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The Trump show (y 2)

Written by Debate Plural

Paula Bach (Rebelion, 24-5-18)

 

Mutaciones

Financial Times pone de relieve una modificación en la conducta de la mayoría de las empresas extranjeras que operan en China. Señala que hasta hace un tiempo y por temor a la perdida de mercado, aceptaban las reglas chinas sin demasiado pataleo. Sin embargo y debido a mayores restricciones en territorio chino y a la creciente competencia de contrapartes del Gigante Asiático en el exterior, muchas grandes compañías estarían exigiendo un endurecimiento de las políticas de Estado hacia Pekín. Según la misma fuente, los aranceles de importación chinos están cerca de duplicar a los estadounidenses a lo que se agregan barreras no arancelarias que excluyen a industrias o países enteros. Añade también que mientras los servicios de Google, Facebook, Twitter, YouTube e Instagram se encuentran bloqueados, su ausencia fomentó el surgimiento de grupos locales como Tencent y Alibaba. A la vez y siempre según Financial Times, de las mayores adquisiciones chinas de empresas europeas entre 2000 y 2017 sólo un cuarto podría haber sucedido en sentido inverso, debido a las leyes y políticas industriales vigentes en el Gigante Asiático. Un desequilibrio que habría comenzado a volverse preocupante cuando en 2017 la inversión directa china en Europa cuadruplicó a la inversión de los europeos en China en el mismo año. Señala a la vez Financial Times que para fines de 2017 el stock acumulado de inversión directa china en Europa desde el año 2000 había alcanzado el stock total europeo de inversión extranjera directa en China. Cabe agregar que trata de un modus operandisen desarrollo en todo el mundo.

El reciente bloqueo de Trump a la adquisición por parte de la empresa Broadcom –con sede en Singapur– de Qualcomm que con sede en San Diego fija patrones tecnológicos en materia de celulares, conforma un movimiento defensivo del Estado norteamericano frente a idéntico patrón. Si bien el bloqueo tiene antecedentes ya por 2005 cuando la Casa Blanca y el Capitolio bloquearon la compra de la norteamericana Unocal por parte de la china Cnooc, las contradicciones se presentan ahora en una escala mucho más agravada. Qualcomm devino uno de los principales competidores de la china Huawei Technologies Co. y la intención de compra pretendía dar a luz a una de las mayores empresas tecnológicas del mundo. El Comité de Inversión Extranjera de Estados Unidos (CFIUS) con el guiño del Ejército norteamericano, advirtió que de prosperar la compra, la tecnología 5G –aún en fase de investigación– sería operada en unos años de forma dominante por Huawei, con lo que Estados Unidos pasaría a depender de China en este campo.

Y es que a decir verdad gran parte de la intención norteamericana apunta a frenar el plan Made in China 2015. Un programa que exige que el país se vuelva autosuficiente y competitivo en términos globales en sectores tecnológicos avanzados aún bajo dominio occidental. Se trata de rubros como por ejemplo aviones comerciales, automóviles eléctricos, robótica, comunicaciones de teléfonos móviles 5G o microchips de computadora. En este juego, The New York Times observa que mientras China busca reducir la dependencia de una gran variedad de productos fabricados en Estados Unidos, la reciente prohibición norteamericana a la provisión por parte de sus empresas al fabricante chino de equipos de telecomunicaciones ZTE funcionó esencialmente como un recordatorio de aquella dependencia. En un sentido hay una guerra en gestación pero menos por el comercio que por la tecnología y la hegemonía política y militar.

Volviendo a las dos respuestas ensayadas más arriba para un mismo problema, vale mencionar otra reflexión interesante de Stiglitz:

Si miramos más allá de los votantes de Estados Unidos y Europa que están sufriendo a causa de la desindustrialización, la realidad es que China no es la mina de oro que alguna vez era para las corporaciones norteamericanas. En tanto las firmas chinas se han vuelto más competitivas, los salarios y los estándares ambientales en China han aumentado. Mientras tanto, China se ha demorado en abrir sus mercados financieros, para disgusto de los inversores de Wall Street. Irónicamente, mientras que Trump dice estar velando por los trabajadores industriales estadounidenses, el verdadero ganador de las negociaciones ‘exitosas’ –que obligarían a China a abrir más sus mercados a los seguros y otras actividades financieras– quizá sea Wall Street.

Amén de que los salarios chinos promedio continúan siendo alrededor de un cuarto de los norteamericanos, el señalamiento de Stiglitz es esencialmente correcto sólo que vale más como identificación de una contradicción en movimiento que como final de película espoileado. El panorama abierto excede las soluciones binarias. Y justamente aquí es cuando las cosas se ponen más difíciles de preveer: China no parece tan fácil de doblegar y los “votantes que sufren” son quienes deben legitimar al Estado y otorgan al formato proteccionista comercial un carácter necesario.

El carácter necesario de la forma (o la fuerza de lo aparente)

El asunto dista de quedar resuelto al distinguir los aspectos asociados a la forma de aquellos relacionados con el contenido, como si los primeros pudieran relegarse al lugar de simple engaño. Para tratar este asunto novedoso, complejo y bastante paradójico es que aludimos –de una manera un tanto metafórica– a la condición ineludible de la forma sin la cual el contenido no es capaz de ver la luz. Dicho en términos más prosaicos, sucede que un nacionalismo económico más agresivo necesita del “consenso nacional” que es lo que vino a tratar de recuperar Trump y a lo que dedica gran parte del discurso proteccionista con el fin supuesto de la reindustrialización norteamericana. Quizás la dificultad para armonizar la respuesta doble que arroja una misma serie de preguntas, constituya la paradoja más apremiante de nuestro tiempo. A ella buscan responder de algún modo desde Trump hasta quienes ubicándose abiertamente en el campo de la “globalización” sugieren explícitamente la necesidad de “reformarla”.

Las contraofensivas arancelarias “tácticas” de China y la Unión Europea, demostraron una aguda comprensión de aquello que para Donald Trump resulta necesario. Una cuestión a la vez ineludible para sí mismos porque si el aluminio y el acero representan porciones poco significativas respecto del conjunto de la economía global, el acero constituye un símbolo industrial en términos nacionales. Y por ello los contraataques parecen mucho menos tramados en términos comerciales que diseñados para golpear a la base electoral de Trump. La Unión Europea amenazó imponer productos tradicionales norteamericanos como las motocicletas Harley-Davidson, los clásicos Levi’s o el whiskey bourbon. China se lanzó contra las importaciones automotrices y contra la base rural republicana prometiendo arancelar en un 25 % la soja y la carne porcina y en un 15 % otra larga lista de productos agrarios típicamente “americanos”.

En este contexto Stiglitz parece errar el blanco cuando acusa a Trump de “confusión comercial”por apelar de manera falsa a la “Seguridad Nacional”, obsesionarse con problemas pasados o incomprender la trascendencia suprema del déficit comercial multilateral frente a los déficits bilaterales. No es que Stiglitz se equivoque cuando señala que reducir importaciones de China no creará empleos en Estados Unidos sino que sólo aumentará los precios internos y generará puestos de trabajo en Bangladesh o Vietnam. Dicho sea de paso dicen que Levi’s ya proyecta –por si acaso– vender en Estados Unidos jeans fabricados en Vietnam, Camboya o una de las tres docenas de países donde tiene proveedores. También planea colocar eventualmente en el mercado mexicano los jeans que seguirá produciendo en China. Tampoco se equivoca Financial Times cuando a la vez le reivindica a Trump focalizar el ataque a China en aspectos como la transferencia tecnológica pero le critica considerar que puede ganar esa guerra enfrentando también a países que serían seguros aliados en la contienda. Todas críticas tan racionalmente correctas como incapaces de captar la contradicción de fondo. Trump más bien parece intentar jugar un juego doble.

El “doble carácter” que adoptó el Tratado Transpacífico ilustra con bastante claridad aquel juego. En un acto de “proteccionismo comercial” Trump renunció al TPP a días de su asunción. Sin embargo en el último tiempo especuló con retornar para contener a China y mejorar las condiciones de inversión externa de las transnacionales norteamericanas. Una opción que probablemente le jugaría una mala pasada en términos electorales debido a la aversión que –con razón– la mayoría de la población siente respecto de los tratados comerciales. El problema es que justamente allí reside la contradicción. Y son estas fuerzas opuestas las que en parte llevan a Trump de un lado a otro. Se trata de recomponer el consenso –y la idea de “Nación”resulta un instrumento fundamental– para legitimar una mayor ofensiva de las multinacionales norteamericanas en el extranjero. Constituye un dilema estratégico del Estado norteamericano que excede en mucho las menores o mayores capacidades de Donald Trump.

En medio de negociaciones críticas con múltiples jugadores como la hoy reñida cumbre con Corea del Norte donde el resultado de la disputa comercial con China parece adquirir un lugar determinante, sectores del establishment tanto demócrata como republicano temen que la forma acabe absorbiendo al contenido. El senador demócrata por Nueva York, Chuck Schumer, lo puso de manifiesto exponiendo como su mayor preocupación “que el presidente retroceda en lo que China más teme –una ofensiva contra el robo de propiedad intelectual– a cambio de comprar bienes a corto plazo”. De hecho se habla de negociaciones en curso en las que China ofrecería un ilusorio incremento de sus importaciones de Estados Unidos por 200 mil millones de dólares como forma de reducir el déficit comercial. The New York Times señala que un arreglo tal le permitiría a Trump reclamar una victoria y despejar el camino para su encuentro histórico con Kim Jong-un aunque arriesgando dejar de lado su objetivo más amplio de castigar a China por presionar a las compañías estadounidenses para que entreguen tecnología sensible.

Una opción como esta no puede descartarse en el derrotero de un impredecible como Trump. De todos modos y en última instancia, se trata de cuestiones coyunturales de importancia menor. El dilema estratégico de una convergencia parcial de intereses entre los principales capitales transnacionales norteamericanos y al menos sectores “perdedores” de la globalización, no parece muy probable por el momento. A menos que Estados Unidos pudiera avanzar significativamente –por ejemplo– mediante una colonización de China. Una opción poco asequible –si se excluye la posibilidad de enfrentamientos a gran escala incluso militares con todas sus previsibles consecuencias y derivaciones– teniendo en cuenta la debilidad relativa del Estado norteamericano y las crecientes intenciones nacionalistas chinas.

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