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La liberación de Afganistán

Written by Debate Plural

Carlos Aznarez (teleSur, 20-8-21)

 

Cuando los milicianos del Talibán ingresaron al lujoso Palacio de Gobierno en Kabul, después de una imparable ofensiva en la que fueron cayendo una tras otra las principales ciudades de Afganistán, quedó consumada una importante victoria contra el imperialismo norteamericano y sus aliados de la OTAN.

Decimos esto como primera reflexión para contrarrestar la gigantesca campaña de tergiversación que a escala planetaria convierte lo que es triunfo popular y lo pone al nivel de una una tragedia para el pueblo afgano.

Esto es así porque lo ocurrido en los 20 años que duró la resistencia Talibán contra los invasores yanquis y europeos de su territorio, se fue gestando una lucha de emancipación nacional, imposible de ganar si no se tiene una importante franja de la población del lado de quienes levantan esa bandera.

Indudablemente, esto choca con el pensamiento occidental y el eurocentrismo instalado en la gran mayoría de quienes pretenden contar -con desconocimiento y mucha mala intención- lo que está ocurriendo. Nos referimos, por una parte, al accionar de los medios hegemónicos y también a los análisis superficiales que muchos sectores de derecha a “izquierda” intentan hacer de la situación.

El Talibán, surgido en la década del 80-90, en plena invasión soviética de Afganistán, entre grupos de refugiados afganos, muchos de ellos estudiantes de las escuelas coránicas (las madrazas) que estaban instaladas en Pakistán, muy pronto se convirtió, con el apoyo de Arabia Saudita y Estados Unidos, en la fuerza opositora a quienes ocupaban su tierra.

Contra ellos guerrearon y finalmente derrotaron en 1989. Tres años después, los guerrilleros muyaidines derrocaban al Gobierno que los soviéticos habían respaldado.

Esos talibanes fueron vistos, equivocadamente, por los Estados Unidos, como quienes les darían luz verde para ocupar el país y desde allí seguir desarrollando su guerra integral contra China, pero se encontraron con la sorpresa que con las mismas armas suministradas por Washington, el Talibán decidió seguir defendiendo su territorio contra los nuevos invasores.

Posteriormente, es el propio George W.Bush que decide invadir Afganistán, con la OTAN como sostén principal, para imponer ese engaño llamado “Operación Libertad Duradera” y castigar a quienes acusaba de haberles infligido el espectacular ataque contra las Torres Gemelas.

En ese mismo momento, cuando los aviones de Occidente bombardearon y asesinaron a mansalva a los primeros civiles afganos, es que comenzó a gestarse lo que hoy ha culminado con el triunfo Talibán, episodio que muchos comparan, con cierta lógica, como el producido por los vietnamitas en Saigón.

Fueron 20 años de lucha violenta y desigual, contra un enemigo cuyos soldados masacraron población civil, torturaron, violaron mujeres y hombres, destruyeron ciudades enteras, mientras que su elite se atrincheraba en Kabul, construyendo una ciudadela (la Zona Verde) que se decía inexpugnable, donde instalaron prostíbulos, garitos de juego y grandes residencias, mientras sostenían a un Gobierno títere y corrupto. Todo ello al mejor estilo de vida de la “democracia y la libertad” estadounidense.

El saldo de esta ocupación fue sangre y horror para la población afgana que puso sobre el campo de batalla alrededor de 200 mil muertos y muertas, mientras los soldados norteamericanos caídos solo llegan a 2500. Otro aspecto a tener en cuenta es que bajo el dominio de la OTAN y el Gobierno títere, Afganistán se convirtió en el principal narcoestado del mundo, y representa más del 90 por ciento de la producción mundial de opio que se utiliza para fabricar heroína y otros estupefacientes.

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el cultivo de amapola en Afganistán aumentó un 37 por ciento solo el año pasado. Al mismo tiempo, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) informó que el consumo de heroína en los Estados Unidos se duplicó con creces entre los adultos jóvenes en los últimos diez años, mientras que se dijo que el 45 por ciento de los consumidores de heroína también son adictos a los analgésicos opioides recetados.

Contra este enemigo y las lacras que impuso en la ocupación lucharon los Talibanes, que, vale la pena aclarar, ya no son ni en ideas ni en metodología de acción, lo que fueron en sus orígenes hace 20 años. Aparte de tener una estrategia exitosa para encarar la lucha de liberación, golpeando y negociando cuando hubo que hacerlo, hoy han desarrollado una importante capacidad diplomática, comprendiendo que el mundo ha cambiado y que son diametralmente distintas las fuerzas en pugna que se disputan la hegemonía.

Es así, que mantienen excelentes relaciones con China, con Rusia y también con Irán y Pakistán, y por supuesto se han alejado hace muchos años de la influencia saudí y consideran enemigo frontal a Estados Unidos e Israel. A la vez, en el patio interno, unieron a la mayoría de las tribus y así se puede ver como los Pastunes sunitas (la fuerza original del Talibán) hoy conviven y luchan juntos con los Hazara (chiítas), a los que antes combatían.

Por otra parte, entre los primeros anuncios de Gobierno hablan de reconciliación y unidad de la sociedad afgana para levantar al país del desastre producido por décadas de guerra, y dejan en claro que las promesas imperialistas de que la victoria talibán solo iba a traer una guerra civil, solo ha sido una nueva táctica destructiva de los enemigos del pueblo.

Otro de los elementos diferentes en su evolución ideológica es la relación con las mujeres afganas, a quienes autorizan poder trabajar y estudiar, dentro de los cánones de la ley islámica, y no como ocurriera en tiempos pasados en que las mismas fueron atropelladas en sus derechos.

Está claro que si esta situación volviera a repetirse, deberán ser ellas y no alguien que meta sus narices desde afuera -sean Gobiernos o las consabidas ONG- las que tendrán que protestar y rebelarse. Sobre todo porque ningunos de estos injerencistas pueden dar cátedra en derechos humanos, por lo que ha supuesto la invasión y el expolio en Afganistán y lo que sufren las mujeres y disidencias en sus países, donde las mujeres son abusadas, violadas, prostituidas en negocios de trata y asesinadas, como muestran las estadísticas de cada una de las naciones occidentales.

Occidente y toda su historia de barbarie y despojo de los pueblos, no tienen ningún derecho a convertirse en juez de lo que la mayoría del pueblo afgano quiera hacer con su forma de gobierno o con sus creencias religiosas, políticas y culturales.

Occidente no puede pretender colonizar países que contienen culturas totalmente diferentes y que se viven rebelando contra sus imposiciones. Esto es algo que sirve para Afganistán, para la República Islámica de Irán, para Palestina, o para Cuba, Venezuela, Perú y cualquier país que no se arrodilla ante la bota yanqui.

En conclusión: desechando todo tipo de hipocresía y discurso “fácil” o “políticamente correcto”, se hace necesario señalar:

1) En primera instancia, lo ocurrido este pasado 15 de agosto en Afganistán, ha sido un triunfo de la guerra de todo el pueblo contra el imperialismo yanqui y de la OTAN.

2) Estamos convencidxs que el imperialismo yanqui y sus aliados intentará caotizar la situación interna, alentando todo tipo de procesos desestabilizadores como lo hizo en Libia e Irak, aunque en este último país le salió el tiro por la culata gracias a la resistencia popular.

3) Deseamos fervorosamente que el nuevo Gobierno afgano estreche relaciones con los países que enfrentan al poder de Estados Unidos y sus perros falderos de la Unión Europea y que por encima de todo, pueda restaurar la confiabilidad de su propio pueblo y construir el país que durante décadas les fue impedido por los invasores.

4) Esperamos que las organizaciones populares antiimperialistas y anticapitalistas puedan entender que, más allá de diferencias culturales o de creencias religiosas, lo que está en juego es la emancipación afgana y actúen de acuerdo a esas circunstancias.

5) Si por la presión internacional o por desviaciones internas se produjera un retroceso involucionista en la actual situación, que sea el pueblo afgano el que tenga la última palabra, sin ningún tipo de injerencia extranjera.

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