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In memoriam de Lipe Collado (29)

Written by Debate Plural

La sombra larga de Montes Arache

Lipe Collado (20-12-13) 

El lunes 23 de diciembre se cumplirán dos años de la muerte del comandante Manuel Ramón Montes Arache, a los 83 años de edad -había nacido en San Pedro de Macorís el 29 de noviembre del 1928-, quien junto a sus Comandos de Hombres Ranas, que vestían de negro, se constituyó en el Espíritu Santo de la revolución constitucionalista del 1965.

Tuve el honor de tratarlo de cerca en sus últimos años y el privilegio de que aceptara cuestionarlo sobre su vida y grabar nuestras conversaciones. En diversos momentos, durante horas y horas, en los años 2007 y 2008 tuvimos sesiones de intercambios verbales recogidos en cintas magnetofónicas que en un futuro cercano estarán en el Archivo General de la Nación a disposición del público.

Ya antes había tenido el mayúsculo privilegio de presidir el Comité Pro Homenaje a Montes Arache y sus Comandos de Hombres Ranas, en el que participaron el presidente de la Academia Dominicana de la Historia, José Chez Checo, el presidente de la Comisión Nacional de Efemérides Patrias, Juan Daniel Balcácer, el director del Archivo General de la Nación, Roberto Cassá, y el historiador Franklin Franco Pichardo.

En aquella ocasión pronuncié el discurso central en un auditorio de la Academia Dominicana de la Historia abarrotado de ex militares constitucionalistas, ex combatientes civiles, historiadores y personas de otros perfiles en el que dije: “¡Cuán difícil resulta atrapar en pocos minutos a una personalidad memorable, legendaria, deslumbrante, cabeza de un grupo compacto de hombres que incendiaron la imaginación de las masas combatientes y no combatientes en 1965 desde el mismo instante en que surgieron meteóricamente como expelidos por la noche!”.

“En el complicado rompecabezas de la Revolución Constitucionalista de abril de 1965, que fue una realidad fragmentada diversamente, el hoy vicealmirante Manuel Ramón Montes Arache, comandante de los Hombres Ranas, de temperamento serenamente enérgico, dueño de una confianza sosegada, cultor meticuloso de su actual espíritu despojado del deseo de gloria, era un comandante que se colocaba a la cabeza de sus tropas y que, in situ, provocaba fuertes reacciones admirativas”.

Aquellos ex comandos hombres rana, viejos todos, vestidos de negro, apelotonados tras la mesa principal en la que un grupo presidía el homenaje, eran la imagen de las estrecheces, el resumen de los sufrimientos de los militares exiliados en su propio país por años y años por haber incurrido en “la falta grave” de reclamar con las armas en las manos el retorno a la constitucionalidad que hoy nos gastamos y defender la soberanía nacional al enfrentar a tropas invasoras. Gracias hay que dar hoy por hoy al Presidente Leonel Fernández por haberlos reivindicado: reintegrados a las Fuerzas Armadas, ascendidos de rango, puestos en retiro y pensionados decorosamente.

Fueron dueños de una imagen todopoderosa al atraer toda la atención hacia ellos -vestidos de la noche, simbólicos y distintivos-, por sus destrezas en el combate, sus dotes de supermanes y su alto sentido de grupo, de equipo, de afinidad compacta, que giraban alrededor del eje central, su comandante Montes Arache, no infestados por el gusanillo del individualismo divisor.

El comandante Montes Arache, de ojillos de fiera escrutadora, era un observador agudo, de habilidad militar instintiva provechosa, dueño de una personalidad dominante revestida de prudencia. “Su irradiación nos permeó a todos durante aquellos días difíciles”, dije en su homenaje.

Al cumplirse el segundo año de su muerte el próximo lunes retrotraigo mis últimas palabras en su justo homenaje en abril de 2007, a los 42 años de aquellos sucesos:

“Señoras y señores, he ahí al hombre y a sus hombres, que siguen indisolubles como cuando la Batalla del Puente Duarte, como cuando los ataques de los brasileños en San Carlos, como cuando confrontaron al invasor en las inmediaciones de Santa Bárbara y de la avenida Duarte: con su ropa simbólica que dignificó lo negro, que hoy nos invita a evocar al poeta José Asunción Silva en su famoso Nocturno: “Por los rayos de la luna proyectada,/sobre las arenas tristes/de la senda se juntaban/Y eran una/Y eran una/Y eran una sola sombra larga/Y eran una sola sombra larga/Y eran una sola sombra larga”.

“¡Y valga, pues, decirles ahora que los admiramos no sólo porque para esto nos basta que usted y ellos fueron soldados de su patria, sino porque siempre se han comportado regiamente, sobriamente, como aquellos que saben que se merecen ser admirados!”.

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