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La Unión Europea inicia su disolución ‎

Written by Debate Plural

Thierry Meyssan (Red Voltaire, 30-11-21)

 

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill imaginó un sistema que permitiría a los ‎anglosajones garantizar que Europa occidental no cayera en manos de la Unión Soviética para ‎que ellos pudieran mantenerla bajo su propio control. Se trataba de crear un mercado común ‎europeo con los países arruinados por la guerra que aceptaran el Plan Marshall [1]. ‎

En aquella época, Estados Unidos y Reino Unido avanzaban de manera coordinada. En pocos ‎años sentaron las bases de nuestro mundo: la OTAN es una alianza militar cuyo control ejercen ‎Washington y Londres mientras que lo que acabaría convirtiéndose en la Unión Europea es la ‎organización civil donde los anglosajones alinean a sus aliados. Claro, los miembros de ‎la primera no son necesariamente miembros de la segunda, pero no es menos cierto que ‎las dos tienen sus sedes respectivas en Bruselas y que ambas son de hecho las dos caras de la ‎misma moneda. Los servicios comunes de ambas estructuras están discretamente instalados en ‎Luxemburgo. ‎

Luego de la crisis entre Washington y Londres, en el momento de la expedición de Suez, el ‎Reino Unido –que estaba perdiendo su imperio– decidió incorporarse a aquello que todavía ‎no era la Unión Europea. En 1958, Harold Macmillan fracasó en esa misión pero Edward Heath ‎finalmente lo logró en 1973. Sin embargo, la correlación de fuerzas siguió evolucionando y el ‎Reino Unido abandonó la Unión Europea a finales de 2020, volviéndose nuevamente hacia su ‎antiguo imperio, bajo la noción de la «Global Britain». ‎

Todos los documentos de la Unión Europea se traducen a cada una de las lenguas oficiales de sus ‎países miembros, más el inglés, que se convirtió en la lengua oficial de la UE a pesar de que ‎ninguno de sus miembros actuales lo tiene como idioma oficial. Y no es porque el Reino Unido ‎haya sido miembro de la Unión Europea sino porque esta última se halla bajo la “protección” de ‎la OTAN, lo cual se estipula en el artículo 42, párrafo 7 del Tratado de Lisboa, impuesto a ‎los pueblos europeos sin consulta en lugar del Tratado Constitucional que los electores habían rechazado [2].‎

Alemania, país que hasta 1990 vivió bajo la ocupación de las cuatro potencias vencedoras de la ‎Segunda Guerra Mundial, se adaptó a no seguir siendo una potencia militar. Todavía hoy los órganos ‎de inteligencia alemanes –reorganizados por Estados Unidos con la contribución del antiguo ‎personal nazi– siguen estando al servicio de los antiguos ocupantes occidentales mientras que ‎el Pentágono mantiene en suelo alemán importantes bases militares, bajo un estatus de supuesta ‎extraterritorialidad.‎

Francia, por el contrario, sueña con ser militarmente independiente. Fue por eso que Charles ‎de Gaulle, después haber sido el líder de la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial, sacó ‎a Francia del mando integrado de la OTAN en 1965. Pero, otro presidente, Nicolas Sarkozy, la ‎reincorporó al bloque militar en 2009. Hoy en día, las operaciones de las fuerzas armadas ‎francesas en el exterior se desarrollan bajo la supervisión de generales estadounidenses. ‎

Alemania y Francia asumieron por años el liderazgo de la entidad que hoy conocemos como la ‎Unión Europea. El presidente francés Francois Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl ‎concibieron la transformación de la Comunidad Económica Europea en una entidad supranacional ‎‎–la Unión Europea– capaz de rivalizar con la URSS y China pero que seguiría siendo vasallo de ‎Estados Unidos. Esta estructura, a la cual se incorporaron –por exigencia de Estados Unidos– ‎los ex miembros del Pacto de Varsovia, a la vez que pasaban a ser miembros de la OTAN, ‎se convirtió en una gigantesca burocracia. ‎

A pesar de las apariencias, el Consejo de jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea ‎no es un súper gobierno sino una caja de resonancia de las decisiones de la OTAN. ‎Esas decisiones se toman en el Consejo del Atlántico Norte, controlado por Estados Unidos ‎y Reino Unido, se transmiten a la Comisión Europea y al Parlamento ‎Europeo y son en definitiva ratificadas por el Consejo Europeo. ‎

Es importante saber que la OTAN tiende a meterse en todo: desde los ingredientes del chocolate ‎‎(la ración del soldado incluye una barra de chocolate) hasta la construcción de los puentes ‎europeos (ahora los puentes que se construyen en Europa tienen que ser utilizables para ‎el tránsito de los tanques de la OTAN), pasando por las vacunas anticovid (hay que velar por ‎la salud de los civiles para que los militares estén sanos) y las transferencias bancarias (para ‎vigilar las transacciones “enemigas”). ‎

Las fuerzas armadas de Reino Unido y Francia eran los dos únicos ejércitos con un peso real en la ‎Unión Europea. Así que iniciaron un proceso de acercamiento con la firma de los Tratados de ‎Lancaster House, en 2010. Pero vino el Brexit y el ejército francés volvió a quedarse solo, como ‎pudo verse con la reciente anulación de la compra de submarinos franceses pactada con Australia, ‎anulación que favoreció al Reino Unido. ‎

La única opción que le quedaba a Francia era acercarse a las fuerzas armadas de Italia, a pesar ‎de que estas son dos veces más pequeñas que las fuerzas armadas francesas. Eso es lo que ‎acaba de decidirse con la firma del Tratado del Quirinal, el 26 de noviembre de 2021. Esta ‎maniobra se vio facilitada por la afinidad evidente entre el presidente francés Emmanuel Macron ‎‎–quien fue banquero con Rothschild– y el primer ministro italiano Mario Draghi –ex banquero en ‎Goldman Sachs– y su liderazgo común en la respuesta política ante la epidemia de coronavirus. ‎De paso también vale la pena observar la increíble jerga políticamente correcta que caracteriza ‎la redacción de este documento, muy lejana de las tradiciones latinas [3].‎

Mientras tanto, en Alemania, la canciller Angela Merkel deja ese cargo en manos de Olaf Scholz, ‎a quien no le interesan las cuestiones militares ni los déficits presupuestarios de Francia y ‎de Italia. El acuerdo de coalición de su gobierno [4] simplemente alinea la política exterior alemana tras la política ‎exterior de los anglosajones, o sea la de Washington y Londres. ‎

Hasta ahora, los gobiernos alemanes encabezados por Angela Merkel luchaban contra el ‎antisemitismo. El gobierno de Scholz va mucho más lejos y se compromete a respaldar «todas ‎las iniciativas que promuevan la vía judía y promuevan su diversidad». Ya no se trata de proteger ‎a una minoría sino de «promoverla». ‎

En cuanto a Israel, país que Estados Unidos y Reino Unido crearon siguiendo una lógica imperial ‎‎ [5], el acuerdo de la coalición alemana de gobierno estipula también que «la seguridad ‎de Israel es un interés nacional» de Alemania y promete bloquear «los intentos antisemitas de ‎condenar a Israel, incluso en la ONU». Precisa además que Alemania seguirá apoyando la ‎solución de los dos Estados ante el conflicto israelo-palestino –lo cual es una manera de decir ‎que se opondrá al principio de «una persona, un voto»– y expresa regocijo ante la ‎‎«normalización» de las relaciones entre Israel y los países árabes. El gobierno Scholz entierra así ‎la política tradicional del SPD, olvidando que Sigmar Gabriel, siendo ministro alemán ‎de Exteriores (de 2013 a 2018) calificaba el régimen israelí de «apartheid». ‎

Olaf Scholz es un abogado preocupado sobre todo por hacer funcionar la industria de su país ‎en base a un compromiso entre obreros y patronos. Nunca estuvo demasiado presente al ‎tratarse de temas internacionales y ha designado como ministro de Exteriores a la jurista verde ‎Annalena Baerbock. Esta última no sólo es partidaria de liquidar el uso de los combustibles ‎fósiles sino que trabaja como agente de influencia de la OTAN, así que clama a toda voz que ‎Ucrania debe convertirse en miembro de la OTAN y de la Unión Europea, milita contra Rusia y ‎por ende rechaza el gasoducto Nord Stream 2 mientras que promueve la construcción ‎en Europa de terminales especializadas para recibir por barco gas importado desde ‎Estados Unidos, a pesar del costo exorbitante de tales instalaciones. Además, califica a China ‎de «rival sistémico» y apoya a todos los separatistas que puedan afectar en algo a ese país –‎el separatismo taiwanés y también a los separatistas tibetanos y uigures. ‎

Así que es previsible un lento alejamiento de las políticas de Alemania y de Francia y hasta el ‎probable resurgimiento del conflicto que enfrentó a esos dos países y que dio lugar a 3 guerras ‎entre 1870 y 1945. ‎

Contrariamente a lo que afirma la propaganda, como señalé al principio, la Unión Europea ‎no fue creada para garantizar la paz en Europa occidental sino para mantener a las poblaciones ‎de esa parte de Europa en el bando de los anglosajones durante la guerra fría. Así que ‎el conflicto franco-alemán nunca llegó a resolverse. ‎

Lejos de instaurar la paz, la Unión Europea sólo escondió ‎el problema franco-alemán bajo una especie ‎de manta sin tratar de resolverlo. Peor aún, durante las recientes guerras en la antigua ‎Yugoslavia, Francia y Alemania llegaron a enfrentarse militarmente: Alemania apoyaba a Croacia ‎mientras que Francia respaldaba a Serbia. Berlín y París se concertaban dentro de las fronteras ‎de la Unión Europea pero se hacían la guerra fuera de ellas y los especialistas en operaciones ‎especiales saben que hubo muertos de ambas partes. ‎

Las políticas exteriores eficaces son aquellas que traducen la identidad de sus naciones. El Reino ‎Unido y Alemania siguen hoy su camino, como naciones orgullosas de ser lo que son. ‎

Eso no sucede con Francia, hoy en plena crisis de identidad. El presidente francés Emmanuel ‎Macron aseguraba al principio de su mandato que «no hay una cultura francesa». Luego, bajo ‎la presión de los franceses, Macron cambió de discurso… pero su pensamiento sigue siendo el mismo. ‎

Francia cuenta con medios, pero ya no sabe qué es ni adónde va. Sigue persiguiendo la quimera ‎de una Unión Europea independiente, que rivalizaría con Estados Unidos, mientras que los otros ‎‎26 miembros de la UE quieren otra cosa. Pero Alemania comete un grave error al apostar por el ‎‎«paraguas nuclear» estadounidense en momentos en que Estados Unidos ha entrado en un ‎proceso de descomposición. ‎

Es evidente que acabamos de entrar en la fase de disolución de la Unión Europea, una estructura ‎tan anquilosada que será una suerte para cada uno de sus miembros tener la oportunidad de ‎recuperar su plena independencia. Pero será también, y sobre todo, un desafío que puede ‎rápidamente tomar un cariz dramático. Estados Unidos está desmoronándose sobre sí mismo, ‎así que la Unión Europea se verá pronto sin amo a quien obedecer. Los países que ‎forman parte de esa entidad tendrán que posicionarse cada uno ante los otros. Es ‎tremendamente urgente que los europeos comiencen a entenderse entre sí, ya no como simples ‎socios comerciales sino como compañeros en todo. No hacerlo los llevará inevitablemente a la ‎catástrofe, a la guerra generalizada. ‎

Ya se ha podido comprobar que todos los miembros de la Unión Europea –con excepción de ‎los ingleses, que en definitiva ya la abandonaron– tienen en común ciertos elementos ‎culturales. Esos elementos son también parte de la cultura de Rusia, más cercana de la cultura ‎europea que la del Reino Unido. ‎

Ahora se hace posible reconstruir Europa, pero no como una burocracia centralizada sino como ‎una red de Estados, abriéndola a quienes se vieron artificialmente marginados por los ‎anglosajones deseosos de garantizar su propia dominación sobre el continente ‎durante toda la guerra fría. De eso hablaba Charles de Gaulle cuando, oponiéndose a Winston ‎Churchill, se declaraba partidario de una «Europa de Brest a Vladivostok». ‎

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