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El asesinato del príncipe Louis Rwagasore

Written by Debate Plural

Colette Braeckman (Le Soir, 3-12-21)

 

Ludo De Witte investiga un «crimen fundacional» que decapitó una democracia joven y una monarquía antigua.

Burundi fue, como Ruanda, un territorio que estuvo bajo tutela belga tras haber sido una colonia alemana hasta 1918, y se incluye también en el ámbito de investigación de la Comisión de Investigación parlamentaria belga encargada de examinar el papel que desempeñó Bélgica durante la colonización. Las investigaciones se centra, además de en la memoria histórica y en la comparación con el vecino ruandés, en un acontecimiento trascendental en la historia de Burundi y en la historia de África en general: el asesinato del príncipe Louis Rwagasore, poco antes de que acaba la tutela belga.

Tras ganar holgadamente las elecciones a las que se había presentado a la cabeza de su partido, el UPRONA, el príncipe Louis Rwagasore, hijo del rey de Burundi, fue nombrado primer ministro y se encontraba preparando el acceso de su país a la independencia.

El investigador y escritor Ludo de Witte, cuyas investigaciones sobre el asesinato de Patrice Lumumba (L’assassinat de Lumumba, Karthala, 2000) obligaron a Bélgica a establecer una Comisión de Investigación que concluyó en la «responsabilidad moral» de Bélgica, ha trabajado durante varios años sobre Burundi. La importante obra que acaba de publicar (Meurtre au Burundi, la Belgique et l’assassinat de Rwagasore, Investig Action y Iwacu, 2021) debería guiar las investigaciones de los miembros de la Comisión. Aunque es un libro denso, merece también ser conocido por la opinión pública. En efecto, esclarece las características de la política colonial belga que ya estuvieron presentes en Ruanda y que se analizaron mucho más a la luz del genocidio de 1994. En esencia se trata de la falta de anticipación ante la perspectiva de una independencia que reclamaba la ONU, la acentuación de las diferencias étnicas entre hutus y tutsis, empeoradas por las intervenciones exteriores, todo tipo de manipulaciones por parte de las autoridades de la tutela con el fin de llevar al poder a personas supuestamente «moderadas» y amigas de Bélgica. Pero, sobre todo, a semejanza del odio que les inspiró Patrice Lumumba en Congo, los representantes de Bélgica en Burundi se centraron en un hombre, Louis Rwagasore, y mencionaron abiertamente, sin complejos, la posibilidad de asesinarlo hasta el momento del disparo fatal que decapitó la joven democracia burundesa.

El 13 de octubre de 1961, menos de un mes después de su victoria electoral y exactamente dieciséis días después de haber sido nombrado primer ministro de Burundi, el príncipe Louis Rwagasore fue asesinado en la terraza del restaurante Tanganyika de Bujumbura. El asesino era un ciudadano griego, Jean Kageorgis, al que ayudaron dos compatriotas suyos, entre ellos Michel Iatrou, un empresario que odiaba a Patrice Lumumba tanto como Rwagasore, aunque este era muy diferente del héroe congoleño.

En efecto, si Lumumba era un hombre «que había evolucionado», era autodidacta y provenía del pueblo de Onalua, Louis Rwagasore era un príncipe de sangre, hijo del rey Mwambutsa. Su primera legitimidad provenía de la historia y la tradición de un país cuyo rey, en la cima de la pirámide social, simbolizaba a unidad y cuyos habitantes compartían una lengua, una cultura y una religión comunes. Ante las rivalidades entre las dos facciones del clan real, los Batare y los Bezi, los colonizadores belgas se esforzaron en ahondar esas rivalidades y consideraron a los Batare «moderados progresistas» (y, por lo tanto, aliados potenciales) y a los Bezi nacionalistas supuestamente hostiles a su tutela. Pero la población de Burundi, por su parte, permaneció inquebrantablemente fiel al «mwami», el rey y padre de la nación, garante de las cosechas y de la prosperidad. Así pues, tanto los hutus como los tutsis, de la capital y de las colinas, votaron masivamente a su hijo. El prestigio de Louis Rwagasore se basaba también en el hecho de ser uno de los pocos burundeses que había cursado estudios superiores en Amberes y Lovaina. Mantenía un pie en la tradición y otro en la modernidad colonial, y contaba con todas las bazas de llevar a Burundi a la independencia. Todas, excepto la confianza de los belgas, que tras la victoria electoral de Rwagasore mencionaron sin complejo alguno la posibilidad asesinar al futuro primer ministro.

Durante el juicio del asesino griego Kageorgis este recordó abiertamente que él había considerado que el residente belga Roberto Regnier (un exruandés) y otros funcionarios le habían animado a hacerlo. Las protecciones con las que creía contar este esbirro no impidieron que fuera ejecutado unos días después de la independencia, ya que el rey Balduino de Bélgica, que más tarde se mostrará opuesto a la pena de muerte y al aborto, se negó a indultarlo. Aunque toda la población burundesa estaba convencida de que Bélgica estaba implicada en la muerte del príncipe, lo esencial para hombres como [los políticos belgas] Spaak y Davignon era salvar la reputación de la metrópoli, que ya estaba en el punto de mira de la ONU.

La implacable obra de Ludo de Witte, muy exhaustiva y fruto de largas investigaciones, va a molestar, una vez más. El autor también recuerda que la polarización étnica de Burundi, sus guerras civiles y sus crímenes políticos impunes no son fruto de la fatalidad, sino de una independencia fallida y de las maniobras de la tutela belga para dividir el país.

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