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Los ciudadanos de la nación de la novela

Written by Debate Plural

Jose Rafael Lantigua, ex Ministro de Cultura de República Dominicana (D. Libre, 19-1-19)

Siempre ha existido una cultura popular y comercial. Los escritores han debido, a causa de realidad tan incontrovertible, enfrentar estas situaciones que constriñen y amenazan su oficio, originando actitudes que han acabado identificando sus destinos: Catulo y Proust, solos, incompletos, enajenados; Flaubert y James, seducidos y abandonados por el contacto directo con el público; Poe, quebrado por su aislamiento, Balzac, desafiante de las fuerzas de la publicidad y el dinero.

Carlos Fuentes, que es el autor de la aseveración precedente, buscó determinar las retrancas y pesares de la novela, frente a los dictámenes de la época, esos rasgos que identifican nuestro tiempo y que, como el poder de la información, han intentado minar las bases de las que se nutre y con las que se proyecta la novela.

Hace algunos decenios se planteó en distintos escenarios la muerte de la novela. En alguna época, luego de una etapa de esplendor, lo mismo se dijo del ensayo. A la poesía la han cubierto con el mismo manto en no pocas ocasiones. En el caso de la muerte de la novela, la cuestión adquiere hoy un matiz similar al de algunos lustros atrás. ¿Qué puede decir la novela que no puede decirse de ninguna otra manera? ¿Le toca al novelista decir lo que no dicen los medios de información? En un conocido ensayo, Fuentes hizo girar sus ponderaciones a través de estas interrogantes. Sin desdeñar los valores de la información moderna, el novelista y ensayista observó con preocupación el modo de empleo de los medios de comunicación y advirtió que por más que se diga, “siempre es mucho más lo que no se dice”.

En este sentido, “aunque no existiese una sola antena de televisión, un solo periódico, un solo historiador o un solo economista en el mundo, el autor de novelas continuaría enfrentándose al territorio de lo no-escrito, que siempre será, más allá de la abundancia o parquedad de la información cotidiana, infinitamente mayor que el territorio de lo escrito”.

Entonces, ¿qué es aquello que la novela dice y que no puede decirse de ninguna otra manera? Carlos Fuentes, cuyas obras podrían construir perfectamente una respuesta a esta cuestión, señaló en su hora los nombres de Laurence Sterne, Italo Calvino, Denis Diderot, Milan Kundera, Miguel de Cervantes y Juan Goytisolo, como ejemplos de lo que ellos supieron hacer con la novela: una “búsqueda verbal de lo que espera ser escrito”. Y no sólo en lo que respecta a la realidad observable, “a una realidad cuantificable, mensurable, conocida, visible, sino sobre todo lo que atañe a una realidad invisible, fugitiva, desconocida, caótica, marginada, y, a menudo, intolerable, engañosa y hasta desleal”.

Naturalmente, la novela es una carga del lenguaje y el lenguaje no puede ser traicionado. La novela por tanto más que ser una correspondencia de la historia es una evocación de ella, y este “compromiso mayor de la novela”, reclama, en la opinión del fenecido escritor mexicano, tres distinciones básicas: en primer lugar, la amplificación de los recursos técnicos, en segundo lugar, una voluntad de apertura, y, en tercer término, “una conciencia de la relación entre creación y tradición”. Ese “compromiso mayor” lo será pues con la realidad imaginativa, con la narración de la nación de la sociedad y su cultura, y, con la invención verbal de la segunda historia sin la cual la primera es ilegible.

La novela es, por tanto, una respuesta. Pero más que ello, es “una pregunta crítica acerca del mundo” y también acerca de ella misma. “La novela es el arte –dice Fuentes- que gana el derecho de criticar al mundo sólo si primero se critica a sí misma. Y lo hace con la más vulgar, gastada, común y corriente de las monedas: la verbalidad, que es de todos o no es de nadie”.

Reuniendo artículos, conferencias, prólogos de libros, Carlos Fuentes construyó un examen sobre el decurso de la novela y encontró respuestas a esta vieja preocupación. Recordó entonces sus tres demandas modernas: el sometimiento de la novela a los fines de la ideología política y el totalitarismo (realismo socialista), su función de entretener en una sociedad consumista, desde el extremo opuesto de la frivolidad (best seller); y, el espejo vacío que encuentra la “nada” y que negaba la existencia misma del sujeto (la novela nihilista). Desde este recodo, Fuentes analizó un breve conjunto de autores y textos: Borges, Goytisolo, Roa Bastos, Sergio Ramírez, Aguilar Camín, Kundera, Konrad, Julian Barnes, Lundkvist, Calvino y Salman Rushdie. Anécdotas, reflexiones y, sobre todo, una aguda observación crítica desde el marco de esta “geografía de la novela”, construyen el análisis del cual no quedan fuera autores tan cercanos como el puertorriqueño Luis Rafael Sánchez o el colombiano García Márquez. La obra no está completa desde luego. Faltaría, a mi modo de ver, los grandes autores de la literatura norteamericana. Fuentes anunció que lo haría más adelante. Le dio hasta nombre a ese próximo libro: “Polyanna de noche”. Contendría ensayos sobre Poe, Melville, James, Faulkner, Chandler, Hammet, Sontag, Styron, Didion y otros. No recordamos que lograra publicar este segundo volumen sobre sus apreciaciones en torno a la novela y sus meandros.

La novela pues, no está llamada a desaparecer, porque los pueblos necesitan de los novelistas. Fuentes lo atestiguó de esta manera: “Naciones enteras han perdido el habla cuando sus escritores han desaparecido. Y al perder el habla, han perdido la imaginación: las razones políticas que suprimieron la palabra terminaron, en medio del sonido y la furia, desprovistas de razón, legitimidad o eficacia, suprimiéndose a sí mismas”. Los ejemplos de la Alemania nazi, la otrora Unión Soviética, la Argentina de los generales o el Chile de Pinochet son muestras para cualquier demostración contraria.

Anoto ahora este dato que pocos conocen o recuerdan. En el otoño de 1967 –hace 51 años- Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa idearon en Londres forjar la novela del dictador latinoamericano desde una “galería imaginaria de retratos”. Ambos decidieron invitar a un grupo de autores para que escribieran cada uno una novela breve –no más de cincuenta páginas por dictador- sobre su “tirano nacional favorito”. Era la búsqueda de una respuesta a la cruel interrogante: ¿Cómo inventar personajes más poderosos, más locos o más imaginativos, que los que han aparecido en nuestra historia? El volumen que resultase de la reunión de todas estas historias se titularía “Los padres de las patrias”. El editor francés Gallimard apadrinaría el proyecto. Fueron convocados para este plan: Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Miguel Otero Silva, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, José Donoso, Jorge Edwards y Juan Bosch. El proyecto fracasó porque, según afirmara Fuentes entonces, “resultó imposible coordinar los múltiples tiempos y las variadas voluntades de los escritores invitados”, pero fue de este modo que algunos de estos siguieron adelante con la idea y concluyeron sus propias visiones sobre el dictador latinoamericano. Nacieron así: “El recurso del método” de Carpentier, “El otoño del patriarca” de García Márquez, y, “Yo, el supremo”, de Roa Bastos. El Patriarca de García Márquez acabó supliendo la falta en esta reunión de Bosch, que como conocedor meticuloso de nuestra historia pudo haber creado una gran novela sobre nuestros “supremos” dictadores, pues el del colombiano era una mezcla del venezolano Juan Vicente Gómez, el boliviano Peñaranda (de quien su madre dijo que de haber sabido que su hijo llegaría a ser presidente, le hubiese enseñado a leer y escribir) y de Rafael Leónidas Trujillo.

Esta ausencia del narrador dominicano en el concierto de los grandes novelistas latinoamericanos y del Caribe fue resaltada por Fuentes en su interesante ensayo. El novelista mexicano mencionó entonces a las que considera las voces caribeñas esenciales de la narrativa y entre los cuales aparecen los nombres de escritores de Martinica y Guadalupe, de Haití y Puerto Rico, de Cuba y Colombia, de Dominica y Venezuela. Pero, nada de República Dominicana. La geografía de la novela que confecciona Fuentes no nos toca pues nada más que marginalmente, en lo que se refiere a la presencia de Bosch en la convocatoria de 1967, justo cuando nuestro gran escritor surcaba de nuevo los mares del exilio (autoexilio en este caso), después del fracaso de la revolución de abril y de su derrota electoral de 1966.

De los dos planificadores de la novela del dictador, en 1967, Carlos Fuentes –un hijo de la “dictadura perfecta” del PRI- nunca cumplió su cometido, y Vargas Llosa honró la encomienda 33 años después al encontrar a su personaje en República Dominicana con “La Fiesta del Chivo”. 

Libros

  • Geografía de la novela
  • Carlos Fuentes
  • Alfaguara, 1993. 227 págs.
  • Carlos Fuentes, a diferencia de otros grandes novelistas, fue también un teórico de la novela, como Bosch lo fue del cuento. Esta obra explica el oficio y sus diversas avenidas.
  • Boves, el urogallo
  • Francisco Herrera Luque
  • Alfaguara, 2001. 399 págs.
  • Arturo Uslar Pietri con “Las lanzas coloradas” fue el primero en novelar al caudillo venezolano José Tomás Boves, pero el remate lo hizo Herrera Luque con una novela que inició, en 1972, el estudio novelístico de “los padres de las patrias”.
  • Yo, el supremo
  • Augusto Roa Bastos
  • Siglo XXI, 1974. 467 págs.
  • La gran novela del dictador latinoamericano. El dictador perpetuo de Paraguay, José Gaspar Rodrigo de Francia, es retratado magistralmente en sus veintiséis años de mandato.
  • El recurso del método
  • Alejo Carpentier
  • Siglo XXI, 1974. 343 págs.
  • A la novela de Roa Bastos, siguió en el mismo año la del cubano Carpentier, un gran fresco narrativo sobre el tirano ilustrado en la continuación de su portentosa obra de lo “real maravilloso”.
  • El otoño del patriarca
  • Gabriel García Márquez
  • Plaza & Janés, 1975. 271 págs.
  • Un año después de las dos anteriores, el nobel colombiano responde a la apuesta sobre la novela del dictador con este formidable relato sobre la soledad del poder, en la nueva onda entonces de lo que se denominó “realismo mágico”.

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