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Bolsonaro, un signo de los tiempos (1)

Written by Debate Plural

Francisco Muñoz Jaramillo (Sinpermiso, 4-1-19)

Introducción

Brasil ha vivido en las últimas semanas un momento especial de su historia, como expresión de las elecciones de octubre 2018 en las que se eligió presidente de la República a Jair Bolsonaro. Proceso que anuncia impredecibles consecuencias en la vida política brasileña y latinoamericana. Se vuelve entonces una necesidad emprender en la tarea de comprender este fenómeno, ligado a importantes cambios regionales y mundiales contemporáneos.I. Brasil, condiciones político-electorales

El acontecimiento referido puso de manifiesto la confrontación social y política en la sociedad brasileña que se dio a través de la disputa por la Presidencia; en un país de dimensiones gigantescas: Brasil es el quinto país del mundo en extensión y en población, y el noveno por su Producto Interno Bruto.

En el mencionado evento el candidato Jair Bolsonaro en la primera vuelta electoral obtuvo el 46% de los votos, frente al 29% del segundo en la competencia, Fernando Haddad. En la segunda vuelta en cambio Bolsonaro alcanzó el triunfo definitivo con el 56% de los sufragios, frente al candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Hadad, quien remontó al 46% del electorado[.

La coyuntura electoral permitió que la sociedad brasilera debata y dirima entre un representante del PSL —un partido liberal, pequeño, – que en la contienda democrática representó una posición política populista de derecha, neo-fascista; y Fernando Haddad, del PT, que llenó el vacío de la candidatura dejada por Lula da Silva, encarcelado por asuntos de corrupción, quien dirigió Brasil en los últimos años en el periodo 2002-2016, como Presidente de la república y/o dirigente político.

Una breve descripción de los resultados generales de la escena electoral de Brasil permite evidenciar, primero, que el partido de “Bolsonaro ganó en 17 estados para gobernador, incluyendo los más importantes como Sao Pablo, Brasilia y Río de Janeiro […]. El PT ganó en 9, en su casi totalidad del nordeste brasileño, la zona más pobre del país”. Segundo, la Cámara de Diputados muestra la tradicional dispersión de las fuerzas políticas del sistema multipartidista brasilero; en efecto, se puede afirmar que se mantiene fragmentada en la medida en que existen 30 agrupaciones, alianzas o bloques; en esta situación el candidato ganador tendrá 51 diputados y el PT 57. Hay que considerar en esta correlación de fuerzas los “300 legisladores que conforman la amplia bancada denominada Biblia, Buey y Bala (BBB), integrada por los diputados evangélicos, los del campo y quienes defienden la portación de armas”[.

Ideológicamente, se evidencia una abierta disputa entre una posición progresista- reformista y una derecha neofascista. Bolsonaro representa a las tendencias conservadoras y retrogradas de la sociedad brasilera, revestido de outsider-populista desde una posición ideológico-cultural conservadora. De su parte, Haddad tuvo un apoyo electoral de los sectores sociales de menores ingresos y escolaridad. En cambio, Bolsonaro representó a “votantes de ingresos y formación escolar más elevados, sobre todo de las regiones sur y sudeste”[. Desde esta perspectiva, se constituyó en el gran candidato anti-establishment, que expresa una ola social conservadora, machista, homofóbica y racista.

Situación descrita que caracteriza la hegemonía y el amplio triunfo electoral en medio de la multiplicidad de partidos brasileros, en pos de aplicar un programa neoliberal y responder así al plan de Trump tendiente a subordinar a los países periféricos, y en el caso de América Latina, como el patio trasero de Estados Unidos[.

Tres tipos de votos caracterizan al votante que sufragó por el candidato triunfador. Uno, de carácter ideológico, subjetivo y anti-partidario, un voto “anti-izquierda”, “anti-sistema”, “anti-corrupción”. Dos, un voto que demanda seguridad al sistema. Tres, “uno de protesta impulsado por la deslegitimación social del sistema representativo […], incrementada por la ofensiva judicial anticorrupción desatada con la Operación Lava Jato”[. Radiografía que nos permite penetrar en la raíz social de la ola conservadora que sustenta la candidatura y explica el triunfo de Bolsonaro.

Se requiere adicionalmente considerar en esta radiografía la desigualdad existente, la meritocracia y el éxito individual que encuentran apoyo en la teología de la prosperidad sustentada por las iglesias evangélicas. El miedo a la violencia y los reclamos por más seguridad (más autoritaria) se expresan de distintos modos, pero acaban distribuyéndose en todos los sectores sociales. El rechazo moral selectivamente “antipetista” de la clase media como condena a la corrupción se manifiesta en una oposicion general al sistema político, que se percibe como un todo corrupto; y del mismo modo, el reclamo en favor de la seguridad que exige más peso de la ley y el orden puede hacer que su blanco sea no solo la delincuencia común, sino también la de traje y corbata[.

El triunfo de Bolsonaro pone de manifiesto, así mismo, un conjunto de condiciones y virajes sociopolíticos y democráticos, que incubaron la posibilidad y sentido del ganador de las elecciones de octubre de 2018 en Brasil.

En primer lugar, se encuentra-luego de la debacle mundial de 2008- el acelerado deterioro de la economía que, al decir de algunos analistas transitó a su ocaso y muestra la débil trasformación estructural que se dio en toda la región, y en Brasil especialmente, a través de un proceso de desindustrialización. Recordemos al respecto que Brasil estuvo considerado uno de los países del grupo de los BRICS, precisamente entre otros aspectos, por el importante despegue y desarrollo industrial que tuvo en décadas anteriores.[

Proceso de “desindustrialización” que se explica por la profundización de la dependencia estructural del llamado neo-desarrollismo que se encaminó a una política económica y de acumulación capitalista, centrada en el extractivismo y la reprimarización de la economía, efecto de la vinculación al mercado mundial y la demanda del comercio internacional. De esta manera, en el caso de Brasil, al no modificarse el modelo económico de manera similar al resto de economías de la región, se subordinó a las condiciones de dependencia en el contexto de las nuevas relaciones geoeconómicas y geopolíticas de Latinoamérica, donde la Chima ha tenido un papel destacado.

Efectivamente, los gobiernos del PT, encabezados por Lula Da Silva y Dilma Rousseff pusieron el acento en las estrategias de fomento de la industria extractiva, las finanzas y los agro-negocios, dejando en la sombra a la industria de transformación. Al mismo tenor, intensificaron la producción de recursos naturales, aprovechando para ello la demanda china, especialmente de soya; lo que hizo posible un crecimiento económico significativo de Brasil gracias al auge de los precios de las materias primas en el mercado mundial.Sin embargo quedaron “incólumes las bases económicas del sistema empresarial que siguió dominando el poder, arraigado en los latifundistas y la poderosa Federación de Industriales de Sao Paulo (FIESP), con la que negociaba el poder político”[.

Es importante constatar que Brasil generó años antes un proceso de intervención estatal que condujo a tener “un montón de bienes públicos”, tales como bancos gigantes, una empresa petrolera de notable dimensión y la protección a la Amazonía a través de leyes y barreras institucionales “para evitar la destrucción de la mencionada zona”[.

Dicho crecimiento económico representó un momento de bonanza y condujo efectivamente a una disminución del desempleo, lo que junto a las políticas sociales asistenciales, asumidas por el PT y Lula en el gobierno, redujeron vigorosamente la pobreza en la coyuntura. Sin embargo, a pesar de la importante y reconocida política social del lulismo a través dela reorientación del Bono Plan Familia, que puso el énfasis en su vinculación productiva; la inequidad social estructural persistió, la pobreza alcanzo al 25% de la población[, lo que condiciono de posibilidad para la multiplicación de la criminalidad y el narcotráfico.

Este primer momento en el siglo XXI, de auge y crecimiento económico, contrastó con la recesión en que devino la economía brasilera, efecto principalmente, de la debacle mundial del 2008, en el contexto del derrumbe de los precios de las materias primas,  aumentando la pobreza, el desempleo, la inequidad y la informalidad. De tal manera que,

Después de 2010 el PBI de Brasil no ha parado de caer. En 2014 el crecimiento era de apenas un 0,5%, mientras que en 2015 y 2016 el PBI cayó más del 3%, por dos años consecutivos. Recién en 2017 salió del pozo recesivo, pero alcanzó apenas un 0,3%.[

Por otra parte el llamado “golpe institucional” – es decir, el impeachment gestado contra Dilma Rousseff – en 2013, dio inicio a otro momento político que hizo posible el viraje y la apertura neoliberal- iniciado en el segundo momento del lulismo- en el marco de la restauración conservadora, o como dice Negri, la “neo-fascistización por la vía democrática”[.

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