigualdad y, cualquier día, provocar una tercera guerra mundial, mejor que lo que perpetren los guapos. Bastante tenemos los feos ya, ¿no?

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