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La pandemia y la crisis del sistema

Written by Debate Plural

Alfredo Apilánez (Rebelion, 1-6-21)

 

Texto de la ponencia leída en el marco del curso online “El mundo después de la pandemia”, organizado por la Fundación de Investigaciones Marxistas y la Academia de Pensamiento Crítico durante los meses de mayo y junio de 2021.

Teniendo en cuenta la variedad de temas tratados en el resto de las ponencias del curso, me ceñiré a los aspectos en mi opinión neurálgicos que atañen al corazón de la crisis del sistema en el marco del desastre ecosocial provocado por la pandemia. Trataría por tanto de esbozar una respuesta a la pregunta siguiente: ¿por qué el capitalismo, a pesar del formidable despliegue de fuerzas productivas que ha propulsado, es cada vez más incapaz, como prueba la catástrofe en curso, de responder a las acuciantes necesidades de las mayorías sociales?

Para ello haré un rápido recorrido en tres partes tratando de explicar la génesis, los rasgos esenciales y los posibles itinerarios futuros de lo que podría caracterizarse como capitalismo desquiciado. Su esencia se resume en la contradicción insoluble entre los mecanismos a través de los que el sistema trata infructuosamente de asegurar su viabilidad y la consecución de unos mínimos estándares de bienestar para las mayorías sociales.

En primer lugar, haré un somero repaso de los rasgos principales de la evolución reciente del capitalismo, para tratar de comprender las claves del deteriorado contexto en el que se produce el impacto del shock pandémico.

En segundo lugar, me referiré a la absoluta incapacidad de las políticas aplicadas por la gobernanza del capital para hacer frente al súbito colapso multisectorial y al tremendo drama humano provocados por la pandemia.

Y por último, sin demasiada confianza en la fiabilidad de la prognosis, comentaré algunos cursos posibles de la evolución del sistema. Ni que decir tiene que el panorama es todo menos alentador.

1) Capitalismo desquiciado

Comenzaré con una cita del economista mexicano, recientemente fallecido, Alejandro Nadal, que resume magníficamente la esencia de la evolución del capitalismo en el último medio siglo:

“El neoliberalismo es la respuesta a un gran fracaso de dimensiones históricas, a saber, la incapacidad del capital para mantener tasas de ganancia adecuadas”.

La tremenda intensidad de la debacle en curso es por tanto una consecuencia directa de las graves dificultades de reproducción saludable de la acumulación de capital en las últimas décadas y de las políticas desarrolladas por la gobernanza del capital para contrarrestarlas. Por lo tanto, y a pesar de la apariencia de shock exógeno propagada por los espadachines a sueldo del capital, en realidad estamos ante la última vuelta de tuerca de un prolongado proceso degenerativo. Su rasgo más característico es la progresiva destrucción de las fuentes nutricias de la acumulación de capital, simbolizada en la disminución de las ganancias de productividad y del flujo de plusvalor extraído de la fuerza de trabajo y, simultáneamente, en la acelerada destrucción del entorno natural y el agotamiento acelerado de los recursos que proporciona. Tales cuellos de botella tienen su síntoma paradigmático en la extraordinaria hipertrofia del casino de las finanzas globales: las entrañas de la bestia.

Si hubiera que elegir un hito que simbolizara el comienzo de la actual fase degenerativa del sistema de la mercancía, este sería sin duda el denominado Nixon Shock del 15 de agosto de 1971. El brusco final del Sistema de Bretton Woods, con la suspensión definitiva de la ligazón entre el dólar y el oro y la completa desmaterialización de la producción monetaria a cargo de la fábrica del billete verde, supuso un aldabonazo y un síntoma agudo del agotamiento del modelo fordista de posguerra y de la acusada decadencia imperial. Estados Unidos pasa de ser la fábrica del mundo a convertirse en la máquina de succión de riqueza global, gracias al privilegio exorbitante del monopolio sobre la moneda de reserva de los intercambios y las transacciones financieras mundiales. Estamos ante el pistoletazo de salida de la hipertrofia financiera que caracteriza al capitalismo desquiciado.

El sueño de un capitalismo estable, con crecimiento sostenido y un cierto equilibrio entre trabajo y capital, encarnado en el Estado del Bienestar y en la Edad de Oro de la socialdemocracia reformista, con sus políticas redistributivas de tipo keynesiano, se truncó abruptamente con el final del espejismo de los «Treinta Gloriosos», y feneció para siempre durante la crisis de estanflación y la subsiguiente reacción neoliberal de los años 70.

A partir de ese momento, y ante la persistente incapacidad de desatar un nuevo ciclo de acumulación basado en actividades productivas suficientemente lucrativas, la nueva infraestructura del sistema monetario internacional facilitó la masiva expansión del «capital ficticio» en pos de crear nichos de rentabilidad extra para los anémicos capitales. La hipertrofia financiera aparece por tanto como el lenitivo de las incurables patologías del sistema.

La «exuberancia irracional» de los mercados financieros, a la que se refiriera, con mal disimulada sorpresa, el capo de la Reserva Federal Alan Greenspan, se expandía sin coto ante la mirada complaciente de la fábrica del billete verde.

El historiador económico Charles Kindleberger describe la desaforada trayectoria reciente de las finanzas globales:

“Las tres décadas desde el decenio de 1980 han sido las más tumultuosas en la historia monetaria en cuanto al número, alcance y gravedad de las crisis financieras. La mayoría de las quiebras bancarias desde principios de 1980 han sido eventos sistémicos que han ocurrido en oleadas debido a los cambios dramáticos en el ambiente financiero  internacional”.

Nos hallamos pues ante una explosión de capital ficticio con un sustrato cada vez más endeble: los títulos financieros y el ingente montante de la deuda global son, básicamente, derechos de giro «virtuales» sobre la riqueza futura. La ratio de apalancamiento de la deuda global con respecto al PIB mundial –omitiendo incluso la banca en la sombra y el castillo de naipes de derivados y demás productos de ingeniería financiera– se sitúa, tras el impacto de la devastadora crisis actual de la Covid-19, en el 365% a finales de 2020. Un desajuste de este calibre –el ritmo de incremento de la deuda ¡quintuplica! el del PIB mundial en las últimas dos décadas– explica la insostenibilidad de la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado.

Michel Husson describe el salto cualitativo que representa la hipertrofia financiera en la acelerada degradación del sistema:

“Desde este punto de vista se puede analizar el paso del capitalismo de su fase fordista a su    fase neoliberal, caracterizada sobre todo por este hecho estilizado: la tasa de ganancia se ha  restablecido, gracias a las plusvalías financieras, pero a ella no le han seguido ni la tasa de acumulación ni la productividad. Este es el origen de la financiarización y de la tendencia a sustituir la producción real por burbujas de activos y riqueza ficticia”.

Tal configuración tenía por tanto que verse abocada a un final explosivo. El excelente resumen del economista marxista Costas Lapavitsas de la bomba de relojería que cebó la debacle de 2008 es un compendio de las contradicciones insolubles del capitalismo desquiciado:

“Ahora es más fácil ver las raíces del desastre que azotó a la economía mundial: los  verdaderos titulares de las hipotecas en Estados Unidos eran trabajadores, con frecuencia  los de menores recursos; además, los salarios reales no habían aumentado de manera significativa durante la burbuja, ni siquiera para los asalariados de mayores ingresos, de tal manera que la fuente de valor que en última instancia debía validar tanto las hipotecas     como los activos con respaldo hipotecario era de una fragilidad patética. Sobre esa precaria base, el sistema financiero había construido una enorme superestructura de   endeudamiento, minando así drásticamente su propia liquidez y solvencia (…) Cuando comenzaron los impagos y el derrumbe se hizo inminente, la interacción destructiva de la liquidez y la solvencia llevó a la bancarrota, el colapso del crédito, la disminución de la demanda y la aparición de la recesión”. El juego se había acabado.

La respuesta de la gobernanza del capital al desplome de los mercados financieros mundiales, tras la estrepitosa quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, puede encuadrarse bajo lo que el mediático economista griego Yanis Varoufakis denomina “extend and pretend”, es decir, la política de preservación de la aberrante matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado mientras se aparenta la urgente adopción de espectaculares medidas paliativas.

La Reserva Federal, a través de la, aparentemente mágica, Expansión Cuantitativa, consistente en compras masivas de bonos y demás activos tóxicos a la banca comercial a cambio de dinero fuerte en forma de reservas bancarias, representa el ejemplo paradigmático del intento de preservación del business as usual, ejemplificado en la vana pretensión de arreglar la maquinaria «gripada» de la acumulación de capital a través de la inundación de los flujos financiero-bancarios y de la inflación de activos inmobiliarios y bursátiles. Exactamente la misma reacción de “patada a seguir” que la adoptada ante el impacto del shock pandémico. La fábrica de dinero, con su política monetaria “no convencional”, se convierte en un trasunto del doctor Frankenstein tratando de insuflar vida a un organismo catatónico: el capo di tutti capi del capitalismo desquiciado.

A pesar de la excusa oficial –la QE debía servir, con los tipos de interés congelados en el 0%, para elevar la bajísima inflación y así reducir los tipos de interés reales y el coste de la financiación bancaria hacia las empresas, los ciudadanos y los Estados-, la realidad es que se trató simplemente de un colosal rescate del sistema financiero global. Una suerte de gigantesca «aspiradora» de toda la basura financiera procedente de la montaña de activos hipotecarios titulizados, cuyo valor se había volatilizado tras la debacle de las hipotecas subprime.

El economista poskeynesiano Louis Philippe Rochon resume las graves consecuencias sociales de las triquiñuelas de la fábrica de dinero:

“En el contexto de tasas de interés ultrabajas, la QE se transformó en una política de riqueza: la «venganza de los rentistas», o una política de «Robin Hood al revés», que exacerba la desigualdad de ingresos”.

Los rasgos más característicos del capitalismo desquiciado no hicieron por tanto sino agudizarse tras la debacle de 2008.

La enorme concentración bancaria –agravando el «riesgo moral», al ser «demasiado grandes para quebrar» y actuar por tanto bajo la seguridad del subsidio público-; la hipertrofia de las entelequias financieras, cada vez más sofisticadas y desreguladas, comerciadas por la banca en la sombra y por los grandes fondos de inversión, que utilizan masivamente las «cuevas de piratas» que representan los paraísos fiscales, y el astronómico nivel del endeudamiento global, propulsado por los océanos de liquidez creados por la fábrica de dinero, conforman una panoplia de crecientes vulnerabilidades que ceban a una velocidad sin precedentes las entrañas de la bestia y amplifican por tanto exponencialmente la onda expansiva del próximo estallido. En el preciso instante del impacto del shock pandémico, un crack financiero de proporciones tendencialmente horrendas estaba incubándose en las entrañas del casino financiero global.

Para acabar de comprender cabalmente la configuración descrita, resulta esencial el conocimiento somero de la infraestructura de la fábrica de dinero: el propulsor del gripado motor de la acumulación de capital.

Destacaremos sumariamente dos aspectos básicos a través de los cuales la evolución institucional de los mecanismos de creación e inyección del dinero en los circuitos económicos se ha ido acoplando a las acuciantes necesidades de la acumulación de capital: la irrupción de la banca central en la cúspide del sistema financiero, fungiendo de prestamista de última instancia del sistema bancario privado, gracias a su condición de emisor monopolista de la moneda de curso legal, y, paralelamente, los formidables flujos de deuda, generados por la banca comercial del «puro aire», hacia los canales de la financiación crediticia y la nebulosa de los mercados de capitales.

En 1981, en plena terapia de choque monetarista, se consuma el incruento «golpe de Estado» financiero perpetrado por la FED contra la soberanía nacional: la prohibición taxativa de la financiación directa de la deuda pública por parte del banco central. Se completa de este modo la definitiva desconexión entre la fábrica de dinero y las finanzas públicas, que arroja a los inermes gestores del bien público a los pies de los caballos de los mercados financieros. La privatización absoluta de la generación e inyección monetaria en los circuitos económicos supone por tanto el propulsor idóneo para la explosión financiera y las burbujas de activos, la matriz de rentabilidad característica del capitalismo desquiciado. La creación del BCE en el Tratado de Maastricht representa la epítome de la nueva infraestructura de la fábrica de dinero moderna.

John Bellamy Foster resume la calamitosa situación de las finanzas públicas bajo el talón de hierro de la dictadura de la renta financiera:

“Ahora la política fiscal y la monetaria están fuera del alcance de cualquier gobierno que se atreva a hacer algún cambio que afecte a los grandes intereses creados. Los Bancos  Centrales se han transformado en entidades controladas por los Bancos Privados. Los Ministerios de Hacienda están atrapados por los límites de la deuda y las agencias  reguladoras están en manos de los monopolios financieros y actúan en interés directo de las corporaciones”.

La consumación de la sagrada independencia de la banca central y de la privatización de la deuda pública no representan, en definitiva, más que la culminación del proceso, iniciado simbólicamente con el Nixon Shock, de apertura de compuertas a la completa liberalización de los mercados financieros y de capitales, que, junto con las privatizaciones de bienes y servicios públicos y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, son los rasgos característicos de la huida hacia adelante del sistema. Sin embargo, las insolubles contradicciones afloran con violencia creciente. De nuevo asoma por el horizonte la barrera infranqueable, la disminución inexorable de la extracción de plusvalor, la «sangre» del sistema. Como explica Andrés Piqueras:

“La automatización de los procesos productivos no sólo ha ido desechando seres humanos de los mismos, condenándolos a un desempleo crónico o a un empleo cada vez más precario, sino que va reduciendo el tiempo necesario de producción y con ello el valor («la sangre» del sistema). En consecuencia, el sistema se va gangrenando. Pero lejos de intentar alguna cura, hoy asistimos a su loca huida hacia adelante (algo así como si a quien le diagnostican un mal grave decidiese irse de copas y comilonas todos los días)”.

Valga lo expuesto como somera descripción de la calamitosa situación del sistema justo en el momento del impacto del shock pandémico. Resalta el hecho de que, más de diez años después de la crisis financiera, cualquier retorno a lo que antes se consideraba una política monetaria «normal» está más lejos que nunca y la economía real entera, para sostenerse siquiera en tasas mínimas de crecimiento, depende completamente de la provisión de dinero ultrabarato proveniente de las fábricas de dinero. La reacción de la gobernanza del capital ante el impacto de la pandemia no podía ser otra cosa, en definitiva, que una continuación de las políticas hegemónicas  que, bajo la égida del capital financiero, caracterizan al capitalismo desquiciado.

2) El shock pandémico: dinero infinito versus gobernanza de la pobreza

En medio de la catástrofe sociosanitaria y del desplome de la actividad productiva, la prioridad absoluta de la dirigencia del capital ha sido de nuevo reforzar los frágiles pilares del sistema financiero, comenzando por las gigantescas entidades de crédito too big to fail y por los mercados bursátiles, que amenazaban derrumbe súbito en los primeros momentos de la crisis, y continuando con el apuntalamiento de toda la miríada de entelequias de ingeniería financiera que pululan por la banca en la sombra y que ya habían provocado el desplome de 2008. A diferencia de la debacle de hace una década, esta vez el éxito fue rotundo.

La artillería pesada puesta en marcha por la Reserva Federal incluye compras masivas de bonos del tesoro a la banca comercial, bonos corporativos a las grandes multinacionales y todo tipo de activos titulizados por la banca privada, además de avales al préstamo comercial y masivas inyecciones de dólares –la moneda de más del 60% de los intercambios mundiales– para sostener los flujos financieros globales. ¡Todo el casino de las finanzas globales mantenido con respiración asistida por la «maquinita» de la fábrica de dinero! El resultado era previsible: «El martes 24 de noviembre de 2020 el Dow Jones y el S&P 500 alcanzan sus máximos históricos».

Cedric Durand detalla el orden de prioridades de la gobernanza del sistema:

«En un mundo donde la actividad está colapsando, los bancos centrales son el seguro a todo riesgo para los inversores. Protegen el patrimonio financiero al apoyar el valor del     conjunto de los activos financieros. Proporcionan una antevalidación política del capital ficticio porque los beneficios esperados para el futuro son de alguna manera garantizados   por el soberano». Todo un modelo sin duda de liberalismo y economía de mercado.

En agudo contraste con las descomunales bazucas del doctor Frankenstein de la fábrica de dinero, los premiosos y cicateros «rescates» sociales aplicados por los desarbolados gestores del bien público en los Estados primermundistas han implementado con cuentagotas medidas excepcionales en pos de aliviar el completo hundimiento de miles de empresas y de los magros ingresos de legiones de trabajadores. La apisonadora neoliberal, pertrechada con la laminación de la capacidad fiscal de los gobiernos, las masivas privatizaciones de de bienes y servicios públicos y la amputación de su soberanía monetaria, ha desmochado completamente la capacidad redistributiva e inversora de los Estados occidentales. Las montañas de deuda pública y el descomunal fraude fiscal a cargo, principalmente, de las grandes corporaciones tecnológicas y financieras, caracterizan la paupérrima situación del erario público y reflejan su impotencia para movilizar los recursos fiscales que requeriría la extraordinaria urgencia del momento. Tal configuración, que representa un auténtico golpe de Estado financiero contra la maltrecha soberanía nacional, arroja una vez más a los desvalidos Estados en brazos de los tiburones financieros para la financiación de las extraordinarias emergencias sociales generadas por la pandemia.

No obstante, y a diferencia de la situación provocada por la quiebra del sistema financiero global en 2008, en este caso el colapso repentino de la economía productiva, la paralización de los sectores económicos claves en el terciarizado capitalismo primermundista –con el turismo en lugar destacado–, la devastadora catástrofe del desempleo masivo y la explosión de quiebras empresariales son desafíos cuya solución no está ya en manos únicamente del demiurgo de la fábrica de dinero y exigen el obligatorio concurso de los escasos resortes paliativos disponibles en manos de los gestores del bien público.

En última instancia, la elección de los gobiernos occidentales en el momento del estallido de la pandemia no fue –como proclaman, a bombo y platillo, como si de un ansiado cambio de paradigma se tratara, algunos entusiastas reformistas– entre un redivivo keynesianismo y la sempiterna ortodoxia neoliberal, sino entre el caos absoluto y la preservación de un mínimo resto de cohesión social: la implacable austeridad de la década anterior se transforma por tanto en la gobernanza de la pobreza. Pero sus principios básicos se mantienen incólumes. En realidad, los exiguos rescates financieros empresariales y el tenue colchón de supervivencia morosamente proporcionado a las víctimas directas del desastre no son más que precarias cataplasmas que eluden el punto clave que realmente facilitaría una reactivación económica consistente: la ausencia casi absoluta de programas públicos de inversión productiva.

El economista marxista Louis Gill resalta la impotencia del gasto público improductivo para restaurar la rentabilidad del capital:

«La única actividad generadora del aumento del beneficio global es la que proviene del relanzamiento de la inversión privada o de la inversión pública rentable, de la creación de nuevas capacidades productivas cuyos productos están destinados no al consumo público no rentable, sino al consumo privado rentable. Ahí está la columna vertebral de la actividad en   el régimen capitalista».

Así pues, a pesar de la leve diferencia con la crisis de 2008 –el torniquete «austericida» no puede ponerse por ahora al servicio de la recuperación de la rentabilidad del capital–, debida únicamente a la brutalidad del shock pandémico y a la necesidad consiguiente de evitar la parálisis completa de los circuitos económicos y una temida explosión social, estamos simplemente ante un neoliberalismo forzosamente «compasivo», que administra la gobernanza de la pobreza sin alterar en absoluto el paradigma de fondo que rige las políticas aplicadas.

Un contraejemplo demoledor, que pone al desnudo la perversidad intrínseca de este neoliberalismo «compasivo», lo representa la política económica -esta sí, típicamente keynesiana-, seguida por el gobierno chino tras el formidable impacto inicial de la pandemia.

Con un banco central público y la mitad del sector bancario en manos estatales, el gigante asiático –sin mostrar obviamente simpatía alguna por su modo de acumulación intensamente extractivista y su régimen político-social digno de una distopía orwelliana– ha logrado, tras haber superado en tiempo récord, con medidas draconianas de control social, el violento brote inicial de la pandemia, forzar la reactivación económica a través de la planificación sustentada en la férrea dirección estatal de la actividad productiva y en la financiación directa por parte de la banca pública de los sectores estratégicos y de las pequeñas empresas más golpeadas por el batacazo inicial.

En las antípodas del ejemplo anterior, el cacareado Fondo de Recuperación Next Generation de la Unión Europea se financia –ante la imposibilidad estatutaria de recurrir al BCE– a través de la emisión de deuda en los mercados financieros privados y del incremento de la recaudación fiscal. Un negocio redondo para los tiburones de las finanzas y las grandes corporaciones, destinatarias últimas de la mayor parte del «maná».

Paula Bach resume la patada a seguir llevada a cabo por la gobernanza de la acumulación de capital durante la pandemia:

«La salud subyacente de la economía capitalista global era débil antes de la plaga, pero estaba oculta por el dinero barato que generaban las ganancias especulativas que retroalimentaban la economía. Todo un sistema que constituye una maraña casi insondable de apuestas especulativas y creación de dependencia a través del dinero de crédito está edificado sobre la escasez de fuentes reales para la inversión».

Tales rasgos confirman la recurrencia del extend and pretend descrito por Varoufakis ante la manifiesta irreformabilidad del capitalismo desquiciado.

3) Perspectivas: ¿un crac de proporciones devastadoras? 

Montañas de deuda generadas del puro aire por la fábrica de dinero. Tal es el resumen de la política desarrollada por la gobernanza del capital en pos de aplicar una frágil cataplasma a la debacle en curso. Llueve por tanto sobre mojado. ¿Resulta sostenible tal huida hacia adelante? ¿Podrán los sortilegios de la fábrica de dinero y las tenues medidas gubernamentales contener el colapso que se avizora por el horizonte? O, por el contrario, la hecatombe pandémica será una suerte de «revelador» que, a diferencia de la crisis de 2008, pondrá de manifiesto la impotencia de los trucos circulatorios utilizados masivamente por los bancos centrales para aliviar las insolubles contradicciones del capitalismo desquiciado. Lo único que resulta incuestionable es que, por debajo de la debacle sociosanitaria provocada por la pandemia, un devastador tsunami financiero está gestándose en las profundidades abisales del casino global.

Si en la crisis de las subprime el «canario en la mina» fue el castillo de naipes de titulizaciones hipotecarias levantado por la banca de inversión estadounidense, la burbuja que amenaza -junto con la calimitosa situación de la astronómica deuda externa de los países del Tercer Mundo- en la actualidad colapso inminente es la formidable expansión de la deuda corporativa, titulizada hasta niveles sin precedentes y esparcida por la nebulosa de los mercados financieros globales.

Michael Roberts describe la bomba de relojería del más que probable «colapso crediticio»:

«Por lo tanto, este es el lugar probable para buscar la tercera etapa de la crisis de la pandemia: una crisis crediticia y un desplome financiero cuando las empresas, particularmente las pequeñas y medianas empresas, se desplomen a medida que el apoyo gubernamental se evapora, los ingresos por ventas siguen siendo débiles y los costos de   la deuda y los salarios aumentan. Ya ha aumentado significativamente el número de las denominadas «empresas zombis», aquellas que no obtienen suficientes beneficios para cubrir los intereses de sus deudas pendientes»

Por tanto, un sombrío escenario -en agudo contraste con los cantos de sirena de la ansiada vuelta a la normalidad, entonados por los espadachines a sueldo del capital en las tribunas de los hemiciclos y de sus voceros mediáticos- se vislumbra por el horizonte, cuando el alivio de las emergencias pandémicas descorra el telón del deplorable estado subyacente del capitalismo desquiciado.

Allí donde la crisis de 2008 señaló el cénit de la financiarización, la, aún más inaudita, debacle pandémica consumaría su irremediable deterioro ante el desbordamiento de la formidable avenida de miseria y devastación social que amenaza con arrasar los precarios diques de contención levantados apresuradamente por la gobernanza del capital y sus mamporreros institucionales.

Se trata sin duda de un escenario inédito. Nunca antes el conflicto entre las draconianas medidas sanitarias, que impactan además con especial virulencia en los centros del mundo rico, y la imperiosa necesidad de evitar la paralización completa de la actividad económica había provocado un cortocircuito semejante en los sectores claves de la estructura económica terciarizada y mundializada que caracteriza a las economías «desarrolladas».

«Dadas las circunstancias, la «dialéctica» entre pandemia y economía emerge como una de las mayores incertidumbres del momento dejando a muchos analistas −según la ironía de Michel Husson− sin letras del abecedario para graficar el porvenir».

La total postración de los gestores públicos ante los designios del capital, reflejando fielmente lo que el sociológo Boaventura Do Santos caracteriza como “fascismo financiero”, el desaforado aumento de las burbujas de activos y del rentismo parasitario y la propulsión de la desigualdad de rentas y riqueza en las fortalezas occidentales son algunos de los daños colaterales de la dramática tesitura que vivimos.

La crisis devastadora, el cisne negro, actúa como revelador de la desnudez estructural de la acumulación de capital en su fase degenerativa, con el colapso ambiental acelerándose vertiginosamente, y de la impotencia de la sobrecargada fábrica de dinero y de sus mamporreros institucionales para procurar un salvamento perpetuo del sistema. La contradicción básica es, en definitiva, que la deuda y los flujos financieros no pueden crecer indefinidamente a través de las burbujas de activos porque acaban descoyuntando el conjunto del organismo económico, pero la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado exige ese crecimiento artificial para sostenerse.

Mientras tanto, las dramáticas implicaciones de este progresivo desquiciamiento del sistema de la mercancía y del deterioro acelerado de las condiciones de vida de las mayorías sociales situarán, en la infortunada tesitura de que no seamos capaces de construir entre todos una sociedad racional, a la especie y a su crucificado planeta ante una perspectiva catastrófica.

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