Cultura Nacionales

Fragmentos de primavera 65

Written by Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 29-4-22)

 

El sábado 24 de abril del 65, al iniciar la tarde, recorría el viejo centro de la ciudad en la Rambler de don Fernando Silié Gatón junto a sus hijos Rubén y Fernandito. Hacíamos tiempo para buscar en Radio Comercial a Nelson Sánchez, un allegado a los Silié dirigente de la JRD y locutor de Tribuna Democrática, a quien recogíamos a diario camino hacia la Escuela de Sociología de la UASD, que operaba en tanda vespertina. En esas estábamos, cuando surgió la noticia del arresto del jefe del Ejército general Rivera Cuesta, en voz del capitán Mario Peña Taveras, con lo cual se inició el movimiento para derrocar al Triunvirato, reponer la Constitución del 63 y a Juan Bosch en el poder. Peña Gómez, con su fogosidad retórica, exhortaba a respaldar el movimiento en las calles.

Aceleramos en ruta a la estación, sita en la 19 de Marzo con Padre Billini, segunda planta. Ya allí, situados frente a la cabina de transmisión separados por un cristal, Nelson nos hizo señas a dos manos para que abandonáramos el lugar. Peña daba los últimos puntillazos de su arenga. Al terminar, todos, presurosos, nos zambullimos en la Rambler. Al arrancar, una patrullera policial arribaba a la estación. En las calles la gente empezaba a reaccionar. Peña nos pidió que le lleváramos a casa de Mario García Alvarado, en la Padre Billini casi la Palo Hincado y así hicimos.

Seguiría el pugilato por ocupar Radio Santo Domingo. Los contactos entre mandos militares para definir lealtades. El intento de Donald por retener el poder y su arresto el domingo 25. El efímero gobierno de Molina Ureña, cuya suerte vivimos en el Palacio Nacional, incluyendo negociaciones para formar una junta propuesta por San Isidro, con respaldo americano. Los vuelos rasantes sobre el Palacio, el ametrallamiento y el lanzamiento de cohetes desde los P-51, así como el bombardeo errático de la MGD, cuyas balas cayeron en mi calle Martin Puche y en las aledañas avenidas Francia y México.

La procuración de mediación en la embajada americana por los líderes constitucionalistas y el trato humillante del embajador Bennett, quien planteó la rendición incondicional. El asilo en legaciones diplomáticas cuando todo se creía perdido. La heroica resistencia cívico-militar en el Puente Duarte para bloquear el paso de los tanques del CEFA y de su infantería –allí emergieron titánicos junto al pueblo llano los coroneles Caamaño y Montes Arache.

La toma de la Fortaleza Ozama. El reparto de armas a la población civil en el Parque Independencia y en otros puntos. La juramentación en la noche del 3 de mayo –que vi en directo por TV- del gobierno de Caamaño en Ciudad Nueva. Esa noche, don Fernando Silié –futuro ministro de Educación en el gabinete de Caamaño- formó un comando expreso en la Academia Renacimiento de la 30 de Marzo con una dotación de relucientes fusiles FAL procedente de un campamento insurgente.

La percepción por la embajada y los centros de decisión en Washington –Departamento de Estado, Casa Blanca con Johnson a la cabeza, Junta de Jefes de Estado Mayor del Pentágono y CIA- de que las “fuerzas leales” estaban en desbandada y se corría el riesgo de un “golpe comunista” y el surgimiento de una “segunda Cuba”, condujo a la decisión de intervenir. Johnson instruyó personalmente al general Bruce Palmer, designado comandante de la Operación Power Pack. Su misión aparente sería humanitaria, pero la real, evitar a todo precio la instauración de otra Cuba en las narices del imperio.

El 28 de abril LBJ trató de convencer a la opinión pública de la validez de su desatino, aludiendo a una operación limitada de 400 marines para salvar vidas. El 2 de mayo apeló a la OEA y habló de evitar una “dictadura comunista” en el país, ponderando la “imparcialidad” gringa y el interés en propiciar elecciones. Cerrando amenazante con sello de designio imperial: “No permitiremos que nos entierren.”

Lo que siguió está en los libros de historia. Una historia que tratamos de escribir con arrojo y valentía, en la que se interpuso el poderío militar del imperio norteamericano, que desplegó a partir del 28 de abril más de 42 mil marines y paracaidistas de las fuerzas élites del Army, Navy, Air Force y Marines Corps –entre 24 mil y 34 mil tropas a mitad de mayo estiman historiadores militares. Transportados por una flota formidable con el portaviones US Boxer como flagship y mediante un intenso convoy aéreo desde las bases de Fort Bragg en North Carolina y Ramey en Puerto Rico. Apoyados en equipos súper modernos con tecnología bélica de punta. (Todavía retengo en la retina la impresión que me causó ver en la Pasteur con Santiago un tanque de dimensiones descomunales que rozaba la copa de los árboles que coronan esa vía formando un arco entre ambas aceras).

Los estrategas militares de EEUU se propusieron encamisar la ciudad rebelada. Desde Haina, tomada como base de la flota naval, los marines comandados por el vicealmirante Masterson, establecerían una Zona de Seguridad Internacional que cubriría el suroeste garantizando el Hotel Embajador, el Campo de Polo contiguo para uso como helipuerto y la Embajada. Desde San Isidro, haciéndola su base, los paracaidistas de la 82 división aerotransportada del general York cubrirían el flanco este, para asegurar el Puente Duarte, tomar el Campamento 27 de Febrero, Sans Soucí y Molinos. Partiendo en dos mitades la ciudad controlada por los comandos constitucionalistas, trazando el Corredor Internacional que recorría desde San Isidro-Puente Duarte-Teniente Amado-San Juan Bosco y otras vías.

Con el Corredor se aislaría el comando central constitucionalista acantonado en “Ciudad Nueva” de su conexión con la Zona Norte de Santo Domingo, paso previo para la Operación Limpieza realizada por San Isidro con apoyo logístico y reequipamiento americano. Despejando así la parte alta de la ciudad de la presencia constitucionalista, liberando del asedio a Transportación del Ejército y controlando la estratégica Radio Santo Domingo Televisión.

Esta ocupación unilateral generó críticas en EEUU entre los círculos liberales. El veterano William Fullbright, cabeza del comité de relaciones exteriores del Senado, censuró acremente el rechazo a los movimientos latinoamericanos pro reformas por alegado respaldo comunista. Cuestionó la fiabilidad de los informes de la embajada que afirmaban que “desde el principio de la revolución estaba dominada por los comunistas”. El patriarca liberal aspiraba se enmendara este error de enfoque.

Gobiernos de signo ideológico distinto condenaron la acción. En Venezuela el socialdemócrata Leoni, en Chile el demócrata cristiano Frei, en México Díaz Ordaz del PRI y en Cuba el socialista Castro. Leoni expresó su “consternación” ante Johnson, exhortando a sus colegas a convocar a la OEA para discutir un caso “que revive etapas superadas en la vida del continente”. Frei planteó que se buscaba “aplastar un movimiento popular cuyo sano origen nadie ha discutido”, indicando que “el sistema interamericano había recibido un golpe mortal”.

El primer ministro cubano -en un discurso el 1ro de mayo que escuché por Radio Habana- llamó a “obligar al imperialismo a que cese su intervención armada, su participación en la guerra civil, sus acciones de guerra contra los patriotas dominicanos”. Remachando: “aunque no sean comunistas, nosotros saludamos a los heroicos y valerosos combatientes dominicanos”.

El general De Gaulle, presidente de Francia, fue uno de los estadistas más consecuentes en rechazo a la intervención americana y en su relación con el gobierno de Caamaño. La Unión Soviética y China, al frente del bloque socialista, manifestaron su repudio. La primera hizo valer su puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU para intentar frenar la actuación de EEUU en el conflicto.

Un estadista de la estatura histórica del ex presidente de México Lázaro Cárdenas –quien estatizó mediante la creación de PEMEX la industria petrolera-, consideró “criminal” esta ocupación extranjera, exigiendo el inmediato retiro de las tropas y respaldando nuestro derecho a restablecer el régimen constitucional. Desde Argentina, el ex mandatario desarrollista Arturo Frondizi difundió por radio un documento desmontando las falacias invocadas para justificar la intervención: la supuesta influencia externa en el origen del conflicto y el riesgo de su propagación o amenaza hemisférica. Asimismo, refutó la competencia de las cartas constitutivas de la OEA y la ONU para interferir en un conflicto estrictamente interno en su origen.

El senador socialista Salvador Allende, en comunicación al embajador americano en Santiago, significaba que “la invasión a la República Dominicana es un acontecimiento siniestro porque significa simplemente el predominio de la fuerza sobre los valores morales, culturales y cívicos que después de trabajosa lucha han llegado a considerarse propios de la civilización”. Con Allende y Neruda compartiría en abril de 1966 un acto de solidaridad con nuestro país en el Teatro Baquedano, en el cual el poeta leería su famoso Versainograma a Santo Domingo.

Un nutrido grupo de académicos latinoamericanistas de EEUU –sociólogos, antropólogos, historiadores, politólogos y economistas- condenó la acción de su gobierno como violatoria a la carta de la OEA y un regreso a la “diplomacia de las cañoneras y el garrote”. Que a su vez desalentaba los movimientos progresistas en la región bajo acusación de “procomunistas”. Desde Francia, intelectuales como Sartre, Simone de Beauvoir y André Breton, exhortaron a la retirada de las tropas de ocupación, reconociendo al gobierno de Caamaño como el único legítimo.

El conflicto duraría más de cuatro meses y la ocupación casi año y medio, con consecuencias permanentes. Resaltaría el sarcasmo mismo de los hechos. Las tropas del Paraguay de Stroessner, de la Nicaragua de Somoza, de los gorilas brasileños y hondureños, de las dictaduras más feroces y añejas de América, barnizando de interamericano (FIP) el contingente interventor norteamericano. Para salvar la democracia. ¡Vaya cinismo crudo, caballero!

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