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Los indelebles daños de la guerra (I)

Written by Debate Plural

Carly A. Krakow (Jadaliyya.com, 24-2-21)

 

Transcurridos más de diecisiete años desde la invasión y ocupación de Iraq en 2003, y más de treinta años desde el comienzo de la Guerra del Golfo de 1990-1991, en el Congreso de los Estados Unidos se está abordando un proyecto de ley que eliminaría la “carga de la prueba” para “establecer una conexión directa” entre ciertas situaciones de salud y la exposición a toxinas en numerosos conflictos en el extranjero para los veteranos del ejército estadounidense que buscan los beneficios del Departamento de Asuntos de Veteranos de los Estados Unidos (VA, por sus siglas en inglés). Los veteranos que fueron enviados a Iraq como parte de la “Guerra global contra el terrorismo” o la Guerra del Golfo podrían acogerse a los beneficios del VA para las enfermedades que aparecen recogidas en un listado.

Hay una pregunta obvia, aunque se suele pasar por alto, que sigue planteándose: si finalmente se reconocen los peligros de la exposición a tóxicos durante la guerra para los veteranos estadounidenses que fueron desplegados en Iraq, ¿qué pasa con los civiles iraquíes, para quienes la exposición a los tóxicos no fue parte de un despliegue temporal en el extranjero, sino que es más bien una atormentada realidad diaria en curso?

Los contaminantes tóxicos llevados a Iraq por el ejército de Estados Unidos incluyen pozos de combustión y armas de uranio empobrecido (UE). La gravedad de la vida tóxica en Iraq hace que el marco existente respecto a la exposición a los tóxicos sea insuficiente; exposición a toxinas no es un lenguaje adecuado. La exposición sugiere un contacto forzado con sustancias tóxicas. En Iraq, las personas no sólo están expuestas, sino que llevan años empapadas o saturadas en condiciones ineludibles de confinamiento en las que su salud está constantemente bajo asedio. Al utilizar un concepto que identifico como “saturación tóxica”, demostraré a continuación la necesidad urgente de que el gobierno de Estados Unidos aborde la injusticia ambiental en curso que ha creado en Iraq.

Acerca de esta situación, Sinan Antoon, novelista, poeta y erudito iraquí, me dijo: “Nosotros, el pueblo de Estados Unidos, estamos obteniendo más información sobre el daño causado a los cuerpos iraquíes únicamente porque los cuerpos de los veteranos están consiguiendo que se les preste atención”. Advirtió contra el peligro de comprender la situación actual en Iraq solo a través de la lente de los impactos de la exposición tóxica en los veteranos. “Existe una jerarquía sobre el valor del ser humano… incluso nuestro acceso a la información sobre las vidas y muertes de otros ha de pasar por los cuerpos más valorados de los no civiles” [1].

¿Qué sucede con la limpieza y las reparaciones para los civiles iraquíes que han estado y están saturados de toxinas de guerra y no meramente expuestos a ellas? ¿Qué pasa con la justicia para los civiles iraquíes, sometidos a una saturación tóxica incesante sin escapatoria, que se han visto obligados a vivir en un presente destruido y a quienes se ha negado la esperanza de un futuro más justo?

Ni una mera “equivocación” ni un destello brillante

Recientemente, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) distribuyó una serie de videos en las redes sociales. Estos videos se publicaron en los meses previos a la entrada en vigor del Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares en enero de 2021. (Aunque se considera un paso importante en aras a la estigmatización de la posesión de armas nucleares, ninguna de las potencias mundiales que se sabe posee realmente armas nucleares, incluido Estados Unidos, son partes del tratado).

Se ha publicado un video con un preámbulo que dice: “No existe plan alguno. Ningún equipo de héroes vendría a salvarte. Sencillamente, no podríamos enfrentar la situación si llegara a utilizarse de nuevo la bomba nuclear”. El video continúa mostrando una palpitante imaginación ilustrada de cómo serían las secuelas inmediatas de un ataque nuclear: desastre, muerte, heridas. Cortes de agua y electricidad. Ambulancias y hospitales destruidos que no pueden ayudar a los supervivientes. Mapas que ya no tienen sentido porque las fronteras y los límites que delimitan barrios y ciudades han sido borrados. Y, además, tropezamos con el dilema ético de cómo enviar profesionales y equipos médicos para ayudar a los supervivientes cuando la exposición a la radiación está garantizada para todos los que penetren en las áreas afectadas.

Otro de los videos muestra también los efectos inmediatos, una luz blanca cegadora y un calor inmenso, pero luego salta rápidamente al futuro. En una semana, dice, los hospitales estarían desbordados y la gente moriría de enfermedades provocadas por la radiación aguda. Al año, la radiación se habría filtrado al agua y al suelo y el suministro de alimentos estaría contaminado. En diez años, muchos morirían de leucemia y varios cánceres que se habrían desarrollado. Y en treinta años, quienes lograron sobrevivir estarían preocupados ante la perspectiva de transmitir los efectos de la exposición a la radiación a sus hijos y futuros descendientes.

Los videos pretenden claramente evocar los horrores de los bombardeos de agosto de 1945 en Hiroshima y Nagasaki, cuando Estados Unidos arrojó bombas atómicas sobre las ciudades japonesas, habiéndose en general reconocido como las únicas veces en que, hasta la fecha, se utilizaron armas nucleares en conflictos armados. Sin embargo, me vino a la mente una situación diferente: Iraq y la devastación sanitaria que los iraquíes han experimentado tras décadas de invasión liderada por Estados Unidos y de la ocupación que comenzó en 2003. Específicamente, el temor a transmitir el envenenamiento por radiación a la próxima generación trae a la mente los casos horribles de cáncer y malformaciones congénitas en Iraq.

Lo que sucedió en Iraq no fue precisamente una única explosión con un destello brillante de luz blanca cegadora, donde la saturación tóxica que se prolonga durante años no puede atribuirse a un solo evento. Sin embargo, desde hace años se ha creído que la tasa de niños nacidos con defectos congénitos en Faluya es más alta que la tasa de defectos congénitos en Hiroshima después de 1945. Y, sin embargo, la trayectoria lenta, peligrosa y continua de la contaminación tóxica en Iraq (según han documentado expertos como Omar Dewachi y Kali Rubaii) se ha visto ofuscada por la narración del gobierno de Estados Unidos de la invasión de 2003 como, en el peor de los casos, una “equivocación”, como señala Sinan Antoon. Esta es una narrativa peligrosa que desdibuja los vínculos claros entre la guerra de Iraq y la devastación de la salud experimentada por los iraquíes, ya que innumerables niños nacen con cánceres monstruosos y a menudo fatales, deformidades y órganos vitales con disfunciones.

Los iraquíes no son víctimas de un simple “error” ni de un “destello brillante” fácilmente identificable, sino de una forma peligrosa y lenta de injusticia ambiental que se ha convertido en una realidad en el contexto de la invasión y ocupación.

Saturación tóxica: “Desde el minuto en que se conciben hasta el minuto en que mueren”

Para comprender el impacto de los pozos de combustión y el uranio empobrecido, es útil considerar dos definiciones.

Pozos de combustión: “En Iraq, Afganistán y otras zonas del teatro de operaciones militares del suroeste de Asia, la combustión al aire libre de basura y otros desechos en hoyos o pozos era una práctica común”. (Hay toda una variedad de desechos que se eliminan y se queman en pozos de combustión, incluidos productos químicos, desechos médicos, desechos humanos, latas de aluminio, municiones, productos derivados del petróleo, plásticos, caucho, madera y desechos de alimentos.)

Uranio empobrecido (UE): “Es un subproducto del proceso de enriquecimiento del uranio (U) en el que el U natural de la corteza terrestre se ‘enriquece’ con isótopos de U de mayor energía para producir U adecuado para su uso en reactores nucleares. El U restante está “empobrecido” en aproximadamente el 40% de su radiactividad, pero conserva la misma toxicidad química que el uranio natural… El uranio empobrecido es un peligro potencial para la salud si penetra en el cuerpo a través de fragmentos incrustados, heridas contaminadas e inhalación o ingestión”.

Estas definiciones, que subrayan claramente el peligro de los pozos de combustión y del armamento de uranio empobrecido, provienen del departamento de los VA. A la luz de la evidencia que demuestra claramente el peligro de esos pozos y del uranio empobrecido, ¿por qué el gobierno de Estados Unidos no ha tomado medidas importantes para limpiar los desechos tóxicos en Iraq? El conocimiento de los peligros del uranio empobrecido en Iraq se remonta al menos a la Guerra del Golfo, que la médica Helen Caldicott identificó como “la segunda guerra nuclear” de la historia. El uranio empobrecido es “extremadamente denso y capaz de penetrar en vehículos fuertemente blindados” y “arde espontáneamente al impactar”, creando partículas diminutas en aerosol que son “lo suficientemente pequeñas como para ser inhaladas” y que “viajan largas distancias cuando están en el aire” [2]. Con el UE, escribe John Catalinotto, “se fabrican proyectiles que penetran y protegen ese bloque” [3]. Como explica el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la alta densidad del uranio empobrecido significa que se puede utilizar tanto para fabricar blindajes como para perforarlos.

Según ha documentado el grupo pacifista holandés Pax e informado en The Guardian, se cree que en 1991 se dispararon unas 782.414 rondas de uranio empobrecido, principalmente por las fuerzas estadounidenses. Se sabe que en 2003 se dispararon más de 300.000 rondas de uranio empobrecido, también en gran medida por Estados Unidos (y en menor proporción por el Reino Unido).

Un estudio de 2019 publicado en la revista Environmental Pollution descubrió que la proximidad residencial a la Base Aérea de Tallil, una base militar estadounidense cerca de Nasiriyah, una ciudad situada aproximadamente a unos 360 kilómetros al sureste de Bagdad, está asociada con una mayor probabilidad de anomalías congénitas en bebés y niños. Como señala el estudio:

En Iraq, la contaminación de la guerra es el resultado de las bombas, balas, detonación de armas químicas y convencionales y emisiones de hoyos de combustión de las bases estadounidenses… El torio es un compuesto radiactivo y un producto directo de la desintegración radiactiva del uranio empobrecido. Los materiales radiactivos, incluido el uranio empobrecido, se almacenan habitualmente en las bases estadounidenses y se ha demostrado que se filtran al medio ambiente.

El estudio se centró en bebés con afecciones que incluían defectos del tubo neural (como espina bífida, anencefalia, hidrocefalia y meningocele), enfermedades cardíacas congénitas y malformaciones musculoesqueléticas (que incluían anomalías en las extremidades inferiores, carencia de la mano derecha, pie zambo paralizado y labio leporino). Estas son condiciones graves, que alteran la vida y que resultan, a menudo, fatales. La anencefalia, por ejemplo, es cuando un niño nace con un cerebro subdesarrollado y un cráneo incompleto. La hidrocefalia implica una acumulación de líquido que ejerce presión sobre el cerebro y agranda la cabeza. Los síntomas pueden incluir dolor de cabeza, problemas de visión, dificultades cognitivas, pérdida de coordinación e incontinencia. El meningocele implica el desarrollo interrumpido de la médula espinal.

El proyecto de ley del Congreso de EE. UU. presentado en septiembre de 2020 relativo a los “Posibles beneficios para los combatientes de guerra expuestos a fosas de combustión y otras toxinas”, tiene como objetivo dar derecho a los veteranos que sirvieron en cualquiera de los 34 países enumerados, incluido Iraq, a recibir una serie de beneficios en el caso de padecer una lista de enfermedades relacionadas con el servicio que van desde cáncer de cualquier tipo hasta enfisema, asma, linfoma, fibrosis pulmonar y varias otras.

El proyecto de ley, que tiene por objeto “simplificar el proceso para que los veteranos puedan obtener beneficios en caso quemaduras y otras exposiciones tóxicas», llega después de años de presiones al gobierno estadounidense para que reconozca las enfermedades experimentadas por los veteranos que sirvieron en las muchas guerras en el extranjero de las últimas tres décadas. Desde la década de 1970, cuando el departamento de los VA comenzó a negar los reclamos de los veteranos enfermos por el agente naranja durante la Guerra de Vietnam, los activistas pacifistas y los defensores de los derechos de los veteranos han criticado ferozmente la negligencia del gobierno de EE. UU. ante la exposición a toxinas durante el servicio militar y las numerosas enfermedades catastróficas y fatales.

El proyecto de ley enmendaría el Título 38 del Código de Estados Unidos, que describe los beneficios de que disponen de los veteranos, y enmendaría específicamente “la misma sección que contiene las estipulaciones para los veteranos de Vietnam expuestos al agente naranja”.

Hablé con la Dra. Mozhgan Savabieasfahani, toxicóloga ambiental y coautora del estudio de contaminación ambiental sobre anomalías congénitas en bebés y niños iraquíes. Explicó la profunda vulnerabilidad de los niños iraquíes y las mujeres embarazadas expuestos a los pozos de combustión y armas abandonadas:

Los niños pequeños, los fetos en crecimiento [y] las madres embarazadas son varias veces más sensibles a la contaminación que las fuerzas militares estadounidenses, [a menudo] hombres adultos de treinta o cuarenta años. Es un hecho bien conocido que los fetos en crecimiento son muy sensibles a la exposición a contaminantes. Una persona de treinta años… tiene mucha más protección que un bebé en crecimiento [4].

Como ha demostrado Omar Dewachi, los efectos de décadas de sanciones e invasiones en Iraq lideradas por Estados Unidos no han sido “en ninguna parte más obvios que en el colapso del sistema médico del país y en la pérdida de vidas en el entorno hospitalario” [5]. Este colapso ha contribuido a la creación de un contexto médico en el que falta la atención que se necesita desesperadamente para niños en situaciones tan graves.

En Iraq, además de los pozos de combustión y del uranio empobrecido, “los tanques, camiones y equipos militares abandonados en grandes cementerios, también son una fuente de contaminación radioactiva y de metales”. Savabieasfahani hizo hincapié en la gravedad del sufrimiento de los iraquíes y la urgencia de limpiar y eliminar esos residuos para evitar más enfermedades y discapacidades:

[Estados Unidos] está realmente condenando al pueblo de Iraq a vivir sin opción alguna, a vivir con este material increíblemente tóxico desde el momento en que se les concibe hasta el momento en que mueren… Si no obligamos a Estados Unidos a limpiar el desastre que dejaron en Iraq, estamos condenando a su pueblo a vivir con esta contaminación masiva, gigantesca y eterna desde antes de que nazcan hasta que mueran, si es que logran nacer y sobrevivir.

¿Qué podemos aprender de patrones similares de negligencia que se han producido antes: del sufrimiento prolongado de las víctimas de la guerra que quedaron saturadas de toxinas mucho después de que hubiera pasado el pico del conflicto o después de que la mayoría de las tropas estadounidenses fueran retiradas?

Una historia que se repite

Vietnam, donde los civiles siguen lidiando con las repercusiones del agente naranja más de 45 años después del final de la guerra, y Japón, donde los civiles llevan generaciones enfrentando enfermedades tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, son dos de los ejemplos más severos del daño indeleble de la saturación tóxica en el contexto de la guerra.

En nuestra conversación, Mozhgan Savabieasfahani enfatizó qué es lo que Estados Unidos debería haber aprendido de Vietnam para evitar la misma situación en Iraq. El gobierno de Estados Unidos debe rendir cuentas, dijo. “No quiero ver otro Iraq” en el futuro.

Como me explicó Savabieasfahani, la investigación existente ha demostrado un vínculo claro en Iraq entre las enfermedades civiles y la toxicidad de la guerra. Hizo hincapié en que, de forma ideal, sin restricciones de tiempo, presupuesto o acceso, le encantaría realizar una investigación a largo plazo y cada vez más amplia sobre Iraq. Sin embargo, en la actualidad hay suficiente información para saber que se deben tomar medidas y que Estados Unidos debe reparar el daño. Considerando la opción entre investigaciones adicionales y limpieza, “ella preferiría gastar en la limpieza”.

Savabieasfahani hizo referencia repetidamente a un precedente: la devastación causada en Vietnam por la dioxina, el componente químico del agente naranja y muchos otros herbicidas utilizados para destruir los bosques de Vietnam, y la tan esperada limpieza de pequeñas partes del país.

En un ensayo de 2017 en The New York Times, Bao Ninh, un novelista vietnamita que sirvió en el ejército de Vietnam del Norte de 1969 a 1975, describió la “terrible pesadilla de la dioxina”:

En la primavera de 1971, cuando estábamos estacionados al oeste de Kon Tum, nos rociaron repetidamente con agente naranja… Pudimos comprender muy bien su horrible fuerza destructiva. Tan pronto como el Caribous pasó sobre nosotros, el cielo se oscureció con una lluvia extraña, espesa y lechosa. El dosel de la jungla se rompió, se ulceró y cayó al suelo. Hojas, flores, frutos, incluso ramitas, todas cayeron silenciosamente. Las hojas verdes se volvieron negras, arrugadas. La hierba se secó y murió. Fui testigo de muchas escenas crueles en la guerra, pero esa brutal masacre de la naturaleza es lo que vuelve a mí más a menudo y me perturba el sueño.

Dada la naturaleza prolongada e inextricable de la lucha por el cuidado de los veteranos estadounidenses afectados por la dioxina y por los pozos de combustión y el uranio empobrecido, la lucha por la justicia para los iraquíes parece estar plagada de una prolongada negación. ¿Podría la lucha por la justicia ganar un nuevo impulso con el comienzo de la presidencia de Joe Biden?

El presidente Joe Biden ha hablado abiertamente sobre los posibles vínculos entre el cáncer en los veteranos estadounidenses y la exposición a las fosas de combustión. Al comentar sobre el libro de 2016 The Burn Pits: The Poisoning of America’s Soldiers, escrito por el veterano estadounidense Joseph Hickman (que dedica un capítulo al hijo de Biden, Beau, quien murió de cáncer cerebral en 2015), en una entrevista de PBS New Hour en 2018, Biden señaló: “Hay un capítulo entero sobre mi hijo Beau allí, y eso me sorprendió. No lo conocía” [6]. Biden describió cómo Hickman “había regresado y analizado el mandato de Beau como civil en la oficina del fiscal de EE.UU. [en Kosovo], y luego su año en Iraq. Y, en ambas ocasiones, estuvo ubicado cerca de esos pozos de combustión”. Biden también comentó que “la ciencia ha reconocido que hay ciertos carcinógenos que se dan en las personas expuestas a las fosas de combustión y, dependiendo de las cantidades presentes en el agua y el aire, pueden tener un impacto carcinogénico en el cuerpo”.

Biden matizó su declaración señalando que hay “mucho trabajo por hacer”, pero que aún no hay “evidencia científica directa” de un vínculo entre los pozos de combustión y el cáncer, aunque comparó la situación con instancias reconocidas de injusticia ambiental, y señaló que “ahora sabemos que nadie querría vivir junto a una chimenea de donde salen carcinógenos”.

Los iraquíes necesitan con urgencia reconocimiento y atención médica; no es momento de entrar en idealismos elevados o especulaciones sobre lo que podría hacer el gobierno de Estados Unidos. ¿Podría la reciente atención prestada a los impactos que han tenido los pozos de combustión en la salud de los veteranos brindar una nueva oportunidad para presionar a la Casa Blanca y que actúe en respuesta a las necesidades de los civiles iraquíes?

Llamamientos urgentes a limpiar

La urgencia de la situación en Iraq no puede seguir ofuscándose con afirmaciones de que aún no se ha establecido el vínculo directo entre los defectos de nacimiento y la contaminación tóxica. Como bien describió Mozhgan Savabieasfahani, existe un inmenso peligro en pasar años tratando de identificar los carcinógenos y toxinas exactos que enferman a los iraquíes cuando una situación que necesita atención inmediata continúa empeorando. Señaló que si el gobierno de Estados Unidos gastara “una décima parte” de la cantidad de fondos gastados en invadir Iraq para limpiar Iraq, sería una contribución importante para rectificar las injusticias a las que los iraquíes están siendo sometidos continuamente. (Teniendo en cuenta que el coste de la guerra de Iraq para los contribuyentes estadounidenses se ha estimado en alrededor de dos billones de dólares, “una décima parte” de esa cantidad, doscientos mil millones de dólares, sería ciertamente suficiente para tratar de avanzar).

Como demuestran Sara Flounders y John Catalinotto en el libro “Metal of Dishonor, Depleted Uranium: How the Pentagon Radiates Soldiers and Civilians with DU Weapons”, los militares estadounidenses consideraron que un menor número de bajas en combate de los soldados durante la Guerra del Golfo era clave para asegurar “menos resistencia interna en conflictos futuros” [7]. Al intentar cortar los vínculos entre el despliegue en Iraq y las eventuales muertes de los veteranos por enfermedades meses o años después, el gobierno de EE. UU. mantuvo una imagen de compromiso con una guerra de bajo impacto, y el impacto se calculó únicamente en términos de vidas perdidas de militares, sin tener en cuenta las muertes y enfermedades de los civiles. Además, el uso de armas de uranio empobrecido, como sostiene Toby C. Jones, a menudo se “oculta deliberadamente de la vista”.

También hay que contar, por supuesto, con el factor económico. “¿Cómo puede [el ejército estadounidense] resistirse, sin importar cuán peligrosa sea, ante una materia prima que está disponible de forma gratuita?”, escribe Flounders. Los daños irreparables al medio ambiente iraquí y las enfermedades y muertes de soldados y millones de civiles iraquíes se han considerado durante mucho tiempo un “coste aceptable” [8]. El uranio empobrecido, un producto de desecho de la industria nuclear creado durante la producción tanto de armas nucleares como de energía, sale “más o menos gratis”.

Las estimaciones del coste de los esfuerzos recientes para limpiar áreas de Vietnam del agente naranja están en el rango de 82 millones de dólares a 1.400 millones de dólares. El coste de la recuperación palidece en comparación con el coste de infligir primero tanto daño. Savabieasfahani explicó la urgencia de la limpieza y señaló:

Me gustaría que Estados Unidos se viera obligado a limpiar hasta el último trozo de materia peligrosa que queda en Iraq, porque todo eso se ha convertido en contaminantes del suelo, del aire y de las plantas.

Los estudios que he hecho nos han demostrado que ciertas neurotoxinas y sustancias radiactivas están contaminando Iraq, y todo eso es una especie de sopa sucia que es preciso limpiar. Ahora bien, ¿cuánto de ese efecto proviene del uranio empobrecido y cuánto del mercurio? Estas son aspectos que podría resultar interesante averiguar… Aunque para mí, lo realmente importante es que he mostrado la devastación creada. He establecido el vínculo entre la salud y la proximidad a los sitios contaminados, y quiero que se limpien.

¿Cómo debería exactamente el gobierno de Estados Unidos “limpiar” Iraq y qué hay de la compensación para las víctimas cuya salud y vidas ya han sido dañadas irreparablemente por la saturación tóxica? ¿Cómo abordará el gobierno de EE. UU. el daño que se está causando continuamente si la limpieza se demora aún más? Si Vietnam es un indicador de lo que aún está por venir para Iraq, la intensa presión política y el interés público tienen el mejor potencial para obligar a los legisladores a tomar medidas en los meses y años venideros. ¿Ofrece el derecho internacional algún medio adicional o más conveniente para lograr la justicia?

Una “guerra implacable contra la vida”

El derecho internacional ha evolucionado en el período posterior a la guerra de Vietnam. Como señala el CICR en sus nuevas “Directrices para la protección del medio natural en los conflictos armados” (septiembre de 2020):

El esfuerzo internacional para proteger mejor el medio ambiente natural en los conflictos armados ganó fuerza por primera vez en la década de 1970, cuando el grave daño causado por el uso extensivo de herbicidas, como el agente naranja, durante la Guerra de Vietnam provocó una protesta internacional y subrayó la necesidad de mejorar y proteger el medio ambiente natural en tales circunstancias. Esto motivó la adopción en 1976 de la Convención sobre la Prohibición de Uso Militar o Cualquier Otro Uso Hostil de Técnicas de Modificación Ambiental (Convención ENMOD, por sus siglas en inglés).

Merece la pena señalar que, si bien las directrices del CICR abordan la Guerra del Golfo y el uso de armas de agua en Iraq por parte del Dáesh, no se refieren explícitamente ni al armamento de uranio empobrecido ni a los pozos de combustión. Después de la guerra de Vietnam y antes de la invasión de Iraq en 2003, el derecho internacional humanitario relativo al medio ambiente se fortaleció aún más a través de desarrollos como el artículo 55 del Protocolo adicional I a los Convenios de Ginebra (1977), que prohíbe “los daños generalizados, graves y a largo plazo” al medio ambiente natural y “el uso de métodos o medios de guerra que estén destinados o se pueda esperar que causen daños al medio ambiente natural y, por lo tanto, perjudiquen la salud o la supervivencia de la población”. Pero la existencia de estas leyes no impidió la situación actual en Iraq.

Como ha preguntado el experto jurista Antony Anghie: “¿Qué significa decir que ‘el derecho internacional gobierna Estados soberanos’ cuando a ciertas sociedades se les ha negado el estatus de soberanía?” Y: “¿Qué efectos continuados siguen a esta exclusión?” [9].

En el momento actual no es necesario que a una comunidad se le niegue legalmente el estatus de soberanía para que sufra los tipos de daños y exclusiones que describe Anghie. Los legados del colonialismo persisten, aunque a las comunidades que antes sufrieron injusticias coloniales se les haya otorgado estatus legal. ¿Qué significado puede tener el reconocimiento legal y el estatus para una población saturada de condiciones tóxicas insuperables? Como me explicó Sinan Antoon, dada la historia de Estados Unidos de intervenciones e invasiones ilegales en el extranjero, “la raza y el imperio deben ser siempre el prisma a través del cual comprendemos” la situación en Iraq y tantas otras situaciones en todo el mundo.

Cuando la invasión estadounidense de Iraq y la violación de la soberanía iraquí entran en escena, queda claro que el derecho internacional no solo no está habilitado para desempeñar un papel sencillo y beneficioso que haga frente a la saturación tóxica creada en Iraq, sino que está implicado en la creación de un sistema internacional en función del cual era posible invadir y devastar Iraq, desplazar masivamente a los iraquíes y dejarlos atrapados en condiciones de saturación tóxica.

Aimé Césaire, en su famoso Discurso sobre el Colonialismo, que traza la barbarie intrínseca a todos los proyectos coloniales, escribió: “Nadie coloniza inocentemente” y “nadie coloniza impunemente tampoco… una nación que coloniza… una civilización que justifica la colonización y, por lo tanto, la fuerza, es ya una civilización enferma” [10]. ¿Pueden las leyes internacionales que crecieron de manera problemática en el contexto de los proyectos coloniales evolucionar para ser parte del logro de una auténtica justicia ambiental? ¿Puede el derecho internacional ofrecer remedios para calamidades tóxicas como las de Iraq? El precedente de Vietnam sugiere que el papel del derecho internacional en el logro de una justicia pragmática y tangible puede ser limitado, y que la presión sobre el gobierno de Estados Unidos es la mejor ruta hacia la limpieza ambiental y la compensación a los civiles en el futuro cercano.

La saturación tóxica está indisolublemente entrelazada al contexto más amplio de las guerras en Iraq y a la injusticia de la invasión y el colonialismo. En el poema de Sinan Antoon “Para un niño iraquí”, le pregunta a un niño si sabe que su “mañana no tiene mañana”, que su “sangre es la tinta de los nuevos mapas” y que está subsistiendo con la leche de su madre, que “rebosa uranio empobrecido” [11]. En su célebre trabajo sobre la contaminación tóxica en los Estados Unidos, Silent Spring, la científica y escritora Rachel Carson escribió: “La pregunta que cabe hacer es si alguna civilización puede librar una guerra implacable contra la vida sin destruirse a sí misma y sin perder el derecho a ser llamada civilizada” [12]. Si aplicamos el estándar de Carson como barómetro para medir las acciones de Estados Unidos en Iraq, ¿cómo podría medirse la creación de saturación tóxica por parte de Estados Unidos, su negativa a reconocer o abordar adecuadamente esta saturación y la producción de una generación cuya sangre ha utilizado como “tinta de los nuevos mapas?”

Carson le da la vuelta aquí a la noción colonialista y orientalista de “civilización”, separando el uso de productos químicos de las ideas de crecimiento, progreso comercial y “civilización” avanzada, y en su lugar identifica como bárbaro y autodestructivo el uso de estos productos químicos.

Cuando se aplica al contexto iraquí, el análisis de Carson sugiere que las acciones de Estados Unidos en Iraq no solo son injustas, sino que una vez más, como en Vietnam, ponen en tela de juicio, a la manera de Césaire, la “salud” de cualquier gobierno que produzca, y prolongue, las condiciones de una saturación tóxica tan cruel. Como me dijo Sinan Antoon: “Lo que me atormenta no es solo la destrucción del presente, sino también la destrucción del futuro”.

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